Capítulo 7
MARÍA
No puedo más. Estoy rendida y apenas es mediodía.
Artur y su hermana Sandra se han unido a primera hora, pues su abuela está en la caseta que hay fuera del bar, en la plaza, junto a su hijo Roger y su nuera Núria.
Intentaron explicarme con detalle lo que significaba la feria de la cosecha en Serratona.
No consiguieron que me hiciera una idea real de lo que me iba a encontrar.
Ahora lo entiendo. En el pueblo hoy no cabe ni un alfiler.
Los dueños de los puestos atienden sin descanso, con más de una ayudante a su lado.
Aun así, no dan abasto. En el bar hago lo que puedo con los clientes que se paran a tomar un café o una cerveza.
Mi mirada se escapa de vez en cuando por la ventana y me resulta mágico lo que veo fuera. Apenas consigo asimilarlo.
—¡Sal un momento! —exclama Artur—. Disfruta de la feria de la cosecha de Serratona.
—No sé qué esperaba. Desde luego tanta gente, tanta variedad… No, esto no, pero me encanta lo que veo .
Mi hijo está con los Masferrer desde anoche. Es Ángela la que se ocupa de ellos mientras Jan regenta un puesto de mermeladas caseras.
Tengo que ir a recogerlo o por lo menos a hacer de buena madre y ver cómo van. Además, Jan me dijo que me pasara por el puesto y eso es lo que voy a suceder.
Primero me cuelo por la caseta exterior del bar, donde encuentro a Dolors riendo a carcajadas con algunos de sus clientes habituales y otros que no lo son tanto. Está en su salsa. Pese a su edad, estos son los momentos que más disfruta.
—¿Qué te parece nuestra fira ?
—Aún me estoy aclimatando. Artur me ha insistido en que salga y descubra de primera mano lo que significa ser un serratoní.
—Lo mejor de septiembre —afirma Dolors con una sonrisa—. Poco a poco te harás a esta tierra. Anda, ve a ver a tu hijo, que antes lo he visto corretear con Jade. Ese sí que es del pueblo ya.
Sonrío. ¡Qué razón tiene! No ha echado en falta nada de lo que tenía en Barcelona.
Recorro la plaza, parándome en los diferentes puestos.
Hay tantos que no sé por dónde empezar. Me detengo ante los de fruta: melocotones frescos de diversas variedades y racimos de uvas que perfuman el aire con su dulzor.
Más adelante, mesas repletas de frutos secos, que además dan a degustar y no me lo pierdo.
Al probar una almendra, su crujido y sabor me arrancan un suspiro. Deliciosas.
La larga tabla con botellas artesanales de aceite de oliva está abarrotada, y no digamos la de embutidos y quesos de la zona. En la caseta donde ofrecen vino decido no parar… al menos por ahora .
Las calles aledañas están igual de animadas, repletas de licores, tartas y conservas. Y en la esquina, antes de girar por la calle principal, lo veo: el puesto de mermeladas de Jan. Hay gente haciendo cola y Aurora le ayuda a atender.
Busco a Biel con la mirada y lo encuentro jugando con Jade, bajo la supervisión de Ángela.
Jan, por su parte, está centrado en su trabajo.
Se mueve con soltura, con la seguridad de quien disfruta de lo que hace.
Su sonrisa es tranquila cuando ofrece una degustación y sus ojos reflejan satisfacción cada vez que un cliente alaba sus creaciones.
Sin embargo, hay un leve cambio en su expresión cuando alguien escoge la mermelada de edición especial. Algo en su mirada se ensombrece por un instante, como si no quisiera desprenderse de ella.
—¡Mamá! ¡Mamá!
La voz de Biel me sobresalta. Parece que me ha olido y corre en mi dirección. Ángela detiene a Jade para que no siga tras su amigo y este pueda abrazarme.
Adoro estos instantes con mi hijo.
Mientras abrazo a Biel, miro al puesto de mermeladas justo cuando Jan levanta la vista y nuestras miradas se encuentran.
Siento un breve cosquilleo, un latido suspendido en el aire. Apenas hemos hablado, apenas sabemos el uno del otro. En ese instante, la necesidad de conocernos parece haberse instalado entre nosotros, sutil y palpable.
Tal vez sea simple curiosidad. O quizás algo tan dulce e incierto como su mermelada especial.
Lo averiguaremos a su debido tiempo.