Besos con sabor a melocotón (Besos con sabor 2) Capítulo 10
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Capítulo 10

MARÍA

Mi hermana luce un traje chaqueta en color beige y lleva el cabello recogido porque así no le molesta.

Se sienta en un taburete alto, rojo, junto a su editora.

La sala está repleta de gente que ha venido a escuchar lo que Lía les tiene que contar sobre su libro y la historia de dos personajes maravillosos que yo ya conozco, pues tuve la suerte de leer el manuscrito antes de que se publicara.

Ha empezado el turno de preguntas y se alzan muchas manos en la librería.

No imaginaba tanto interés en la novela de mi hermana.

Estoy convencida de que el trabajo tan cuidado que ha volcado en ella, así como la promoción por parte de la editorial, ha jugado un papel importante en esta situación y producido el gran alboroto.

Antes de empezar el acto, Lía ha tomado café con su editora y Alice y yo nos hemos escapado a tramar, más bien a acabar de perfilar, lo que esta no espera.

Alice le ha montado una fiesta sorpresa.

Cada vez que Natalia le ha dicho que quería algo en petit comité , la respuesta de Alice ha sido siempre la misma: «Sin problema» .

Alice ha reservado una sala para celebrar el cumpleaños de mi hermana y faltaban por colocar algunos detalles. No es lo que Lía se espera, y también sé que no se lo tomará a mal: le gustan las fiestas y más si son sorpresa.

Alice ha conseguido traer a la mayoría de amigos de mi hermana: gente del trabajo, algunos de las islas… ¡Hasta ha convencido a Sam! Tanto finde de chicas del que alardeaba Alice y luego unir a la parejita era lo que más le ilusionaba. ¡Será caradura!

Se acaba de formar una cola interminable para que Lía les firme un ejemplar. Alice mira el reloj, nerviosa. Ya hay gente en la sala para la fiesta. No podíamos controlar la duración de la presentación y se ha alargado más de lo esperado.

Estoy contenta porque me ha parecido ver al fondo de la sala a un Sam emocionado, escondido para no estropear la sorpresa, y además he grabado el acto por si no ha llegado a tiempo o no estuvo atento.

Mientras esperamos, en mi cabeza se acumulan pensamientos que me devuelven a la realidad.

¿Estará bien Biel con su padre? ¿Podrá Dolors encargarse del bar tres días seguidos sin armar ningún altercado?

El bar empieza a convertirse en mi rutina y quiero formar parte de él.

¿Seré capaz de convocar a mi familia a Serratona y no morir en el intento?

Tengo que esforzarme en ello y, si me concentro, saldrá a la perfección.

Poco a poco la sala se va quedando vacía. La editora de Lía se acerca a nosotras y hablamos de lo bien que ha ido para ser una primera novela de una autora desconocida.

—¿Tardará mucho? —pregunta una Alice preocupada y ansiosa.

—Las cinco personas que quedan y es toda vuestra. Me ha dicho que vais a cenar juntas, algo entre vosotras e íntimo.

—Eso es lo que ella cree. ¿Te gustaría apuntarte?

La editora entrecierra los ojos.

—En otra ocasión. Disfrutarlo con Natalia —comenta.

Una forma elegante de dejarnos con el marrón. Nos lo hemos buscado, eso está claro. Estoy convencida de que mi hermana lo pasará genial y nos lo agradecerá.

No me equivoco.

El rostro de Lía es un poema. No sabe si reír, llorar o gritar un «gracias» a los presentes. Sam se le acerca y la besa en los labios, la abraza y le da la seguridad que necesita. Está hecha un flan.

Sus amigos la rodean y la felicitan por su recién estrenado cumpleaños así como por su novela. Algunos la traen para que se la firme.

Lo pasamos genial y la noche se convierte en una fiesta apoteósica. Y yo estoy superorgullosa de su logro.

Me siento en una silla. Veo cómo bailan y sonríen los invitados.

Mi cabeza vuela a Serratona, en cómo arreglar mi vida y la necesidad de avanzar sin remedio.

Me vienen a la mente momentos detrás de la barra, conversando con Dolors, viendo a los vecinos jugar esa partida de dominó diaria que casi siempre gana Pere.

No sé si es que lo dejan ganar por ser el veterano del grupo o porque domina el juego.

Flashes de Jan frente a la ventana, pensativo, con el café entre las manos.

Debo continuar dando pasos hacia adelante.

Estoy orgullosa de mí; lo único que tengo que intentar es dar más, y más rápido.

—¿Cómo estás? —pregunta Lía, que se ha acercado hasta el rincón donde me he sentado .

—Estupendamente. ¿Y tú? No te esperabas nada de esto, ¿eeeh? Alice es una gran organizadora.

—Aquí las tres lo somos. ¿Recuerdas tu boda?

Cierro los ojos, pues no quiero que ese momento aparezca.

—No pretendía que volvieran malos instantes, solo que me recuerdo sentada allí, viendo como todos bailabais, así como estás tú.

Con una Alice insistiendo en que saliera a la pista y yo sola, hundida en mi miseria, como tengo la sensación de que estás haciendo.

Y por eso estoy aquí. Aquel día conocí a Sam y no puedo ser más feliz.

—Lo sé. —Sonrío—. Yo, ahora…

—¿Ahora, qué? Lucha por ti, descubre quién eres y sal a la pista a bailar.

—Eso es lo que te gustaría —sugiero.

—Por supuesto —proclama una Alice, que ha llegado bailando y que me saca de la silla con movimientos sugerentes—. La noche es joven y ya descansaste ayer. —Su sonrisa picarona me hace curvar los labios y negar con la cabeza. Lo que no consigan estas dos…

Salgo a bailar. Durante un momento me olvido de mis problemas y paso un rato agradable. Nos acercamos a una de las mesas a por un tentempié y mis pensamientos viajan, cómo no, otra vez a Serratona.

—Esa cara no me gusta —dice Natalia.

—Pues es imposible cambiarla. Viene de serie.

—¿Qué te ocurre?

Y oír esa pregunta de la voz de mi hermana me suena raro. Es como si de verdad estuviera pasando algo que no controlo, y no es así. Quiero estar aquí y voy a disfrutar del momento.

Me pongo en pie y vuelvo a la pista a bailar. Mi hermana sonríe y Alice, de forma alocada, se mueve alrededor nuestro.

Unos minutos después, se apagan las luces y, de una de las puertas laterales, sale un camarero empujando un carrito con un pastel. El ambiente se vuelve aún más festivo, todos corean el Cumpleaños feliz y, en medio del bullicio, yo me pierdo en mis pensamientos.

Recuerdo momentos en el bar, las risas, las broncas y hasta los silencios. Ese lugar que se ha convertido en un pedazo de mí. La felicidad se refleja en mi rostro; lo noto en el pecho, cálido y sereno.

Y, aunque a mi lado no estén Dolors, ni Ángela, ni mi hijo, y por supuesto tampoco Jan, hay algo en esta noche que me reconcilia conmigo misma.

Cuando al amanecer cruzamos la puerta del apartamento de Alice, no concibo que hayamos aguantado tanto. Y da igual que esté cansada. Me siento también un poco más viva. Como si, por fin, estuviera empezando a despertar.