Capítulo 8
JAN
Su presencia me hace agachar la vista. Su olor me deja abrumado y no logro discernir el motivo.
Su aroma se mezcla con el dulzor de las frutas y yo me concentro en atender a los clientes con la rigurosidad que me gusta.
Mis manos no dejan de cosquillear y mi mente se distrae con pensamientos que no deberían estar ahí.
Inspiro hondo y me obligo a eliminar de mi cabeza a esa persona que apenas conozco y que, últimamente, se cuela demasiado a menudo en mi mente.
—¡Papá! ¿Nos das melmelada de meocotón y uva? —La voz de Jade me saca de golpe de mis divagaciones.
Los rizos rubios de mi hija rebotan frente a mí con entusiasmo.
Ella y Biel han pasado la mañana correteando por el puesto, riendo sin descanso mientras Ángela intentaba mantenerlos bajo control.
Más de una vez ha conseguido apaciguarlos y tenerlos entretenidos tras la zona de carga. Ahora vuelven a divertirse.
Jade se ha acercado al puesto y, con esa manera de hablar tan característica de una niña pequeña, no deja de dar ideas a los clientes que se aproximan, como una experta vendedora.
En realidad, más que dar ideas, lo único que hace es pedir mermelada sobre un trozo de pan —la que sea que le apetezca en ese momento— y, al verla disfrutar, los clientes descubren ante sus ojos la gran variedad de producto y sabores que tengo para ofrecer.
—¿Me pone un bote de esa mermelada que ha mencionado la niña? —pregunta una mujer con curiosidad—. ¿Se puede probar?
Sé que tengo a la mejor community manager de la zona.
Cada vez que llevo a Jade a una feria, la gente termina comprando lo que ella me pide que le sirva.
A veces le susurro al oído que recomiende alguna mermelada que no se vende tan bien, aunque no siempre funciona.
Jade tiene su propio criterio: solo promociona lo que realmente le gusta.
Ángela se acerca a María y le explica cómo ha ido la mañana con los niños, y que, según le dije, se portaron de maravilla anoche.
Mientras tanto, Aurora —siempre pendiente de todo— prepara tostadas con mermelada para los pequeños y también para los curiosos que quieren probar.
Alrededor de nosotros, la feria bulle con vida: voces, risas, el murmullo de las conversaciones y el tintineo de los frascos de mermelada casera que intento vender.
Mientras atiendo a otro cliente, levanto la vista un instante y mis ojos se cruzan con los de María. Un chispazo me recorre la espalda y aprieto los puños con fuerza, obligándome a centrarme en mi tarea.
—No hay problema, de verdad, María —escucho que le dice Ángela con tranquilidad.
—Pero no quiero que sea un incordio. Mi tía puede hacerse cargo de él…
—Y yo también —insiste Ángela—. Si están juntos, se portan mejor. Además, Jade se divierte más cuando tiene compañía. Si no, la feria se le hace aburrida
María exhala un suspiro, insegura, pero Ángela no le da opción.
—Luego iremos a la zona de tiro con arco y a uno de los talleres culinarios. En esta ocasión es para niños y lo organizan un par de amigos míos. Va a ser divertido. Tú ve al bar y no te preocupes por Biel. Yo lo controlo.
Titubea un instante y, al final, gira sobre sus talones. Da un primer paso y frena para regresar hasta el puesto.
—¿Te queda algún bote de esa mermelada de melocotón y uva que ha mencionado tu hija? —pregunta con un tono de voz bajo, sin mirarme.
No sé si es para que no descubran que la está comprando o porque no se atreve a hablar conmigo.
—Sí —respondo, esforzándome por sonar natural.
Tomo un frasco de la estantería y lo envuelvo con calma. Al entregárselo, mis dedos rozan los suyos, algo insignificante, y ese segundo apenas me deja una sensación inesperada, un hormigueo en la piel.
Inspiro hondo. Necesito centrarme, odio sentirme así. Apenas conozco a María y no sé por qué me ocurre esto.
Paga en silencio y, tras un asentimiento casi imperceptible, se aleja hasta el bar, donde pierdo el contoneo de su figura. Cierro los ojos y pensamientos del pasado inundan mi mente. Trago el mal sabor que se cuela por mi garganta.
Dejo por un instante a Aurora al cargo de las ventas. Debo calmar la inquietud que me inunda el corazón.
Apoyo el pie derecho en la pared de la esquina frente a la plaza. El bar de Dolors está delante, al igual que la multitud de turistas que nos visitan. Una imagen que reconozco cruza la puerta. Ayer Toni dijo que no la molestaría y, con este acto, no sé qué pretende.
No más de cinco minutos después, sale con la cabeza gacha. Estoy convencido de que María no lo ha atendido, o lo justo, al igual que hizo ayer, marcando las distancias.
Apenas sé de su matrimonio, de lo que les ocurrió. Por lo que me contó el día que estuvo en casa, no acabaron bien, y creo que esta visita no coordinada no ha sido del agrado de María.
Que se aleje y la deje en paz me tranquiliza. Me pongo en marcha al ver la larga cola que hay en el puesto de mermeladas. Tomo aire y regreso a mi actividad de este fin de semana, que no es deleitarme en esa persona que se pasea por mi mente.
Aunque, por momentos, me cueste apartarla de ella.