Besos con sabor a limón (Besos con sabor 1) Capítulo 26
80%

Capítulo 26

LÍA

La semana pasa volando. El martes mantenemos una conversación un poco rara a base de audios.

«Las jaquecas de mi padre han empeorado, pero no aplaza el viaje. Dice que Gabriela quiere hacerlo y ella misma le ha recetado unas pastillas que asegura que le irán de fábula. Algo no me cuadra. ¿Podrían ser las que encontró Carmen?».

«Pregúntale a ella y que te lo verifique».

«Si Gabriela tiene algo que ver, no creo que sea tan fácil hacerla caer, aunque… Y tampoco quiero meter a Carmen de por medio. Si nadie sabe que ha revelado lo que ha descubierto, más fácil será para mi desenmascararla».

«Nunca se sabe, Sam. Lo que no entiendo es por qué piensas tan mal. Tal vez sea eso, cansancio de tanto trabajo, agotamiento emocional… Eso afecta a las personas. Tu padre necesita un descanso y esas vacaciones tal vez lo ayuden y por eso no las quiere cancelar».

«No sé, Lía, no me convence. Pero cada vez que hablo con él sigue en sus trece y no me veo capacitado para hacerlo cambiar de opinión, por lo que ya está. Paso. Que haga lo que quiera».

El jueves por la tarde Sam decide venir a vernos y estar con nosotros. Al día siguiente, a primera hora, tiene que coger el vuelo a Londres para asistir al congreso y ya no lo volveremos a ver. Cuando finalice su estancia en tierras británicas, nosotros estaremos de regreso en Barcelona.

—¿Esto se acaba aquí? —le pregunto algo triste y compungida.

Hemos salido a pasear por el recinto del hotel. Nos han dejado esos últimos minutos a solas y siento que hemos llegado a un punto de no retorno.

—No tiene por qué.

—La distancia nunca es fácil. Y aún necesitamos saber más el uno del otro. —Estas son las ideas que pululan en mi atolondrada cabeza y que no me dejan pensar en lo que es correcto.

—Te llamaré cada día. Haremos videoconferencia siempre que quieras y tú te puedes escapar algún fin de semana, al igual que yo. Vamos poco a poco, a ver hasta dónde llegamos. Por ahora la ruta que nos hemos marcado es segura. Wasaps, audios, llamadas, breves contactos y mucho mucho sexo.

Eso me hace reír. A veces intenta sacar una parte humorística escondida para que me sienta mejor.

Me encanta cuando expresa sus emociones y me hace ver que tenemos una posibilidad. Odio el motivo por el que yo no lo veo, por el que me parece que esto es un final y no un principio.

—No lo tengo claro, no sé si es lo adecuado —insisto. A veces no me entiendo ni yo.

—¿Por qué? Creo que ambos sentimos unas vibraciones, un hilo que nos une y no me apetece romperlo.

Me encojo de hombros. No sé qué hacer. Mi cabeza es un cúmulo de sensaciones y emociones que no me dejan pensar. Al final decido aceptar, aunque no sé si se convertirá en un nosotros.

—Perfecto.

—Piensa que solo será una semana la que estaré en Londres. Un poco perdido y muy agobiado. He de asistir a varias conferencias más las dos que imparto. Pero enseguida estoy de vuelta y vemos a qué nos lleva lo que hemos entretejido.

—Yo estaré en Barcelona, buscando empleo.

Me mira sonriente y hace una sugerencia:

—¿Y por qué no lo buscas aquí? Si allí nadie ni nada te retiene, en Tenerife puedes empezar de nuevo. Y estaríamos más cerquita.

Sería una posibilidad. Aun así, la descarto de inmediato.

—Allí tengo mi casa, mi familia y espero, pronto, un nuevo trabajo. Es que no acabo de verlo, es un trecho demasiado largo a recorrer.

—Piensa en positivo, Lía. Existe un tú y yo, de verdad, no sé cómo no lo ves. Sam y Lía. Lía y Sam. Te lo juro.

—Esto ha sido una locura maravillosa que debe acabar. —Niego con la cabeza.

Al final se lo lanzo. No estoy segura de lo que siento. En realidad, no quiero que me duela.

¿Por qué no lo veo?

—No le pongas fin a algo que no lo tiene, no seas drástica —suplica Sam. Su voz sale en apenas un susurro y su mirada penetrante no me permite casi respirar.

—No quiero que nadie me haga daño —revelo al fin.

Ese es otro de los escollos que no sé si seré capaz de traspasar.

—¿Y por qué iba a hacértelo yo? Hemos disfrutado unos días maravillosos en Tenerife. En Barcelona vivimos una noche de infarto y aquí lo hemos repetido. Tenemos que darnos una oportunidad.

Asiento por mera inercia.

No sé qué más decir ni qué hacer. En parte sé que tiene razón. Y estoy a gusto con él. Las caricias nos unen y tal vez pueda surgir algo que…

—Te llamaré en cuanto llegue, te lo prometo.

Nos acercamos a una esquina desde la que se ve el campo de golf y el océano a lo lejos. Una bella estampa, un bello recuerdo.

Sam pone la mano en mi cuello y posa sus labios en los míos. Un beso tierno, un roce de dos personas con una necesidad que van a tener que soportar sin colmar durante bastante tiempo.

El sabor a limón de su boca me resulta dulce. Una sensación que llevaré por siempre, que me transportará a unos días maravillosos, de lujuria y pasión, de aventura, de familia, de amistad y de nosotros dos.

Una lágrima desciende por mi pómulo. No quiero que la vea y la elimino con el dorso de la mano. Él se da cuenta, me da minúsculos besos en el rostro y sus ojos también se enrojecen.

Estamos tristes, muy tristes. Y mis pensamientos no dejan de girar.

—Lograremos que de aquí salga algo, te lo prometo.

Y esa promesa la guardo en un cofre adornado de luces y colores que escondo en mi corazón.

Me fui a dormir sin decirle adiós. Mi despedida la tuvo en ese trozo de isla que no se me borrará de la mente .

Me levanto por la mañana afligida. María aparece con un pijama de unicornios y con las pilas puestas para que yo desconecte de mis malos rollos.

Enchufo la cafetera, caliento la leche, pongo un par de tostadas en un plato y saco la mermelada de la nevera. Me siento en la mesa y mi hermana me abraza por detrás, me da dos besos y me reconforta.

—¿Por qué estás triste? Ha ido a una conferencia, regresará y seguiréis juntos.

—Hay muchos kilómetros de por medio.

—Pues te vienes aquí a trabajar.

—Esa propuesta me la hizo ayer Sam —le comento.

—¿Ves? ¿Y por qué no la aceptaste? A lo mejor en la farmacéutica tienen un puesto de secretaria que puedas ocupar o de lo que sea.

—Me dijo que podría buscar trabajo aquí, no que me lo ofrecía.

—Matices que has de pulir.

Bebe café y yo miro a través de la ventana.

El día ha amanecido gris, un poco como mi alma. Aun así, mi hermana propone ir a la piscina, pero yo me quedo en la casa. Prefiero leer un rato y esperar la llamada de Sam.

Una llamada que tarda, un mensaje que no aparece en mi pantalla.

Cerca de las doce aún no ha contactado conmigo. Es raro, pues llegaba pronto a su destino. No quiero agobiarlo, aunque yo empiezo a estarlo. Esperaré a que sea él quien me diga cómo está y qué tal el vuelo.

María, Toni, Marcos y Alba se presentan a las dos. Traen comida preparada del restaurante del hotel y nos la tomamos en la terraza de la villa. Ellos tampoco tienen noticias de Sam. A las siete ya sí que nos preocupamos.

—No le des más vueltas. —Toni intenta calmarme—. Me da a mí que no ha conectado el roaming del teléfono, porque, mira, no lee los mensajes. Fíjate.

De eso no me había percatado y compruebo que no tiene el doble tic de mis wasaps. Seguro que en cuanto llegue la noche y se instale en el hotel, solicitará la wifi y sabré de él. Sé que tenía unas reuniones y se habrá liado.

Apenas pruebo bocado durante la cena. Estoy intranquila.

Sam quedó en que me llamaría. Le habrá surgido algún problema que no ha podido solucionar. ¿Cuál? ¿Una reunión de trabajo? ¿O se iría molesto tras nuestra conversación?

Me acomodo en una de las tumbonas de la terraza, tapada con una manta fina que alguien ha dejado olvidada. El cielo me arropa, las estrellas y la luna lo iluminan.

Y pienso de nuevo en Sam.

No tengo ningún mensaje ni una llamada. No ha contactado con ninguno de sus amigos. ¿Lo ha vuelto a hacer? ¿Es probable que no quiera nada conmigo? ¿Ha sido su oportunidad para largarse sin decir palabra y olvidarse otra vez de mí? ¿Igual que la noche en la boda de María y Toni?

En algún momento de la madrugada regreso a mi habitación y me acurruco en mi cama. Casi no duermo y las preguntas sin respuesta no dejan de preocuparme.

A las ocho estoy en la cocina con un café en la mano y revisando el dichoso aparato con el que Sam ha de contactar conmigo.

—¿Podrías llamar a su madre? —le sugiero a Toni en cuanto aparece para desayunar.

—No tengo su número. Nunca lo he necesitado.

Siento rabia.

Mi cuñado es la única persona con la que puedo averiguar alguna forma de contacto con él.

En el poco tiempo que hemos estado juntos no he obtenido ninguna información de valor con la que poder tejer un hilo que me acerque a él; tampoco lo creí necesario.

Por no saber, no sé ni el nombre del hotel en el que se hospeda para intentar localizarlo.

No le di importancia, no pensé que esos datos ahora serían los que me darían una pista.

Pongo la tele por si ha pasado algo. Mi cabeza no para de dar vueltas a sucesos escabrosos. Las noticias son horripilantes, pero ninguna habla de accidentes aéreos, ni de manifestaciones en Londres, ni de incendios en hoteles británicos.

Me acabo el café y decido obviar lo que sucede a mi alrededor. O, más bien, lo que decido es olvidarme de Sam. Voy a hacer que desaparezca y que no me afecte su falta de contacto.

Salgo a la piscina y me doy un baño. Es más que probable que en cuanto lo saque de mi cabeza, haga una aparición estelar. Es lo que acostumbramos a llamar la ley de Murphy, ese señor que solo se presenta cuando no lo reclamas o cuando menos lo deseas.

—¿Qué tal? —pregunta María, que lleva su bikini blanco y está introduciendo el pie con cuidado en la piscina.

—Yo bien, aunque a ti no te veo muy católica.

—¿Por qué dices eso?

—La manera en la que te estás metiendo en el agua. —Alzo las cejas a la vez que pronuncio esa frase, pues no son normales los gestos que hace.

—Está fría —comenta malhumorada .

—Está perfecta. Venga, no te lo pienses tanto.

Una explosión de agua nos cubre por completo. Alba y Marcos acaban de hacer una bomba para meterse con nosotras y ha sido un espectáculo ver la cara de sorpresa, alucine y cabreo de mi hermana cuando se ha visto empapada de agua.

—¡¡Seréis capullos!! Estaba entrando poco a poco. Acabo de desayunar.

—Venga, no seas quisqui . Ya estás mojada, ahora pa dentro. ¡Y, Toni —grita Marcos—, tu mujer te reclama! Ven a salvarla y no te sientes con el portátil. Quedan apenas dos días y hay que aprovechar. Ya trabajarás a la vuelta.

Pasamos una mañana divertida, hablamos un poco de todo y algo de nada.

Las horas suceden y no hay noticias.

Mi hermana me recuerda que no debo pensar, que sabré de él en cuanto menos me lo espere. Pero ya han pasado más de veinticuatro horas, tiempo suficiente para encontrar el modo de contactar conmigo o con sus amigos.

María propone salir de fiesta y, aunque no me apetece demasiado, creo que es lo mejor. Disfrutar de estos últimos días en la isla y olvidarme de lo que me rodea. Beber, bailar y sobre todo reír.

Reírme de mí y de mi percal, uno que me he buscado solita, pues no sé por qué era algo que podía volver a suceder, y lo aborrezco.

El local está repleto de gente. Nos acercamos a la barra y pedimos nuestras bebidas. Las chicas decidimos ir a bailar al centro de la pista mientras Toni y Marcos desde la distancia nos hacen fotos con sus móviles. Dicen que capturan momentos de la noche para no olvidar nuestra escapada nocturna .

Un grupo de veinteañeros se nos acerca de forma bastante indiscreta.

Van muy perjudicados y quieren que bailemos con ellos.

María se ríe y Alba esconde una carcajada ante la situación.

Bebemos y bailamos cada vez más juntas para evitar que se inmiscuyan en nuestro círculo.

Cuando parece que no van a parar, me pongo algo más seria de lo normal y les lanzo cuatro palabras para sacárnoslos de encima.

No necesitamos a unos imberbes de por medio que nos estropeen la noche.

Cuando llegamos a la villa, nos vamos a dormir. Tanto beber no nos ha sentado bien y necesitamos recuperarnos cuanto antes.

Amanece el penúltimo día con una tormenta de esas que no esperas en las islas Canarias en pleno mes de agosto. No nos podemos mover de la villa y eso ayuda a aplacar el malestar que sentimos. Las cabezas tardan en aposentarse.

—Demasiada bebida —comenta Toni.

—Te pasaste bastante —dice María.

—Pues anda que tú… —Esa es Alba.

—Dejad de hablar, por Dios —susurra Marcos. Se coge la cabeza y se tapa los oídos con las palmas de las manos—. ¿Quién prepara el café?

—Voy —contesto. También bebí, pero creo que del grupo soy la que mejor lo lleva, probablemente porque fui la que menos se dirigió a la barra a pedir copas.

En la mesa del comedor, frente a nuestras tazas de café, apenas hablamos. El hecho de no poder movernos solo ayuda a que mi enfado monumental por la falta de respuesta de Sam sea de órdago.

Y se me pasa por la cabeza que está compinchado con alguno de sus amigos para hacerme un feo o una broma .

—Nadie ha contactado con Sam, ni Sam con él, ¿no? ¿No me estaréis escondiendo cualquier tontería?

—Natalia —Toni habla primero—, es mi amigo y ahora mismo estoy pensando en lo imbécil y gilipollas que está siendo.

Creo que va a entrar en la lista de los indeseables.

A mí también me dijo que en cuanto llegara me llamaría.

Quedamos en que pasaría por un despacho a buscarme unos papeles para iniciar el trámite de un pedido. También lo necesito.

—No sabía… —dice María.

—Es igual, es trabajo. Pero no entiendo a Samuel. Si se compromete, pues se cumple.

Me siento fatal. Un pedacito de mi corazón se resquebraja y no era lo que buscaba en estas vacaciones. Solo quería olvidar que no tenía trabajo y que Félix ya no estaba en mi vida.

Pero Sam ha conseguido, otra vez, que vuelva a disfrutar del momento y luego desaparecer de la faz de la tierra.

Será imbécil.

Cerramos maletas, cenamos en el restaurante que hay en la zona de la piscina del complejo y nos vamos a dormir pronto. Al día siguiente tenemos que ir a Santa Cruz de Tenerife a coger el vuelo que pondrá fin a nuestras idílicas vacaciones.

Unas vacaciones que al final han acabado de la peor manera posible.