Capítulo 13
MARÍA
Mi familia llega esta tarde y estoy nerviosa.
Por fin tomé la decisión de organizar este encuentro y no esperé a lo que la razón me indicaba.
Escuché a mi corazón y a Dolors y, con la ayuda de mi tía Angelines, lo arreglamos para que se llevara a cabo antes de que finalizara el mes de octubre.
Así también podrían disfrutar del buen tiempo que esperábamos que hiciera ese fin de semana.
—Te veo contenta —comenta mi tía mientras remata la sábana al final del colchón. Yo estiro por arriba y coloco las almohadas bajo el cabezal.
Mis padres dormirán con nosotras. El sofá cama de la sala de costura es el lugar que va a tener el honor de acogerlos.
—No sé si es la frase correcta.
—Estoy convencida de que sí. —Inspira mientras deja unos jabones perfumados en uno de los boles de adorno—. Lo vamos a pasar genial. Un fin de semana largo, disfrutando de los nuestros, juntas y en un entorno muy agradable.
—Mi madre va a poner pegas, lo sabes. —Repaso la habitación con reticencia, pues los muebles y adornos que hemos dejado, para mi madre, serán un impedimento que no la harán disfrutar de la estancia.
—Se las rebatiremos. Sabemos hacerlo bien. Ten fe. —Las palabras de mi tía abuela me reconfortan.
Mi sonrisa apática no sé si la consuela; aun así, no queda otra.
La miro de reojo y compruebo lo poco que se parece en mi familia. La autoridad de mi madre choca con la libertad de Angelines y cómo afronta la vida.
Creo que fue un acierto escapar de la ruidosa Barcelona para encontrarme con este ambiente bucólico, que me está ayudando a reflexionar y a forjarme como persona.
Mi hermana y Sam, junto a Alice, dormirán en la buhardilla sobre el bar, que Dolors nos presta. Era imposible que todos nos alojáramos donde mi tía.
Miro el reloj. Quedan escasos minutos para que entre a trabajar. Esta mañana he dejado a Biel en el colegio y luego he ayudado a recoger la casa. Dolors me ha concedido unas horas, aunque ya toca ponerse en marcha.
Cruzo la puerta y el bullicio del bar me envuelve. El murmullo de las conversaciones se entremezcla con el sonido de la cafetera, el aroma a café recién hecho y a bollería. Adoro este pueblo, que se ha convertido en mi rincón.
Pere, Salva y Jaume están jugando su partida habitual. Hoy los acompaña Vicente, que se acerca a pedirme una nueva ronda de sus bebidas.
—Me encargo yo, Dolors. —Me pongo el delantal y en un plis tienen en su mesa su consumición.
Los fragmentos de su charla captan mi interés .
—Jan está que trina. Quiere organizar una manifestación popular frente al ayuntamiento y no sé si conseguirá los permisos del alcalde —opina Vicente.
—Marçal no dará su brazo a torcer. —La voz de Pere es apenas un murmullo mientras se toma un sorbo de su infusión.
—Pero las tierras son nuestras. Si no queremos vender, ¿por qué tiene que intervenir el ayuntamiento? —dice Jaume.
En ese momento, me uno a la conversación.
—Organizar una manifestación requiere comunicarlo previamente. ¿Sabéis si Jan se está informando de cómo hacerlo?
—Creo que tiene claro los pasos —dice Vicente—. El otro día me dijo que se necesitan al menos diez días de antelación. No obstante, su idea es presionar a Marçal con el respaldo de la comunidad.
—Está con los de AgroTech y va a poner pegas. No sé si eso impediría la manifestación —comenta Salva.
—A ver, no nos pongamos nerviosos —trata de apaciguarlos Jaume, que es el más joven y no sé si el que tiene más cabeza—. Marçal podría poner trabas, pero si se cumplen los requisitos legales, no es sencillo que lo consiga. Jan va a por todas y yo estoy de su parte.
—Yo también —apuntala Pere.
Y el resto del grupo asiente. Dolors, desde la barra, nos mira y parece que entiende lo que ocurre en la mesa y su respaldo a lo que quiere el pueblo.
—Pues Jan tiene un camino complicado por delante —comento.
—No es imposible —recalca Salva—. Necesita nuestro apoyo y sabe que cuenta con él.
Creo que busca lo mismo del ayuntamiento, para que revise ese acuerdo verbal para el permiso de obras y evalúe si hay fundamentos para suspenderlo.
Mientras tanto, quiere que cada propietario decida sin sentirse presionado. Una tarea nada fácil.
Se oyen las campanillas de la puerta y, al comprobar que hay un par de mesas sin servir y nuevos clientes, abandono a los jugadores de la partida y atiendo a los comensales.
Cuando llega mi hora, me acerco al colegio a buscar a Biel. Coincido en la puerta con Ángela, que hoy recoge a Jade.
—¿Por qué no me habéis llamado? —le consulto—. Podía haberlos recogido yo y después del parque se la acercaba a Jan.
—¿Y quedarme sin mi paga? Nop —responde Ángela, encogiéndose de hombros y con una sonrisa pícara. Se le nota que es joven, irreverente y lista para darle la vuelta a las cosas con su actitud desafiante.
Alzo las cejas y me repienso mi oferta. No hubiera podido acercar a Jade esta tarde.
Estoy nerviosa por la llegada de mi familia y hago ofrecimientos que no son necesarios.
Menos mal que Ángela ha dado la respuesta correcta.
Es buena chica y adora a Jade. Cuando está con Biel también lo pasan genial y no negaré que los niños la quieren un montón.
Oigo un claxon a lo lejos y me giro. Veo la mano de mi hermana saludándome y, al mismo tiempo, a Alice salir disparada por la puerta trasera del coche. Apenas Sam apaga el motor, agarra su bolso y echa a correr antes de que Lía la alcance.
Los brazos de Alice son los primeros que me atrapan, seguidos de los de mi hermana, cuyo contacto me llena de energía.
En ese preciso instante suena el timbre del colegio y un enjambre de niños sale disparado en busca de sus seres queridos.
Biel aparece entre ellos. Su sonrisa se ensancha al comprobar que no solo estoy yo, sino también sus tíos, sus abuelos y la alocada de Alice .
Lo veo inquieto en la fila, justo detrás de Jade. Le coge de la mano y le señala quién está esperándolo. Sonríe. Supongo que le ha contado lo que hemos planeado para el fin de semana. Tira con impaciencia de la bata de la profesora y, al comprobar esta que ya estoy allí, salen disparados.
Ambos vienen a la carrera. Los adultos que me acompañan ya se han agachado con los brazos abiertos, para ver a quién decide abrazar primero, incluidos mis padres, que también han salido del coche. Esto parece una apuesta.
Biel se lanza sobre Sam y este, orgulloso, lo alza al vuelo.
—¡Vaya con el tío! —exclama mi hermana con fingida indignación—. Biel, cariño, dame un beso, que yo también he venido a verte.
Un «¡y yo!» colectivo se escucha a coro, con el resto de la familia esperando su turno para recibir algo de atención.
Jade está junto a Ángela y Lía la saluda con una sonrisa cálida.
Entre todos no paran de hacer carantoñas a mi hijo; parecen unos críos.
Yo, mientras tanto, aguardo paciente a que se acuerden de mí.
Parece que doy igual; solo soy la madre del protagonista del momento.
Espero que, al terminar los mimos y expresiones de cariño a mi hijo, reciba un saludo por parte de ellos.
Porque, a excepción de mi hermana y Alice, el resto se han decantado por Biel. Tengo poco peso en esta balanza.
Danzan estos pensamientos por mi mente cuando mi madre se acerca con expresión inquisitiva.
—¿No ha venido la tía Angelines?
—Nos espera en casa. En cuanto acabéis de saludar a Biel, nos vamos directos para allá.
—¿Tenemos que mover el coche? —pregunta mi madre con un tono que no termino de descifrar .
—Da igual, no está lejos. Lo dejáis en la plaza.
—¿Y quién nos ayuda con las maletas?
—Yo, Sam, incluso Ángela. Espera, os la presento.
Me acerco a la canguro para escapar de la batería de preguntas que iba a empezar a hacer mi madre y hago las presentaciones oportunas.
Sam y Lía son los primeros, Alice acaba de darle dos besos y mis padres le dan la mano con formalidad.
Biel les muestra a Jade y halagan a la niña; no esperaba menos de mi familia.
Con los saludos listos y las maletas fuera del maletero, nos dirigimos hasta la calle principal, pasando por la esquina donde está el bar y la calle que lleva a mi nuevo hogar. Justo en ese momento, me cruzo con Salva, que me saluda.
—Vas bien acompañada.
—La familia, que ha venido a verme —le contesto de inmediato con una amplia sonrisa en el rostro.
—Me alegro. Nos vemos el lunes.
Mi madre se acerca a mí con una mirada singular, que descifro al instante, pues la conozco bien. No le gusta el pueblo ni las gentes, y eso que apenas ha visto nada ni a nadie. Mientras tanto, Biel y Jade corretean delante y el resto del grupo camina detrás.
Alice, que hasta ahora ha estado distraída, se gira sutilmente para observar a Ángela de reojo… Solo que esta la pilla con las manos en la masa.
—Eh, ¿qué miras tanto? —pregunta con una media sonrisa, arqueando una ceja.
—¿Yo? Nada. No miraba nada —responde Alice. Carraspea y desvía la vista hacia otro lado con torpeza.
—Ajá, claro, claro. —Ángela asiente con una exagerada expresión de incredulidad—. No te preocupes, suele pasarme. Ya sé que soy un espectáculo andante.
Alice la fulmina con los ojos. Lía, que lo ha visto, le da un empujoncito con diversión.
—¿Qué estabas haciendo?
Alice bufa y acelera el paso, alejándose de mi hermana, mientras Ángela se ríe bajito, encantada consigo misma.
Lía se acerca a Sam y le da la mano. Contempla el paisaje con interés.
—Me maravilla lo que nos rodea —comenta mi hermana.
—Aún me estoy acostumbrando, pero también me gusta bastante. Y los vecinos son muy amables. Me han acogido como a una más.
—No me extraña —Sam se gira para contemplar el campanario que se alza sobre los tejados—. Si no estuviéramos tan lejos, vendríamos cada fin de semana a verte.
—No hace falta hacernos pesados, ¿no crees? —bromea Lía.
—No seríamos pesados. Estaríamos con tu hermana y nos montaríamos una casa a su lado.
—Ella no tiene una casa —interviene mi madre con voz tajante—. Vive con mi tía en una habitación, que quiero comprobar que sea adecuada para que mi nieto esté en ella.
—Mamá, por Dios. —Suelto un suspiro. No puede evitar meterse—. Es adecuada y amplia. Biel y yo estamos muy a gusto.
—Podías haberte quedado en Barcelona con nosotros si no podías mantenerte en tu piso.
—Sabes que el piso se lo ha quedado Toni.
—Y sigo sin entender por qué —insiste mi madre.
—Mamá, ¿crees que este es el momento de hablar de esto? Por eso no quería juntarnos, porque vamos a estar todo el día discutiendo.
—No quiero discutir. Tengamos la fiesta en paz —afirma mi madre, aunque no la veo muy convencida.
—Pues si continúas así, va a ser complicado —comenta Lía, cruzándose de brazos.
—Lo voy a intentar, lo prometo.
—Yo haré lo posible para que se mantenga callada —interviene mi padre, que siempre ha sido el encargado de redirigir las idas y venidas de mi madre. Su paciencia es legendaria.
Ángela, que nos sigue de cerca, decide hablar, en un intento de salvarnos de una discusión familiar completa.
—Si queréis, me llevo a los niños mientras visitáis la casa y os acomodáis. Vamos un rato al parque y luego los traigo —comenta la canguro de Jade.
—¿Puedo acompañarte? —pregunta Alice.
Lía la mira con sorpresa y Ángela responde rápido:
—¿Tú? Apenas conoces el pueblo y tienes que dejar tus cosas. Mejor vamos solos. ¿Chicos? —los llama y se alejan por la calle mientras Alice se queda absorta.
Lía le da un empujón.
—¿Qué te pasa? Estás embobada. Venga, continúa tu camino.
Las miro con una sonrisa en los labios. He visto la chispa.
—Saludamos a la tía Angelines —comento—, os enseño esa habitación que parece que no es del agrado de nadie y luego vamos a donde dormiréis vosotros —digo señalando a mi hermana.
—¿No estaremos juntos? —inquiere mi madre.
—Mamá, te lo dije. Papá y tú dormiréis con la tía y con nosotros. Aquí no hay más habitaciones…
—Lo que decía, pequeña e incómoda .
Niego con la cabeza a la vez que cojo una amplia bocanada de aire para relajarme y no dar por concluida la escapada.
—Están a dos casas y solo estarán lejos para dormir. El resto lo haremos juntos. El comedor de la tía es enorme.
—Pues allí podríamos haber puesto unos colchones…
—¿Y quién duerme en el colchón? ¿Papá y tú?
¿Lía, Sam y Alice? ¿Los tres juntos? —La cara de horror de mi madre ante mis palabras, me anima, pues es que no piensa lo que dice—.
Además, la cocina está al lado y molestaríamos mientras uno baja a desayunar, a por un vaso de agua o incluso para irse a trabajar.
—¿No te tocará este fin de semana? —consulta mi madre alzando la voz—. Que esa es otra, ya podrías haberte buscado un trabajo acorde…
—Mila, se acabó —ataja mi padre.
La coge del brazo y la separa del grupo. Continuamos andando y llegamos por fin al portalón de entrada a la casa.
Espero calmarme al tener a mi tía cerca.