Besos con sabor a melocotón (Besos con sabor 2) Prólogo
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Besos con sabor a melocotón (Besos con sabor 2)

Besos con sabor a melocotón (Besos con sabor 2)

Por Mònica Linares

© inepub.com

Prólogo

MARÍA

—Eso que me cuentas no puede ser cierto.

Las palabras de mi hermana Natalia resuenan en mi cabeza tras explicarle la situación en la que me encuentro. Estar a su lado, en su playa preferida, en Tenerife, hace que me sienta mejor.

Los rayos del sol acarician mi sonrosada piel y la suavidad de su tacto me despierta del letargo en el que estoy sumida, en el que ya llevo varios meses y del que no consigo salir.

Es necesario que lo haga de inmediato, cuanto antes, y acabo de descubrir que la manera más fácil de conseguirlo es verbalizándolo.

—¿Estás segura? —insiste Natalia mientras cierra y abre los ojos, pues no da crédito a mis palabras.

Asiento con firmeza.

Me he quedado vacía, lo he soltado todo y ya no sé qué más decir. Desnudar mi alma ha sido lo mejor que podía hacer.

Natalia se acerca y me abraza con fuerza.

Siento su contacto, huelo su perfume, y los recuerdos de la última vez que estuvimos en Tenerife regresan a borbotones.

Aquella ocasión en la que ella descubrió que Sam era su pareja ideal y que tal vez fue la chispa necesaria para que yo me diera cuenta de que al lado de Toni ya no quedaba nada que rescatar.

Aquel verano, el de hace un par de años, no fue el desencadenante ni el motivo de mi situación actual.

Aquel verano solo pensaba en quedarme embarazada, ignorando los problemas que Toni y yo ya acarreábamos y que él tapaba con trabajo.

Aquel verano solo conseguí un propósito, uno muy importante para mí, pero perdí el amor de una persona en la que confiaba y a la que amaba.

Biel, nuestro hijo, no fue la solución al problema, ahora lo sé, aunque apareció en nuestras vidas unos meses después y nos dio un respiro. Uno que no supimos aprovechar.

Quién sabe si aquel verano fue el inicio del declive, un camino hacia aquello en lo que nos hemos convertido.

Nada.

Su trabajo lo consume y ha destruido nuestra relación por completo.

Biel apenas lo ve y únicamente recibe su beso de buenas noches a altas horas, cuando su padre regresa del despacho.

Yo percibo la fría piel de mi marido al taparse con la sábana y, haciéndome la dormida, anhelo recibir una caricia por su parte o encontrar una nota suya antes de irse por la mañana bien temprano a trabajar.

Un deseo que en estos momentos es imposible.

Casi no nos vemos, apenas nos relacionamos y solo ha aceptado acompañarme este verano a Tenerife porque trae consigo el portátil y podrá refugiarse en él. Ambos sabemos que esto es el punto y final a lo nuestro.

—Vamos a nadar un rato —dice Lía, acercándome su mano para ponerme en pie.

La arena de la playa se introduce entre mis dedos y la fuerza de mi hermana me ayuda a sonreír.

Miro a Biel, que está entretenido con su tío Sam haciendo castillos en la orilla con un par de cubos y las palas repletas de arena mojada.

Lo están pasando tan bien que es el mejor momento para dejarlos a solas y disfrutar de un baño.

El agua salada roza mis pies, el frescor alivia mi pesar y alejo mis pensamientos antes de dar un par de brazadas al introducirme en el océano.

Poco a poco escapo de la mirada perspicaz de mi hermana pequeña, nadando aún más lejos de donde ella está y evitando sus comentarios, que sé que va a hacer en cuanto tenga la ocasión.

No hay gente a mi alrededor y el mar en calma me rodea. La orilla es un punto lejano donde los turistas disfrutan del verano y del fabuloso día que ha amanecido.

He decidido dar un paso adelante y sacar aquello que llevaba guardado durante tanto tiempo y, de verdad, ha sido liberador.

Necesito pensar, recabar los sentimientos y emociones que se amontonan en mi interior y ordenarlos con sumo cuidado.

No va a ser un camino fácil. Sé que debo empezar a andar en la dirección correcta para conseguirlo.

Seguir así no tiene sentido.

La mesa del comedor de casa de mi hermana está llena de platos deliciosos. A Lía le han sentado muy bien las islas y ha aprendido a cocinar de la mejor, Cristina, su suegra, que nos acompaña este mediodía con su pareja actual, Jaime.

—Biel está muy grande, María. ¿Qué le das de comer? —pregunta la madre de Sam con una sonrisa amable.

—No lo que hay hoy aquí. ¡Esto está de muerte! A Biel le gusta comer bien y lo prueba casi todo para los apenas dos años que tiene.

—Eso es bueno.

—No para el bolsillo —suelta Toni sin venir a cuento y se me clava en el corazón. Está sentado en la mesa, con nosotros, aunque parece de otra familia, como si estuviera en un mundo paralelo.

Además, no entiendo el comentario. Es como si no le gustara que creciera sano. Está guapísimo, y no es cosa de madre.

Si las miradas matasen, la mía habría fulminado a mi pareja. Mi hermana me observa de reojo y estoy segura de que se ha dado cuenta de mi cara agria por el comentario de Toni.

—Los niños no nacen con un pan bajo el brazo. Debes gastarte lo que tienes y más. Nunca es suficiente —interviene Jaime para calmar la conversación.

Creo que todos han captado mi incomodidad. Todos menos Toni. Ni siquiera se ha percatado de lo que ha provocado en mí. Tiene de nuevo la vista fija en el móvil, atrapado en algo que no tiene nada que ver con nosotros.

—¿Me acompañas a fregar los platos? —me pide mi hermana mientras se pone en pie.

Un motivo como cualquier otro para escapar de ese momento desagradable. Al llegar a la cocina, mi hermana se cruza de brazos y me sondea con la mirada.

—Te lo he contado en la playa. Es lo que hay —comento seria. Sé lo que quiero y cuándo lo voy a hacer. Estas vacaciones no son la ocasión adecuada para ello.

—María, es que no sé qué os pasa. No os recuerdo así. Erais amorosos, os achuchabais a todas horas, en cada esquina. Llegabais a ser hasta un poco vomitivos.

—Eso ya se acabó. Tuvo su momento, pero en los últimos años solo era de cara a la galería.

Cuando quedábamos con alguien me llevaba de la mano, me obsequiaba con regalos…

Las veces que habéis estado en casa una sonrisa surgía en su rostro, pero al desaparecer la gente, él también se desvanecía y nos encontrábamos a esa persona a la que estás viendo ahora y a la que apenas conozco.

No sé con quién me acuesto cada noche y ya no lo soporto más.

—Hemos hablado a solas muchas veces por teléfono, ¿por qué no me has contado nada de esto que te pasa? —pregunta mi hermana, preocupada e incrédula.

—He intentado solucionarlo antes de romper una pareja con un hijo en la que sé que hubo mucho amor.

Contacté con un psicólogo y concerté varias citas para arreglarlo.

Solo se presentó en dos ocasiones. Al resto he acudido yo únicamente y allí he comprendido que era indispensable que respirara fuera de lo que tengo.

El trabajo le exige tanto que no necesita un matrimonio.

—María, no lo entiendo. ¿Por qué habéis venido?

La pregunta de mi hermana no me sorprende.

—Tú querías vernos.

Mi hermana frunce el ceño.

—No es por ti del todo. O sí, en parte. Son unas últimas vacaciones para Biel con sus padres. Con los dos.

—¿Por qué?

Me encojo de hombros. Eso es lo que llevo preguntándome desde que salimos de Barcelona.

Cuando planificamos el viaje, solo pensé en mi hijo, que disfrutara de sus tíos, de sus mimos y caricias, de la arena y la playa.

Yo no existía en esa ecuación y mucho menos Toni.

Solo mi hijo y, aunque pequeño, quería que tuviera este recuerdo.

—Biel está con Sam, Cristina y Jaime. Toni apenas lo mira y en la playa no ha jugado con él en ningún momento —afirma Lía.

—El trabajo lo absorbe —digo de forma cínica.

El portátil, el móvil y el iPad se han convertido en accesorios imprescindibles en su vida.

—Pues dime en qué quieres que te ayude y no sé hable más.

—No digas nada de lo que te he contado a nadie. Ni a Sam —le hago prometer—. Pasemos las mejores vacaciones posibles y disfrutemos de un verano inolvidable en las islas. Yo arreglaré esta situación después, cuando estemos en casa.

—¿Me lo prometes? Puedes quedarte aquí si lo necesitas.

—Estaré bien. Hace tiempo que aprendimos a salir airosos de situaciones sociales sin que nadie note que lo nuestro se terminó.

Aunque es algo que empiezo a no soportar. Duele estar cerca de los nuestros y que nadie se dé cuenta de que ya no somos una pareja.

Que parezca que existe amor, cuando este desapareció hace bastante tiempo. Y es verdad que somos nosotros quienes lo ocultamos; una parte del binomio lo ve bien y hasta lo disfraza en ocasiones.

Yo necesitaba abrirme a mi hermana, que conociera cómo me encontraba y qué sucedía entre nosotros. Sé que Toni prefiere mantenerlo oculto de las personas que no forman parte de nuestro círculo. Pero yo estoy muy unida a mi hermana, por lo que lo mejor es deshacerme de aquello que me oprime.

—Lo que más me sorprende es que Sam no sepa nada ni lo haya intuido. Son amigos de la infancia. Incluso lo invitó a vuestra boda —comenta Lía intrigada .

—Creo que eran amigos. En pasado. Se ha cerrado al mundo en el que éramos solo Toni y María.

Apenas salimos. Atrapado en el despacho del ático, se le van las pocas horas que está en casa, siempre preocupado por temas de bolsa, informes y videoconferencias, viajes y un montón de reuniones.

Ni yo misma lo reconozco. Y ya no puedo aguantar más.

—María, estoy aquí y te apoyo. Soy tu hermana pequeña y juntas podemos afrontarlo. Para lo que necesites.

Y sé que es cierto.

Regresamos al comedor con el postre y Toni ya no está en la mesa.

Miro a Sam, que entiende mi pregunta sin necesidad de palabras.

Encoge los hombros como respuesta; él tampoco comprende a su amigo ni el motivo por el que ha abandonado la comida.

Según Lía, no tiene ni idea, o al menos eso dice, si es que realmente está al tanto.

De lo que sí estoy segura es de que intuye qué ocurre, aunque no haya movido ficha.

Es prudente y sabe que no puede intervenir.

—¿Quieres probar el flan que ha hecho Jaime? —le pregunto a Biel.

—¡Sí, mami! Quiedo un… un tociito . Si no gusta, tú comes.

—Si no te gusta ya me lo como yo —contesta Jaime, acercándose a él y relamiéndose los labios—. Pero estoy convencido de que te va a encantar. Ya verás. Además, no olvides ponerle un poco de caramelo por encima.

—¿ Camello ? ¿Dónde está? —consulta Biel curioso, levantando el plato que le acabo de servir. Soy ágil en parar el movimiento de mi hijo, pues a punto ha estado de verter el postre sobre la mesa.

—¡No, Biel! Esto más oscuro es el caramelo —le explica Jaime—. Es lo que le da un toque dulce. Además, le pongo un ingrediente secreto. A ver si adivi …

—¡Para, cariño! —lo interrumpe Cristina—. Tiene dos años, no entiende nada de lo que le estás contando.

Sonrío y Biel me mira preocupado. No quiere probar ese caramelo, oscuro y viscoso, que no reconoce como el dulce que esperaba. Me da la impresión de que no va a tocar el postre. Aunque, al final accede. Le da un mordisco y exclama:

—¡Está dico , mamá! ¡ Quiedo más!

—Jaime, puedes estar orgulloso de tu postre. Vamos, Biel, termina el que tienes en el plato y luego te pongo más.

—Sin camello .

—Sí, sin caramelo.

Pruebo un trozo y confirmo que está delicioso. Al fondo veo a Toni enfrascado en una llamada de teléfono, cómo no. Ni en sábado, ni en verano, ni de vacaciones.

No puedo más. Aguanto estos días con mi familia y pongo la situación sobre la mesa.

Esto es insostenible.

La cola para acceder a la zona de embarque no es muy larga. Apenas hay turistas que regresen a esa hora a su destino. Es la que más le convino a Toni y daba igual que no fuera adecuada para su hijo. Eso ni lo pensó.

Biel se restriega los ojitos y lo apoyo sobre mi hombro para que continúe con ese sueño que apenas puede coger después de haberlo despertado a una hora tan intempestiva.

Toni va delante, con las maletas y una urgencia por llegar a destino que no comprendo.

Yo lo sigo. Apenas puedo cargar con la bolsa que llevo, aparte de intentar calmar a mi hijo, que no está cómodo con las prisas y el trasiego .

Cuando finalmente ocupamos nuestras butacas, Toni se acomoda, coge su móvil y se pierde en la pantalla, una situación que tengo más que asumida.

Aunque, de repente, me sale la vena salvaje, esa que a veces no sé ni que tengo, y le coloco al niño en las piernas. Se asusta al encontrarse con Biel haciéndole mimitos, porque eso es lo que tiene mi hijo: cuando está con su padre siente devoción por él, aunque este apenas le haga caso.

—¿Qué ocurre? —pregunta contrariado mirando a Biel. Parece que lo descubra por primera vez.

—Llévalo tú en este trayecto. Quiero leer un rato la novela que me ha dejado Lía.

—María, no empecemos. Tengo trabajo.

Su tono de enfado no me sorprende.

Sus ojos se abren, como si no comprendiera qué está pasando. Es que no hay vuelta atrás: es su padre. Que apechugue.

—Siempre tienes trabajo; esta vez merezco yo un descanso. Además, ya lo harás cuando lleguemos a Barcelona. Has estado demasiado liado estas vacaciones. Y, por si fuera poco, solo son tres horas y pico de vuelo. Estoy convencida de que podrás soportarlo. No tardará en dormirse.

Biel se abraza a él, coloca la mejilla en su cuello y cierra los ojos.

Está cansado. Toni apenas sabe qué hacer con las manos, si coger a su hijo o salir de esta encerrona en la que lo acabo de meter.

Pero es que estoy agotada y mi cabeza no para de decirme qué debo hacer: descubrir un mejor futuro y escapar de forma urgente de esta situación.

Necesito respirar. Abro el libro por la página correspondiente e inicio una lectura que no sé si voy a ser capaz de llevar a cabo. De reojo miro a Toni, que se ha rendido a las circunstancias y mece a su hijo mientras él cierra los ojos.

La trama del libro no avanza. No me concentro.

Me distraigo observando a los pasajeros.

Por las voces que se oyen de fondo, algunos son isleños; la mayoría, turistas extranjeros, y otros tantos de la península.

Algunos duermen. Otros cuchichean. Es un avión con personas que persiguen sueños, otros anhelan esperanzas y alguno habrá como yo, lleno de momentos rotos y de ilusiones hechas añicos.

Cierro los ojos y me olvido por un instante de mí y de lo que me rodea.

Esto acabará pronto, siempre y cuando yo le ponga remedio.

Y procedo a ordenar los pasos certeros que he de dar para que mi futuro sea diferente a partir de ahora.