Capítulo 5
JAN
Llego a Mas Traginer y Ángela está muy contenta. Jade no ha tenido fiebre en toda la mañana y se ha comido el desayuno, reteniéndolo en su estómago. Eso es bueno. Está sentada frente a un televisor apagado y con una muñeca entre las manos. Parece que está hablando con ella.
—¿Cómo te encuentras? —le pregunto con suavidad.
—Bien, papi. Más mejor.
—Me alegro mucho. —Le acaricio el cabello y le doy un beso en la frente, aliviado al notar que ya no está caliente como en los últimos días. Eso me relaja.
Decido no avanzarle la llegada de su amigo, para que así la disfrute con más alegría de la que sé que le va a producir.
Después de comer, escucho el sonido de unos neumáticos avanzando con cautela.
Reconozco ese ritmo inseguro, propio de quien no conoce el terreno y no está convencido de si ese es el lugar correcto al que lo han invitado.
Aunque más bien diría yo que ha sido ella la que se ha apuntado a venir a casa.
Salgo al camino a indicarles dónde dejar el coche. Ambos salen maravillados ante lo que ven sus ojos. Se les nota que son de ciudad por cómo miran lo que les rodea en la pausa que hacen antes de cerrar las puertas del coche.
Biel es el primero en reaccionar. Su emoción puede más que la espera y me suplica que lo lleve con Jade.
—Biel, compórtate —le dice su madre con tono paciente, a la vez que le toma de la mano.
Él frunce el ceño por un segundo, asiente con resignación, deja que su madre le acaricie la mano y van andando a mi lado hasta la puerta principal. Sonrío ante la escena. ¡Niños! ¡Tan impulsivos y transparentes en sus emociones!
—Vamos a buscar a Jade, que aún no sabe que estás aquí —le susurro.
Ella hace un gesto, aceptando la decisión, y los tres subimos las escaleras hasta la primera planta, donde se encuentra la habitación de mi hija, a la que ha ido a descansar hace un rato.
Los ojos de esta se abren por completo al descubrir quién está detrás de la puerta. Salta de la cama y me doy cuenta que el malestar de mi hija parece haber volado por completo. Esto sí que no me lo esperaba.
Coge de la mano a su amigo y lo acerca hasta el baúl donde guarda sus juguetes. Acabamos de desaparecer de su vista sin casi darnos cuenta. Me giro para hablar con la madre de Biel.
—¿Te apetece un café? Dejamos a los niños jugar un rato.
—Perfecto.
La acomodo en el salón mientras me dirijo a la cocina, donde descubro que Ángela nos ha preparado la merienda.
—Jan, si te parece me voy. No creo que vuelvas al camp gran hoy, ¿no? —pregunta.
Mis intenciones eran otras, pero, al ver a mi invitada sentada en el sofá, pienso que sería de muy mala educación dejarla a solas con los niños y la niñera.
—Diría que no. Arnau se encarga si sucede cualquier cosa.
Ángela asoma la cabeza por la puerta del salón.
—María, ¿leche caliente o fría para el café?
—le consulta y, sin preguntarle, acabo de descubrir su nombre.
Menos mal que la canguro de mi hija es tan abierta y sociable que conoce a todos los habitantes de Serratona.
Seguro que incluso sabe los nombres de los turistas que solo pasan unos días en la casa rural del centro.
—Caliente y sin azúcar.
—Perfecto. —Ángela regresa a mi lado. Coloca los vasos en la bandeja y se despide—. Vuelvo mañana. Si ves que Jade está mejor, me lo dices y me voy a la uni.
—Te aviso. —Y cierro la puerta tras su estela. Es un torbellino de energía. Sigo sin saber qué haría sin ella cuando Jade no puede ir al colegio o cuando se me complican las tareas en las tierras.
Me acerco a la sala y me siento frente a María. Está estudiando el lugar. Mira por la ventana. Se oye la paz que nos envuelve y sé que la está notando, que a ella también le gusta lo que en Mas Traginer se respira sin necesidad de que lo verbalice con palabras.
—¡Qué maravilla! ¡Qué calma!
Muevo la cabeza confirmando lo que acaba de pronunciar y lo mismo que he visto en sus ojos.
Entrelazo los dedos y coloco las manos frente a mis labios.
Observo sus movimientos, lentos y cuidadosos.
Coge la taza, remueve su interior y bebe despacio.
Estamos en silencio, apenas nos conocemos y no sé qué decirle.
Cojo también la taza de café y le doy un sorbo.
No dejo de mirarla. Espero no molestarla.
Por un instante me ha recordado a Joana.
Ha sido apenas una imagen de un momento al lado de mi mujer hace unos años y un frugal escalofrío ha cubierto mi piel.
A Joana le gustaba sentarse en la butaca en la que está María.
Como ella, miraba el infinito y se perdía en él con una taza de té negro, bien caliente, en las manos.
Era una delicia verla, la manera en que, sin pronunciar palabra, me lo comunicaba todo.
Sus miedos e inseguridades, sus anhelos y sueños. Era un libro abierto.
—¿Cuánto hace que vivís aquí? —rompe por fin el silencio María.
—Desde siempre.
—¿Naciste en Serratona?
Cierro los ojos. Serratona no me vio nacer, aunque me acogió y soy uno de sus miembros.
—No. Nací en Barcelona, luego estudié en Lleida y allí conocí a Joana, mi mujer. Llevo aquí desde los veinte y, aunque trabajé en Barcelona una temporada, me siento del todo serratoní.
Una breve curvatura se muestra en sus labios mientras su mirada se detiene en muchas de las fotografías que envuelven el salón, las figuras y los cuadros que lo embellecen, los muebles y los libros que lo hacen confortable.
—Mi tía se vino a vivir a este pueblo hace unos años. Bueno, no es mi tía directa. Y no paraba de hablar de él, de sus virtudes, de lo bien que le había sentado y de sus gentes. Y ese fue el motivo principal de mi traslado. En Barcelona no me retenía nada y aquí podría resurgir.
—¿Resurgir? Un verbo algo insólito.
—Creo que mi vida empezaba a apagarse, que no era yo.
Necesitaba un cambio y uno que fuera radical.
Trabajar en el bar con Dolors, un pueblo donde la gente se conoce y apenas puedes dar un paso sin que alguien te ayude…
Necesitaba cercanía, apoyo, amabilidad… y eso lo tienen estas calles, estos campos.
—Llevas poco tiempo entre nosotros y ya has captado la esencia de lo que transmitimos.
—Es que se palpa en el aire. Te plantas en la plaza, cierras los ojos, inspiras y puedes sentir como si alguien te abrazara.
—Muy poético y demasiado imaginativo. Deberías escribir.
—Esa es mi hermana.
—¿Cómo? —pregunto contrariado.
—Mi hermana es escritora. El mes que viene iré a verla a Barcelona en su primera presentación literaria. Me hace mucha ilusión.
De repente un torbellino de dos criaturas cruza entre nosotros. No me creo que una de ellas sea Jade.
—Papi, ¿podemos meendar ?
—Claro. ¿Qué os gustaría?
—Pan con melmelada .
—¿De Mas Traginer? —le consulto ilusionado, pues sé que la devora, y me pongo en pie para dirigirme a la cocina.
Jade asiente a la vez que, junto a su amigo, se pierde en la despensa buscando el bote más atractivo. Corto el pan en rodajas y, cuando María se acerca, le cedo espacio para que nos ayude.
Extiendo la mermelada y sirvo un par de vasos de leche. Nos sentamos alrededor de la barra y los niños se comen en un pis pas lo que tienen en el plato.
—Tenían hambre —comenta María con una sonrisa—. Y a Jade le ha sentado muy bien la visita de su amigo.
—Me habéis convencido. Si lo llego a saber, os invito antes.
Ella sonríe y Biel exclama un «¡ bavo !» que nos hace reír a todos.
Qué a gusto me siento. Hacía demasiado tiempo que no experimentaba algo así.
Las risas, la calidez de unos extraños que cada vez lo son menos, la sensación de hogar que creí haber pedido. Me envuelve su cercanía y, por primera vez en mucho tiempo, la casa no parece tan vacía.