Capítulo 6
MARÍA
Aquella semana fuimos alguna que otra tarde a Mas Traginer.
Jade había vuelto al colegio y me ofrecí a recogerlos y acercarlos a casa de Jan para jugar un rato, así él podía seguir con la recolección de melocotones sin preocuparse por ella.
Me crucé con Aurora, la mujer que los ayuda con la casa, en un par de ocasiones.
Aún no sabía qué había sido de la madre de Jade y tampoco tenía intención de preguntar.
No quería ser una cotilla. Solo esperaba que Jan lo compartiera conmigo cuando lo creyera conveniente.
Además, yo lo único que pretendía era ayudar y ofrecer mi apoyo, y sé que llevándole a su hija algunas tardes lo conseguía. Como bien aprendí, los serratonins son amables por naturaleza, y yo iba a ser igual que ellos.
El fin de semana Biel estuvo con su padre y yo aproveché para pasarlo en casa de mis progenitores.
Así evitaba un trayecto. Tras esas horas con ellos, no sé si fue lo más adecuado.
Mi madre seguía siendo tan intrusiva como siempre y hacía lo necesario para que yo me sintiera cómoda en su casa sin Biel. La convivencia se volvía complicada.
—Sigo sin entender por qué os separasteis.
—Mamá, ¿puedes no hablar siempre de lo mismo? Es un tema que no tiene remedio. Además, he traído a Biel antes de dejarlo con Toni. Voy a estar el fin de semana con vosotros. Por favor, pasémoslo en calma y bien avenidos.
Se irguió en el sofá y miró hacia otro lado. Odiaba que la contradijera.
Me quedaba con ellos de vez en cuando; sin embargo, cada vez espaciaba más esos encuentros, ya que me dejaban sin energía. Al regresar el domingo a Serratona, me sentía agotada.
Se acercaba final de mes y las calles estaban llenas de carteles anunciando la feria de la cosecha. Era un fin de semana espectacular con puestos de fruta, de productos variados relacionados con el campo y un montón de actividades.
El sábado anterior empezaron a adornar el pueblo.
El ayuntamiento tenía a media cuadrilla trabajando.
Por lo que había oído, se llenaban las calles de turistas que amaban la tierra y querían llevarse un pedacito a sus casas.
Biel estaba emocionado con tanto trajín y en el colegio empezaban a preparar actividades para que fuera más divertido.
La mayoría de padres ayudaban o participaban en algún acto de la feria.
En el bar de Dolors, el ambiente era el mismo. Clientes a por un café o una cerveza para calmar la sed de tanto trasiego. La partida de dominó seguía jugándose cada día, aunque duraba algo menos, pues sus miembros organizan algunas actividades para ese evento.
—María, ven a la cocina y ayúdame con los bocadillos —grita Dolors desde el fondo del bar.
—¿Para quién son? Nadie me ha pedido nada —consulto cuando estoy a su lado. Tenemos bastante ajetreo, pero no para la cantidad de piezas que tiene ya montadas mi jefa.
—Son para los montadores de la carpa principal, los que están en la puerta del CAP. Necesitan alimentarse. Anda, acaba con estos, los metes en esa caja y se los llevas. Yo me encargo de las bebidas.
—Perfecto, manos a la obra.
Y la mañana pasa en un santiamén. En cuanto llega Artur, mi compañero de tarde y nieto de Dolors, me deshago del delantal y me dirijo a la plaza a ver cómo continúan los arreglos. Observo a Salva en lo alto de una escalera y, cuando me ve, baja a saludarme.
—¿Estás trabajando? —pregunto. No me gusta entrometerme, pero siempre se queja en la partida de dominó de su falta de actividad laboral y llevo varios días sin verlo.
—Sí, algo temporal, y no viene mal. Si les gusto, quién sabe, tal vez pueda montar más carpas y andamios por los pueblos de la zona.
—Pues no te entretengo. ¡Nos vemos otro día! —Y continúo calle abajo hasta llegar al colegio. Los peques están a punto de salir y estoy ansiosa por ver la alegría de mi hijo.
Son las seis de la tarde del viernes y el discurso del alcalde marca el inicio oficial de la feria.
Empiezan a pasear por los alrededores personas que no reconozco, señales claras de que los turistas ya nos invaden.
Por lo que sé, no será hasta el sábado que descubra lo fantástico de esta festividad.
Mi hijo me da la mano y Jade se la da a Ángela. Jan vendrá más tarde, por lo que me ha comentado la canguro. Nos dirigimos a los puestos que ya han iniciado su actividad, algunos solo lo harán el sábado y el domingo, otros ya están abiertos.
Hay uno de chuches que hace que Biel y Jade salgan corriendo hacia él y pidan una bolsa con gominolas. Pactamos qué pueden comer y qué dejar para los siguientes días.
De repente, Biel sale corriendo hacia la calle principal y yo apenas tengo tiempo de girarme para descubrir qué es lo que ha llamado su atención.
Toni.
¿Qué hace mi expareja en Serratona?
Una sonrisa ocupa su rostro cuando su hijo lo abraza. Ángela, a mi lado, me observa, pues mi cara debe ser un poema.
Es cierto que este fin de semana le tocaba a él, pero habíamos acordado un cambio para que Biel no se perdiera la feria, una actividad de pueblo que sé que mi hijo anhelaba, ya que en el colegio habían trabajado mucho en ella.
Y Toni podía moverlo sin problema, no pasaba nada. O eso fue lo que dijo.
—¿Qué haces aquí? —pregunto incrédula.
—No te sofoques. Sé que no me toca. Aun así, me apetecía ver a mi hijo y he pensado en venir a ver la fantástica feria de la que tanto habla.
—¡Qué guay, papi! —exclama Biel, ajeno a mi preocupación y enfado.
—Es un trayecto que odias hacer y por el que siempre te estás quejando. Para una vez que te puedes quedar en Barcelona, vas y te presentas.
—No seas tan cascarrabias.
—¿Cascarrabias? —exploto furiosa.
—Venga, preséntame a tus amigos, si es que ya tienes, claro.
—Toni, por favor, déjanos que disfrutemos de un momento de paz. Vuelve a Barcelona. Tenemos planes para este fin de semana y tú no estás incluido en ellos.
Necesito sacármelo de en medio cuanto antes.
—Puedo venir a la feria. Es de libre acceso —dice con una sonrisa que me revuelve el estómago—. Además, he tenido que reservar en un pueblo cercano un apartamento porque aquí estáis al completo. Tenías razón. Esto está hasta los topes —dice echando un vistazo a su alrededor.
——Sigo sin entender qué haces aquí. Nosotros solo queríamos disfrutar y pasarlo bien —replico, intentando mantener la calma.
—¿Y quién te lo impide?
No me gusta su respuesta. Siento rabia de tenerlo tan cerca.
Cuando tiene que venir a buscar a su hijo siempre se está quejando, poniendo pegas o excusas, y cuando soy yo quien se lo acerca, no es que se alegre tampoco.
Cada vez es lo mismo: «Si te hubieras quedado en Barcelona, no tendríamos que desplazarnos tanto».
Y va y se presenta aquí por placer, por un simple capricho.
—¿Pasa algo? —pregunta Jan.
Lo tengo a mi espalda. No he oído cómo se acercaba hasta nosotros.
—¿Quién es este? No tendrás ya un novio, ¿no?
Me enfurezco por las palabras insidiosas de Toni. Pero ¿qué se ha creído?
—Es el papá de Jade —corrige de inmediato mi hijo —. Es una amiga del colegio y tenen mecotones . ¿A ti te gustan los mecotones ?
Toni reta a Jan con la mirada. Desconozco el motivo de esa actitud tan agresiva por parte de mi expareja.
—¡Toni, por fin doy contigo! —exclama una rubia despampanante, que viene corriendo por la calle principal—. Me he acercado a uno de los puestos de bisutería y, cuando me he girado, ya no estabas. Me ha costado dar contigo. ¿Por qué no me has avisado de que te movías?
La coge por la cintura, en un ataque de propiedad ajeno a lo que conocía de él. Estoy tan sorprendida que no comprendo qué es lo que está sucediendo frente a mis ojos.
—Elizabetta, esta es María y este pequeñajo de aquí es Biel, mi hijo.
Se agacha, se pone a su altura y le despeina el cabello.
—Hola, Biel. ¡Qué guapo eres!
Mi hijo da un par de pasos atrás, incómodo ante esa mujer que no conoce.
Al toparse con Jade en su retroceso, le da la mano con una sonrisa cómplice y, sin decir nada, ambos echan a correr entre risas, como si hubieran hecho una travesura.
Y en cierto modo, así lo ven ellos. Su pequeña trastada ha sido esa: huir de la escena de la mano, dejándonos a los adultos descolocados.
Han conseguido que la rubia se quede sin palabras y Toni con la boca abierta.
—Veo que no has venido solo —le digo, pues estoy alucinada ante la presencia de esa mujer.
—Te he dicho que he venido a ver a mi hijo, entre otros planes, como has visto. Poco te molestaremos. Puedes seguir con estos… con tus amigos y ya nos veremos por aquí. Y controla a tu hijo, que apenas lo veo y hay mucha gente.
Ángela rápidamente va detrás de ellos y me quedo a solas con Jan. Mi expareja desaparece entre la multitud, pero la inquietud permanece instalada en mi pecho. No me gusta tenerlo por aquí.
—¿Estás bien? —pregunta Jan con el ceño fruncido .
—Sí… Solo que me ha pillado por sorpresa. No esperaba verlo este fin de semana.
—Lo has manejado bastante bien.
Suelto una risa seca.
—No estoy tan segura. Al menos Biel está tranquilo, y eso es lo que importa.
Jan asiente y persigue con la mirada a los niños divirtiéndose entre la gente.
—Si necesitas algo, ya sabes.
—Gracias, Jan.
No nos decimos más. Su compañía resulta más reconfortante de lo que esperaba.
Consigo no toparme con Toni en el resto de tarde.
A la hora de cenar, decido volver a casa, mientras que Biel se queda con Jade.
Jan les ha prometido una noche de pijamas y mi hijo no ha podido resistirse.
Yo, en cambio, prefiero descansar. Mañana abro el bar temprano y los rumores dicen que habrá mucha gente, así que más vale que aproveche el silencio de esta habitación, en esta casa que cada vez empiezo a considerar mía, para dormir tranquila.