Besos con sabor a limón (Besos con sabor 1) Epílogo
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Epílogo

LÍA

Santa Cruz de Tenerife, dos años y medio después

—Lía, Lía —me llaman.

Demasiadas voces a las que atender.

—Un momento, que no tengo manos para todos.

Ocho niños se agolpan frente a mí para que los ubique en los caballetes disponibles que hay en la sala y les entregue los lienzos vacíos, que se encuentran en alto para que no puedan cogerlos.

Cristina, la madre de Sam, ha salido temprano y esta mañana no me ayuda con la vorágine de pilluelos a los que da clases en verano y, el resto del año, los sábados.

¿A quién se le ocurre pintar en pleno mes de agosto?

—Raúl, coge el pincel grueso y mójalo con cuidado en la paleta. No mezcles demasiados colores. Con un par es suficiente.

Lleva el bote con las pinturas en la mano y tengo que evitar que se le caigan o que haga algún destrozo.

—¿No hay rosa? —pregunta Julieta, una de las más pequeñas, que ya está en su sitio con una bata de color verde, lista para empezar.

—Pon blanco con una gota de rojo y ve añadiendo en función del rosa que desees —le sugiero.

Y se pone a ello. Sandra, su amiga, la imita. Ambas dibujan corazones o algo que se les asemeja. Acaban de empezar en el taller y son de las pocas que se comportan como es debido. El resto corretea por la sala y apenas logro mantener el orden.

Sitúo a Rubén y a Juan detrás de ellas, en dos de los caballetes que aún quedan libres, y parece que la sala está dispuesta. Por fin.

—Ya estoy aquí.

Hoy me ayuda Sam, que se le dan bien los niños y la pintura, como a su madre. Son dos artistas.

Lanzo un alegre bufido, pues su llegada me alivia; entre los dos será más fácil manejarlos. Aunque he de decir que son un amor. Me quieren con locura y hacen lo que les pido, o lo que les piden Cristina e incluso Sam.

Mientras dura el taller, y antes de que llegue la profesora titular, que hoy no se encarga de ellos, ayudamos a los peques a hacer volar su imaginación y que plasmen sus mejores ideas. Los dibujos cada vez son más originales, de un color y unos trazos espectaculares.

—Fabuloso —alabo a Julieta.

Al final, los corazones eran globos de colores, sobre todo rosa, que volaban de la mano de una niña rubia igual que ella.

—Te ha quedado muy bonito —comenta Sam, y ella pone su sonrisa más sincera.

Con el resto de niños hacemos lo mismo. Los cuadros están listos para enmarcar .

Empezamos a recoger el taller cuando entra Cristina por la puerta.

Debía solucionar un tema logístico, algo sobre un nuevo local para acoger más alumnos y guardar más obras de las que pintan.

Parece que ha podido solucionarlo, por lo que está lista para el fin de semana.

Se despide de los niños hasta el siguiente lunes y los tres nos dirigimos al jeep de Sam. Hoy toca la playa de las Teresitas.

—¿Seguro que no quieres trabajar conmigo? Los niños te adoran —me pregunta Cristina, tumbada a mi lado, mientras Sam se zambulle en el agua—. Cada vez que haces de profe un sábado, el lunes los niños quieren saber cuándo llegas: «¿La profesora Lía vendrá hoy a enseñarnos?» —imita una voz infantil.

El sol brilla en lo alto y la temperatura es ideal.

—No estoy mal en la empresa en la que trabajo. Además, me gusta lo que hago. No me importa ayudarte de vez en cuando. Sabes que siempre que me lo pides estoy ahí. Pero ¿dejarla? No entra en mis planes.

—Si no es por mí, es por los niños. Algunos incluso quieren saber si estarás en el taller que llevo a cabo durante el invierno.

—A mí también me lo consultan. Eso es que vengo demasiado a menudo.

—Ellos quieren que seas su profe.

—Primero, y aunque no lo creas, lo más importante: no tengo estudios de pintura. Y segundo, para un trabajo que encuentro de calidad, en el que me siento valorada y me dura, mejor lo mantengo y no hago tonterías.

Durante los tres o cuatro primeros meses del inicio de nuestra relación, tuve a Sam viajando de la isla a la península. Mi decisión no era cien por cien segura y la distancia era un freno para mí. A la encargada de la tienda le gusté y estuve unos meses más vendiendo ropa con Malena.

Sam me insistió en que presentara mi currículum en una oferta activa que tenían en la farmacéutica. Era en el Departamento de Ventas, como responsable de una área. Dudé, aunque al fin le hice caso y unas semanas después tuve que coger un avión para hacer una entrevista.

—¿Usted no vive aquí? —me consultó la persona que, frente a mí y con mi currículum en la mano, dirigía la reunión.

—Si consigo el trabajo, me mudaré. —Le mostré mi mejor sonrisa. Quería el empleo—. Mi novio vive en Santa Cruz.

Sam me dijo que él no tuvo nada que ver en que me hicieran la entrevista y que no les había dicho quién era yo para evitar enchufes inoportunos.

Que saliera la palabra «novio» de mi boca fue algo que hice sin pensar, pero es que mientras me explicaban mis tareas y me enseñaban cuál sería mi lugar de trabajo, cada vez se hacía más real y más ganas tenía de que me eligieran.

Cuando descolgué el teléfono y las palabras «el trabajo es suyo» salieron de la voz de mi futuro jefe, di un salto de alegría. El camino empezaba a enderezarse.

No me incorporé de inmediato. Necesitaba solucionar unos temas en la península y ellos ajustar algunas cuestiones, pero a primeros de año ya estaba instalada en Santa Cruz.

Unas gotas de agua salada y bastante fría me cubren el cuerpo. Sam acaba de mojarme y se tumba a mi lado.

—Está buenísima. No os la perdáis, que tanto sol no sé si es bueno.

—Luego vamos los tres —comenta Cristina—. Hablaba con Lía y le sugería que trabajara conmigo en la tienda.

—Ya me la quieres robar. En la farmacéutica está bien, le gusta lo que hace.

—Lo sé, pero los niños la adoran y…

—¡Mamá! Búscate a alguien que te ayude. Sabes que Raquel lo haría genial, no sé qué te pasa con ella. Y Marta, su hermana, también estaría encantada.

—Pues eso, son hermanas y viven en el piso de arriba. Son vecinas desde que vivimos aquí. Pero es que se suplen cuando una no puede, y no me entero, y me gusta que me lo cuenten. No sé, no me convence.

—Eso que dices son tonterías —comenta Sam.

—Cristina, son dos chicas majísimas —corroboro las palabras de Sam—, que seguro que te ayudarán encantadas. Raquel estudia Bellas Artes. Y los niños también las adoran. Y que se suplan es bueno. Siempre tienes alguien que está pendiente de los niños.

—Valeee, dejemos de hablar del taller. ¿Al final viene tu hermana este verano?

—La semana que viene los tenemos aquí. Y traen a Biel con ellos —le contesto.

—¿Cómo lo iban a dejar en casa? Solo tiene poco más de dos años —dice Cristina.

—No, ya. —Sonrío—. Solo que me hace mucha ilusión que venga y este verano ya hace más cosas, es más mayor, camina, podré bañarlo y jugar con él y…

—Frena, frena —estalla Sam en carcajadas—. Vas a hacer de tía, y tu sobrino te lo va a agradecer. Creo que más que tu hermana o tu cuñado. Porque ganas de que ellos vengan también tienes, ¿no?

Le doy un manotazo para que deje de tomarme el pelo.

Me hace tanta ilusión tenerlos aquí… Los echo mucho de menos.

Esas comidas de los jueves ya no pueden ser y las suplo almorzando con Cristina, que, aunque no es lo mismo, a veces me anima.

Y con María, pues hacemos videollamadas cada dos por tres.

En alguna se incorpora mi madre, que eso de la tecnología no lo lleva tan bien.

—¿Viene Julia? —pregunta Cristina.

—Sí —contesta Sam escueto a la vez que agacha la mirada.

—Vendrá con Matías unos días. Esperamos alegrarles el verano.

No lo pasaron bien. Ninguno de los dos. La detención de Gabriela fue un golpe duro para ambos. Es verdad que sabían que no era trigo limpio, que algo escondía, y su hija, aunque joven, ya temía algo, pero que se hiciera realidad…

—Fue muy fuerte lo sucedido —comenta Cristina, atrapando la mano a su hijo y se la estrecha con fuerza.

Yo me acerco a él y le doy un beso en la mejilla.

—Estar con una persona que solo quería el poder y el dinero—explica Sam—, y que tramaba que él desapareciera de su vida … No lo entiendo.

—Yo tampoco. Hay mentes muy maquiavélicas. Una de ellas es la de Gabriela.

Aunque Sam no da crédito a que Julia y Matías puedan contarlo, es de lo que más se alegra.

—Dejemos de hablar de cosas tristes. ¿Vamos al agua?

Cristina se pone en pie y los tres nos zambullimos, disfrutamos de unas brazadas y de la mejor compañía.

Aún dentro del agua, su madre me hace una consulta que me deja un poco fuera de juego.

—¿Cómo va el manuscrito?

Enarco las cejas. Sam ya se ha ido de la lengua, seguro. Le dije que no se lo contara a nadie, aunque supongo que su madre no entra en ese círculo.

—Lento. Tengo poco tiempo. Sam quiere que lo presente a algunas editoriales, incluida la que dirige su padre, aunque yo no lo veo. Sobre todo porque no está acabado y no tengo prisa.

—¿De qué trata?

—Es una novela romántica. Una chica que tiene un desplante con su novio y este descubre que estaba con otra persona y, a pesar de los inconvenientes que les surgen y las opciones de no estar juntos, acaban con un final feliz.

—Veo algo de realidad en esas palabras —comenta Cristina.

—Nunca se sabe. Tendré que acabarlo para saberlo.

Ambos me miran curiosos, como si esperaran que les contara lo que tengo pensado para esos últimos capítulos. Mi mente no tiene aún claro cómo terminará y dejaré que sucedan algunas cosas más en mi vida para darle el final que se merece.

—Pues dale a la tecla —sugiere Sam.

—Estamos en la playa, no es momento.

—Siempre le podemos dar un toque más erótico a la historia. —Se acerca a mí, me masajea el brazo con la mano húmeda y posa sus labios en mi boca.

Cristina se pone en pie.

—Chicos, os dejo que es tarde y tengo planes con Jaime en un par de horas.

Recoge sus cosas y nos quedamos a solas. Es nuestro momento.

—A tu madre casi la has echado. No tenías por qué hacerlo —le comento.

—Se ha ido solita, yo no le he dicho nada. Ya la has oído, tiene planes con su novio. Y ahora es mi oportunidad para besarte. ¿Puedo?

—¿Desde cuando me lo pides? —Enarco las cejas en señal de extrañeza.

—Hoy será ese día, en el que tú aceptes que yo te bese y que nuestra historia no tenga un final cercano. Vamos a estar mucho tiempo juntos, lo sabes.

—¿Y puedo hacerte una petición? —Me acerco a Sam de forma coqueta. Nuestros rostros están muy cerca.

Asiente.

—¿Puedes darme unos besos con sabor a limón?

¡Gracias por leerme!