Capítulo 32
LÍA
Diciembre
He escuchado con calma y atención sus palabras. Cierto, se produjeron excesivas casualidades que no han ayudado a restablecer nuestra conexión. Pero… hay peros.
No tengo claro que pueda haber un nosotros. Me hizo daño, mucho daño y para repararlo necesita más que palabras.
Supuso de mí algo que no era cierto y, sin prueba alguna, le dio la credibilidad que él necesitaba para hacerme daño, y encima no pidió explicaciones por mi parte.
Él sabe que tendría que haberme llamado, que con esa simple acción lo hubiera sacado de dudas y nada de esto estaría sucediendo. Pero lo ha descubierto tarde.
—El sándwich estaba bastante bueno, como acostumbran a hacerlo en este bar, y tus palabras han sido coherentes. Gracias por exponer tu situación y explicármelo con tanto detalle. Aun así, pienso que te equivocaste y que no hace falta que aclare mi parte. No ahora. Ha pasado demasiado tiempo y …
Frunce el ceño y le da otro mordisco a su bocadillo. Soy consciente de que él opinará lo contrario a lo que acabo de decir.
—Mi familia me necesitaba y con aquella fotografía en redes de mi amigo pensé que me habías olvidado, que no signifiqué nada para ti y que aquel verano fue uno más. La vida siguió su curso. —Se frota las manos y su mirada está puesta en mis ojos.
—Puede ser. Como ves cada uno entendió lo que mejor le convenía de lo que sucedió aquella noche. Y no hay marcha atrás. Por lo que, si lo ves igual que yo, así acaba esto —sugiero encogiendo los hombros en señal de derrota.
La situación es la que es y poco más se puede hacer.
El creyó a su amigo y no contrastó la foto que le enseñaron sacada de contexto.
—¿Por qué este tiene que ser el final?
—Porque nunca hubo un inicio.
—Claro que lo hubo —insiste Sam—. Tú y yo en Santa Cruz. Yo nos vi, teníamos una conexión, aquello era un principio.
Acerca sus manos a las mías por encima de la mesa. Las retiro, pues no sé si soportaría su contacto. Sam las mira y me observa con detenimiento; percibo frustración en sus ojos.
—Aquello no fue nada en el momento en que tú lo rompiste. Dijiste que llamarías, que nos mantendríamos en contacto y no lo hiciste.
Me hizo daño, aunque tenga motivos que justifiquen su confusión. Si hubiera hablado, la solución hubiera estado al alcance de sus manos.
—En mi caso fuiste tú quien nos alejó. —Saca el móvil del bolsillo de la chaqueta y me enseña la foto del malentendido. Efectivamente, soy yo y parece que estoy besando bastante acaramelada a un chico mucho más joven, pero no es cierto lo que muestran esas figuras estáticas.
—Sabes que eso no era posible, no confiaste en mí y dudaste. Fue culpa tuya confiar en una imagen que apenas tiene calidad. Con escuchar mi voz, mis risas, hubieras visto lo irreal de lo que te imaginaste.
—Tal vez. Pero es que al recibir el audio de Toni y Marcos quedé aún más descolocado.
Apoyo los codos en la mesa.
—Es verdad, se les oía borrachos y yo no estaba en mi mejor momento.
Pero no vi otra opción posible. Luego realicé mi exposición en el congreso y Gabriela me llamó.
No tuve tiempo para pensar con claridad.
Di por hecho lo que me sugirió mi mente y poco más.
Cuando contacté con Toni unos meses después, me dijo que estabas dolida y que no entendía el porqué de mi desplante.
No le desvelé nada, no era necesario. Mi realidad era la que yo me había dibujado y no necesitaba que alguien me hiciera ver lo contrario.
Me sacó de mi error unos días después, pero el desplante que te hice era inmenso y resultaba imposible acceder a ti.
No sé, me dolió lo sucedido porque yo sí que vi un futuro para nosotros.
Yo también lo vi aquel verano.
Y, aunque la distancia lo ponía difícil y mi cabeza no hilaba bien, la noche de su marcha había decidido que iba a poner de mi parte y que en cuanto nos encontráramos de nuevo le expondría mis miedos y que lucharía por ellos.
Pero no pudo ser. Él no lo hizo posible.
—Esperaba tu llamada. El móvil parecía una extensión de mi mano y esta no llegaba.
María sugirió salir de fiesta y pensé: «¿Por qué no?
». Mientras bailábamos en la pista, un grupo de veinteañeros se nos acercó.
Estábamos las tres solas. Marcos y Toni estaban en la barra.
Bebían, nos hacían fotos y se reían demasiado de tonterías.
Llevaban su punto, ya los conoces, aunque veo que no mucho.
Frunce el ceño. No le ha gustado lo que he insinuado, pero es que, por lo que me ha dicho, creyó el audio de un amigo ebrio que sabe que juega con nosotros cuando está con una copa de más.
—En esa foto, se ve a dos personas borrosas y lejanas con las bocas muy juntas.
En realidad, ese joven iba a vomitar y le cogí la cara para apartarlo de mí y evitar una catástrofe.
Cuando llegamos a la villa, permanecí pendiente del móvil, esperando una llamada que no llegaba, esperando a una persona que se alejaba de mí sin yo saberlo.
—Aquella madrugada era yo el que estaba dolido.
Creí que no querías que siguiéramos juntos, que ya habías decidido que la relación a distancia no era posible y por eso escogías a otro.
Escuché la voz de mi amigo, sí, borracho, pero le di el sentido que mi mente urdió aquella noche, ese que en estos momentos apenas tiene.
Niego con la cabeza y poso los ojos en el fondo del local. Me acodo en la mesa y sujeto la cabeza con mi puño. Es tan imposible que pensara eso. ¿Por qué? Malos entendidos, malas situaciones.
¿Por qué nos tuvo que pasar?
¿Por qué una segunda vez?
—¿Sabes, Lía?
Escuchar en su boca ese apelativo enciende una chispa olvidada en el fondo de mi corazón.
—Siento lo que sucedió y cómo sucedió. Son cosas que a veces nos hacen ver de forma diferente el mundo que nos rodea.
Aquella noche de agosto, cuando te dejé en la villa y volví a casa, no podía dormir.
Tu imagen se agolpaba en mi mente, escenas maravillosas de unos días idílicos, y cada una de ellas se me repetía de forma constante.
Me sentía enamorado, con una sonrisa bobalicona marcada en el rostro.
Me levanté, me di una ducha y Murphy se acercó a mí.
Un señor inoportuno que me acompañó durante aquel fatídico viaje.
La maleta rota, el accidente con el móvil, el retraso en el avión, la maleta perdida…
Si algo puede salir mal, saldrá mal, y es lo que sucedió.
Vi una foto, creí a un amigo y no confié en ti.
No hagas que los infortunios de la vida nos lleven a no estar juntos. Te echo de menos.
Giro el rostro para mirarlo y me pierdo en sus ojos. Entiendo sus palabras, lo que dice, y mi corazón lo está escuchando. Tal vez algo más que mi razón.
Esta opina que es oportuno seguir el camino que ya escogí, porque si me subo de nuevo a este tren tal vez vuelva a descarrilar y no lo soportaría.
Sam mueve las manos hasta alcanzar las mías.
Roza mis dedos con calma y los apoya encima de la mesa.
La gente alrededor empieza a desaparecer, persona a persona, como en un videojuego.
La sensación de que estamos solos es agradable.
Le he permitido que me acaricie, necesito su tacto, la emoción que me proporciona el roce con su piel, la sensación de estar perdida en mi mundo junto a él.
Sacudo la cabeza.
No puedo.
No debo.
No quiero.
¿Por qué lo hago? ¿Por qué le estoy dando esta oportunidad ?
—¿Quieres que lo intentemos de nuevo?
Esta es la pregunta de Sam que no esperaba o que estaba deseando.
—No estoy segura. —Mi voz suena débil.
No tengo claro nada de lo que está sucediendo en este local.
—Déjame probarlo —suplica—. Lo haré bien y cuidaré mucho de ti. Si en algún momento una situación me sugiere que puedes estar dando pasos que me hagan daño, te preguntaré, no lo dudes.
—¿Y si es al revés?
Vacilo. Puede que no sea lo correcto, aunque mi corazón está saltando con fuerza y no sé si seré capaz de apaciguarlo.
—Me preguntas. —La contundencia y seriedad con la que pronuncia esas palabras me deja aturdida—. No dudemos el uno del otro; nuestra vidas ya han tenido suficientes casualidades como para que nos sucedan más. El cupo está más que cubierto, tenlo por seguro.
Dudo.
Tiemblo.
Decido.
—¿Me darías de nuevo un beso con sabor a limón?
Busca en el bolsillo, desenvuelve el caramelo, lo introduce en su boca, lo saborea y se acerca a mí lentamente con una amplia sonrisa que me descoloca.
Solo me roza los labios. Un beso suave, un aroma cítrico, un inicio tras un final inadecuado. Una historia que necesita resetearse para volver a empezar.