Capítulo 25
LÍA
Sam ha traído un par de botellas de vino y un pastel de chocolate casero. ¡Me chifla! Lo que no sé es si el dulce, la bebida o su fabulosa y tremenda sonrisa.
—Disfrutando del sol —comenta cuando nos ve que vamos en bikini y acabamos de levantarnos de las tumbonas.
Bueno, levantarnos lo hemos hecho María y yo. Alba duerme en una de ellas. Mi hermana ha puesto un pie en el interior de la villa, aunque duda si entrar o quedarse fuera.
Solo yo he ido directa y estoy a un palmo de Sam.
Su aroma es fascinante y el recuerdo del día que dije esa palabra ante él aparece en mis pensamientos. Inspiro, cabeceo un poco y cojo lo que ha traído para dejarlo en la cocina.
—¿El pastel lo has hecho tú o tu madre? —pregunta Toni.
Sam se pone una mano en el pecho y abre mucho los ojos, un gesto de incredulidad ante tal cuestión.
—¿Tú qué crees? —le responde Sam con sarcasmo—. Por cierto, mañana me ha dicho mi madre que vendrá a veros, que, si no, al final, con una cosa y la otra, os largáis y ni la saludáis .
—¡Qué guay! —dice María—. Nos conocimos hace unos años, pero apenas la recuerdo. Me apetece mucho. —Acaba de entrar en la villa y se enreda en el brazo de Toni.
—Yo tengo ganas de darle dos besos y abrazarla. —Toni siempre tan cariñoso.
Ellos se conocieron en Madrid. Toni y Sam vivían en el mismo bloque y se hicieron amigos.
Unos años que recuerdan con cariño. Luego el padre de Toni encontró un trabajo mejor en Barcelona y se mudaron, dejando un hilo de tristeza entre ambos.
Con el divorcio, llegó el traslado a las islas para buscar un paraíso diferente para madre e hijo.
Y luego Sam se fue a estudiar a Barcelona y, aunque no fue la misma carrera, sí lo hicieron en la misma universidad y durante los últimos años compartieron piso.
Con Cristina, la madre de Sam, se cruzaron mientras eran adolescentes y, al final de la relación con Matías, les contó cómo se derrumbaba su historia de amor.
Y eso es todo lo que sé. Toni me ha contado una parte, a Sam se le ha escapado algún que otro detalle y María ha completado los huecos.
Una amistad que ha perdurado a pesar de los años y de los contratiempos.
—¿Plan para estos días? —pregunta Sam a sus amigos—. Supongo que lo tenéis preparado al dedillo. No pienso desperdiciar ni un minuto. —Señala a Toni con picardía.
—Tranqui —comenta Marcos levantando las manos en son de paz—. Nosotros estamos de vacaciones y lo que vamos a hacer es salir de marcha y conocer la noche tinerfeña. Pero también descansaremos y haremos felices a nuestras parejas. Y tú, Sam, ¿cuál es tu plan?
Se sienta a plomo en el sofá en señal de derrota.
—Me parece muy bonito que me obliguéis a venir y que sea yo el que tenga que montaros la fiesta. Porque, si me preguntas por mi plan, es que no habéis pensado nada ni movido un dedito para hacer feliz a un amigo, y eso que os lo pedí. Me parece muy feo. —Niega con la cabeza.
—Tú eres de aquí —comenta Alba, que por fin se ha puesto en pie, con los ojos entrecerrados. Se sienta de bruces en el sofá junto a Sam.
Todos parecemos cansados, como si estuviéramos faltos de sueño o como si apenas quisiéramos hacer nada, pero es que se está tan bien de relax…
—Seguro que nos das una visión diferente que la que estos dos creen tener de la isla.
—Alba, yo os mostraré una parte, pero podemos pasar estos días sin movernos de aquí o sin parar de visitar parajes de ensueño. Vosotros escogéis. —Se encoge de hombros.
—Yo me apunto a eso último. —Esa es mi voz, tal vez un pelín alta, pues las ganas me pueden.
Por mucho que le he pedido a mi hermana salir a visitar partes de la isla, su propuesta de sol y playa es la que triunfa.
Necesitar un taxi para cada movimiento ha hecho que la mayoría de las escapadas sean solo a la playa con el buggy del hotel.
Un par de días me he apuntado a una de las excursiones que proponían en recepción y he ido sola, aunque he de decir que ha sido un lujazo.
He descubierto partes de mí que desconocía, he hablado conmigo misma y he puesto a raya mis problemas y flaquezas.
Aunque haya sido poco, me ha sentado de vicio.
Sam me seduce con esa sonrisa que aparece en sus labios cuando pronuncio esa frase. Mi hermana frunce el ceño ante mi comentario .
—Se puede hacer de todo. Venga arriba y pongámonos en marcha. —Sam da un par de palmadas poniendo firme al personal—. Para empezar, Adeje nos espera y vamos a quemar la noche, aunque de forma tranquila, por supuesto.
—¿Y eso cómo se come? —consulta Alba.
—Pues vamos a cenar en un bar muy cool que da al mar y en el que ya he reservado, con música en directo y unas camas balinesas muy cómodas para que os podáis abrazar a vuestras parejas mientras escucháis las canciones.
Y Lía y yo nos escaparemos para no ver vuestras caras de felicidad absoluta de lo bien que estáis.
—¿Y qué haremos? —le pregunto sorprendida ante semejante giro de los acontecimientos. ¿No vamos a estar con ellos?
Me hace un guiño y se masajea ese principio de barba de tres días.
—Tranquila. Está controlado.
—¿Qué vas a hacer con mi hermana? —pregunta ofendida María y se acerca un poco a él como pidiéndole explicaciones.
—Haya paz —habla Sam—. Desarrollo la propuesta, que eso de que estáis de vacaciones os lo habéis pillado al pie de la letra y no dejáis ni hablar a uno, por Dios.
Vamos a ir a cenar los seis. Es el restaurante de un conocido mío y hace el mejor conejo en salmorejo de la zona.
Esta noche actúa una cantante de jazz excepcional, además del DJ habitual.
Si os ponéis muy acaramelados, pues Lía y yo os dejamos a solas y paseamos por la playa.
Creo que Lía prefiere visitar y le puedo enseñar algunos escondites de la zona, aunque sea de noche.
—¿Y me la cuidarás?
La pregunta de mi hermana me deja perpleja.
—No lo dudes. —Esos hoyuelos tan marcados en su rostro acaban de derretirme.
Y por supuesto es lo que ocurre.
Las dos parejitas se toman literalmente las palabras de su amigo y no dejan de hacer carantoñas en toda la noche. Aquello es insoportable, vomitivo, o por lo menos el detonante necesario para que Sam y yo nos larguemos de ahí.
Paseo a su lado, bajo la luz de la luna.
Está siendo espectacular. Nos acompaña el silencio.
No sé si desea que observe la panorámica del horizonte con el romper de las olas en la orilla y el reflejo de ese astro que nos acompaña o, por el contrario, no tiene palabras y se ha quedado mudo.
Por si esta fuera la opción, decido hablar yo.
—¿Qué sabes de Julia?
—Desde aquel día en que la vimos, nada. Me ha enviado un par de mensajes preguntándome cómo estoy y yo hago lo propio. Poco más.
—¿Por qué no la traes aquí, con nosotros? Yo podría cuidarla mientras tú trabajas. Mi hermana se lo está pasando en grande con Alba, no me necesita lo que sugiere, y un poco de entretenimiento a mí no me iría mal.
—Es mejor no llamar al mal tiempo. Además, se lo propuse antes de saber que vendrías, y ella prefirió quedarse en Madrid.
Ha ido a un campamento de verano en Estados Unidos y con eso me dijo que le bastaba.
Puede bañarse en la piscina y Carmen la lleva a donde le pide, dentro de sus posibilidades, por lo que se entretiene y está cuidada.
Sabe que su madre siempre pone problemas para que nos veamos y prefiere no forzar la máquina.
Su rostro muestra cierta aflicción. Supongo que hablar de su hermana pequeña no es el mejor tema. Andamos por el paseo y nos sentamos en un banco frente al mar .
—Esto me trae recuerdos, ¿y a ti? —le comento.
Gira la cabeza para mirarme y en sus ojos veo sorpresa. ¿No se acuerda? ¿O quiere que me lo crea? No es posible que lo haya olvidado.
—En la boda de mi hermana, en la masía. —Espero que así haga memoria y no crea que estoy delirando.
—Cuando hablamos del gilipollas de tu ex y no tuve paciencia para hacerte mía.
¡¡Sí se acuerda!!
Me sonrojo ante sus palabras. ¡Cómo ha expresado aquel encuentro! Me coge la mano y la acaricia mientras no me quita ojo. La fuerza que emana de su mirada es un volcán de deseo para mí.
—Nos vamos a la villa y ya se apañarán. —Esa es mi sugerencia. Estoy con un subidón que no sé si soy yo o un ente que me ha absorbido.
—Mejor los esperamos. Aunque creo que me toca el sofá y no sé yo si es un buen lugar para mantener un nuevo encuentro.
—Solo tienes que dar unos pasos hasta mi habitación. Allí podremos ahogar nuestros gemidos y que no nos pillen.
—Algo se imaginan.
—¿Tú crees? —Y me carcajeo, pues yo también pienso lo mismo. Mi hermana no es tonta y ha sumado dos más dos.
Nos levantamos al mediodía. Poco vamos a poder aprovechar. Anoche llegamos muy tarde y no solo en mi habitación se escondían gemidos y carcajadas, pues alguno que otro escuchamos en las estancias adyacentes.
Nos ponemos los bañadores y Sam se acerca a la recepción para recoger a su madre, que acaba de llegar.
Cristina trae un par de bolsas llenas de manjares. Por lo que veo, hoy no iremos a comer a ningún restaurante.
Toni se acerca a ella y la abraza con efusividad. Mete la mano en las bolsas que ha traído para comprobar qué hay y ella le da un manotazo para que deje de hacer tonterías.
—Mamá Cristina, que solo quiero saber qué has preparado.
—Pues lo verás cuando todos.
Permanecemos en la piscina central del complejo mientras Sam acompaña a su madre a dejar la comida en la villa.
Media hora más tarde regresan y Cristina luce un cuerpo que ya quisiera yo a su edad.
Se acomoda a nuestro lado y nos pregunta por las vacaciones, por nuestros trabajos, por la vida en general.
Quiere aprovechar el poco tiempo que tiene.
—Es que, si no vengo yo, este mozo de aquí se olvida de mí y ni me visita. Que muy amiguito de mi Samuel y de mis pucheros, pero poco me quiere.
—Mamá Cristina, eso no es verdad. Aquí estamos apartados, he traído trabajo y unos amigos. No pensaba irme sin visitarla, te lo aseguro.
—Eso es verdad —corrobora mi hermana.
Toni vuelve a retenerla entre sus brazos y ella se emociona. El teléfono de Sam suena y, al comprobar quién es, se aparta un poco de la zona de las tumbonas. Unos minutos después, cuando regresa, su rostro está triste.
No quiero preguntar. Su madre es la que lo hace.
—Era mi padre. No se encuentra muy bien. Jaquecas y cansancio.
—Trabaja mucho, por lo que me cuentas —comenta Cristina—. Aunque no es normal que se abra a ti, por lo que el médico le habrá dado algún toque. ¿Son los mismos síntomas del abuelo Samuel? Comentaron que era hereditario, ¿no?
—No, mamá. No dijeron nada de hereditario. Además, es imposible. A Matías no le puede pasar lo mismo que al abuelo. Aquello fue… Bueno, que no es posible y ya está. Me llamaba para otra cosa. Se van a hacer un viaje los tres, a Grecia.
—¿A Grecia? ¿Con Julia y Gabriela?
—Como lo has oído, mamá. No acabo de encajar las piezas. No se encuentra demasiado bien, me dice que tiene mucho trabajo y que la fusión con la nueva distribuidora no va lo bien que deseaban. Por lo visto, no es el momento adecuado y hace caso a lo que dice la bruja de su mujer.
—No me seas mal hablado —le recrimina su madre.
—Es lo que es, mamá. Sé que tú lo ves porque la decencia te puede.
—Samuel, si tu padre lo ve bien y han reservado los vuelos, es que no se encuentra tan mal y podrá delegar en alguien.
—Me ha pedido que vaya a supervisar las negociaciones. ¿Él se va de viaje y tiene un asunto entre manos? Algo no está bien en este croquis.
—No sé, Samuel. Es tu padre y sabes que hace cosas raras.
—Sí, como abandonarte. La peor decisión de la historia.
—Lo hubiera dejado yo. Ya no éramos felices.
—Pero, si tú no estás metido en la empresa, ¿cómo vas a hacer eso de las negociaciones? —pregunta María.
—Cada vez que algo se tuerce o que le conviene, intenta que yo ocupe su lugar. Quiere hacerme entrar y que después no pueda salir. Es una artimaña, estoy convencido de ello.
—Pues no vayas —le sugiero.
—Imposible. Primero, no pensaba hacerlo. Después, tengo una conferencia a la que no pienso dejar de asistir por la incompetencia de mi padre en un negocio que, como siga así, lo va a destrozar.
—No es incompetencia —comenta su madre.
—Bueno, no sé lo que es. Que se encarguen sus delegados y su gente, que seguro que tiene mucha para que puedan hacer llegar a buen puerto ese barco y, si no, que no se hubiera subido.
Estoy convencido de que Gabriela no aprueba que me ofrezca esa posibilidad; solo es mi padre el que desea que entre y lo ayude.
La comida se desarrolla en la mejor compañía, degustando unos platos de lo más suculentos.
Ha traído un tupper de macarrones, cosecha propia, que Toni se agencia.
Comparte un poco con el resto, pero a punto ha estado de darme en los dedos cuando he querido repetir.
Los otros platos son de Jaime, su actual pareja, que cocina de miedo y, aunque hoy no ha podido acercarse con Cristina, estoy segura de que lo conoceremos pronto.
Hablamos de nosotros, de nuestras familias, de lo bonita que es la isla y lo que la estamos disfrutando. Cristina nos deja pasadas las ocho y decidimos quedarnos en la villa. Toca bañarse de noche.
El fin de semana llega a su fin y Sam regresa a su casa. Empiezo a sentir algo por él. No sé lo que es, amigos con más que derecho a roce. Lo que no quiero es encariñarme. Estamos muy lejos el uno del otro, nos separan muchos kilómetros y eso es difícil de soportar.