Besos con sabor a melocotón (Besos con sabor 2) Capítulo 9
24%

Capítulo 9

MARÍA

El trayecto a Barcelona transcurre con mi hijo en el asiento de atrás, cantando y disfrutando del viaje. Siempre le ha gustado sentarse en la sillita trasera del coche y eso hace el recorrido mucho más ameno. Me dirijo a casa de mis padres, una parada obligatoria antes de llevarlo con Toni.

—Está guapísimo —comenta mi madre en cuanto lo ve, abrazándolo con efusividad.

Biel se queda inmóvil por un segundo, con esa expresión entre divertida y resignada que pone cuando alguien lo achucha demasiado. Al final se adapta y acepta el cariño con una sonrisa.

—Y estás enorme, hecho todo un campeón. —Ese es mi padre, que siempre dice que Biel es un centímetro más grande cada vez que lo visitamos.

No sé si será para tanto. Lo ven menos de lo que les gustaría, aunque intento organizar las salidas para que puedan disfrutar de él. Eso sí, cada vez me quedo menos en su casa. Acaban con mi energía y no quiero que eso perturbe el poco rato que disponen con su nieto .

Tengo en mente un encuentro para que vengan a conocer mi nuevo hogar. Todavía no me siento preparada para ello, por lo que aún ni se lo menciono.

Además, no sé si es por el hecho de que vean dónde vivo, entren en mi habitación o conozcan el bar, o si es por lo que implica tenerlos allí, a mi lado.

Sé que mi hermana me apoya. Cree que di el paso correcto, igual que lo piensa mi padre. Mi madre es otro cantar. Ella siempre lo pone en duda, aunque en el fondo se que opina como el resto. Lo malo es que está muy hondo ese sentimiento.

Yo di un paso en la dirección adecuada.

Una hora más tarde, me dirijo a la que era nuestra casa para dejar a Biel con su padre y después irme con mi hermana a pasar un fin de semana de chicas.

No le conté demasiado a Toni sobre la escapada.

No quería que se inmiscuyera. Hacía tiempo que no tenía un plan así y no me apetece que su opinión se interponga en mis ganas de disfrutarlo.

—¿Ya lo han visto tus padres? —pregunta en cuanto llego. Como siempre, su tono molesto no me agrada.

Biel se dirige a su cuarto, donde aún quedan algunas de sus cosas, aunque ya no es el espacio que solía ser. Ha perdido su encanto; ya no estoy yo para organizarlo y ponerlo bonito.

—Sabes que siempre aprovecho la ocasión y pasamos un rato juntos —respondo con calma.

—Si no te hubieras ido, sería más fácil para todos —replica, y odio que lo haga. No tiene razón.

—Vaaa, no digas tonterías y no repitas siempre la misma cantinela. Aquí tienes la bolsa y un par de instrucciones anotadas en este papel.

Le lanzo el bulto de mala gana. Parece que cada vez que nos vemos solo quiere discutir.

—¿Instrucciones? —Se le desencaja el rostro; mis palabras lo descolocan.

—Sí, tienes que darle lo que queda de medicina.

—¿Me lo has traído enfermo? —Alza la cabeza y percibo su mal humor.

—No. Ya lo ha pasado por segunda vez y el pediatra prefiere que acabemos la pauta del antibiótico y el jarabe. No te pongas tiquismiquis. —Trato de sacarlo de su error.

Últimamente le gusta hacer de padre abnegado dispuesto a tender los puentes que su hijo necesite, algo que no había hecho cuando estábamos juntos.

Pues este es uno de ellos. Además, soy yo la que hace malabares para estar en el bar, pasar por el centro de salud y que ni Angelines, Dolors o alguno de los vecinos que me ayudan piensen que me aprovecho de ellos.

—Para un fin de semana que viene a pasarlo conmigo no quiero estar encerrado en casa. Tengo planes con él y con…

—¿Con Elizabetta? —consulto. Una manera de picarlo.

—Serán con quien yo quiera… y con mi hijo —responde algo enfadado—. Vamos a hacer un montón de actividades que seguro que en ese pueblucho no tenéis.

No me gusta que piense que Serratona no lo tiene todo. Porque no es verdad. Mi hijo se ha adaptado tan bien que creo que empieza a no soportar la gran ciudad.

—Toni, haz lo que quieras. No me repito. Tienes la dosis de los medicamentos en este papel y puedes salir a hacer lo que tengas previsto. Se encuentra bien. Te he apuntado también un juguete que lleva pidiendo hace semanas. Por si quieres hacer de buen padre y comprárselo.

—Siempre he sido bueno .

—Apenas has estado en su vida, ahora parece que algo más. Dejémoslo así. Me voy. Pasaré el domingo sobre las seis a buscarlo.

Me giro sin darle tiempo a réplica. Al salir a la calle, me dirijo hasta casa de Alice, una de las mejores amigas de mi hermana, y mía también.

Y, por fin, puedo respirar.

Tomo una bocanada de aire y cierro los ojos con fuerza. Es necesario que evite que el dolor se apodere de mí estos días. No puedo permitirme decaer, porque voy a pasarlos acompañada de mis amigas.

Mi hermana es una de ellas, de esas personas con las que puedes pasar horas y horas disfrutando de la vida. Y nuestra amiga es pura energía.

Me planto en el piso de Alice y, como esperaba, Lía ya se encuentra con ella. Acaban de llegar del aeropuerto.

—El pedido de sushi está al caer y el vino fresco en la nevera —anuncia Alice con su entusiasmo habitual—.

¿Queréis deshacer las maletas primero? Bueno, veo que no habéis traído mucha cosa, por lo pequeñas que son esas bolsas.

Si os falta algo, ya os dejaré alguno de mis modelitos. ¡Espabilad, que esta noche salimos!

—Estoy agotada. El vuelo, los nervios por la presentación… —suspira Lía mientras se tumba en el sofá.

—Y yo. El bar, el traslado a Barcelona, la conversación con Toni… —añado, dejándome caer al lado de mi hermana.

A Alice le da igual. Su energía es arrolladora y, cuando se le mete algo en la cabeza, no hay manera de disuadirla. Me gusta esa fuerza suya, la forma que tiene de exprimir el momento.

—No me seáis sosas. —Se cruza de brazos, fingiendo indignación—. Tengo el fin de semana planificado al dedillo y esta noche toca fiesta de la buena. No podéis decaer nada más llegar, si no, luego no tenemos tiempo para hacer el resto de planes.

Lía y yo nos miramos, compartiendo la misma expresión de agotamiento. Alice no se rinde y al final cedemos.

La cena lleva a un par de copas mientras brindamos y nos reímos mucho. Pedimos un taxi que nos acerca a un local de música, pero el cansancio pesa en exceso.

—No puedo más, Alice. Mañana necesito estar descansada para la presentación y la celebración de mi cumple.

Porque estoy segura de que algo has preparado.

Vamos a dormir y, con un nuevo día por delante, lo veremos más claro.

—Mi hermana convence a su amiga, que no deja de bailar en medio de la pista.

Alice resopla y acepta la realidad. En el fondo sabe que, si descansamos, mañana seremos mejor compañía para sus planes.

A las seis me despierto, como acostumbro a hacerlo últimamente. Mi hermana duerme a mi lado y su cercanía me relaja. Intento descansar y parece que lo consigo, pues al abrir los ojos son cerca de las ocho y media.

Apenas hay ruido en la casa. Lía y yo ocupamos la habitación de invitados. Es preciosa, como el resto del hogar de Alice.

Es un piso acogedor y moderno, diseñado con un estilo que mezcla la elegancia y practicidad, reflejo del alto poder adquisitivo de sus padres.

Consta de dos habitaciones, y la suya es mucho más que un simple dormitorio: es una suite enorme con baño privado y un vestidor que parece sacado de una revista de diseño .

—¿Estás bien? —me pregunta Lía. Acaba de despertar y se ha girado para mirarme.

Asiento a la vez que cierro los ojos.

—Ayer mencionaste una conversación con Toni, ¿todo correcto? —Pretende averiguar qué ha ocurrido sin ser demasiado cotilla. Sé que lo es y lo que quiere.

—Ha cambiado. No es el Toni que conocías. Ignoro qué le ha sucedido, pero está lejos de ser el que era.

—¿Tú estás bien? —replica mi hermana.

—Sí. Además, primero fui a ver a mamá y papá y disfruté un rato de su compañía.

—Ojalá hubiera llegado antes, pero no había un vuelo —comenta entristecida.

—No te preocupes. Estoy organizando una quedada y no tardaréis en conocer mi pequeño hogar.

—Una habitación en casa de la tía Angelines —susurra.

—Es agradable y amplia. Además, estamos muy a gusto. La tía es muy amable con nosotros —explico.

Es tía de mi madre. La relación que siempre han tenido es muy estrecha y, al vernos con problemas, no dudó en actuar. Me alegro de que haya sido ella. Y Serratona, aunque al principio no se me hubiera pasado por la cabeza, se ha convertido en el sitio ideal para que llegue a ser una nueva María.

—Me alegro tanto de verte sonreír otra vez. —Las palabras que pronuncia mi hermana mientras me abraza me ayudan a sentirme bien.

—Y yo de estar aquí hoy contigo.

—¡Cómo que contigo ! ¡Que yo también estoy aquí! —grita Alice, que se ha colado en la habitación y nos trae una bandeja con el desayuno. Es una gran anfitriona y nos conoce a la perfección .

Somos un trío capaz de fusionarnos en una sola persona, unidas, dispuestas a batallar por las otras, suficientes para ayudarnos y salir indemnes de cualquier estropicio.

Alice acerca la mesita auxiliar, la coloca encima de la cama y deja la bandeja. Cojo una tostada y la unto con mermelada de melocotón, cosecha de Jan y que he traído para que la prueben. Lía me insta a que ponga en el resto mientras ella vierte el café en las tazas.

—Esta mermelada no es del súper. ¿No será del famoso Jan?

Siento el calor subir a mis mejillas. Finjo indiferencia mientras le doy un mordisco a la tostada.

—Lo pone en la etiqueta. Son de Mas Traginer —corroboro.

—O sea que sí —dice Alice—. Y dime, ¿el creador de esta delicia es tan dulce como su mermelada?

Lía se ríe por lo bajo mientras yo le lanzo una mirada a Alice de advertencia.

—Es un vecino, nada más —respondo, intentando zanjar la conversación sobre un tema del que no me apetece hablar.

—Claro, claro… —Alice me guiña un ojo y le da un mordisco a su tostada—. Un vecino con talento para endulzarte los desayunos.

Suspiro y niego con la cabeza, aun así, no puedo evitar sonreír.

—¿A qué hora es la presentación? —le pregunto a Lía para desviar la conversación.

—Es a las seis. He quedado con mi editora a las cuatro para tomar un café y charlar de futuros proyectos.

—¿Estás trabajando en algo nuevo? —consulta Alice interesada.

—Tengo varias cosillas en mente, sin nada en concreto.

—Y al final… —miro a Alice—, para el cumple de Lía, ¿qué has preparado ?

—¡Sorpresa! —grita emocionada alzando los brazos y haciendo un movimiento infantil en la cama. Las tazas peligran y Lía coloca las manos para evitar que se vierta el líquido.

El sobresalto que provoca hace que nos contagiemos las carcajadas. Siempre han sido pura locura y, con ellas, la mañana pasa en un suspiro, algo que consiguen todas las veces que nos reunimos.

Sentirlas cerca es lo mejor.