Besos con sabor a limón (Besos con sabor 1) Capítulo 30
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Capítulo 30

SAM

Agosto

Esta noche apenas me despido de Lía. Ella no lo desea y yo cumplo su decisión. Salgo de la villa y recorro los kilómetros que me separan de mi casa en un tiempo récord porque a esas horas el tráfico es menor.

Encuentro la maleta en el mismo sitio en el que la dejé ayer por la tarde. Está abierta encima de la cama de la habitación de invitados, la que ha ocupado Julia las dos únicas veces que ha venido a verme a Tenerife.

Recojo el cargador, enchufo el móvil, programo el despertador y me voy a dormir. No sé si seré capaz de dar una cabezada. Estoy bastante nervioso. Los resultados del estudio no han salido como deseaba y he de presentar la propuesta inicial. Esos no eran mis planes y voy desilusionado al congreso.

A la vez, llevo magia en el corazón, pues reencontrarme con Lía y saber que puede haber un nosotros me llena de alegría. Conocerla estos días, pasar tiempo con ella …

El techo tiene un color blanco todas las veces que lo he mirado y las horas en el reloj parece que no avancen. Me pongo en pie y me doy una ducha; ya me recuperaré del cansancio en el vuelo o en el hotel.

El inicio del congreso está previsto para el lunes, pero en mi afán por hacer más cosas de las necesarias he programado con mi jefe un par de reuniones a las que asistiré esta tarde y mañana sábado con representantes de dos laboratorios internacionales que nos pueden proporcionar nuevos ensayos y propuestas.

Me encontraré con mi responsable en Londres y él también tiene ganas de sacar este proyecto adelante.

Con la toalla anudada a la cintura, guardo los utensilios del baño en el neceser y lo coloco cerca de la maleta para meterlo cuando esté listo. Camino hasta la cocina y enciendo la máquina de café.

Me tomo el café con calma. Parece que tengo tiempo, aunque, cuando miro el reloj, veo que las horas se me han escapado y debo aligerar o no me dará tiempo a llegar, y no puedo perder el vuelo.

En mi cuarto me pongo la ropa que escogí ayer para la reunión y me peino en el baño.

Un toque de colonia y listo. Me acerco a la habitación de invitados con el cargador, el iPad, un par de libros y lo que faltaba por meter en el neceser.

Lo coloco todo en la maleta y la cierro.

Tiro y la cremallera parece enganchada. Tiro un poco más fuerte y se separa de la cinta.

Me quedo con una parte entre los dedos. ¡Mierda!

Busco el otro lado para cerrar desde allí y parece que tampoco es posible.

La cremallera se ha estropeado por completo.

Es imperativo que cambie de maleta. Tengo pocos poquísimos minutos para el cambio, pero logro hacerlo en el tiempo adecuado para ir al parking a coger el coche .

Presiento que Murphy está cerca. Nada más meter la llave en el contacto el sonido ahogado del motor me dice que el trasto en el que me muevo no va a funcionar. Lo intento un par de veces. Intento calmarme, aunque no lo logro. Los segundos vuelan y no puedo detener el tiempo.

Abro el capó; tampoco es que sepa mucho de mecánica, pero, sin saber muy bien cómo, el motor arranca. Con el dorso de la mano me limpio el sudor que ya cubre mi frente. Los nervios me están acompañando, al igual que un poco de mala suerte que no necesito que se me una en este viaje.

El trayecto hasta el aeropuerto está muy ajustado.

Al llegar, empiezo a buscar aparcamiento y no doy con ninguna plaza.

Miro el reloj y el tiempo va en mi contra.

Subo a la primera planta del parking y nada, tampoco hay hueco.

En la siguiente, al final del todo, doy con un espacio algo pequeño para mi vehículo, pero no puedo buscar otro.

Ahí se quedará y esperemos que no me lo rayen, aunque no estaría de más que me hiciera con un nuevo coche que funcionara mejor.

Cojo la maleta y me cuelgo la mochila al hombro, doy las zancadas necesarias que me separan del ascensor.

Llego y espero a que este decida parar en la planta en la que estoy.

Pienso en mi amigo, ese tal Murphy que hoy ha decidido venirse conmigo a Londres y ya se podría haber quedado en su puñetera casa.

Saco el móvil para contactar con Lía. Me apetece decirle que ya estoy en el aeropuerto y que la echo de menos. Desbloqueo la pantalla y no tengo que buscar demasiado, ya que su contacto es de los primeros.

Cuando voy a pulsar el nombre la puerta se abre, doy un paso para acceder y otra persona que acaba de llegar entra antes que yo dándome un golpe en el codo, con tan mala fortuna que hace que el teléfono se me caiga de las manos y se cuele por el agujero del ascensor.

¡Acabo de perder el móvil!

Me giro para encontrarme con un señor mayor y corpulento que me pide perdón con los ojos e intenta agacharse para acceder al hueco. Pero qué va, ni su enorme mano ni la de la persona más delgada podría pasar por ahí. El dispositivo ha llegado al fondo del hueco del ascensor.

—Cálmate, Sam. Todo tiene solución —me digo.

—Disculpe, de verdad, no era mi intención —dice el señor con el rostro compungido y bastante nervioso.

Creo que él también pierde el vuelo o algo por el estilo.

—No se preocupe. Ya veré qué hago.

Llegamos a la terminal y, al salir del ascensor, el señor me vuelve a pedir perdón y, aunque sus disculpas no me ayudan a resolver mi problemón, las acepto; no me queda otra.

Me dirijo al mostrador de información para poner una reclamación o una denuncia, yo que sé.

Le explico a la chica que me atiende lo que me ha pasado.

Ella me dice que llamará a la persona de mantenimiento y que en un par de horas podré tener de nuevo el teléfono en mis manos, que no es la primera vez que ocurre. ¡Vaya por Dios!

—Lo siento —le comento—. Tengo que coger un vuelo en veinte minutos, voy tardísimo. Le puedo dejar mis datos, me lo guardan y a mi regreso lo recupero. O envío a alguien para que lo recoja.

—Claro, sin problema. Anote aquí los datos.

Y eso hago. Acabo de perder mi medio de contacto, pero al llegar a Londres ya veré cómo me organizo. Esto es un traspié de mil demonios. Por suerte, el iPad que llevo en la maleta solucionará algunos de los posibles inconvenientes.

En la puerta de embarque la azafata me insta a entrar rápido y a ocupar mi asiento. Voy a hacer un croquis de los pasos a dar para que mi viaje salga a la perfección.

El vuelo se retrasa. Me recuerda a la vez que esperé a Lía y esas vagas imágenes me animan a pasar mejor las turbulencias que sufrimos.

Aterrizamos con el tiempo justo. Voy en busca de la maleta, dichosa la hora en que decidí facturarla, y después de una interminable espera en la cinta y sin dejar de pasar pertenencias de otros individuos, la mía no aparece.

Miro el reloj: los minutos van en mi contra.

Cuando me percato de que me han extraviado el equipaje, la pautada organización se va al traste de nuevo.

No podré ni contactar enviando un correo electrónico.

Menos mal que llevo ropa de recambio en la mochila y un pequeño neceser, que hará las funciones hasta recuperar mis pertenencias o hacerme con nuevas.

No importa.

Doy los datos del hotel para cuando aparezca la maleta y salgo a la calle, donde me espera un chofer de la farmacéutica que me lleva directo a la reunión.

Allí me encuentro con mi jefe, que mira el reloj de pulsera contrariado. Le explico lo sucedido y le pido que contacte con la empresa en Santa Cruz para que alguien vaya a por mi móvil al aeropuerto y a ver si es posible que me lo hagan llegar por mensajería urgente.

Desempolvo mi inglés y ayudo a mi superior a entendernos con los responsables del laboratorio chino.

Les gusta comer, charlar —a veces en un idioma que no entiendo— y beber.

Las horas van pasando y cerramos algunos aspectos importantes de la negociación.

Nos invitan a salir de noche y la única opción viable que tenemos es la de aceptar.

—Me acaban de confirmar que tu móvil está de camino. Supongo que mañana ya podrás contactar con quien tanto deseas —suelta mi superior en medio de unas risas por parte de la comitiva china.

—Gracias. Tal vez mis amigos se hayan preocupado un poco, pero en cuanto les hable todo se calmará.

—Una semana en Londres sin medio de contacto es complicado.

Le sonrío. Cuánta razón tiene.

—Es lo único que se me ocurrió. También estaba la opción de comprar un nuevo dispositivo, pero hubiera sido más caro y más difícil recuperar los contactos.

—No te creas. —Y suelta una carcajada.

No me ha dicho cuánto ha costado el mensajero, aunque supongo que ha sido un poco excesivo.

Es por eso aquí estoy, con esta panda de borrachos que solo desean pasar una noche de fiesta en Inglaterra y beber con un par de españoles, que tenemos mala fama.

De madrugada, y algo perjudicado yo también, accedo al hotel.

Pienso en contactar con el Hotel Villa María para dejarles un mensaje a mis amigos o enviarles un email , pero mi jefe me ha confirmado que mañana a primera hora tendré el teléfono y que la reunión con los laboratorios finlandeses no es hasta las doce, por lo que podré explicarme y hablar con Lía.

Mejor que cuatro palabras frías en un mensaje escrito.

Estará un pelín enfadada, de eso estoy seguro. Escuchar mi voz la calmará y con mi retahíla de disculpas y verdades quedará resuelto el malentendido.

Me desplomo en la cama y olvido poner el despertador.

Un pitido incesante me saca del sueño reparador que necesitaba.

La cabeza me va a estallar. Descuelgo el teléfono y mi superior me indica que los finlandeses han llegado antes de tiempo y nos esperan en el hall.

Me doy una ducha rápida y me visto de inmediato con los pantalones de ayer y un polo de la mochila.

Bajo a recepción y pregunto por mi paquete.

Aún no ha llegado. Odio mi puta mala suerte; parece que al final Murphy sí que me ha acompañado a Londres y quiere quedarse a tocar las narices.

Aunque tengo un mensaje del aeropuerto: que ya han localizado mi maleta y me la llevan al hotel. A ver si se arregla el desbarajuste.

Me dirijo con cara sonriente hasta el grupo de directivos rubios de piel clara que me espera en la cafetería. Menos mal que puedo pedir un café y unos bollos para alimentarme y ponerme las pilas.

Los llevamos a una sala, donde mantenemos una acalorada discusión sobre financiación, resultados y otros temas aburridos.

Unas horas más tarde, durante la comida, continúan con la misma polémica sobre unos productos con los que les gustaría trabajar y nosotros no estamos dispuestos a proporcionarles.

Hablamos del congreso, de nuestras ponencias y acabamos como el día anterior: bebiendo y llegando a altas horas de la noche al hotel.

Cuando paso de nuevo por recepción, la persona que me atiende tarda en encontrar mi paquete, que está junto a mi preciada maleta. Por fin un par de puntos a mi favor. Mis amigos estarán desquiciados y me costará un poco más convencerles de lo ocurrido.

Subo a mi habitación, lo conecto al cargador y se enciende. La pantalla está destrozada, pero aún le puedo dar uso.

Tengo bastantes mensajes tanto de Lía como de Toni, María, Marcos e incluso de Alba.

Con que hubiera contactado uno bastaba, aunque puedo entender su preocupación.

Es noche cerrada y supongo que estarán durmiendo, pero se merecen mi mensaje.

Ya lo leerán por la mañana y activo la alarma para llamarlos.

Me tumbo en la cama y decido primero chafardear un poco las redes sociales.

Instagram me avisa de que tengo una notificación.

Alguien ha subido una foto. Compruebo que es Toni y reviso el post que ha puesto con más de una instantánea.

Han estado de fiesta. Veo por las imágenes que fueron los cinco. Y una me deja bastante sorprendido.

Marcos está en primer plano con un vaso de ron cola, casi seguro, haciendo una carantoña a la cámara.

Al fondo de la imagen se ve a las chicas y mi vista no acaba de comprender lo que observa.

Veo a Lía abrazada a un chico bastante acaramelada.

No entiendo la escena, parece incluso que lo esté besando, y María y Alba están riendo, pasándolo genial.

No les desentona el momento ni lo que sucede en ese local.

Pero eso no es todo, Toni me ha enviado un audio con el que quedo noqueado.

—Hola, semental, ¿por qué te has largado y nos has dejado a solas?

Como ves las chicas se lo están pasando de miedo y la tuya más.

—Está borracho—. Te necesitamos aquí para que nos busques buen material.

Si hubieras estado con nosotros, seguro que se hubiera arrejuntado a ti, porque está coladita, ya lo sabes, pero al dejarla sola y sin llamarla ha quedado dolida y se ha buscado a otro.

¿Por qué no la has llamado?, ¿la has dejado tirada?

¿No tuviste suficiente haciéndolo el día de mi boda, que ya me he enterado de que te largaste después de una noche loca con mi cuñada? Ey, tío eso se explica a los colegas.

—Y además, eso no se hace —ahora escucho la voz de Marcos en el mismo audio—. Pobrecita, y normal que te busque un sustituto, aunque ese es muy joven y no me convence y seguro que no la calienta como tú.

¿Sustituto? ¿Más joven? ¿Dolida?

Apenas han pasado dos días y… Las pocas neuronas que aún tengo activas no logran conectar. He tenido un problema del carajo que no me ha permitido hablar con ella, explicarle cómo estoy, dónde y…, hostia puta, que ya se ha buscado otro que me sustituya.

No la entiendo. Sus últimas palabras fueron: «No quiero que nadie me haga daño», pues ella me lo acaba de hacer a mí. Yo le dije que podríamos intentarlo, que podría existir algo entre Lía y Sam.

¿Por qué ella no lo vio? ¿Por qué no quiso darnos una oportunidad?

No entiendo cómo le ha sido tan fácil olvidarme. Pensaba que nuestros besos habían significado algo más que una pura decepción.

Cierro los ojos con fuerza para no ver más esa horripilante foto que me está haciendo tanto daño.

Lo único que tengo claro es que ya no les voy a dejar un mensaje ni voy a llamarles mañana temprano. A ninguno. Que se jodan.

Quito la alarma y duermo tranquilo.