Besos con sabor a melocotón (Besos con sabor 2) Capítulo 11
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Capítulo 11

JAN

Acabo de recibir la llamada de un número oculto que he estado a punto de no coger.

Algo en mi fuero interno me ha hecho pensar que podía ser importante.

La voz suave tras la línea telefónica se presenta como la secretaria del director ejecutivo de esa empresa a la que ya odio.

La chica no tiene ninguna culpa, por lo que la atiendo de buen grado y la dejo hablar.

—¿Jan Masferrer? ¿Sigue ahí? —consulta preocupada.

—Por supuesto. Apenas he podido pronunciar palabra. He escuchado todo lo que me ha dicho y mi respuesta es no. —Un tono arisco, normal en mí últimamente, fluye de mi garganta.

—¡Perdone!

—Rápido y conciso. No me apetece hablar con nadie de esa empresa.

—Pero, es que… —tartamudea. Me parece escuchar de fondo una voz masculina. ¿Le están dando instrucciones?

—No tengo nada que ofrecer. Sigan en conversaciones con el ayuntamiento; son de los únicos que conseguirán algo. El pueblo los rechaza.

—No esté tan seguro —dice la secretaria en apenas un susurro, que logro oír antes de colgar la comunicación.

Una hora después, mientras tomo café en la cocina, escucho el ruido de un coche que se acerca a mi propiedad. Es de color negro y con los cristales tintados, lo que solo puede presagiar algo incómodo.

De su interior sale un hombre trajeado que se me acerca.

—Señor Masferrer, soy Eugenio Casas, director ejecutivo de AgroTech y máximo responsable de este proyecto.

—Desconozco al proyecto al que se refiere. Estas son mis tierras y usted no ha sido invitado.

—No he venido a enfrentarme a usted. Solo a explicarle el proyecto de primera mano, a enseñarle los planos, los números y las inversiones.

Se gira para mirar al conductor que lo ha traído hasta mi finca y este saca del interior del vehículo unos documentos que le acerca a su jefe.

Hace el gesto de entregármelos y no los cojo. No tengo ningún interés en la propuesta. Si se parece a algo de lo que me contó Marçal, las opciones no me convienen.

—Hablemos dentro, sentados tranquilamente —propone el señor Casas.

—Tengo trabajo en las tierras. Tomaba un café antes de despertar a mi hija y llevarla al colegio.

—Sabía que lo encontraría a estas horas.

El tono en que lo dice y lo que sugieren sus palabras me tensa.

Se acerca el coche de Aurora por el camino. Viene, como cada mañana, a llevar la casa y ayudarme con Jade. En ese momento sale mi hija en pijama por la puerta.

—¡Papi! ¿Vienes a desaunar conmigo?

—Un segundo, que acabo de despedir a estos señores.

—No ha leído la oferta ni sabe nada del proyecto. Si me permite… —insiste el señor Casas.

—No me apetece repetirme y, como ven, me esperan —reitero.

—Serán solo dos segundos. No le robaré más tiempo.

—Jan —Aurora parece estar leyendo mi rostro y desea que me deshaga de ellos de forma amigable—, por mí no hay problema. Me encargo de Jade.

—No sea obstinado y escuche la oferta —insiste el señor Casas.

Esas palabras no me gustan nada.

Tal vez tenga razón y deba sentarme con él y ver que tiene que proponer.

Me acompaña al interior de la vivienda. Pasamos por la cocina y nos dirigimos a una salita que hace las veces de despacho. Es donde acumulo la mayoría de los papeles de la finca.

—Adelante, por fin es su turno —digo cuando ambos estamos sentados en las sillas.

Son bastante antiguas, de mimbre y muy cómodas. A mí me gustan, pues le dan un toque rústico al despacho y me recuerdan a los padres de Joana.

Me entrega una carpeta roja con varios documentos. Paso despacio las hojas hasta que leo la última. Una cifra alta que convencería a cualquiera. A cualquiera menos a mí. No voy a vender. Son las tierras de la familia de mi mujer. Son mis tierras.

Estoy seguro que el señor Casas lee la expresión de mi rostro, pues me proporciona otra carpeta, esta de color verde, en la que encuentro información de nuevos cultivos sostenibles y del uso de fertilizantes orgánicos, un plano de la zona ubicando las tierras de mis vecinos e incluso la mía y el acuerdo para la concesión de un permiso de obras para la construcción de una pequeña nave.

También un protocolo actualizado para minimizar el impacto en el entorno.

Nada de lo que muestra es de mi agrado. Además, esta es mi lucha. Son mis tierras y a mí no me compran.

Cuando consigo que se marche, con la negativa de mi respuesta aún resonando en sus oídos, me tomo un segundo café, cojo el coche y acerco a Jade al colegio. Luego desvío mi camino hasta el ayuntamiento y pido una nueva cita con Marçal. Esta vez soy yo quien quiere hablar con él.

Tengo suerte de que hoy se encuentra en su despacho.

—Han venido a verme los de AgroTech. —Lo fulmino con la mirada—. No me apetecía lidiar con ese señor, que pusiera un pie en mis tierras y que, encima, se creyera con la potestad de conseguir lo que se propone.

—Lo sabías —me recuerda Marçal con tono neutro—. Están hablando con los agricultores de la zona afectada.

—Eso es porque tú les has dado pie. Si no tuvieran el visto bueno por tu parte para ese permiso de obras, que no conseguirán, no podrían insistir más. Lo que no entiendo es cómo se lo has prometido si ni siquiera tienen las parcelas.

—Algunos de los agricultores se lo están pensado.

—¿Quiénes? —pregunto alterado.

—No puedo darte sus nombres, pero tú también deberías aceptar. No te quitarán la totalidad de tu terreno, solo una parte.

—La mejor.

—Eso lo dices tú. Todas tus tierras son buenas y generan producción suficiente para que sigas viviendo de tus ingresos. Y con el dinero que te darían podrías comprar nueva maquinaria, hacer mejoras en el mas … Lo que has pensado se podría hacer realidad.

—¿A costa de qué? ¿De vender lo que me legó Joana?

—No pongas sentimentalismos de por medio. Tú no querías vivir aquí, y lo sabemos.

Las palabras de Marçal me incomodan. Me conoce desde que llegué a Serratona y siempre lo consideré un amigo. Pero, al conseguir la alcaldía, el poder parece haberlo convertido en otra persona.

—¿El qué sabes? No seas cínico.

—Cuando los padres de Joana fallecieron en aquel accidente, te viste obligado a venir a este pueblo y hacerte cargo de las tierras junto a tu mujer. Tenías un piso en Barcelona y un trabajo prometedor. Tus sueños se desvanecieron de un plumazo.

Odio que me lo recuerde. Un futuro que estuvo al alcance de mi mano, hasta que un camión lo arrolló, destrozando lo que había construido.

Lo que Marçal no entiende —o elige ignorar— es que mi vida con Joana ha sido mi mayor felicidad.

Vivir con ella, tener a Jade, construir un hogar en Mas Traginer…

Ha tenido sus altibajos, sí, pero mi carrera como ingeniero agrónomo me ha permitido sacarlo adelante.

He dedicado años de esfuerzo a estas tierras y nadie me las va a arrebatar.

Mucho menos un mequetrefe con aires de grandeza que cree que puede cambiarlo solo porque un día tuve otras aspiraciones y porque Joana ya no está.

Voy a proteger lo que ella me dejó. Por su hija, por mí, por nosotros.

Marçal suspira y se cruza de brazos, con el gesto cansado de quien se sabe en un debate que no va a ganar .

—Míralo con lógica, Jan. Joana no querría verte atado a un lugar solo por compromiso.

Mi mandíbula se tensa.

—No hables de lo que Joana querría. No tienes derecho. Y no la conocías tan bien como crees.

—No quiero discutir contigo. Solo digo que tienes otras opciones. No estás obligado a seguir con esto si no lo deseas. Puedes volver a Barcelona. Allí encontrarás buenos colegios para Jade y seguro que alguno de tus compañeros te enchufaría en una de esas consultoras que a veces mencionas.

—¿Volver? Este es mi sitio, mi pueblo, mis vecinos.

Que parece que no son los tuyos, alcalde —le digo con retintín—.

¿Y quién dice que no deseo quedarme aquí?

He trabajado en estas tierras día tras día, lidiando con cada problema, cada sequía, cada maldita plaga.

Esto es más que un negocio para mí. No voy a vender ni un centímetro de mis tierras.

Marçal baja la mirada por un instante y vuelve a la carga.

—No tienes que venderlo todo, Jan. Con una parte tendrían más que suficiente. Y el dinero aseguraría el futuro de Jade.

Suelto una risa seca.

—¿Asegurar su futuro? Su futuro es aprender a amar estas tierras, como su madre lo hizo, como yo lo hago. No voy a ceder, Marçal. Así que deja de intentarlo.

El alcalde aprieta los labios, molesto.

—Los de AgroTech no se van a rendir tan fácilmente.

—Pues que no se rindan. Yo tampoco lo haré. Y el pueblo está conmigo. O la mayoría. A aquellos que no hayan convencido o los hayan comprado.

Se hace un silencio tenso entre nosotros. Marçal me observa, como si buscara algún resquicio de duda en mi mirada, algo que no encuentra.

—Solo piénsalo. No cierres la puerta sin antes valorar las posibilidades.

—La única posibilidad que valoro es la de mantener intacto lo que Joana me dejó.

Marçal asiente con rigidez.

—Está bien. Puedes irte.

Se centra en su portátil y yo me marcho con paso firme. Esta conversación no ha sido más que un primer asalto en una lucha que piensa continuar. Yo también estoy preparado y ya buscaré las armas que crea conveniente para derrotarlos.

Nadie va a tocar estas tierras, por mucho que insista el alcalde, que presione AgroTech o que el mismísimo infierno se interponga en mi camino.

Mis tierras no están en venta.