Besos con sabor a melocotón (Besos con sabor 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

JAN

Jade duerme en su cuarto. La fiebre ha bajado aunque ahora le duele la tripa y apenas quiere probar nada de lo que le ofrezco.

Me he levantado muy temprano, antes de que el sol asomara entre las colinas y Jade se despertara, y he pasado por los campos. El trabajo en las tierras no espera. Al llegar al camp gran, me he reunido con Roger y Arnau, los dos trabajadores fijos que me ayudan en la finca.

—Hoy tenemos que adelantar la recogida de melocotones para la cooperativa —les he comentado mientras revisaba uno de los frutos más maduros—. Aseguraos de separar los que van para la producción de mermeladas. Quiero que la calidad de este año sea aún mejor que la del año pasado.

—Eso no es posible. Ya era la mejor. Intentaremos igualarla —comenta Arnau.

—Perfecto —les sonrío.

Nos hemos reunido para organizar las tareas.

Estamos en la recta final, durante la que muchos árboles ya no tienen frutos.

Pero queda trabajo por hacer. Roger se está encargando de la recolección junto con otros jornaleros eventuales, mientras que a Arnau le toca la supervisión y selección de las frutas en las cajas de transporte.

He aprovechado para recorrer los surcos entre los árboles, ver el color de los frutos y probar algunos al azar. Así me aseguro de su dulzura. He tocado por un instante la tierra y he comprobado su humedad.

Regreso a Mas Traginer justo a tiempo de acompañar a Jade otra vez a la doctora.

Esta ha confirmado que hay un virus y la mitad de los niños del pueblo están igual.

Que solo me queda esperar. Ayer cuando estuvimos dijo que, si la fiebre no remitía, no dudara en volver a pasar.

Se le han formado placas en la garganta, por lo que le ha prescrito antibiótico. Más días en casa.

He contactado con Ángela. Gracias a Dios que hoy no tiene clase en la universidad y se puede quedar con ella. De lo contrario, mi rutina se hubiera desarmado, y no puedo permitirme más días sin estar al pie de la finca.

Ayer me pude organizar y hoy será Ángela quien cuide de Jade. Le he propuesto hacerlo también los siguientes días y ha aceptado sin dudarlo. Dice que no pasa nada por que se pierda más uni, que no está de exámenes y que el dinero le viene «que ni pintado», palabras textuales.

Miro el reloj, pues aún no ha llegado. Mas Traginer está en penumbra, sin apenas movimientos.

La casa es enorme, más de lo que yo deseaba.

Era la casa familiar de Joana, mi mujer, y los campos eran de su familia.

Cuando nos conocimos en Lleida, nunca pensé que esta tierra me convertiría en lo que soy a día de hoy.

Ha conseguido hacer de mí alguien diferente. Supongo que las circunstancias son las que lo han marcado así.

Oigo el claxon y me desespero. Seguro que es Ángela. Le he dicho que Jade dormía, por lo que no entiendo esa actitud tan despreocupada. Es joven, lo sé, y mi hija se lo pasa genial con ella, aunque un poco de sentido común no le vendría mal.

Me acerco a la entrada y la sonrisa de esa chica me descoloca.

—Ángela, Jade duerme en su habitación —la reprendo con la voz más baja que puedo y con cierta firmeza.

Se encoge de hombros, como pidiendo perdón—.

Tienes lo necesario en la despensa y un papel con las indicaciones de la doctora para las dosis de los medicamentos.

El antibiótico está en la nevera. Vigílala bien, que está pachucha.

Yo estaré en el camp gran . Llevo el móvil encima.

Ya sabes que a veces la cobertura falla, pero si tienes alguna duda o problema, grita.

Ángela resopla con una sonrisa divertida.

—Jan, no es la primera vez que estoy aquí con Jade. Conozco bien la casa y tus tierras, y nunca he tenido que gritar para que vengas. Además, la cobertura cada vez es mejor. Deja de preocuparte.

Se me escapa un suspiro pesado, a la vez que me despido de ella y me dirijo a la finca.

En el camp gran , Roger y Arnau ya están inmersos en la recogida.

Me uno a ellos, cargando cajas llenas de melocotones en la camioneta.

Mis manos están pegajosas por el jugo de la fruta madura, aun así, no me detengo.

Tenemos que espabilar si queremos llevar la producción a la cooperativa.

Después de varias horas, dejo a los muchachos trabajando y me acerco al pueblo.

He de aprovisionarme de unas herramientas que se han roto por el uso y hacer la compra de la semana.

Voy algo tarde, lo sé. Como el camp petit, ese huerto que nos da lo necesario para subsistir, nos aprovisiona bien, a veces olvido que necesito otros productos.

Sobre todo Jade, ya que las verduras que nos proporciona no es que sean lo que más le gusta.

Debemos organizar nuestras finanzas y solo de vez en cuando la hago feliz con alguna delicia: cereales, palomitas, chocolate.

Una vez acabo, me dirijo al bar de Dolors para tomar un café antes de volver a Mas Traginer. Me acerco a la barra y una voz que no reconozco me atiende.

—Hola, ¿qué deseas?

—Un café solo.

Reviso el móvil por si Ángela me ha escrito. No hay nada nuevo. Repaso el correo y compruebo que tengo un par sin contestar del ayuntamiento y de la cooperativa.

—Aquí tienes. Soy María, la mamá de Biel. Veo que no me has reconocido.

Levanto la vista ante ese comentario. ¿De qué la conozco? Mi cara de sorpresa le habrá dado la pista para continuar hablando.

—Nos vimos el otro día en el CAP. Tu hija y mi hijo van juntos al colegio.

Muevo la cabeza. Apenas me fijé en ella. Estaba preocupado por Jade. Llevaba varios días con fiebre alta y mareos, pero el mas me reclamaba, por lo que tardé algún que otro día adicional en ir al pediatra. Me pasé la noche martirizado por mi mal hacer.

—¿Jade está mejor? —pregunta mientras revuelvo el café con calma.

—Parece que sí, aunque todavía está en casa. La fiebre no remite —respondo y me llevo la taza a los labios—. Supongo que es cuestión de paciencia, y no tengo demasiada en esta época.

—O de suerte. Con los niños nunca se sabe. Pueden estar al borde del colapso por la mañana y corriendo por el parque por la tarde. Biel es experto en eso.

—Jade aún está en cama. Estoy intranquilo. Lleva una semana así.

—Biel ha regresado hoy al colegio después de unos días en casa. Ayer ya no tenía fiebre.

—Me alegro —respondo y en mi mente solo pienso en lo bien que estaría si Jade ya pudiera ir a clase.

Mientras doy un último sorbo al café, escucho los coletazos de una conversación al fondo. Están alejados de la barra, pero el tema me interesa y por eso aguzo el oído.

—Los rumores siguen candentes. Dicen que AgroTech quiere comprar terrenos de la zona —murmura Salva.

Pere frunce el ceño. Y yo me acerco a ellos.

—Que se olviden. Aquí nadie va a vender, ¿verdad, Jaume? —pregunta Pere con tono de voz alterado.

Jaume asiente mientras acaba su zumo.

—No pienso ceder ni un centímetro del huerto de mi abuelo.

Me ven joven y piensan que me pueden comprar, pero tengo claras mis prioridades.

Mis estudios de ingeniera agrónoma me ayudarán a remontar los terrenos de mi familia y demostrar a mi padre que puedo conseguirlo.

¿Cómo lo ves, Jan? Estudiar lo mismo que tú es bueno para mi futuro.

—Estoy contigo, Jaume. —Me siento en una de las sillas libres—. Tú puedes con ello y sabes que el pueblo te respalda; yo por lo menos. Mañana voy a ver a Marçal al ayuntamiento. Tengo que aclarar las intenciones de esa empresa y los negocios que tienen entre manos.

—¿Quieres que vaya contigo? —pregunta Pere.

—No hace falta. Aunque el alcalde es duro, es amigo y, si necesito refuerzos, sé donde encontraros.

El grupo sonríe, pues somos más que un pueblo. Somos una comunidad.