Capítulo 27
LÍA
Diciembre del mismo año
Nunca me ha gustado la época navideña, aunque este año muestro mi mejor sonrisa, pues, por fin, después de un millar de entrevistas y de envío de currículums, me han cogido en una tienda de ropa para la campaña de Navidad.
No es mi trabajo ideal, pero necesito empezar a llenar la hucha de monedas si no quiero pedir prestado a la familia.
Es un trabajo solo para dos meses. No es mucho, pero menos da una piedra. Y, al finalizar la entrevista, la encargada me dijo que, si les gustaba y lo hacía bien, podría seguir con ellos.
La mano de Alice ha tenido algo que ver. Trabaja en la misma cadena y me recomendó para esta oferta.
Lo único que veo malo es que he de demostrar lo que valgo y eso es un coñazo. Soy buena vendedora, se me da bien calar a la gente. Voy a intentarlo y luego ya buscaré algo mejor.
Llevo una temporada que no me apetece ni respirar.
Llegué de Canarias decepcionada, triste y ojerosa. No pude hablar con Sam los siguientes días tras nuestro regreso y desistí al cabo de un par de semanas. Sí él no quería saber de mí, yo menos de un tipo tan impresentable como él.
Antes de dar por concluida la búsqueda, me atreví —y aún no sé por qué lo hice— a coger un vuelo a la capital y plantarme en el parque donde conocí a su hermana pequeña y al que sabía que ella iba a menudo.
Pensé que podría hacerme la encontradiza y preguntar por él si daba con ella.
También me imaginé que me cruzaba por fin con su cuerpo de infarto y le propinaba esa bofetada que tanto se merecía. Aquella tarde no pude cumplirlo.
Esperé y esperé. Niños jugando, personas paseando a sus mascotas, ciclistas, corredores, mamás con sus hijos. Ni rastro de Julia ni de Carmen, y mucho menos de Sam. Allí no apareció nadie.
Como era viernes, pensé en repetir mi acción al día siguiente. Tal vez temas escolares o cualquier actividad extra que yo desconocía de su calendario no les habían permitido aparecer y disfrutar de la espléndida tarde.
El sábado mi sueño se desplomó.
Desperdicié unas horas de mi tiempo y no dar con él torció mis planes, por lo que fue el momento en que desistí por completo.
Era extraño que Toni, uno de sus mejores amigos, tampoco supiera nada de él. Lo habíamos hablado y, por su expresión, sabía que no me engañaba.
Era inverosímil.
Y lo desterré de mis pensamientos.
Sam, fuera de radar.
Me focalicé en la búsqueda de empleo, tarea que tampoco se me estaba dando bien.
Unas semanas después de mi horrible escapada a Madrid, Toni se presentó en mi casa. Se sentó junto a mi hermana en el sofá y sus rostros transmitían algo que no deseaba oír, por lo que mis palabras fueron claras: no.
—Ni abras esa boquita, Toni, ni se te ocurra. Si lo que quieres decir tiene algo que ver con ese del que ya no vamos a nombrar en la vida, ni lo menciones.
—Pero…
—Ni peros ni hostias. No quiero enterarme.
Seguro que la excusa será del copón, pero a mí ya no me interesa.
—Estaba enfadadísima; indignada, no lo siguiente.
No me podía creer que en el momento en el que por fin lo había desterrado de mi mente surgiera de nuevo.
No pensaba escucharlo, no le iba a dar opción.
—Natalia, no puedes ser así, déjame que te cuente… —insistió mi cuñado.
—Toni, que es lo que no entiendes de que no quiero saber absolutamente nada de ese ser. Ni lo bueno, ni lo malo, ni lo que no me apetece escuchar.
—Natalia… —intervino mi hermana.
—A ver, María, no quiero oíros y no quiero repetirlo más.
No me hagáis ser la impertinente y estúpida que no deseo ser.
Es vuestro amigo, lo sé. Si ha vuelto a aparecer por estos lares, estupendo, os lo quedáis para vosotros solitos.
—No quería sulfurarme más. Desconocía por qué ellos no veían que me hacían daño y que no deseaba escucharlos—.
Ya os dije, y os lo repito, que no quiero enterarme de lo que pasó en verano.
Su disculpa será un alucine. Estuvo tres semanas, ¡casi un mes!
, sin dar noticias de Gurb. Pero ahora ya no me interesa.
Chimpún, aquí se acaba de lo que estamos hablando. Cambiamos de tema.
Me fui a la cocina, saqué del horno la lasaña que íbamos a comer y de sus labios no salió ninguna palabra más que me atormentara e interrumpiera mi tarde con ellos. Agradecí su esfuerzo. Sé que se fueron desilusionados. Lo que me querían desvelar quedó relegado a un rincón.
A mediados de noviembre se presentó Carlos en mi puerta. Inaudito. Fue algo que aún no comprendo, pero allí lo tenía y apenas lo reconocía.
—¿A qué has venido? —le pregunté.
—Necesitaba hablar contigo.
—Lo nuestro acabó hace mucho tiempo; no sé qué puedes querer ahora.
—Charlar, como amigos.
—Esto no parece normal. He salido a tirar la basura y me has abordado. Diría que me esperabas a escondidas, sin anunciarte. Es raro de cojones.
Di un paso y llegué al centro de reciclaje, donde lancé la bolsa al contenedor adecuado. Una vez liberada de mi carga, di otra zancada hasta situarme en la esquina de mi calle y frente a él.
—Quería verte, no pensaba asaltarte. Cuando se ha abierto el portal y he visto que eras tú, me he acercado —mencionó Carlos con un hilo de voz.
Apenas lo reconocía. Aunque estaba muy delgado, tenía buen color e iba bien vestido.
Negué con la cabeza. Desconocía qué coño hacía delante de mi piso. Estaba alucinada.
—¿Recuerdas a Marta?
—¡Cómo olvidarla! —La mala pécora que lo llevó por un camino indeseado, aunque no sé la culpa que él tuvo en el suceso.
—No seas cínica.
Alcé las cejas en señal de incomprensión.
—Lo he dejado, las drogas ya no forman parte de mi vida y ella tampoco. Visito a un psicólogo que me ayuda y voy a terapia. Participo en varios programas de desintoxicación. Ha sido duro, aunque por fin he logrado liberarme. Y contigo tengo una deuda pendiente.
Fruncí el ceño. No entendía nada de lo que me estaba diciendo. Miré el reloj, era tarde. En casa me esperaban los últimos capítulos de un drama romántico.
—¿Podemos quedar otro día?
—Será un momento y no te molesto más.
Sacó un sobre del bolsillo trasero y me lo ofreció. Observé su interior y me quedé ojiplática: un par de fajos de billetes de un color demasiado bonito para mis ojos.
—¿Esto? —No fui capaz ni de construir una pregunta adecuada.
—Es lo que desapareció de tu cuenta, de la nuestra. Era tuyo y te lo devuelvo.
—No hacía falta, no te pedí nada en su momento ni ahora lo quiero.
—Es necesario que restituya lo que hice mío sin solicitarlo.
Una manera de quedar en paz con lo nuestro.
Fui un imbécil, no fui capaz de luchar por lo que estábamos construyendo y de ver lo infeliz que sería si continuaba por el camino que estaba tomando.
Ahora ya no hay marcha atrás; lo que sí puedo es enmendar algunos errores. Este dinero no me pertenece. Es tuyo .
Niego con la cabeza. Se está desahogando, liberándose de una carga que no sé si deseo que cumpla.
Me hizo daño, aunque nuestra relación hacía aguas sin que las drogas interfirieran.
Desplumar la cuenta no era lo que mejor arreglaba la situación.
Que ahora lo reponga, pues si lo hace feliz, a mi economía no le sentará nada mal.
—No comprendía qué hacías en aquella época, como no veías lo que te estaba sucediendo. Supongo que era normal. Cuando estás hasta el cuello de mierda, el olor no te afecta. —Palabras duras brotan de mis labios.
—No me seas escabrosa.
—Es que estoy descolocada. Han pasado cerca de dos años…
—El tiempo que he necesitado para comprender…
—Para comprender, ¡hostia puta! Que me robaste, que te hiciste con un dinero que no era tuyo y seguiste a una yonqui que te estaba hundiendo. ¡Que hasta perdiste el trabajo!
—Sé los errores que cometí y estoy librando una batalla para poner en pie las fichas que derrumbé.
—Es que no sé si quiero cogerlo.
—¡Por favor, Natalia! He trabajado mucho y es legal. Y me harías muy feliz si lo aceptaras.
Continuamos un rato más esa conversación sin apenas sentido. Al final, lo tomé y me fui a casa con un sabor de boca extraño. Llamé a mi hermana y le conté lo sucedido con Carlos.
Aún me alucinó más su respuesta que mi encuentro con mi ex.
—Pues ya dispones del dinero necesario para pasar estas navidades en Santa Cruz y hablar con Sam e intentar arreglarlo.
Le colgué el teléfono de inmediato.