Capítulo 1
MARÍA
Un año después
El olor a café recién hecho inunda mis fosas nasales. Continúo con la preparación del pedido mientras observo una esquina del bar, ocupada por tres clientes que ya empiezo a saber que son de los habituales. Están jugando una partida al dominó y, como cada mañana, es muy animada.
Uno de ellos se llama Pere, un señor de unos setenta años, con la boina ladeada y un palillo en la boca, que me recuerda a mi infancia, cuando venía a un pueblo similar a este.
Rememoro a los míos y acostumbro a sonreír cuando él me muestra su rostro feliz y relajado.
Acaba de colocar una ficha con un golpe seco sobre la mesa.
—¡Seis doble! Esto va por Josep, que siempre decía que no tenía rival.
En el rostro de Jaume, el más joven del grupo y que apenas tiene unos veinticinco años, ha aparecido una sonrisa.
Sus ojos se han empañado levemente al oír el nombre de su abuelo.
Por lo que me contó Dolors, la dueña del bar, hace poco que perdieron a ese miembro tan querido en el pueblo y a su nieto aún le cuesta hablar de él o que lo mencionen.
—Seguro que estaría aquí sacándonos de quicio con sus historias —comenta Jaume para que sus compañeros de mesa sigan poniendo fichas y pueda distraerse del recuerdo. Estudia a distancia y por eso puede escaparse a estas horas de la mañana.
Salva, otro de los miembros de la partida, mira las fichas que hay sobre la mesa con aire distraído.
—Lo echo de menos. Seguro que me ayudaría con mi problemón con el trabajo. Él siempre tenía la palabra adecuada.
—Pronto encontrarás algo —dice Pere—. Estate tranquilo y no te impacientes.
—Tengo cuatro bocas que alimentar y necesito ocuparme pronto, hacer algo, antes de que deje de estar cuerdo —prosigue Salva.
Me acerco hasta ellos con la bandeja en la mano. Las miradas de los miembros de esa mesa se gira hacia mí.
—Aquí tenéis. —Coloco un café para Salva, una infusión para Pere y un zumo para Jaume—.
Y cuidado con el dominó, que desde aquí parece que Pere os está dando una paliza.
—Mi voz amable y socarrona me ayuda a romper las distancias que aún he de acortar.
Llevo poco tiempo en el pueblo y necesito acercarme a ellos.
Pere se inclina hacia atrás con orgullo mientras Jaume y Salva ríen.
—Es la experiencia, muchacha. Ellos aún tienen mucho que aprender —responde Pere con una chispa en los ojos.
Sonrío mientras recojo las tazas vacías de la mesa. No es la primera vez que les sirvo hoy y no será la última .
De nuevo en la barra, me pongo a limpiar y ordenar lo que me ha pedido Dolors. Se ha portado muy bien conmigo y voy a ser una trabajadora ejemplar, o por lo menos lo voy a intentar. No puede tener queja.
Desde que llegué a Serratona, apenas hace un mes, me he adaptado bastante bien al medio rural. Los vecinos me han acogido como si fuera una más y, aunque muchos me llaman muchacha, pues aún no se han aprendido mi nombre, siento que empiezo a formar parte de algo y eso me gusta.
Biel lo ha pillado al vuelo. La separación de lo que conocía no ha sido tan dura como pensaba. Quien está más enfadado es Toni por los kilómetros que deberá hacer cada quince días para ver a su hijo.
Pero quedamos así.
En el tiempo que pasó desde que nos separamos hasta que tomé la decisión de desplazarme a Serratona, él no hizo nada para que pesara más quedarme cerca de él.
Veía a Biel cada dos fines de semana, pero en muchas ocasiones un viaje o una reunión se lo impedía.
Y apenas le daba importancia o me reclamaba esos días.
Llegamos a un arreglo con los abogados y lo firmamos de mutuo acuerdo.
Lo que me sorprendió fue la discusión de aquella mañana, justo antes de irme de Barcelona, con las maletas en la furgoneta alquilada y Biel durmiendo en la sillita.
—Podrías quedarte. No tienes por qué irte.
Desconocía el motivo por el que quiso despedirse de mí aquel día y se plantó en el parking para ayudarme a meter los trastos en el vehículo.
—Lo hemos hablado, Toni. Es mejor para mí. Allí he encontrado un trabajo y el entorno rural, la tranquilidad… Sé que nos ayudará.
—No necesitabas un trabajo. Yo cubría tus necesidades.
—Quiero depender de mí y saber que yo puedo con esta familia de dos. Y estamos separados.
Su rostro, serio y compungido, avivaba un gran resentimiento. Además, con esa expresión daba la sensación de que estaba cargando con una culpa que no le pertenecía o quizás era un modo de hacérmela cargar a mí.
—Cada vez que quiera ver a Biel o a ti, tendré que pasar muchas horas tras el volante.
—Las pasas para esas reuniones o viajes que haces. —Seguía sin comprender el motivo por el que estábamos discutiendo.
—Eso es trabajo.
—Pues piensa en nosotros como en un trabajo, y así a ver si no te olvidas el fin de semana que te toca pasar a buscarlo. —Puse el tono más serio que pude en mis palabras. Se había saltado tantos en este año que llevábamos separados y que luego no reclamaba que la que estaba con Biel siempre era yo.
—No es justo.
—¿El qué? ¿La separación? ¿Que tu hijo apenas te conozca? ¿Que apenas lo conozcas tú a él?
Frunció el ceño. Cargó la última maleta y cerró la puerta de golpe. Se dirigió hacia la parte delantera del vehículo, como si ya hubiera tomado la decisión de marcharse y dejar que nos fuéramos sin más. Entonces, retrocedió un paso.
Abrió la puerta trasera y, con ternura, observó a su hijo dormido. Lo acarició levemente y le dio un beso en la frente. Un momento que palpita en mis recuerdos, porque en ese instante sentí que lo alejaba, que estaba apartando a Biel de su padre, de alguien que lo quería .
Estaba segura de mi decisión y, a pesar de esas dudas, sabía que un gesto de cariño no bastaba para cubrir tantos días de silencio.
La habitación que ocupamos en la buhardilla de la casa de la tía Angelines es más de lo que hubiera imaginado.
Es grande y espaciosa. Una cama de matrimonio y un plegatín, además de un pequeño sofá.
En el mueble de la esquina he podido guardar la ropa y demás nimiedades que traía y aún queda un poco de espacio.
La ventana da a una de las calles principales y, si miras con mimo, ves a lo lejos la plaza.
En ella se encuentra el bar de Dolors, donde trabajo por las mañanas desde hace apenas un mes.
Cuando las últimas Navidades la tía Angelines se acercó a casa de mis padres a visitarnos, no le gustó vernos tan tristes a Biel y a mí.
Al principio me ofreció ayuda moral, llamadas con palabras de aliento, algún regalo y, siempre que podía, muchas caricias.
La separación con Toni ya se había producido y él no se había opuesto a nada.
Había aceptado las condiciones. Pero yo no encontraba trabajo, me encargaba de cuidar de mi hijo y mi madre se había vuelto excesivamente protectora. Era incapaz de respirar.
La tarde que llamó con una posibilidad laboral para mí en el pueblo fue una gran sorpresa. Me sugirió que contactara con la dueña del bar y mantuviera una entrevista.
En ese instante se abrió ante mí ese camino en el que apenas había avanzado pocos metros y a través del cual necesitaba llegar al final. Un lugar que me permitiría respirar y reencontrarme.
Las horas con Dolors pasaban volando. Siempre teníamos algo que hacer, alguien a quien servir o incluso escuchar, pues la parte de psicología, según contaba ella, era un máster que no tenía reconocido.
—¿Quién es aquel tipo? —consulto a Dolors, inclinándome un poco hacia ella mientras limpio la barra—. Es la primera vez que lo veo en el bar.
—Es Jan. Tiene un mas 1 a las afueras y, por lo que cuenta, mucho trabajo. Pasa de vez en cuando a tomar café.
Desvío la mirada hacia él. Está sentado en una de las mesas del rincón, con la espalda encorvada, las manos rodeando la taza caliente y la mirada perdida en el líquido oscuro. No parece estar aquí, sino más bien atrapado en sus pensamientos.
—Parece triste —comento en voz baja.
—Tiene demasiadas obligaciones.
Frunzo el ceño ante sus palabras.
Lo he visto al entrar, aunque no he reparado en él hasta este momento. Se le ve alicaído y el café se lo ha servido Dolors mientras yo me entretenía con la mesa del dominó, que, con su alegría, ha acaparado mi atención.
—Tiene una hija de la edad del tuyo —prosigue mi jefa—. Seguro que Biel ya la conoce.
—Probablemente. —Sonrío pensando en lo bien que se ha adaptado mi hijo al cambio. Yo… Yo lo estoy consiguiendo. O eso quiero creer—. Esta noche le pregunto.
—Acércate a él. Es muy majo.
—¿A quién?
—A Jan. ¿A quién va a ser? Llévale un croissant , cortesía de la casa. Creo que no come demasiado bien. Mira lo flaco que está.
—¿Flaco? —Arqueo una ceja—. Está normal.
—Tú que lo miras con buenos ojos. —Me hace un guiño antes de desaparecer en la cocina.
Sacudo la cabeza y una sonrisa se posa en mi rostro. No puedo evitar volver a mirarlo. Hay algo en él que me atrapa: la dureza en su mandíbula, las sombras bajo los ojos, ese gesto melancólico que parece haberse instalado en su rostro.
¿Qué historia esconde?
Levanta la vista y nuestras miradas se cruzan por un instante. No estoy segura de que haya percibido mi sonrisa; continúa absorto en sus pensamientos, como si el mundo exterior apenas le rozara.
El bullicio en la cocina rompe el momento. El sonido de platos y fuentes al chocar me devuelve de golpe a la realidad. Suspiro y me inclino para sacar los vasos limpios del lavavajillas, justo cuando la voz de Dolors me hace dar un respingo.
—¡María, tu hermana al teléfono!
Parpadeo, confusa. Tardo un segundo en procesar sus palabras.
¿Mi hermana?
Meto la mano en el bolsillo de mis tejanos y saco mi móvil. Muerto.
Claro. Creo que ayer no lo puse a cargar y mi hermana ha buscado otra vía para dar conmigo.
Me seco las manos en el delantal antes de coger el teléfono del bar.
—Hola, hermana. ¿Cómo estás? Antes de que digas nada, mi móvil está frito. ¡Cuéntame! ¿Qué necesitas ?
—¿Qué te han dado de comer o de beber en ese pueblo? ¿Dónde está María?