Besos con sabor a melocotón (Besos con sabor 2) Capítulo 19
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Capítulo 19

JAN

María está sentada frente a la ventana de la cocina, rodeada por cinco o seis niños que no dejan de reírse por algo que ha dicho. Su risa es contagiosa y no me sorprende que, poco a poco, el resto de los invitados a la fiesta se vayan acercando, atraídos como imanes por su energía.

Se acaba de recoger el pelo en un moño improvisado, apartando algunos mechones de su rostro con un gesto distraído, y mis ojos se detiene en la curva de su cuello. La miro con detenimiento desde el resguardo del cristal y la cortina, y pienso en los buenos recuerdos que me trae su presencia.

Joana hubiera hecho lo mismo.

Le encantaban los niños. Siempre hablaba de que tendríamos mínimo tres, una familia grande con la que disfrutar cada instante.

Hablaba de tardes de juegos, de risas en el jardín, de canciones inventadas y cuentos antes de dormir.

Y, sin embargo, nada de eso ocurrió. La nostalgia se cuela en mi pecho con un peso insoportable.

Estoy convencido de que, en un día como este, en la fiesta de su hija mayor, ella se hubiera arremangado la blusa y estaría rodeada de los pequeños, asegurándose de que pasaran la mejor tarde posible.

Un movimiento a mi izquierda me saca del ensimismamiento. Es Ángela, que cruza el patio con un par de colegas que han venido a ayudar. Sacudo ligeramente la cabeza para retirar los pensamientos que la ocupan. No es momento de lamentaciones.

Acabo de enjuagar un par de boles y los lleno con palomitas y patatas chips.

Cuando salgo, el bullicio de la fiesta me envuelve al instante.

Hemos colocado una mesa repleta de chucherías que devoran y que, cada vez que intento reponer, una pequeña mano se adelanta para atrapar un puñado.

No pensé que niños de tres años pudieran comer tanto.

Aunque, en realidad, no sé de qué me sorprendo. Jade, con lo menuda que es, tiene un apetito envidiable. Y lo mejor es que no es nada sibarita: tanto disfruta de un buen plato de cocido como de un canapé de foie. A lo que hace ascos es a la verdura del mas . ¡Críos!

Me acerco hasta donde está María justo cuando los niños cambian la actividad. Ángela les ha explicado las reglas y se han puesto de pie, agitados y emocionados.

—¡Tú! —Jade me señala con una autoridad que no sé si tiene, y me hace sonreír—. Serás el jues .

—¿Yo? —Alzo una ceja. La seguridad de mi hija no deja margen a la duda.

—Sí, sí, sí. María, dile qué tiene que haser .

Me giro hacia ella y me sorprende su ilusión ante una actividad tan infantil.

—Ángela y sus amigos los han dividido en grupos de cuatro y entre todos elegirán una canción para hacer su coreografía. ¡Tienes que juzgar quién lo hace mejor !

Frunzo el ceño.

—Entre algunas ideas locas de tu hija, sus amigos y la canguro, han decidido ponerse a bailar esta tarde. Entre todos saldrá algo divertido. Tú solo tienes que decir cuál te gusta más.

—Me pones en un compromiso muy grande.

—Yo no he sido. Aquí la culpable es tu hija. —La sonrisa que se posa en su rostro y en el de Jade son el reflejo perfecto de la felicidad.

—Sí, esa fierecilla que no sé lo que pretende.

—Ser la ganadora, ya que es la reina de la fiesta.

—Eso no es justo. Vamos a ver qué hacen y ya decidiré cómo lo gestiono.

María y yo nos colocamos en una de las esquinas de lo que será el improvisado escenario.

Los niños desaparecen en los grupos formados, agitados y emocionados. Desde lejos, su entusiasmo es contagioso. Los amigos de Ángela son geniales y están haciendo que la fiesta de Jade sea un éxito.

—Te lo estás pasando bien.

Ella me mira de reojo, con ese brillo travieso en los ojos que la hace aún más bonita.

—Mucho —admite.

No sé si se da cuenta de lo que provoca en mí. De lo complicado que es estar cerca sin dejarme llevar. Demasiado contacto, demasiadas sensaciones que crecen sin que pueda controlarlas.

Me aclaro la garganta, tratando de distraerme.

—¿Te apetece algo de beber o picar antes de que las fieras vuelvan y nos atrapen?

Asiente con una sonrisa y caminamos juntos hasta la mesa de aperitivos.

Me esfuerzo por mantener una conversación ligera mientras cojo unas patatas chips, así como unos trozos de queso.

María hace lo mismo y nuestros dedos se rozan.

Se trata de un simple contacto, pero la sensación ha sido intensa. Provoca en mí muchas sensaciones.

Hablamos del colegio, del bar, de la finca y el vertido, incluso de AgroTech. Ese tema me pone de muy mal humor y María no insiste cuando nota mi cambio de expresión.

No tenemos demasiado tiempo para continuar con la charla, porque enseguida aparece Jade, exigiendo el veredicto del concurso de baile.

—Primero tendré que verlos, ¿no? —respondo, haciéndome el importante.

Los niños se colocan en sus posiciones y, en cuanto suena la música, empiezan a moverse con una energía alucinante.

No está nada mal. Hay pasos ensayados, giros improvisados y mucha risa entre ellos.

Lo están disfrutando, y eso es lo que importa.

Los amigos de Ángela los apoyan y hacen alguna que otra pirueta con ellos.

Cuando terminan, me quedo pensativo, fingiendo que me cuesta tomar una decisión. Jade me mira con expectación, convencida de que su grupo será el ganador.

—Bueno —hago una pausa dramática—, la verdad es que os habéis esforzado muchísimo y, para mí, todos merecéis el premio.

Las quejas llegan de inmediato. Primero de Jade, que cruza los brazos y me mira con el ceño fruncido. El resto tampoco lo ve claro.

—Pero como Jade es la protagonista de la fiesta, va a tener un privilegio especial —añado con una sonrisa—. Será la encargada de soplar las velas ahora mismo y también decidirá qué regalo abrir primero.

Esa idea sí le gusta. Su expresión cambia de inmediato y da un salto de felicidad antes de correr hacia la mesa donde está la tarta, que acaba de sacar Aurora.

La emoción continúa envolviendo el momento en una calidez inesperada. María y yo intercambiamos una mirada fugaz, como si ambos sintiéramos lo mismo en ese instante: un anhelo sutil, un algo indefinido que se cuela entre nosotros sin permiso.

Unas horas más tarde, cuando el último invitado abandona la fiesta, los amigos de Ángela nos ayudan a recoger las mesas. Luego, María y yo nos acomodamos en unas de las sillas, agotados de tanto trasiego.

Jade se tira encima de mí y no deja de besuquearme, dándome las gracias por la maravillosa fiesta que acaba de vivir.

—María, la zemana que viene, con Biel, zerá el doble de mejor. —Le sonríe ampliamente y me abraza de nuevo.

Mi hija sale corriendo hacia el interior de la casa y María y yo nos quedamos a solas. Empieza a refrescar y se masajea los brazos.

—¿Quieres quedarte? —le pregunto. Mi voz es apenas un murmullo—. Bueno, si te apetece, claro. Y te vas mañana, como la otra vez. Es tarde y…

—Hoy no llueve —asegura.

—No, hoy no llueve —afirmo—. Es tarde, se te nota cansada y la habitación de invitados está disponible.

—Sí, conozco el camino.

—Pues nos podrías acompañar a cenar y…

—Jan, nos vamos. María, ¿tú qué haces? —pregunta Ángela, metiendo los últimos trastos que ha traído en su coche.

Percibo un leve movimiento. Parece que la decisión no me va a gustar, aunque al final se acomoda y niega con la cabeza.

—Me quedo.

Y con esa frase me deja maravillado. No siente que sea un gruñón ni un arisco y le gusta mi conversación, o eso espero. Me alegra que haya tomado esa decisión.

Pero no creo que entienda lo que acaba de hacerme.

No es simplemente dormir en la habitación de invitados. Es otra noche en la que estaremos bajo el mismo techo, con todo lo que no decimos flotando en el aire, con este deseo contenido que intentamos ignorar y que empieza a quemar por dentro.

Ella se frota otra vez los brazos y, sin pensar, me quito la chaqueta y la coloco sobre sus hombros.

—Gracias —murmura, y cuando levanta la vista, sus ojos se encuentran con los míos.

¡Joder!

No aparto la mirada, es imposible.

No cuando la distancia entre nosotros es mínima.

No cuando todavía tengo en la piel el eco del roce de su mano esta tarde, el momento en que nuestros dedos se tocaron por accidente sobre la mesa de aperitivos.

—Será mejor que entremos —dice ella al fin, rompiendo la tensión.

Asiento.

La cena pasa volando, entre miradas y la conversación atropellada de Jade explicando lo mucho que lo ha disfrutado y lo que piensa preparar para la siguiente fiesta. Estamos cansados y, al acabar, Jade sale volando a su cuarto, a la espera de que yo vaya a leerle el cuento antes de irse a dormir .

El pasillo está oscuro. María y yo nos detenemos frente a la puerta de la habitación de invitados y ella mantiene la mano en el pomo sin girarlo, como si estuviera esperando algo.

—¿Segura? —pregunto, y mi propia voz suena más ronca de lo que debería.

Ella alza la mirada. En la penumbra, sus pupilas parecen más grandes, más profundas.

—Jan… —susurra.

No termina la frase.

Y no hace falta.

Podría besarla ahora mismo. Podría inclinarme, recorrer esos centímetros que nos separan y dejar de fingir que no deseo hacerlo desde hace semanas.

Ella se humedece los labios.

Yo aprieto los puños.

Y entonces, como si un hilo invisible se rompiera entre nosotros, María baja la mirada y empuja la puerta.

—Buenas noches, Jan.

Cierra con un leve chasquido, dejándome en mitad del pasillo con el pulso desbocado y la certeza de que, la próxima vez, no seré capaz de detenerme.