Capítulo 2
MARÍA
En la sala de espera apenas hay pacientes ni acompañantes. Supongo que es demasiado pronto o tal vez no haya mucha gente enferma en esta ocasión. Aun así, necesito que alguien visite a Biel de inmediato. Ha pasado una mala noche y yo con él.
Ayer, al recogerlo del colegio, fuimos directos a casa, pues no se encontraba bien. Angelines lo vio y le ofreció un vasito de zumo de limón calentito con miel, que él tomó de mal agrado. Estaba alicaído, se sentó en el sofá y enseguida se quedó dormido, algo raro en mi pequeño.
Mientras descansaba, ayudé a mi tía a recoger la compra y preparar la cena, aunque mis pensamientos y acciones no se alejaban de mi hijo. También aproveché para recoger la ropa y ayudar a mi tía en el resto de tareas del hogar que quedaban pendientes.
Le palpé la frente un par de veces. Y, cuando despertó, cerca de la hora de la cena, el termómetro confirmó un pico de fiebre que no esperaba. Le di un antitérmico y un plato de sopa que apenas quiso probar. Prefirió un par de cucharadas de yogur y, con voz apagada, pidió irse a la cama.
—Mamá, estoy cansado. Voy domir . Aquí hace pupa —dijo señalándose la cabeza y con los ojos entrecerrados.
Me puse el despertador para darle otra dosis y comprobar si la fiebre bajaba.
Cuando fui a acostarme, Biel estaba en mi cama, hecho un ovillo, y preferí no moverlo a la suya.
Me acomodé con él. No paraba de dar vueltas y la fiebre subía y bajaba.
Estuve muy intranquila. A medianoche empezó a toser y yo apenas pude pegar ojo.
No hicieron falta despertadores ni alarmas; estaba alerta a cualquier movimiento suyo.
Sobre las cinco de la mañana, Angelines se acercó al notar ruido en la habitación.
Me ofreció un café, que tomé al instante, agradeciendo el calor en mis manos.
El cansancio y la preocupación por mi hijo me impedían conciliar el sueño.
A las siete decidí vestirlo y llevarlo al centro de atención primaria para que comprobaran su estado. No podía esperar.
Al llegar, una enfermera nos atendió enseguida. Palpó a Biel con suavidad y nos pidió un momento hasta que nos pudiera atender la doctora.
—No te preocupes, está bien. Será solo un resfriado.
Permanezco en la sala de espera, inquieta.
Mientras aguardo a que nos llamen, la puerta de acceso se abre y, para mi sorpresa, Biel, que hasta hace un segundo estaba acurrucado en mi regazo con gesto abatido, se incorpora de golpe con una energía que no imaginaba en su estado. Sus ojos se iluminan y sonríe.
Una niña acaba de entrar con su padre. Tendrá más o menos la edad de mi hijo. Con una voz aún ronca por la fiebre, la llama con entusiasmo.
—¡Jade! ¿Tú también tás malita?
La pequeña asiente con timidez mientras su padre la guía hasta una de las sillas frente a nosotros. Cuando se sienta frente a mí, descubro a Jan. Es alto y muestra un gesto serio, aunque su expresión parece que se suaviza al ver la interacción de los niños.
—Hola, buenos días —dice en un tono bajo.
—Buenos días —respondo.
Nos quedamos callados y compruebo que ambos somos de pocas palabras. Tras unos segundos de silencio decido romper el hielo, pues lo que quiero es integrarme con los vecinos de Serratona y cualquier oportunidad es buena.
—Soy María Grau, la mamá de Biel.
Jan mueve la cabeza, aunque no dice nada, ni su nombre. Yo lo sé, porque me lo chivó Dolors, pero él debería dar un paso.
Mientras tanto, los niños, que hace un momento parecían enfermos y sin apenas energía, se encuentran sentados juntos en una de las sillas, riéndose por alguna ocurrencia.
—Parece que, al final, tendremos que irnos antes de que los atiendan. Ya se les han pasado todos los males y eso que el mío apenas ha dormido.
—Los milagros de la amistad —dice con una media sonrisa y algo más relajado.
Eso es lo que parece. Biel parlotea con Jade y no va a parar de jugar hasta que nos llamen.
El instante llega.
—¿Biel Badia? —La puerta de la consulta se acaba de abrir y una doctora de mediana edad, con gafas y un rostro amable nos invita a pasar.
Me pongo en pie, le doy la mano a mi hijo y me despido educadamente. Un semblante de resignación se ha posado en el rostro de mi hijo por tener abandonar la sala.
La doctora nos hace pasar y me siento junto a él, tratando de tranquilizarlo con una sonrisa, y noto cómo un pequeño nudo de preocupación se forma en mi estómago. ¿Será solo un resfriado? El ambiente cálido de la consulta, junto a la amabilidad de la doctora, hacen que me calme un poco.
—Buenos días, Biel —saluda la doctora con voz suave—. Y tú debes de ser su mamá.
Tomo asiento frente a su escritorio y acomodo a Biel en mi regazo. La doctora teclea algo en el ordenador, revisa la información y, tras algunas preguntas y un examen rápido, me mira con tranquilidad.
—Parece un virus común, un resfriado fuerte. Contrólalo en casa con antitérmicos y muchos líquidos. Si la fiebre persiste o hay dificultades para respirar, venid otra vez.
Asiento y miro a Biel, que juega con la cremallera de su chaqueta, ansioso por salir y comprobar si su amiga aún está fuera. Son los siguientes y no creo que puedan jugar.
Me despido de la doctora y nos acompaña a la puerta.
—¡Vamos, Jade! Tu turno.
Ambos se ponen en pie y el rostro de Biel se ensombrece al percatarse de que no va a pasar más rato con su amiga.
Muy malo ya no estará. Jan se despide de ambos con un gesto de cabeza y revolotea el pelo de Biel. Su mirada se cruza con la mía un instante y siento una ligera conexión que no puedo evitar reconocer.
Las palabras de mi hijo me devuelven a la realidad.
— Quiedo ir a casa —sugiere triste y con la cabeza gacha.
—Claro, cielo. Hoy no hay cole.
—¡¿No?! —pregunta en una exclamación que no puede ocultar y una leve sonrisa curva sus labios. No sé si es que le apetecía ir o, por el contrario, quería estar tumbado en su cama recuperándose.
Angelines nos espera y reconoce que intuía el diagnóstico. Yo también, pero que lo controlaran desde el CAP era necesario para evitar posibles riesgos.
—Llego tarde al bar, ¿te encargas de Biel esta mañana? —le consulto a mi tía.
—Por supuesto. Ni se dará cuenta de que no estás con él.
—Lo dudo, aun así, mejor lo pongo a dormir, a ver si lo consigo y, a partir de ahí, sobre ruedas. Si me llama, sabes dónde estoy.
Biel me acompaña y se acurruca en su cama, arropado hasta la barbilla. Me quedo un momento junto a él, acariciándole el pelo, esperando a que el sueño lo atrape. Sus ojos parpadean con pesadez y, antes de caer rendido, murmura:
—Mamá, Jade también ta malita.
—Supongo que sí, cariño. Mañana ya estará mejor. Igual que tú.
Mueve la cabeza, con un gesto pequeño, y en cuestión de segundos su respiración se vuelve más profunda. Me quedo un instante más para asegurarme de que está dormido y salgo con sigilo.
Cojo el bolso, me despido de mi tía y me dirijo al bar. Después de la noche en vela, estoy bastante cansada y sé que Dolors lo entendería, pero no puedo permitirme faltar. Soy yo la que quiero ir y no pedir favores, aparte de que ya me ha concedido los días con mi hermana.
El aire fresco de la mañana me despeja un poco mientras cruzo la calle. Al entrar en el establecimiento noto el ambiente cálido y el murmullo de los primeros clientes que ya ocupan sus lugares.
Dolors me mira y le confirmo lo que le he comunicado en un wasap: que Biel está enfermo y que se ha quedado con mi tía.
La rutina del bar sigue su curso. Hoy, tras salir de la consulta del médico y saber que Biel se encuentra mejor, noto cierta diferencia.
Tal vez sea esa mirada de Jan, o quizás sea la sensación de que, sin palabras, todos estamos conectados por algo más profundo que la simple convivencia en este maravilloso pueblo.
Estoy construyendo mi historia y cada instante, cada conversación, se entrelazan como hilos invisibles que forman parte de algo más grande.
Entre café, clientes y risas compartidas, descubro que, poco a poco, Serratona está dejando de ser un lugar de paso para convertirse en el escenario de una nueva vida.