Capítulo 18
MARÍA
Me despierto con una sensación desconocida. Ha sido una de las noches más reparadoras que recuerdo. El colchón tenía la firmeza precisa; la almohada blandita, como me gusta, y las suaves sábanas y la calidez de la manta han hecho que disfrutara del descanso.
Además, no he dejado de pensar en él. La mejor forma de describir mis sentimientos es: un sueño placentero como hacía tiempo que no disfrutaba.
Y, al meditar en ello, se ha instalado en mi mente la conversación mantenida la noche anterior, con Jan, sobre lo mayores que somos. Y no tiene razón, no lo somos.
Mientras dormía, he soñado con él. Estábamos juntos, con los niños correteando alrededor nuestro. Me abrazaba y me besaba, unas caricias que he odiado que no fueran reales al despertar.
En el baño, después de una rápida ducha, me miro al espejo y me veo. Ahí estoy yo, una mujer decidida, con ganas de comerse el mundo y lo que se me ponga por delante.
Porque hoy es viernes y se me va a poner por delante algo que no deseo en estos momentos, y más con el recuerdo de Jan aún presente.
Hoy viene Toni a Serratona a recoger a Biel para disfrutar de su fin de semana.
Apenas serán unos minutos, pero no me apetece verlo. Lo que me pueda decir, sus miradas acusadoras, su manera de asentir como si dudara de mí… No lo merezco. Además, sé que me quedaré sola, sin mi hijo, y como siempre, y más últimamente, lo echaré mucho de menos.
Respiro hondo, me enderezo ante mi imagen, me pongo una pizca de perfume de sándalo que llevo en el bolso y salgo en busca de los niños, cuyos murmullos ya se oyen en la cocina.
Jan está con ellos, y Aurora acaba de entrar por la puerta. Tomamos un breve desayuno y nos ponemos en marcha.
El día empieza. Los ojos de Jan me observan al igual que los míos a él. Sacudo la cabeza y elimino mis pensamientos. La rutina debe instalarse de inmediato.
Llego con la lengua fuera a casa de mi tía. He dejado el coche en la plaza, como siempre; no puedo acercarlo más y el tiempo apremia. Preparo con rapidez una bolsa con lo necesario para que Biel pase estos dos días con su padre y nos vamos directos al colegio.
El timbre suena justo cuando llegamos. Biel me sonríe antes de entrar a clase como le gusta hacerlo, moviendo las manos con un gesto de despedida. Será un fin de semana duro sin su presencia.
La mañana pasa sin que apenas me dé cuenta. Cafés, tés y demás bebidas, conversaciones triviales con los vecinos y algún que otro comentario que me deja preocupada, pues la presencia de AgroTech en la zona cada vez es mayor .
Limpio de la barra el café derramado sin querer. Se ha roto una taza y el estruendo ha alertado a la mitad de los clientes. Eso sí, al descubrir que no ha sido nada, todos han regresado a sus conversaciones, partidas y demás tareas.
Me acerco a los jugadores de dominó y, sin proponérmelo, escucho parte de lo que dicen.
—¿AgroTech sigue haciendo de las suyas? —pregunto.
—Eso parece. Algunos agricultores se están pensado la venta de forma seria —comenta Pere.
—¿Y vosotros? —interroga Salva a sus compañeros de mesa.
—Yo lo tengo muy claro: no pienso vender —responde Jaume con una firmeza exagerada. Luego, gira la cabeza hacia mí—. ¿Y Jan? ¿Sabes qué va a hacer?
—¿Yo? —pregunto, sorprendida.
—Sí, tú. Se os ve juntos últimamente, ¿no? Ya conoces cómo es el pueblo… Los rumores vuelan y a lo mejor sabes de su opinión al respecto.
Siento el calor subirme a las mejillas. No sé por qué la gente piensa eso de nosotros, no hemos dado pie a nada. Apenas se nos ha visto juntos. Supongo que les gusta más un rumor que cualquier otra vivencia.
—Por lo que sé, no quiere vender —contesto. Es lo que me ha dicho las veces que hemos hablado del tema—. Si ha cambiado de parecer, no lo ha compartido conmigo.
—No creo. Es firme en sus convicciones —asegura Salva.
Si eso es cierto, no accederá a los tejemanejes de esa empresa con la que no quiere tratos.
A las cinco mi cabeza me dice que me esté quieta, que me quede donde estoy y no me mueva. Pero mis pies me llevan hasta la puerta del colegio para despedirme otra vez de Biel. Allí está Toni, a la espera de recogerlo, y yo me quedo un poco rezagada, ya que no deseo hablar con él.
El rostro de mi hijo al ver a su padre es de alegría. Lo malo es cuando comprueba que Jade está rodeada de un montón de niños que mencionan la fiesta del día siguiente. Su cara se transforma en tristeza.
Me acerco a ellos para despedirme y darle un último abrazo y un beso de mi hijo.
—Papi, ¿por qué no puedes cambiar el día? Es la fiesta de Jade. Quiedo quedarme —exige Biel con una pose decidida. Sonrío para mis adentros. Quiere parecer mayor y sus tres años y medio no se lo permiten.
—Biel, lo hemos hablado —dice mi expareja en un tono calmado—. Ya se lo cambié a mamá la semana pasada. Este tienes que pasarlo conmigo. Si no, yo apenas te veo y quiero estar contigo.
—Pero, papi…
—Pero nada —interrumpe con firmeza. Biel da un paso atrás—. Es lo que hay. Son decisiones de mayores y no se hable más.
Supongo que no quiere discutir ni enfrentarse a esos ojos que lo contemplan con desesperación. Biel me lanza una mirada, buscando apoyo, y yo solo me encojo de hombros. Ya lo hemos hablado. No se puede hacer otra cosa.
Agacha la cabeza y se acerca a Jade para despedirse. Ella lo abraza con fuerza y, de repente, ambos rompen a llorar.
—Esto no me lo esperaba —murmura Toni con reproche.
—Son niños. A veces actúan sin pensar —respondo, y me acerco a calmar la situación.
Tras unos minutos, logran separarse y se despiden con la mano hasta el lunes.
Llegan al coche y compruebo que dentro está la misma chica que acompañaba a Toni la primera vez. Elizabetta, creo que se llamaba. No me gusta y menos que pase tiempo con mi hijo, pero si está con su padre tendré que aceptarlo, al igual que a él le ocurre con Jan, aunque no tengamos nada.
Y justo al pensar en él, veo cómo se acerca para buscar a su hija. Ángela está con ella, pero la alegría al ver a su padre es mayúscula. Cuando Jan comprueba que no tengo nadie a mi alrededor, se aproxima hasta mí.
—¿Ya se han ido?
—Lo acaban de hacer —murmuro.
—Te veo triste.
—No me acostumbro a quedarme sola.
—Es un finde para ti. Tendrías que disfrutarlo. —Se le marcan unos hoyuelos en el rostro.
—Intento trabajar más horas en el bar y así no me acuerdo de él.
Es una buena táctica, aunque no siempre funciona.
—Me lo insinuaste ayer. Lo que pasa es que este sábado no será así —asegura.
—¿Por qué dices eso?
—Te comprometiste.
—¿A qué? —pregunto despistada.
—¿Ya no te acuerdas?
No cerramos la invitación de manera formal, pero sé que esperaba que estuviera en la fiesta de Jade.
Y, aunque él no lo sepa, yo ya había decidido que iba a ir.
Se lo he pedido esta mañana a Dolors y, por supuesto, me ha dicho que vaya, que no me la pierda y que trabajarán ella y su nieto, o su hijo, que yo no me preocupe.
Además, han salido unas palabras de sus labios a las que pienso hacer caso a pies juntillas: «Tienes que disfrutar más de ti».
¡Y si encima Jan está cerca, mmmm!