Capítulo 15
JAN
El fin de semana ha sido confuso. Me he cruzado en un par de ocasiones con la familia de María, y Jade es la que nos ha unido a ellos, al grupo que formaban. Me he sentido fuera de lugar y las miraditas de la hermana y la amiga no me han gustado en absoluto.
¿Qué miraban?
Aun así, he intentado que mi hija se sintiera bien.
Sé que ella ha disfrutado jugando con su amigo y yo…
, pues yo no tanto. Sentirme observado, el cosquilleo extraño que me invade al estar cerca de María, la autoimposición de no acercarme a nadie que pueda ocupar mi corazón en estos momentos…
No quiero, no lo deseo… O es que tal vez aún siento algo por Joana.
¿Joana?
Joana nos dejó hace dos años y medio.
Cuando descubrimos que estaba embarazada, fuimos los padres más felices del mundo y organizamos una fiesta para compartir la noticia con los vecinos del pueblo.
Queríamos que fuera el acontecimiento del año.
Los globos rosas que colgaban de la puerta de entrada los fuimos renovando cada vez que desaparecían o se pinchaban.
Los meses pasaron y arreglamos una habitación de Mas Traginer para Jade.
Joana tuvo náuseas durante el embarazo, pérdida de apetito, digestiones pesadas y, en el último trimestre, un malestar general que atribuimos al final de la gestación.
En las revisiones rutinarias apenas le detectaron elevaciones leves de transaminasas.
Las ecografías obstétricas estaban centradas en el feto.
No se quejaba, se refugiaba en la felicidad que ambos sentíamos por la llegada de nuestra hija.
El día que nació, aún me cuesta creerlo. Esa sonrisa, sus ojos azules —que mantendría—, la barbilla hundida y ese parecido tan maravilloso a una madre que la iba a cuidar para siempre.
Un siempre que se esfumó excesivamente rápido.
Al principio, el cansancio tras el parto nos pareció normal.
Pero pasaban las semanas y ella se sentía cada vez más alicaída, más agotada.
Apenas podía sostener a su hija en brazos y eso la destrozaba.
Decidimos ir al médico. Algo no iba bien.
No encajaba con una simple depresión postparto, como algunos insinuaban.
En el hospital nos confirman nuestros peores temores: Joana tenía un cáncer hepático avanzado y le quedaban pocos meses de vida. Los análisis durante el embarazo no habían sido suficientes para revelarlo.
Un tiempo que Joana intentó disfrutar al lado de Jade, encontrando en su hija una fuerza que no sabía que tenía. Un tiempo que se hizo corto y, el día que nos dejó, con Jade en los brazos, no supe cómo enfrentar la realidad de un tiempo que ya no nos pertenecía. No creí ser capaz de superarlo.
Aun así, por mi hija hice lo que pude y más. Me convertí en el padre perfecto que sé que Joana hubiera querido que fuera.
Y ahora, dos años y medio después, no quiero que ese cosquilleo que me provoca María haga tambalear lo que un día sentí por mi mujer. Sé que rehacer mi vida es obligatorio y…
Sacudo los pensamientos que se agolpan en mi cabeza y continúo junto a un grupo con el que, en el fondo, no acabo de sentirme cómodo. Y creo que el único que tiene la culpa soy yo.
Al final, he terminado regalándoles unos botes de mermelada casera.
No la que vendo en las tiendas, sino la que reservo para mí, mis propias invenciones.
Jade las ha mencionado tantas veces mientras estábamos juntos que no me ha quedado más remedio que compartir unos botes. María me lo ha agradecido.
El martes ha amanecido gris y con previsión de lluvia durante toda la semana.
La familia de María disfrutó de sus días de escándalo.
Para nosotros, los agricultores, es momento de prepararnos para el agua, que, según las previsiones meteorológicas, no dará tregua en los próximos días.
En mi caso, menos mal que la cosecha ya está recogida y solo quedan trabajos más tranquilos, aunque igual de necesarios.
La llegada de noviembre a Mas Traginer trae consigo tareas que no se pueden posponer, a pesar del mal tiempo.
Roger se ocupará de limpiar los utensilios de cosecha, guardar las herramientas en buen estado para el siguiente ciclo y revisar los almacenes para asegurarse de que esté listo para el invierno.
Arnau y su equipo se encargarán de preparar la explotación para la nueva temporada, podando los melocotoneros y asegurándose de que todo esté en orden. Además, a mí me tocan labores de mantenimiento, revisando el sistema de riego y asegurándome de que los drenajes estén en perfecto estado.
Cuando regreso al mas, Aurora ya ha preparado el desayuno y tengo que aligerar para llevar a Jade al colegio, hacer un par de encargos pendientes y continuar arreglando unas vallas que he visto caídas en la finca.
—Papi, ¿tienes ya mi degalo ? —pregunta Jade, curiosa.
Me encojo de hombros. No se lo voy a decir.
—¿Has comprado perpentinas y globos? Quiedo muchos colores.
—Lo sé, lo sé. Ángela y yo nos encargamos. No te preocupes. Termina de desayunar y al cole.
Nos montamos en el jeep que nos lleva al pueblo.
Al llegar al cruce, un coche rojo nos adelanta a gran velocidad, de forma imprudente por el tipo de carretera.
Freno bruscamente y miro por el retrovisor, pero no logro distinguir quién conduce el vehículo.
No he tenido tiempo de fijarme en la matrícula, aunque sí en el tipo de coche. Estaré atento.
—¡Qué zuto , papi!
Al dejarla en el colegio, reviso los coches estacionados alrededor. Algo no me ha gustado del movimiento atípico del vehículo con el que me he cruzado en la finca y no creo que fuera ningún vecino.
Me dirijo a la oficina de correos, donde recojo varios paquetes para los preparativos de la fiesta de Jade. Aprovecho para hacerme también con parte de la compra semanal, que dejo en el jeep .
El cielo cada vez está más oscuro; anuncia la tormenta que se aproxima. Me cruzo con Vicente, que va hacia el bar, y lo acompaño unos pasos.
—¿Te unes a una partida? —me pregunta—. A Pere le hará gracia verte con nosotros un rato.
—Demasiadas cosas que hacer en el mas. Tomaré un café rápido y me iré. Si cae lo que parece que va a caer, estaremos varios días en casa.
En ese momento, el sonido estridente de un claxon nos hace girarnos. Un coche se acerca a gran velocidad por la calle principal y frena de golpe frente a nosotros. Reconozco el vehículo y de él sale Roger, con el rostro desencajado y respirando con dificultad.
Lo miro preocupado, sin entender qué hace aquí. Le había dicho que yo me encargaría de los asuntos en el pueblo. Algo no cuadra.
—Jan, tienes que venir de inmediato —anuncia. Su voz está entrecortada y el pánico se refleja en sus ojos.
—¿Qué sucede? —pregunto, sintiendo como la inquietud me recorre el cuerpo.
—No te lo vas a creer y yo aún no lo entiendo.
Alguien ha vertido algo en el sistema de riego —suelta a bocajarro, atropellándose al pronunciar las palabras—.
Además, ha destrozado parte de las acequias que separaban los diferentes canales y el agua contaminada se extiende por el camp gran . ¡Es un desastre!
Mi mente comienza a procesar la gravedad de lo que me está diciendo y mis piernas reaccionan antes de que pueda pensar con claridad. ¡Un vertido tóxico! Esto podría poner en riesgo lo que hemos trabajado durante tanto tiempo. Sin pensarlo más, hago un gesto para que me siga.
—¿Dónde ha sido? —pregunto con la urgencia de saber si aún estamos a tiempo de evitar más daños.
Roger apenas puede mantener la calma.
—Al final de la finca, cerca de la acequia principal. ¡Vamos!
Nos dirigimos al coche cuando Vicente nos detiene.
—Un momento, chicos. Lo comunico en el bar y vamos con vosotros. Esto es vandalismo y no es propio de nadie de la zona. Tenemos que ayudarnos.
Asiento a la vez que entro en mi coche, seguido de Roger. Vicente accede al bar y rápidamente se mueven las sillas y los vecinos empiezan a salir en nuestra ayuda.
Al girar la plaza, tomo la calle principal y veo a lo lejos la figura de María, que se mete en un coche y viene con el grupo a echar una mano.
Cuando llego a la finca, la imagen que me encuentro es aún peor de lo que imaginaba y no doy crédito. El agua brota a borbotones por el camino principal, pero lo que más me preocupa es el líquido oscuro y arenoso que se ha esparcido por la tierra. Si es lo que sospecho, el daño podría ser grave.
—Puede que Arnau haya abierto las compuertas para drenar el agua —comento en voz alta, aunque sé que eso no soluciona el verdadero problema.
Nos acercamos al cobertizo, donde los trabajadores que aún quedan en la finca ya están manos a la obra. Cuando llegan los vecinos, se forma una cadena humana para contener el vertido y tratar de evitar que se filtre más en el suelo. Hay que actuar rápido.
—¿Cómo te percataste, Roger? —le pregunto, preocupado, mientras clavo la pala en la tierra y cargo un carretón—. ¿Cómo lo has intuido? Es la zona más alejada de la finca.
—Está en el sitio idóneo para no habernos dado cuenta hasta que hubiera sido imposible de paliar.
Quien lo haya hecho sabía dónde actuar. Me ha parecido escuchar un acelerón fuerte y decidí ir a ver.
Pura curiosidad, a la vez que extrañeza.
Entonces vi el agua contaminada extendiéndose por la acequia. Avisé a Arnau y fui a buscarte .
—Yo me he cruzado con un coche rojo esta mañana, al salir con Jade, que ha acelerado de forma brusca —comento, recordando el adelantamiento peligroso en el cruce.
—Entonces será él mismo —afirma Roger, frunciendo el ceño—. No conozco a nadie de por aquí que tenga un coche de ese color.
—¿Quién podría haber hecho algo así? —pregunta Jaume, con la sudadera remangada y un pañuelo cubriendo su frente sudorosa.
Dudo un instante antes de responder. Hay una posibilidad que no puedo ignorar.
—AgroTech —suelto.
Salva, que está a mi lado, sacude la cabeza
—¿Crees que harían algo así solo por las tierras?
—Si lo que han vertido hace que el suelo quede infértil, podrían presionarnos para vender y a precios irrisorios de compra. No sería la primera vez que intentan algo sucio —respondo, apretando la mandíbula.
La idea me revuelve el estómago. No puedo permitir que destruyan lo que tanto me ha costado construir.
El trabajo continúa con más intensidad. Nos movemos en sincronía, paleando la tierra contaminada, tratando de contener el daño antes de que la lluvia que se avecina lo empeore. La humedad en el aire anuncia que no tenemos mucho tiempo.
María se acerca con las mejillas encendidas y las manos enrojecidas por el esfuerzo. Lleva un par de cubos llenos de tierra húmeda y los vacía junto a los demás. Su respiración es agitada, su expresión firme.
—¿Cómo estás? Esto es un horror, pero entre todos evitaremos que se convierta en un desastre mayor .
Le sostengo la mirada un instante. A pesar del caos, aquí está ella, sin dudar ni un segundo en ayudar.
—Gracias —respondo con sinceridad.
—Si necesitas que haga algo más, dime.
Niego con la cabeza. Mi mente empieza a embotarse por el agotamiento. Me urge pensar con claridad y no consigo hilar los pensamientos.
El sonido de una sirena rompe la tensión. Los mossos d’esquadra llegan al camino principal. Alguien los ha llamado. Yo no he dado la orden, pero alguno de los presentes habrá pensado que era lo correcto. Quizá Pere o María u otro vecino.
Uno de los agentes se acerca y empieza a hacer preguntas. Explicamos la situación lo mejor que podemos, describiendo el estado de la acequia, el líquido vertido y el coche rojo que vi esta mañana. No hay pruebas concretas de quién lo hizo, aunque la intención está clara: sabotaje.
Después de tomar nota y asegurarse de que la situación está controlada por el momento, los mossos se marchan. La mayoría de los vecinos también empiezan a irse, tras asegurarse de que no pueden hacer más.
María ha salido un momento al pueblo y regresa con los niños. Jade corre hacia mí en cuanto me ve.
—¡Papi! —Su vocecita temblorosa me desarma—. ¿Qué ha pazado ?
Me esfuerzo por sonreír, aunque la preocupación me pesa en el pecho.
—Nada, cielo, no pasa nada, yo me encargo. Entra dentro con Biel y jugad un rato en tu habitación.
Ambos desaparecen en el interior de la casa. María, atenta, se sienta a mi lado, en el viejo banco de madera, junto a la entrada.
—Te veo más tranquilo —comenta con un tono suave.
Asiento. En mi interior sé que no lo estoy.
Desde donde nos encontramos, puedo ver las tierras afectadas.
Hemos logrado contener el vertido, pero el daño ya está hecho.
La lluvia que empieza a caer lo empeorará, filtrando aún más las sustancias en la tierra.
Durante días, tal vez semanas, no podré saber el verdadero impacto de lo que ha pasado.
Y, mientras tanto, el sistema de riego no podrá utilizarse.
Construir uno nuevo costará dinero. Dinero que no tengo.
Suelto un suspiro largo y paso una mano por mi rostro.
—¿Te preparo una tila? —me pregunta con una media sonrisa.
—No, gracias. Puedes irte.
La frialdad en mi voz me sorprende incluso a mí. Ella me mira durante un segundo, como si sopesara si replicar o no. Al final asiente, se levanta sin decir nada y entra en la casa en busca de su hijo.
La veo alejarse y una punzada de culpa me golpea el pecho.
¿Por qué demonios he sido tan borde? Ella solo quiere ayudar… y yo me empeño en alejarla.
El cansancio y la rabia me están consumiendo; aun así, no puedo permitirme caer. Mañana será otro día. Y tendré que encontrar una solución.