Besos con sabor a melocotón (Besos con sabor 2) Capítulo 17
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Capítulo 17

MARÍA

No para de llover. Las gotas azotan las ventanas con insistencia y yo apenas las escucho.

Cuando me levanté hoy, no imaginé que acabaría en casa de Jan a estas horas.

Me rodea su mundo: fotos de una familia que no conozco, un olor indescifrable, y Jan, frente a mí, me estudia en silencio.

Es parco en palabras y marca las distancias, unas que quiero que sigan presentes, pues su cercanía me provoca…

Es obligatorio que no piense en lo que siento cuando él está cerca.

—No tiene pinta de que deje de llover pronto —comenta Jan. Se acaba de levantar a mirar a través del cristal la negra noche, aún más oscura por la tormenta que arrecia fuera, e iluminada al fondo de vez en cuando por los rayos que se aproximan.

Biel y Jade, al acabar de cenar, se han ido a jugar a un rincón del salón.

Están bastante concentrados. Jade le está explicando las reglas de un juego de cartas y Biel asiente.

Creo que ninguno de los dos las comprende al cien por cien.

Casi seguro que juega a menudo con su padre y está repitiendo las palabras aprendidas, sin saber muy bien cómo seguir y, sin un adulto de por medio, no sé si van a ser capaces de aguantar mucho rato.

Desde el sofá, contemplo la ancha espalda de Jan y sus hombros firmes. Su cabello corto, con una leve ondulación desordenada, como si acabara de despeinarse. Los tejanos oscuros se ajustan a sus piernas y la camisa, mal colocada, se le ha salido un poco por un lado y le da un aire descuidado.

Cierro los ojos para evitar pensar en él otra vez.

Cuando los abro, Jan está a mi lado. He sentido su presencia y un cosquilleo ha trepado por mi cuerpo.

—Se te ve cansada. No creo que sea conveniente que cojas el coche.

Además, llueve bastante fuerte. —Se detiene y mira hacia donde dos peques no paran de reír y disfrutar—.

Si os apetece, quedaros a dormir —murmura.

Lo hace para que los niños no lo oigan y sea yo la que tome la decisión—.

Ellos se pueden instalar en la habitación de Jade, y tú en la de invitados.

Voy a por unas sábanas y mantas, si aceptas.

Permanezco en silencio. La respuesta está clara. Odio conducir de noche y más cuando hay tormenta. Que sea en su casa, con él en ella, hace que la decisión no sea tan fácil.

Una ligera sonrisa aparece en su rostro a la espera de mi contestación. Y esa señal de amistad y confianza para que acepte sus palabras confirman la situación.

—No muerdo ni soy un ogro. Bueno, tal vez un poco sí, y malhumorado, lo que pasa es que eso no puedo evitarlo. Creo que empiezas a conocerme y soy sencillo, sin demasiadas palabras ni complicaciones.

—No es eso… Es que… —tartamudeo y no sé el motivo. Solo debo tomar una decisión que está clara en mi cabeza. Lo que no entiendo es por qué vacilo .

Bueno, sí lo sé.

Cuando esos ojos azules me miran, me hacen sentir insegura, como si fuera a cometer algún delito no permitido a estas alturas.

—Vale, seguro que Biel acepta —comento.

—No le he preguntado a Biel, sino a su madre.

El silencio me atrapa, pues sus palabras han acariciado mi corazón. Lanzo un breve suspiro y asiento.

—Venga, me quedo, nos quedamos. Si la lluvia sigue así, tan fuerte, no hay mucho más que pueda hacer. Gracias por la invitación.

Me pongo en pie y me acerco a los niños. El salto que dan cuando descubren que van a dormir juntos es increíble.

—¿Quieres que preparemos las habitaciones? —me pregunta Jan a la vez que abre unos armarios del comedor.

¡Vaya sitio para guardar la ropa de cama!

Veo que extrae unos boles grandes y un par de copas, y aún me quedo más confundida.

—Para después. ¿O quieres ir ya a dormir?

Miro el reloj, apenas son las nueve. Ni me había percatado de lo rápido que ha pasado el tiempo.

La oscuridad de la noche, el rugir de la tormenta, la sensación de bienestar al lado de una persona que ha convertido una tarde de trabajo en algo constructivo y una cena improvisada, en muy agradable. Y aún queda toda la noche.

Tapo a Biel con la sábana y le doy un beso en la frente.

—¡A dormir!

Mi hijo asiente y sus labios curvados me demuestran que no tiene mucha intención de coger el sueño. Cierra los ojos y veo que Jade hace lo mismo tras recibir el beso de su padre .

Jan apaga la luz y se queda en el quicio de la puerta. Apenas nos tocamos, cada uno está a un lado, ya que ambos hemos decidido comprobar que nuestros hijos se quedan dormidos.

Sus respiraciones poco a poco se van ralentizando.

Biel levanta el párpado cada dos o tres minutos para comprobar que aún estamos ahí.

Sonríe cuando me ve y siento que va a hacer cualquier trastada en el momento en que desaparezcamos de su campo de visión.

Jade hace movimientos y gestos similares a los de mi hijo.

Como sigan así, nos tienen aquí, sin movernos, toda la noche.

El peligro de estos dos como los dejemos solos sin haberse dormido…

Y mañana hay cole. Al final, llega Morfeo y los atrapa.

En la cocina, Jan prepara unas palomitas que ya saltan en el microondas.

—¿Un gin - tonic , Baileys…? —pregunta a la vez que saca las botellas oportunas.

—Mejor como Olivia Pope en Scandal . Ella siempre disfrutaba de sus palomitas con una buena copa de vino tinto.

Jan ríe y asiente.

—Entonces, vino tinto será. Aunque no tengo esas copas enormes que ella usaba.

—No te preocupes. Cualquiera servirá —respondo, sintiéndome extrañamente cómoda en ese momento.

Me acerco al comedor y Jan deja encima de la mesa lo necesario para una tertulia entre dos amigos. Me acomodo en el sofá evitando sentarme cerca de él.

La tormenta no da tregua y un relámpago ilumina la estancia antes de que deje la casa a oscuras.

—Dame un minuto. Voy a comprobar si son los plomos o es un apagón general. —Jan se dirige al exterior .

Solo pienso en que, por favor, vuelva la luz de inmediato. La intimidad que puede forzar la penumbra no es conveniente para mi estado de excitación. Un temblor me acompaña y sé a ciencia cierta por quién es el motivo. Necesito calmar las palpitaciones de mi corazón.

Oigo el sonido de un cajón abrirse seguido de la chispa de un mechero. Un instante después, la cálida luz de una vela tilila en su mano.

Se han cumplido mis malos augurios.

—Es de la zona. No queda otra que esperar —informa dejando la vela sobre la mesa de centro.

—Bueno, al menos tenemos vino y palomitas —digo, en un vago intento de aligerar la tensión.

—Brindemos entonces. —Una media sonrisa aparece en su rostro—. Por Olivia Pope y las noches inesperadas.

Chocamos las copas y el silencio nos arrulla durante unos segundos, tal vez minutos, que se hacen eternos por un instante.

—¿Al final celebrarás las dos fiestas de cumpleaños para Jade? —pregunto rompiendo el hielo que se había vuelto a crear entre nosotros.

—Así quedamos. Y mi hija no me permitiría hacer otra cosa. Piensa que estuvo a punto de no celebrar la de este sábado y mantener solo la del siguiente para que Biel viniera a ella.

—Ya lo tenías listo para este fin de semana. Habría sido un desastre cancelarla o posponerla.

—Por eso no le dejé hacerlo. Organizando las dos, conservo la ilusión de mi hija.

El sábado vienen algunos amigos y parte de la familia.

Y el siguiente, Biel y el resto de compañeros de colegio que no han podido venir este, que parece que no, pero son más de los que Jade hubiera deseado.

Ella está encantada de tener dos fiestas de cumpleaños. Se lo va diciendo a todo el mundo.

—Lo sé. La he oído en el patio y en el parque. Lleva así la semana completa.

—¿Vendrás? —pregunta y frunzo el ceño, pues no entiendo lo que me consulta—. ¿Pasado mañana?, ¿a la fiesta?

—Biel no está y aprovecharé para hacer horas donde Dolors —contesto de inmediato.

La expresión de su rostro se vuelve decepcionada e insiste:

—Podrías escaparte y venir. Así conoces a mis amigos.

—¿En calidad de qué? Si Biel no está, no puedo ser la mamá de nadie.

—Como mi invitada y como la mamá del mejor amigo de mi hija. Y porque a Jade le hará ilusión verte y así nos echas una mano con la troupe que correteará por la finca.

—O sea, solo me quieres para limpiar —insinúo con una sonrisa.

—No tergiverses mis palabras. Ayudar, estar con los niños, jugar con ellos y disfrutar de una plácida tarde.

—¡Plácida, lo que se dice plácida, no creo que sea! Será más bien un torbellino de niños corriendo y saltando.

—También estará Ángela. Se ha ofrecido a ayudar sin cobrar. Además, dice que no quiere perderse las fiestas, y lo dice ya en plural, pues vendrá a las dos. Jade está encantada de que su canguro y una de sus amigas mayores esté con ella. Como ves, las dos se lo han montado para no separarse.

—Es una buena chica. Tal vez un poco alocada, pero tiene la paciencia necesaria para estar con críos.

—Eso mismo opino yo. Sus padres no lo ven igual. Cambió de carrera, ¿lo sabías?

Niego con la cabeza.

—Ángela comenzó estudiando Derecho en Barcelona, siguiendo el deseo de su familia.

En segundo curso cambió de rumbo, dejó la carrera y se trasladó a Lleida para estudiar Educación Infantil más cerca de los suyos.

Esa es su verdadera vocación, se le nota en la mirada cada vez que habla de los niños.

Sus padres, de la vieja escuela, no lo ven con buenos ojos y no acaban de apoyarla. Bueno, eso ya es otro cantar.

—Tú sí que estás hecho de la vieja escuela.

—¿Qué quieres decir? —pregunta, arqueando una ceja con curiosidad.

—Antes has dicho «plácida», ahora «cantar». No sé, parece que tienes más años de los que en realidad tienes.

—¿Ah, sí? ¿Y cuántos crees que tengo? —Su voz suena divertida y sus ojos chispean con un reto silencioso.

—Uy, soy malísima para eso.

—Arriésgate.

Me sonrojo. Nunca acierto y siempre acabo metiendo la pata.

Esta vez, en lugar de soltar lo primero que se me pasa por la cabeza, lo contemplo con detenimiento.

Su mandíbula marcada, la sombra de barba que le da un aire aún más atractivo, la forma en que su camiseta se ajusta a su pecho.

Empiezo a conocerme sus facciones, su cuerpo, y lo recorro con la mirada, una buena excusa para alargar el momento.

Estoy convencida de que no se aleja demasiado de mi edad y, por la intensidad con la que me mira, la diferencia de años es lo que menos importa en este instante.

—¿Treinta y cinco?

—Casi, casi. Uno más. Y tú… Tú debes tener treinta.

—Gracias. —Me sonrojo—. No has acertado. Tengo treinta y cuatro años.

—Vaya, de la misma quinta. Ya que dices que uso palabrejas anticuadas, pues sigamos con ellas.

Sonríe con esa media sonrisa que empieza a resultar peligrosa. El ambiente ha cambiado sin que me diera cuenta. No sé si ha sido la conversación, la tormenta o el hecho de estar aquí, en su casa, a solas, con Biel y Jade dormidos en la habitación de arriba.

Jan no aparta la mirada. Siento el peso de su atención sobre mí, cálida y expectante. Me remuevo en el sofá y su rodilla roza la mía. Es un gesto mínimo, casi casual, que provoca una corriente eléctrica entre los dos.

Trago saliva.

—Así que de la misma quinta… —repito, solo para decir algo, para llenar de palabras el silencio denso que nos envuelve.

—Ajá. —Asiente con lentitud, su mirada fija en la mía—. ¿Eso significa que ya no me ves tan mayor?

—Depende. —Mi voz suena más baja de lo que esperaba—. ¿Piensas hablar como si hubieras nacido en otra época?

—Tal vez. —Su tono es igual de suave, con una sombra de diversión—. ¿Piensas mirarme así todo el rato?

Mi respiración se entrecorta. No puedo evitarlo. Él está demasiado cerca, su piel demasiado tibia, su mirada demasiado intensa.

—Creo que… es hora de irme a dormir —susurro, levantándome de golpe.

Jan hace lo mismo. Nos miramos y su sonrisa ladeada no me ayuda a calmarme.

—Claro. Buenas noches, María.

Me doy la vuelta y camino hacia la habitación de invitados, sintiendo aún su mirada en mi espalda. Es lo correcto. Algo ha aparecido entre nosotros esta noche, pero aún no estoy dispuesta a reconocerlo.