Capítulo 16
JAN
Lleva varios días lloviendo. No hemos podido revisar la afectación del vertido a fondo y los del seguro aún no han pasado.
Hicimos fotos para demostrar lo sucedido y los mossos hicieron parte.
Estamos preocupados. Debemos rescatar información que nos ayude a paliar semejante desastre, y esa ha sido una de nuestras tareas principales. Internet, nuestro mejor aliado.
Roger se ha encargado de analizar posibles soluciones a semejante percance y Arnau ha revisado ayudas y subvenciones que nos permitan sobrellevar mejor la carga. Creo que el seguro no cubrirá el desastre.
Sigo sobrecogido por lo ocurrido; aun así, me mantengo firme y analizo las propuestas que me muestran. Además, tengo otra preocupación en mi cabeza: este fin de semana es la fiesta de Jade y tanto niño revoloteando por aquí no sé si será conveniente.
Esta mañana, Ángela ha pasado a buscar a Jade para llevarla al colegio. Los jueves siempre se encarga ella y hoy no iba a ser diferente. Apenas hemos cruzado dos palabras. Ha notado mi mal humor y no ha insistido ni realizado ninguna consulta. Mejor así. No tengo energías para charlas innecesarias.
Aunque sé que tiene varios temas pendientes sobre la fiesta de Jade de este fin de semana. Le di rienda suelta porque estoy convencido de que ella es capaz de encargarse mejor que yo de organizar el evento.
Se avecinan dos fiestas de cumpleaños y eso sí que va a ser superior a mis fuerzas, con lo que acarreo.
Después de comer, parece que la lluvia nos da una tregua y respiro aliviado. Y justo en ese instante entra María con mi hija y el suyo.
—Aquí los tienes.
—¿Perdón? —pregunto. Esperaba a Ángela y que se ocupara de mi hija para revisar el terreno.
—No había manera de separarlos. Que Biel no pueda asistir a la fiesta del fin de semana es algo que no lleva bien y no he sido capaz de hacerlo cambiar de parecer. Así que he pensado que lo mejor era darle la tarde libre a Ángela y te acercaba yo a Jade.
—Pero…
—No te preocupes. Le he dicho a Ángela que yo le pagaba las horas.
Estoy atónito. No entiendo lo que sucede en mi propio comedor cuando Arnau entra con noticias frescas.
—Creo que he encontrado la subvención ideal. El plazo acaba mañana. Me pongo manos a la obra y espero redactarlo para la fecha. Así podríamos empezar a arreglar la acequia principal —comenta con su tono práctico de siempre.
—Eso si no tardan meses en aprobarla —gruño, masajeándome la nuca .
—No seas agorero. El tiempo no remite y no podemos hacer nada en la finca relacionado con lo que nos preocupa. Es verdad que tampoco estamos ociosos. Roger —que acaba de entrar— y yo, nos ponemos y lo finiquitamos en un periquete. Y, si necesitamos datos tuyos, te los pedimos.
—Déjame ver.
Arnau gira el portátil hacia mí y me muestra la convocatoria. María se acerca por detrás, revisando la documentación con cautela. Su proximidad es inesperada y, por un instante, me tensa tanto como me reconforta.
—Si necesitáis mi ayuda, también puedo colaborar —sugiere con una suavidad en su tono que me eriza la piel.
—Ya nos organizamos, no te preocupes —respondo con rapidez.
—Hace unos años gestionaba subvenciones en la organización benéfica en la que hacía de administrativa. Tal vez os pueda dar alguna que otra idea.
Sé que otra cabeza pensante nos vendría de fábula; seguro que se le ocurre algo para mejorar la propuesta, pero me preocupa su cercanía.
—No descartes tan pronto esto que te ofrecen —murmura Arnau con una sonrisa—. Tenemos el borrador de aquella solicitud, que habrá que reformular. Actualizar datos y justificar la urgencia por los daños del vertido. ¿Qué se te ocurre?
Le consulta a María y esta se acerca de nuevo a ver los documentos. Roger, Arnau y ella murmuran apenas un instante y veo que solo quiere ofrecer lo que sabe.
—Preparo la merienda de los niños y, mientras ellos juegan, me acerco al despacho —comenta María—. Encerraos ya para que os dé tiempo.
La miro de reojo. Sé que sería un apoyo, y también una distracción tremenda para mí.
Se mueve por mi cocina con una soltura inquietante, como si la conociera, aunque me ha pedido permiso para hacerlo.
Y ahora mismo no estoy seguro de cuál de las dos cosas necesito más: su ofrecimiento o su cercanía.
—Vale. Nosotros nos ponemos con los papeles en el despacho y, si ves que puedes, te acercas. —Freno mis palabras y me lo pienso mejor—. Bueno, de verdad, nosotros nos podemos encargar. —Acabo de dejarla en la tesitura de si venir o no. Mi cabeza está hecha un caos.
Una media sonrisa se posa en su rostro y acaba de rellenar los vasos de la merienda.
Los tres nos refugiamos en el despacho y el sonido de la cocina se convierte en un murmullo de tazas y risas infantiles del que no puedo desentenderme.
Me esfuerzo en concentrarme en la subvención, en las cifras y los plazos, pero su presencia flota en el aire, demasiado tangible.
Un rato después, cuando la merienda está servida y los niños se han ido a la habitación de mi hija, María se une a nosotros.
Se sienta en una esquina de la mesa con su propia taza de café y, sin preguntar, empieza a revisar los documentos que han imprimido.
Su concentración es absoluta, como si esto le importara tanto como a mí. O más.
Una hora más tarde, nos trae un par de tazas de café tras comprobar que los niños aún están vivos. Vuelve a sentarse en una esquina, como no queriendo importunar y haciendo unas aportaciones muy acertadas que le agradecemos.
Poco a poco, el trabajo avanza y terminamos de pulir los últimos detalles.
Arnau ya ha redactado la parte principal basándose en la solicitud anterior y solo hemos tenido que actualizar los datos técnicos y añadir la documentación requerida.
Le daremos una última revisión a primera hora y la enviaremos mañana.
Roger y Arnau se desperezan y anuncian su despedida.
—Según los pronósticos, mañana ya amainará, aunque todavía caerá algo esta noche. Solo espero que podamos ver el estado real del terreno —comenta Roger, dejando los papeles sobre la mesa.
—Eso. Así tomamos decisiones sobre qué arreglar primero —responde Arnau, cerrando el portátil.
—Nos vemos temprano —añado.
Roger se despide con una palmada en mi hombro antes de salir junto a Arnau.
Estoy en el despacho a solas con María.
Esta se pone en pie y se dirige a la parte de arriba a buscar a los niños.
Yo me quedo un instante, procesando la situación, algo confundido.
De repente, la lluvia, que hasta hace un rato era solo un murmullo en el fondo, arrecia de nuevo.
Golpea con fuerza los cristales y el viento sacude las ramas de los árboles.
María baja las escaleras con Jade y Biel pisándole los talones. Se acerca a la ventana y suspira.
—¡No podría haber esperado un poco más! Ya me iba, y así no puedo salir —dice preocupada.
—No te preocupes. Quedaos a cenar y…
Apenas tiene tiempo a responder cuando su hijo accede sin preguntarle.
—¡ Bavo ! —grita Biel.
—¡Fiesta! —exclama Jade, cogiéndolo de la mano y dando saltitos.
Muevo la cabeza. Esto no puede estar pasando.
Abro el congelador y miro si tengo suficientes pizzas para todos. No hay problema en adelantar nuestra cena del viernes .
—De verdad, no hace falta. Esperemos un poco y seguro que vuelve a parar. Y así te dejamos descansar. Además… —se agacha junto a su hijo y le revuelve el pelo—, mañana te vas con papá a Barcelona y tenemos que preparar la bolsa.
—No quiedo Barcelona. Quiedo la fiesta de Jade.
—Lo sé, Biel, pero ya lo hemos hablado. Papá quiere que estés con él. Y Jade te ha prometido otra fiesta la semana que viene.
—No es lo mismo. Es su cumple.
—Pues avanzamos un poco la fiesta —sugiero con un ánimo que no sé de dónde ha salido—. Hoy os quedáis a cenar pizza y ponemos una vela en una magdalena.
—Da mala suerte soplar las velas antes —comenta María.
—Pues sin soplar velas. Venga, niños, a poner la mesa en el comedor. Jade, tú sabes dónde están las cosas. Miramos una peli y…
Estoy hablando solo. Han salido disparados de la cocina antes de que termine la frase.
María me sonríe y empieza a ayudarme con lo poco que hay que llevar a la mesa.
Tengo una cubertería de plástico ideal para estas ocasiones.
Mientras revisa que todo esté en orden, me pregunto cómo es posible que, en medio del caos que provocan nuestros hijos, su presencia parezca encajar tan bien en mi casa.