Besos con sabor a limón (Besos con sabor 1) Capítulo 23
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Capítulo 23

SAM

Llegamos a mi apartamento en apenas una hora. Compramos el desayuno en la cafetería que hay debajo, que siempre tiene unos bollos de manteca recién hechos para chuparse los dedos.

El café con leche es de cosecha propia. Mi cafetera hace unos expresos de vicio, que decoro con corazones o cenefas cuando quiero sorprender a algún acompañante. Ella se merece mi esmero. Espumeo la leche y decoro con una hoja perfecta que Lía alaba cuando le pongo la taza delante.

—No se han tomado muy mal los anfitriones que los dejáramos a solas —me comenta.

—Creo que apenas han entendido nada de lo que les hemos explicado. Venían bastante perjudicados.

En cuanto han cruzado la puerta hemos golpeado el cristal del comedor para que se percataran de que estábamos fuera. Ha sido Toni el que ha abierto con cara de extrañeza y nos ha dejado entrar.

Ningún vocablo ha salido de su boca. Solo tenían ganas de tumbarse en la cama.

Marcos se ha desplomado en el sofá y María ha observado a Lía con los ojos entrecerrados, sin comprender la situación y sin saber qué decir.

Les hemos comentado que nos marchábamos, que luego les enviaríamos un mensaje con los detalles.

No parecía adecuado dar explicaciones cuando ninguno de los miembros se iba a quedar con la copla.

Lía ha metido un par de cosas en una bolsa y el camino hasta la ciudad ha sido tan diferente al de la primera vez que aún no me lo creo.

No hemos parado de hablar: anécdotas de viajes, curiosidades de la isla, un poco de gustos musicales…

Todo eso y más ha sido nuestra animada conversación. Otro recuerdo que atesorar.

Al llegar a Santa Cruz, pasamos un momento por el despacho. Doy unas instrucciones y dejo listas unas muestras para el siguiente lunes. El fin de semana empieza en este instante y voy a pasarlo con ella.

Recibo un mensaje de Julia. Es escueto y extraño:

¿Vienes a verme? Quiero contarte un secreto que he descubierto.

—¿Te apetece pasar el sábado en Madrid? —Sé que mi pregunta la deja alucinada.

—¿Madrid? Estamos en Tenerife.

—Mi hermana pequeña ha contactado conmigo. Dice que tiene algo importante que explicarme y me apetece verla y, por qué no, que la conozcas. Venga, apúntate y nos vamos a la aventura. —Con los ojos le imploro una respuesta.

Y dice que sí. Es abrumador, no me lo creo.

Hace apenas cuarenta y ocho horas éramos dos conocidos sin más. Y ahora somos dos amigos con derecho a roce y con ganas de pasar unos días juntos sin nadie de por medio .

Tras el desayuno, reservo los vuelos para el día siguiente y sus rizos rojos como el fuego me animan a planificar una agradable visita a Santa Cruz, la que es ahora mi ciudad, que será de escándalo para ella.

—Si deseabas ir a la playa de las Teresitas no va a ser posible, pues tenemos que coger el coche y pasando. Pero no abandones esta isla sin visitarla.

Una amplia sonrisa se muestra en su rostro.

—Nosotros hoy hacemos turismo de ciudad. ¿Te parece?

Lía se coloca una tote bag en el hombro y me acompaña.

Comprobará lo que me fascina de esta ciudad y a su lado, con su mirada, será otro tesoro para mí.

La cojo de la mano, algo que me parece alucinante, y no la retira. Andamos por las calles hasta llegar al emblemático mercado de Nuestra Señora de África.

—A este lugar también se lo conoce como la Recova. Es uno de los más antiguos de la ciudad y diría que de los más populares. Como ves, el edificio es de estilo colonial.

Lía saca el móvil y empieza a hacer fotos.

Cruzamos la puerta y le explico un discurso que me he aprendido, pues a cada amigo que me visita le hago la misma ruta. Con ella será diferente, lo tengo superclaro.

—Se construyó a principios del siglo xx y su arquitectura es espléndida.

Paseamos por los puestos, compramos algún producto, pero lo que más me maravilla es verla absorta en los colores y los olores mientras captura imágenes de cada uno de los sitios que pasamos.

—¿Qué te ha parecido? —le consulto.

—Espectacular. —Se agacha frente a un puesto de frutas para hacer una fotografía en la que se vean los diferentes colores de estas. Me la enseña y ha captado la esencia del lugar—. Y, ahora, ¿a dónde vamos?

—La plaza Weyler y el parque de Sanabria. En el camino observaremos algunas obras de artistas reconocidos y el parque, que es un remanso de paz.

Se me pasa el rato volando. Paseamos bajo los árboles. Los rayos de sol destellan en su cabello y rozan su piel. Luego nos dirigimos hacia el puerto y allí vemos la plaza de la Candelaria, la del Príncipe de Asturias y, por supuesto, la plaza de España.

—Como guía tuyo que soy, voy a explicarte que bajo esta plaza se oculta una galería subterránea con los restos del castillo de San Cristóbal, que fue la primera fortificación importante de la isla en el siglo xvi .

Luego llegaremos al castillo de San Juan Bautista, que está mejor conservado y es una maravilla con el auditorio enfrente.

—Te gusta esta ciudad.

—Me alucina. Dicen que tengo algo de acento, bueno, tú me lo notaste la primera vez.

Ella sonríe. Un gesto que me enamora cada vez que se lo veo.

—Nací en Ávila, luego vivimos en Madrid muchos años y unos cuantos en Barcelona. Cuando mis padres se separaron, me vine con mi madre a Tenerife y desde entonces disfruto de esto que ves.

Hemos llegado a la iglesia de la Concepción y cruzamos la puerta para ver el interior. El recuerdo que se va a llevar de este día es estupendo, no tengo dudas, y para mí disfrutarlo con ella es algo que deseaba con locura.

Pasamos por delante del Museo de Naturaleza y Arqueología, que alberga las famosas momias guanches, aunque no entramos, por supuesto; esa visita se merece toda una mañana y no la tenemos.

También vemos el exterior del museo vanguardista Tenerife Espacio de las Artes, que ha acogido obras de artistas reconocidos.

Nos paramos en un restaurante a pedir algunos de los placeres gastronómicos de la isla. Lía no se puede ir de aquí sin comer unas buenas papas arrugadas con mojo. Las acompañamos de unas tapas de queso asado y tostadas con almogrote y, para acabar, un plato de ropa vieja.

—Llevo unos días en Tenerife, algo ya había probado de estos manjares, pero como estos ninguno. —Me guiña un ojo y me alegro de que disfrute de la comida y, sobre todo, de mi compañía.

Acabamos la tarde viendo el impresionante e icónico edificio blanco del Auditorio de Tenerife, diseñado por Santiago Calatrava, y también nos acercamos al castillo de San Juan Bautista para hacer unas fotos alucinantes.

Pedimos a algunos turistas que nos inmortalicen juntos, aunque Lía no ha dejado de hacer selfies en cada esquina que ha podido.

Llegamos cansados al apartamento, pero a ella no se le ha borrado la sonrisa del rostro desde que hemos salido esta mañana.

Se ha comprado en una tienda un par de vestidos para poder cambiarse.

Se da una ducha mientras yo preparo algo para cenar.

Nos acomodamos en el sofá viendo una serie y ella acaba dormida en mi regazo.

La tumbo en la cama para no despertarla.

La maratón de ayer y de hoy ha fundido sus reservas .

El vuelo sale temprano. Es la única manera de aprovechar una escapada a Madrid para ver a Julia. No he avisado a mi padre, no hace falta que sepa que voy a averiguar qué me quiere contar mi hermana. Tiene ya doce años. Es toda una mocita y más lista que el hambre.

Hemos quedado en un parque cercano a donde vive mi padre con Gabriela.

Julia sale con Carmen a pasear todas las mañanas del fin de semana; se llevan bien y eso me reconforta.

Seguro que mi madrastra tiene algún evento en el que participar o prepararse para asistir a una comida y eso no le permite disfrutar de su hija en verano. Odio esa situación.

Gabriela pertenece a la junta, pero es mi padre el que trabaja a destajo por los dos.

Lo noto bastante cansado y eso no me tranquiliza.

Ella siempre está de fiesta, saliendo, de arriba abajo y descuidando sus deberes como madre.

Menos mal que Julia ya empieza a ser responsable y a no depender de ella.

Nada más ver que soy yo quien se acerca al banco, viene corriendo a mis brazos.

—¡Qué grande estás!

—Igual que hace un par de semanas, cuando viniste por última vez.

—Hace casi un mes —le replico.

—Pues apenas me he dado cuenta. —Alza la vista hacia Lía, a la que no reconoce. Me da la mano y tira un poco de ella, como pidiendo explicaciones.

Me acerco un poco y la presento.

—Julia, esta es Lía, una amiga.

—¿Lía?

—Me llamo Natalia, pero tu hermano se ha empeñado en cambiarme el nombre.

—¿Y no te gusta? A mí me parece muy chulo y seguro que si te lo ha puesto y te llama así es que te encanta.

Su pregunta me agrada. Esa es mi hermanita, igual de impetuosa que yo e igual de valiente.

—Vaya, vaya. Bueno, me voy acostumbrando. —Le guiña un ojo.

Julia le coge la mano y arrastra un poco de ella para que la acompañe a otro lugar del parque.

—Lía, ven. Te presento a Carmen.

Y se acercan a la asistenta mientras yo las miro desde lejos. Saco el móvil y capturo una instantánea. De ellas dos juntas tendré pocas, por lo que las atesoraré.

—Samuel, si le parece, voy un rato a donde mi amiga y pueden estar a solas. Así aprovechamos todos y no se preocupe, puede tardar lo que desee.

—Claro, sin problema, Carmen. Ves, nosotros nos quedamos un rato por aquí y luego nos acercamos hasta el bar de Rosa. Si no, tienes mi móvil.

Hace un breve gesto de asentimiento y se aleja. Parece que huya de nosotros y no sé por qué pienso eso.

Julia y Lía se han sentado en un banco y mi hermana le está mostrando uno de sus libros, que ha sacado de la mochila. Qué rápido han hecho amistad.

—Venga, Julia —me acomodo a su lado—, ¿qué querías contarme?

—¿Y mi libro?

Su pregunta me deja fuera de juego. Me tapo la boca, pues lo he olvidado por completo. Estaba ensimismado con Lía. Mi hermana me recrimina con la mirada.

—Así tengo otra oportunidad para venir a verte, ¿no crees ?