Besos con sabor a melocotón (Besos con sabor 2) Capítulo 12
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Capítulo 12

JAN

Mis dedos permanecen entrelazados frente a mis labios. Mi mirada, perdida a través del ventanal del bar de Dolors. La taza de café frío continúa sobre la mesa, intacta, marcando el tiempo que llevo aquí, rumiando la conversación que acabo de tener con Marçal.

—Un euro por tus pensamientos.

Esa voz me saca de mis cavilaciones.

—Hola, María. —Ya recuerdo su nombre y eso me agrada, aunque a la vez me tensa tenerla tan cerca.

—Hola, Jan. ¿Todo bien?

Asiento.

—No estabas cuando entré.

Al cruzar la puerta, mi primer movimiento ha sido mirar tras la barra y la sonrisa de Dolors no era la que esperaba.

—He salido a hacer unos recados. Acabo de llegar y te he visto con la mirada perdida, sentado solo y al fondo. He pensado que podría ayudarte. No sé, saber qué te ocurre. Me gusta escuchar.

Me encojo de hombros. ¿Qué le cuento? Los problemas de mis tierras son solo míos y…

María me mira con atención. Su expresión está entre la curiosidad y la determinación.

—Problemas con el alcalde —brota de mis labios.

—Últimamente la mayoría tenéis problemas con Marçal. O eso es lo que se rumorea. Que ha aceptado unas condiciones con la empresa esa y que no os benefician.

—Veo que prestas atención.

—Es mi papel. Me gusta estar atenta y ayudar siempre que puedo. —Se sienta frente a mí y, aunque no lo reconozco en voz alta, su compañía me alivia.

Es una mujer con la que apenas he tenido trato, pero siento una conexión con ella y con solo cuatro palabras ha conseguido más que otras personas. La dulzura de sus ojos me tranquiliza. Su proximidad me altera.

—¿Cómo está Biel? Me dijo Jade que había vuelto a estar malito.

—Sí, el campo es lo que tiene. O quizá es que es propenso, no sé. Veo más a la doctora que a mi madre.

Esa frase me sorprende.

—¿Tus padres no viven aquí?

—No, están en Barcelona. Estoy organizando una visita para que vengan a Serratona, pero aún no me aventuro a poner fecha.

—¿A qué le tienes miedo? —pregunto. Me abrazo los codos para controlar la respuesta. No comprendo cómo ha surgido esa frase de mis labios.

Me mira con curiosidad, mueve la cabeza a los lados y una amplia sonrisa se dibuja en su rostro.

—No creo que sea miedo —responde segura.

—Claro que es miedo —interviene Dolors, que, como siempre, está atenta desde detrás de la barra.

—¿Por qué dices eso? No es cierto.

Su rostro se entristece y no me gusta. Dolors ha llegado frente a nosotros como un vendaval interrumpiendo una cálida conversación.

—Lo que tú digas. —Se encoge de hombros y su sonrisa socarrona dice otra cosa—. Yo veo que no quieres que los conozcamos y te da pavor que descubran lo bien que vives y te trata este pueblo.

—¡¿Qué dices?! —la cuestiona entre divertida e incrédula.

—Tengo ganas de conocer a esa hermana tuya que tanto te llama —continúa Dolors, dándome detalles que desconozco de ella—.

En las fotos que me enseñaste se la ve muy guapa y simpática.

Y a esa locuela de Alice, de la que también has contado un montón de cosas.

No sé, tu tía Angelines habla mucho de ellas. De su sobrina, tu madre, un poco menos.

María suspira, como si meditara sus palabras.

—Alice y mi hermana son importantes para mí. Mi madre… Bueno, es diferente.

—No hace falta que lo jures. —Dolors suelta una risa baja—. Ya verás que, cuando vengan, todo saldrá bien. Solo tienes que proponer una fecha.

María me lanza una mirada rápida y me hace un guiño. Se levanta y regresa a sus quehaceres. Me ha sentado bien charlar un rato con ella y he olvidado el motivo por el que estaba allí.

Decido ponerme en pie también y despedirme de ellas. Regreso al mas con una vitalidad diferente tras lo sucedido durante la mañana .

Aurora tiene la comida lista. Jade está esperando frente a su plato de ensalada a que me siente para contarme sus novedades de la escuela. Es una niña muy parlanchina y la necesidad de narrar sus experiencias, cómo se encuentra, qué les pasa a sus amigos, es algo que me enorgullece.

Tiene un punto negativo. Que me hace recordar que es igual que Joana, que le encantaba expresarse y detallar lo que le ocurría, y sobre todo me hace rememorar nuestro breve tiempo a su lado. Cómo la echamos de menos.

¿Por qué tuvo que dejarnos?

El primer día que vi a la que fue mi mujer yo era apenas un adolescente que vino a pasar unos días a la casa rural que tiene este maravilloso pueblo.

Disfruté aquella semana como si no hubiera un mañana.

Conocí a gente estupenda y me llevé en el corazón la sonrisa de una preciosa chica a Barcelona, así como unas ganas de regresar tremendas.

Se lo pedí a mis padres en un montón de ocasiones, pero no volvió a suceder. Al menos no con mi familia.

Tomé una decisión.

Sin que se dieran cuenta, me escabullí un fin de semana, con la excusa de pasarlo con un amigo. Mentí sobre nuestro paradero, creyeron que era en la casa de veraneo de sus padres y que íbamos con ellos. Para mi alivio, nunca descubrieron la verdad.

Pero las cosas no salieron como esperaba o no fueron los dos días que en mi mente había planeado. Joana no podía acogerme en su casa: vivía alejada del pueblo y sus padres eran igual de estrictos que los míos.

Llegamos tardísimo a Serratona y pasamos la noche sentados en un banco, tras las interminables horas de incómodo bus que padecimos. Nos ocultamos en un rincón apartado para no ser descubiertos y compartimos la adrenalina e incertidumbre de lo que nos aguardaba.

El riesgo no valió la pena. Solo estuvimos unas horas juntos, apenas un par de encuentros a escondidas que nos supieron a poco.

Teníamos tanto que decirnos, tanto que descubrir, que la cita se esfumó sin apenas saborearla.

El tiempo no nos acompañó. Cayó un diluvio que nos hizo cobijarnos en el bar de Dolors.

Allí, Joana no quería que nadie supiera quién era yo, por lo que solo compartimos miradas y mensajes.

Una noche más al raso y el horario matinal del bus que nos llevaría a casa finalizó con un intento de arreglar un encuentro bastante accidentado.

Entendimos que vernos a escondidas no sería la solución y que, si lo volvíamos a probar, desgastaríamos lo que iniciábamos. Decidimos que lo mejor era llamarnos y enviarnos mensajes, vernos de vez en cuando y planear un futuro que vendría de inmediato.

Y así lo hicimos. Coincidimos en la universidad.

Ambos estudiaríamos una ingeniería, por lo que era factible que estuviéramos en el mismo campus.

Lo que no esperaron mis padres era que pidiera ir a la Universidad de Lleida.

Alegué unos buenos motivos curriculares y no mencioné a unos ojos azules, idénticos a los míos, en los que ya estaba perdido.

Me acomodé en un piso de estudiantes con Manel, Raúl, Mario y Carlos, cuatro chicos que, como yo, no eran de la zona y estaban un poco desorientados al principio. Aun así, formamos un buen grupo y nos entendimos bien. Cada uno, por distintas razones, se encontraba allí.

Manel no había conseguido la nota para la carrera que quería y terminó estudiando Ciencias Ambientales, una opción que le pareció interesante.

Raúl lo tenía bastante claro desde el inicio de sus estudios: quería estudiar Ingeniería Forestal y del Medio Natural, una titulación con gran prestigio en la UdL.

Mario buscaba alejarse de su familia y ganar independencia.

Eligió Ingeniería Informática, una carrera que le aseguraba un futuro estable y le permitía estar solo, sin sus padres incordiando.

Carlos y yo éramos los que, a simple vista, parecíamos haber seguido a una belleza en lugar de la vocación.

En mi caso no era del todo cierto. Quería estudiar Ingeniería Agraria y Lleida tenía una de las mejores facultades del área.

Fue fácil convencer a mi familia y, para qué negarlo, estaba ilusionado con el cambio.

Lleida no era una ciudad grande, pero tenía lo que necesitábamos: un ambiente universitario dinámico, alquileres más asequibles que en Barcelona y una vida estudiantil que nos ofrecía lo suficiente.

Además, podría ver más a Joana y, teniéndola cerca, comprobar si éramos compatibles.

Fueron unos años maravillosos que nos permitieron conocernos y descubrir una tierra de la que acabé enamorado y a la que me siento muy unido. Una tierra que no me van a arrebatar por lo que significa para mí.