Besos con sabor a melocotón (Besos con sabor 2) Capítulo 14
35%

Capítulo 14

MARÍA

Por fin puedo cerrar los ojos y dejar que el cansancio me venza. Ha sido un día largo, lleno de reencuentros, abrazos y algún que otro roce innecesario con mi madre. Es el principio. Quedan tres días completos y sé que vamos a conseguirlo.

Tengo a mi tía Angelines de mi lado.

Esta tarde ha estado impecable, cuidándolos con una mezcla de cariño y firmeza que la caracteriza. Ha sido la anfitriona perfecta, logrando que hasta mi madre, siempre dispuesta a encontrar algún «pero» en cualquier situación, se quedara sin argumentos.

Cada vez que parecía que iba a soltar una queja, Angelines la desarmaba con una respuesta rápida y convincente:

—La mejor habitación que dispongo es la que os he dado a vosotros. Es la más cálida de la casa y por eso tengo aquí la costura y paso la mayor parte de mi tiempo. Aunque estos días ni me veréis en ella.

Cuando mi madre ha fruncido el ceño al mirar la comida, ella ha añadido con orgullo :

—Las frutas y verduras son frescas, directas de los agricultores de la zona. María y yo tenemos buenos contactos y, si queréis, os conseguimos para que os llevéis a la capital lo mejor de lo mejor.

Al ver el comedor y volver a insinuar que podríamos habernos apañado juntos en la casa, mi tía ha vuelto a adelantarse:

—Aquí hubiéramos estado apretadísimos. La buhardilla de Dolors es de diez; tendrán espacio y comodidad. Mañana temprano, para cuando despierten, vamos a buscarlos y tomamos el café en el bar. Así os sentiréis como un serratoní y comprobaréis lo bien que está vuestra hija.

Y, cuando ha parecido que no quedaban más objeciones, le ha lanzado la estocada final.

—Mila, María está cuidando fenomenal de mí. Gracias por dejarla venir.

Mi madre solo ha podido asentir con una sonrisa en el rostro.

Artur nos ha servido el desayuno en la mesa central, que es una de las más grandes que tiene el bar. Hemos llegado en el momento adecuado, pues unos minutos más tarde hubiéramos tenido que esperar y eso no creo que hubiera sido del agrado de mi madre.

Dolors se ha sentado con nosotros y se ha presentado como una jefa magnífica que me cuida lo mejor que sabe. Mi madre se ha erguido y acercado a mí, en señal de protección. Parece que este fin de semana va a sacar las uñas como alguien pretenda tocarme.

Es raro verla así. De alguna manera confusa, su actitud empieza a gustarme. Como si de repente volviéramos a ser aquellas niñas que tanto cuidaba, no como las adolescentes deslenguadas en las que nos convertimos, según su criterio.

—¿Cuál es el plan de hoy? —consulta Sam—. Yo quiero callejear, empaparme del entorno.

—Perfecto, cuñado. Esa es la idea. Mañana haremos una excursión a la ermita de San Lorenzo y hoy os enseño Serratona. Sus calles, sus monumentos, sus vecinos… Sé que os vais a enamorar como yo.

—Mejor que no —suelta mi madre.

—¿Por qué? —pregunta curiosa Angelines.

—Con dos personas que me haya arrebatado esta tierra es suficiente.

—Sí que eres rara, Mila. Aquí nadie te ha quitado nada. Tu hija sigue siendo tuya y Serratona es un pueblo con una tradición que seguramente encontrarás en muchos otros. No somos únicos. Ya nos gustaría. —Una sonrisa de orgullo se instala en su rostro.

No ha nacido aquí, yo tampoco, pero sentimos que pertenecemos a este pueblo porque los que nos rodean nos lo hacen vivir.

—Pues no se hable más. —Sam se pone en pie, se dirige a la barra y paga la consumición del grupo.

Salimos a la plaza. El día acompaña. Luce un sol en lo alto, con apenas nubes y una brisa.

Expongo lo que sé de los diferentes edificios que nos rodean: el ayuntamiento, la fuente y la panadería, donde venden las mejores rosquillas de miel y almendra de la comarca.

—¿Y a qué esperamos a entrar? —pregunta Alice, dirigiéndose ya hasta allí.

—Si acabamos de desayunar… —protesta mi hermana.

—A un dulce nunca se le puede hacer un feo. Y María ha dicho que son las mejores de la zona. Seguro que si no vamos a primera hora nos quedamos sin.

Mi rostro confirma sus palabras, por lo que el grupo al completo nos dirigimos hasta el local, que ya acoge a varios vecinos que compran el pan y algún que otro dulce.

Belén nos atiende con esmero, como es habitual en ella.

—Son rosquillas esponjosas, crujientes por fuera, bañadas en una mezcla de miel local y espolvoreadas con almendra picada. Espero que las disfruten.

—¿No te queda ninguna rellena de crema de melocotón?

Belén niega con la cabeza.

—Esas las hacemos en temporada y he agotado los botes en conserva que guardo para ello. Si queréis os podéis llevar una torta de Serratona.

—¿El bizcocho fino cubierto con rodajas de melocotón caramelizado? —pregunto y consulto al grupo si les apetece.

Llenamos la bolsa con demasiados artículos, pues tienen mermeladas de Mas Traginer y nos hacemos con algunos botes. Sam regresa a la casa para dejar los paquetes y continuar el paseo sin ningún peso.

Lía lleva el móvil en la mano y no para de hacer fotos. Le gusta lo que ve. Sam y Alice hacen lo de siempre y se cuelan en más de una instantánea con el consiguiente enfado de mi hermana.

—Si me pedís la foto, os la hago, no me estropeéis la que intento hacer.

—Son más originales así —comenta Sam, risueño.

Lía le da un empujón juguetón y lo mira con fingido recelo. En sus ojos aún veo ese amor que se profesan. Tres años y medio después, permanece intacto.

Nos dirigimos a la calle principal, donde se encuentran algunos de los negocios más emblemáticos del pueblo, además de la entrada a la casa rural.

Justo en ese momento, la puerta se abre y sale una pelirroja cuyos tacones de infarto parecen a punto de traicionarla.

Los adoquines no le van a permitir caminar con soltura.

Se ajusta un abrigo de piel en negro sobre un vestido que desentona por completo con el entorno rural que nos rodea.

Tras ella, sale alguien más. Y cuando nos percatamos de quién es, la mandíbula se me cae al suelo.

—¡Toni! —exclama mi madre.

Este se queda paralizado, igual de sorprendido que el grupo que tiene frente a él.

—¿Qué haces aquí? —suelto rápidamente, interponiéndome entre ellos antes de que mi madre le dé un brazo y empiece a decir gilipolleces—. ¡Cambiamos el fin de semana! —exclamo.

—Pero es que, si no, tardo demasiado en ver a mi pequeño —añade, bajando la mirada hasta Biel—. Hola, campeón. ¿Cómo estás?

—Bien, papi.

—¿Hoy no vas con tu nueva amiguita? —pregunta Toni mientras me mira de reojo, como si quisiera medir cada uno de mis gestos tras su comentario.

—No, Jade ta en su casa. A lo mejor luelo vamos a verla, ¿no, mami? —me pregunta mi hijo.

—Ya veremos —respondo, sin querer comprometerme.

—¿No hay más pueblos que visitar por la zona? —interviene Sam, marcando territorio con cada palabra.

Toni sonríe con un deje de suficiencia. Solo lo hace para herirme y odio el dolor que me provoca su cercanía.

—La última vez que pasé por aquí no pude hospedarme en el pueblo. Esta vez he pensado que estaría bien y aquí estamos, disfrutando del fin de semana.

—La otra vez venías con otra acompañante —le espeto, sin poder evitarlo—. ¿Qué pasa? ¿Estás probando diferentes chicas?

Me mira con inquina a la vez que niega con la cabeza. Yo trato de aguantarle la vista sin pestañear. ¿De verdad cree que no soy capaz de plantarle cara? Ahora sí parece que tiene tiempo para salir e incordiar, y mientras estuvimos juntos solo se dedicaba a trabajar. Menudo imbécil.

Nos despedimos y se alejan hacia la plaza. Menos mal que vamos en sentido contrario.

Mi hermana se acerca y me abraza. Alice la copia y mi madre me mira, alterada por la situación y sin comprender qué es lo que ha pasado y por qué no ha podido hablar más rato con Toni.

Gracias a Dios que mi padre se ha percatado y la ha apartado para que no pudiera entrometerse.

Paseamos de forma tranquila, charlando de temas varios. Mi madre habla con su tía, Sam con mi padre y nosotras tres seguimos chismorreando sobre el fatídico encuentro con Toni.

Biel va de mi mano, cuando sin darme cuenta la suelta y sale corriendo en busca de alguien a lo lejos. Son Jade y Jan.

Los presento y mi hermana me mira curiosa. Supongo que se ha percatado que este es el chico del que le he hablado en alguna que otra ocasión.

—Hola, Jan —empieza mi tía Angelines—. Mira, te presento a nuestra familia.

Y se encarga de hacer los honores. Creo que ella también se ha percatado de la chispa que surge entre nosotros las veces que nos hemos visto.

—¿Vamos al padque ? Ellos van —dice mi hijo con una mirada que implora por mi decisión.

—Yo estoy cansada de tanto caminar —comenta mi madre con un gesto agotado—. Si queréis id vosotros, la juventud, mientras tu tía, tu padre y yo nos vamos a casa a preparar la comida. No tardéis demasiado. Sobre las dos.

—A sus órdenes —lanza Lía y la mirada reprobatoria de mi madre hace que me muerda una carcajada que estaba a punto de salir de mis labios ante la espontaneidad de mi hermana.

En la zona de juegos hay otros niños, amigos de Biel y Jade, y hacen que estén a gusto jugando. Los adultos nos quedamos en un banco, alejados del barullo infantil, sin perderlos de vista.

El paisaje es alucinante. La montaña se extiende a nuestros pies con sus colinas onduladas, cubiertas de vegetación que empieza a teñirse de tonos ocres y dorados.

Los campos frutales, aún con hojas enrojecidas, contrastan con el verde de los cultivos que resisten el cambio de estación.

Se respira el aire limpio del campo y algunas chimeneas comienzan a humear.

Es un paisaje que invita a detenerse, y eso es lo que está haciendo Sam.

—¿Tú eres el de los melocotoneros? —pregunta Alice, a bocajarro.

Jan asiente.

—Las mermeladas de esta mañana son suyas, ¿no? —Esta vez es Lía y la consulta es para mí.

También solo hago un breve movimiento de mi cabeza.

De repente parece que nos hayamos quedado sin palabras.

—¡Mami! —grita mi hijo que viene corriendo hacia mí—. Es el cumpleaños de Jade y m’a invitado. ¿Podemos ir, pofa, mami?

Miro a Jan de reojo.

—No es hoy, es la semana que viene y por supuesto que estáis invitados —aclara.

—Mami, mami —salta mi hijo a la vez que lo hace Jade y Alice lo hace con ellos, como una niña más. Será tonta…—. ¿Puede venir la tita?

—La tita estará en su casa —responde mi hermana—. Tiene que trabajar. Si mamá te deja, tú no te lo pierdas.

La mirada suplicante de mi hijo me hace asentir, y sé que antes tengo que lidiar con Toni.

Últimamente, parece que su agenda es demasiado complicada como para permitir cambios en los días que pasa con Biel. Si hay algo que tiene claro, es que no piensa modificar sus encuentros por compromisos de su ex, y empiezo a ser yo la que me he de adaptar.

Lo que me molesta no es solo su rigidez, sino el hecho de que, cuando Biel era un bebé, apenas estuvo presente. Me debe muchas, aunque sé que reclamarlo no servirá de nada.

Cuando saco el tema, su única respuesta es que sería chulo que quisiera estar sola y aprovechar para que él pase más tiempo con su hijo. No pienso permitirlo. Los días que ha perdido, los ha perdido, y ahora solo le tocan los que están por venir.

Este fin de semana se lo cambié porque me iba a acompañar mi familia, y no sé si conseguiré que ceda otro más.

Para colmo, pretende que Biel pase la Navidad con él.

Se ha empeñado en llevarlo a Eurodisney.

Aún no me lo ha dicho a mí, pero sí se lo ha insinuado al niño.

Me duele porque sé que no puedo darle a Biel ese tipo de lujos y me da rabia que juegue con esa ventaja.

—No tienes por qué darme hoy la respuesta, tranquila —comenta Jan .

Supongo que mis pensamientos me han hecho perder el hilo de lo que sucedía, porque tardo en reaccionar a sus palabras.

—Tengo que consultarlo con mi ex. Ya te diré algo.

Y parece que acabo de invocar al demonio, porque justo en ese momento Toni aparece por la calle que da al parque con la pelirroja del abrigo de piel del brazo.

Vienen al mirador, pues las vistas son espectaculares.

Que nosotros estemos sentados aquí no les facilita mucho ni la visión ni la tranquilidad.

—Mami, pregúntale a papá. —Biel aparece de repente a mi lado, entusiasmado. No es el mejor momento.

—Se lo consultaré más tarde, vale Biel.

Pero Toni nos ha escuchado.

—¿Qué me has de preguntar? Soy todo oídos. —Se acerca al grupo y, sin pedir permiso, se sienta junto a mí, dejando a su acompañante a un lado.

La pobre apenas puede andar con los tacones que se le enredan entre las piedras del camino.

—Nada importante, ya hablaremos —digo, intentando cortar el tema.

No es un buen momento.

—Si tiene que ver con nuestro hijo, es importante —insiste Toni, clavando los ojos en mí.

Respiro hondo, conteniendo mi irritación. No quiero discutir delante de Biel, pero sé que Toni no va a soltar el hueso tan fácilmente.

—Es sobre el próximo fin de semana. Biel quiere ir al cumpleaños de Jade.

Toni frunce el ceño, como si la información no le importara en absoluto.

—Es mi fin de semana. Bueno, lo era este y ya lo modifiqué. No pienso volver a cambiarlo.

—Podrías volver a hacerlo, por tu hijo —digo con calma—. No se trata de mí, Toni. Es la mejor amiga de Biel. Él quiere estar ahí.

—Y yo quiero pasar tiempo con él —responde con frialdad—. ¿O es que solo importan tus planes? Yo también tengo para el próximo fin de semana.

Aprieto los dientes. Ya estamos con lo mismo.

—¿Tan grave sería cambiarlo? —insisto.

—Tal vez, si estuvieras dispuesta a compensarlo más adelante… —dice con tono casual.

Sé lo que está haciendo.

Siento un nudo en el estómago. No es solo la fiesta de Jade, ni el cambio de fechas, ni las vacaciones de Navidad que en parte es lo que está insinuado que desea. Es otro pulso, otra prueba de fuerza. Y no sé si quiero jugar a su juego.

—Papi, porfi. Es el cumple de Jade. Quiedo estar.

—Lo hablo con mamá. No te preocupes. Ve a jugar con tus amigos.

Jan nos mira incrédulo. Y yo me quedo alucinada de cómo Toni se ha sacado a su hijo de en medio y cómo pretende jugar sus cartas sin que nadie lo incomode. No va a ganar, sin embargo, tiene los ases a su favor.

Cuando por fin se pone en pie, nos pide un par de fotos con la modelo que lo acompaña.

No es su pareja, de eso estoy segura. Es alguien que quiere restregarme y no sé el motivo.

Ya no somos nada, puede hacer con su vida lo que más desee.

Y si es estar con personas anodinas que no le aportan, allá él.

Esta se desprende del abrigo, luciendo unos tirantes minúsculos y una falda demasiado corta. Pone sus dos manos en el hombro derecho de Toni y muestra sus morritos para la foto. Está pelándose de frío, aunque no lo demuestra. Antes muerta que sencilla, como anunciaba la canción.