Capítulo 29
LÍA
Cobro al último cliente de mi turno, una señora que se ha dejado doscientos euros en ropa.
¡Madre mía! Ha sido una mañana de lo más ajetreada y hemos parado apenas los minutos establecidos para el descanso.
Que las fiestas estén tan cerca hace que la locura de las compras sea cada vez más trepidante.
Me acerco al vestidor para cambiarme y me cruzo con Malena, que acaba de llegar.
—¿Qué tal? ¿Cómo ha ido? —me pregunta.
—Igual que siempre. De locos. Y tú, ¿cómo estás? ¿Cómo va? —Nos conocemos desde antes de empezar a trabajar en la tienda. Es amiga de Alice y hemos salido de fiesta en alguna ocasión.
El padre de Malena ha tenido un accidente laboral y está bastante preocupada. Lo operaron de urgencia hace unas semanas y permanece ingresado en el hospital. Se turna con su hermana para ir a visitarlo. Yo la suplo siempre que puedo.
—Mejor. Esperamos que en unos días le den el alta. Cuando esté en casa me podré organizar. Siento que tus inicios con nosotros hayan sido tan disparatados.
—Son horas extra que cobro. Me viene bien.
—Pero apenas tienes vida social, siempre en la tienda.
—No la necesito. Ocupar las horas currando me viene de fábula.
Cojo el bolso, cierro la taquilla y me dirijo a la calle cruzando los pasillos repletos de prendas de vestir y nuevos clientes. Algún que otro guiño o palmeo de mano al despedirme de las compañeras que hoy cubren el turno de tarde me hacen sonreír.
Antes de cruzar la puerta automática y que me dé de pleno el chorro de aire caliente que me separa del frío del exterior, me pongo el abrigo. De esa guisa me topo con Sam al pisar la acera. Me abrocho el último botón, me recoloco la bufanda y le lanzo mi peor mirada.
—¿Qué haces aquí?
—Tu hermana me dijo tu horario y quería hablar contigo.
¡Vaya con mi hermana!
—Sabes que yo no lo deseo.
—Soy consciente. Lo único que yo necesito es explicarte lo que sucedió y mis motivos para no contactar contigo. Bueno, mi realidad.
Niego con la cabeza. Es que no me apetece, es algo que no sé si deseo conocer. Me sentí fatal cuando no contactó conmigo. Toni estuvo más de un mes preocupado por él y yo empecé a odiarlo en aquel preciso instante.
Una rabia me recorría el cuerpo por su desplante, no necesitábamos que nos hiciera eso. Parece que luego encontró una buena excusa, ya que Toni lo ha perdonado y mi hermana también. Yo no lo tengo tan claro, bueno, más bien el color es oscuro tirando a negro, pues no pienso abrir esa puerta .
—Voy a comer —le digo con mala baba—. Tengo apenas una hora. Si me quieres acompañar… ¿Un bocata en el bar de la esquina?
No sé por qué le he dado opción. No sé si tendré toda la fortaleza que necesito para que no se derrumbe mi armazón.
—Perfecto.
Camina a mi lado. Va en silencio. Si él no habla conmigo, no sé a qué ha venido. Es él quien tiene algo que contar, yo lo escucharé y poco más.
Escribo a Alice para que esté al caso y, si la necesito, venga a rescatarme.
Alice
¡Quiero saber lo que te cuenta! Tenías que haberme avisado antes y me habría escapado de la tienda.
Natalia
No lo sabía. Se ha presentado por sorpresa. Pero poco tiene que decir, porque apenas habla.
Alice
Escúchalo. Si tu hermana y tu cuñado lo han perdonado…
Natalia
Son amigos, es normal. Se perdona todo.
Alice
Depende. Si te acuestas con mi chica, no te lo perdono.
Natalia
Te entiendo, pero a mí me hizo daño. De alguna manera fue un segundo desplante. No pienso aceptar un tercero.
Alice
¡Segundo! La noche de la boda ibais a lo que ibais. En Tenerife sí que te dejó a dos velas. No sé por qué das por hecho que va a volverse a ir y dejarte tirada.
Natalia
No pasará porque no tendrá una nueva oportunidad.
Alice
Anda, habla con él y luego me cuentas.
Llegamos al bar y nos sentamos en la única mesa disponible al lado de la barra. Fuera, el frío congela al personal por lo que estos prefieren encerrarse en los locales que hay abiertos y con sitio disponible. Nosotros hemos tenido suerte.
Reviso la carta, más por inercia que por otra cosa, porque tengo claro que voy a pedir.
El camarero nos toma nota y nos sirve dos Coca-Colas.
Estoy a la expectativa mientras él redondea con el dedo una mota invisible del mantel.
Le doy el primer mordisco al sándwich de pavo y queso provolone.
Sam no deja de observar el suyo. También es caliente, como el mío y, si no espabila, no estará comestible .
—No sé cómo empezar. —Esas son sus primeras cuatro palabras. La jugada empieza mal.
—Por el principio.
—Ya… —Lo noto pensativo, buscando el hilo correcto para explicarme con detalle lo ocurrido, y no sé si voy a creerlo si tarda tanto y le da tantas vueltas—. Es que estoy convencido de que pensarás que te engaño, que es mentira y, además, tú también tienes que aclarar algo.
—¿Perdón? No entiendo lo que dices.
Se encoge de hombros y decide empezar con su bocadillo. Tras morderlo y tragar el pedazo de pan con butifarra, prosigue con su discurso.
—Ocurrieron un cúmulo de causalidades y casualidades inconexas difíciles de entender. Es lo típico que lo encuentras en una serie o un libro y dices que no es posible, que el guionista o escritor se ha fumado algo para llevarlo a cabo. Pero es la pura realidad.
—Pues adelante, soy toda oídos.
—Eres escéptica y así no sé si me comprenderás —apostilla Sam.
—Te escucharé. Voy a comerme mi sándwich, mis patatas y pediré un café. Puedo no abrir la boca mientras hablas y … Casi seguro que cuando nos vayamos de aquí, ya no sepamos nada más el uno del otro.
—Aún no sabes que te voy a contar y ya lo das por cerrado.
—Es que lo que expliques no quita que lo pasara mal. Y no tengo ganas de que vuelva a ocurrir. Que esas casualidades se junten de nuevo y suceda otro desastre, una tercera o una cuarta vez.
Me mira con detenimiento, percibo su incomodidad y su sensación de agobio. Él quiere más y yo no se lo voy a dar. Sus explicaciones son eso: explicaciones. No hay vuelta atrás.
—Fue lo que ocurrió, un cúmulo de situaciones que me alejaron de ti sin yo desearlo.
—Empieza.