Capítulo 22
LÍA
—¿No contestas? ¿Es más importante lo que dice ese trasto que responderme? —me pregunta tras no recibir respuesta. Su tono sensual no me lo pone fácil.
Alzo la mirada hasta encontrar la suya y siento un cosquilleo en el estómago. No sé si esconderme bajo la manta que no tengo o soltar las barbaridades que están por salir de mis labios.
En mi cabeza resuenan las palabras de mi amiga. Y no sé si hacerle caso de nuevo. La vez anterior pasé una noche de escándalo y ahora… Ahora soy yo la que quiere volver a disfrutar, por lo que no voy a descartarlo.
—Lo importante siempre es lo que tienes frente a ti. —Estoy alucinada de que esa frase haya salido de mi boca.
Sus ojos se agrandan y se le marcan los hoyuelos. Se acerca un poco más; sus labios están muy cerca de los míos.
—¿Quieres que hablemos o prefieres que te bese? Me encantaría volver a rozar esa boca, tocar tu cuello y saborear tu sonrisa. Me encantaría hacer un montón de cosas más, pero la luz de la luna nos vigila y no sé si será conveniente .
Su mirada me hipnotiza por completo.
No me lo pienso.
Me siento en su tumbona, muy cerca de él, y mis dedos se pierden en su cabello mientras uno nuestros labios. Necesito que me bese, con urgencia. Saciar cuanto antes la hoguera que quema en mí.
Y Sam tampoco tiene espera.
Desliza la mano por mi hombro y baja el tirante de mi vestido. Su otra mano se cuela por debajo de la falda corta y alcanza el final de mi pierna.
Nuestros labios colisionan. Su boca sabe a limón, un sabor que me encanta y que me recuerda a él. Introduce la lengua y yo jugueteo con ella. Nuestras respiraciones se intensifican. Me muevo para ponerme encima de él.
La luz de una de las ventanas de la villa colindante se enciende y nos detenemos. Oímos cómo cierran una persiana y nos entra la risa al sentirnos descubiertos por los vecinos. Sam coloca su mano en mi boca para acallarme y aguanto aún más las carcajadas.
Nos recolocamos en la tumbona, pues apenas cabemos, y reímos a escondidas.
—Mejor paramos, ¿no? —comento.
—¿Por qué? Esto ya no tiene fin. —Me hace un guiño y me derrito.
Me muerdo el labio inferior y Sam enreda un dedo en uno de mis rizos mostrándome una sonrisa curiosa.
—Tú y yo seguimos con lo que hacíamos. Intentaremos ser más silenciosos, pero… evita reírte.
—Si ahora la culpa será mía…
—Eres la que más fuerte se ríe y no puede contenerse.
—Si me tapas la boca, soy más escandalosa, pues pienso que te hace gracia y entro en un bucle.
—O sea que la próxima vez no te cubro la boca y que venga el de seguridad, nos pille y nos eche del recinto.
—No será para tanto.
—Probablemente no. —Entrecruza sus dedos con los míos y enreda la otra mano en mi cabello—. Me encanta tu pelo. ¿Te lo he dicho alguna vez?
—Pues no recuerdo. —Me hago la despistada. No tengo ese comentario en mi memoria, pero ahora se acaba de hacer un hueco y va a ser difícil borrar esas palabras.
Sus ojos están fijos en los míos y bajan para observar mi nariz, mis mejillas y mis labios. Se detiene en el pelo, lo enreda un poco más y resigue con la mirada mi cuello hasta llegar al escote. Su mirada desprende puro deseo.
Sam se pone en pie y me ofrece la mano para que me incorpore también. Accedo a su petición.
—El sofá del porche está más resguardado de miradas curiosas y evitaremos que alguien de fuera pueda vernos. Tenemos más posibilidades de que nos pillen los dueños de la casa, pero, por mi experiencia, esos no llegarán hasta bien entrada la madrugada.
Su mano es firme y damos los pasos que nos acercan a ese mullido espacio que va a ser mi perdición.
Me hace sentar primero. Él se desabrocha la camisa y la tira al suelo.
Veo que va directo. La hebilla del cinturón y el primer botón del pantalón son lo siguiente.
Aunque se lo deja puesto, el bulto de su entrepierna es evidente.
Se pone el dedo índice en los labios, pidiéndome silencio; sus ojos, llenos de deseo, exigen lo mismo.
Se acuclilla frente a mí, me retira con suavidad el tanga y acerca su rostro de manera peligrosa a mi centro.
Solo el roce de su dedo hace que mis latidos se aceleren. Me estremezco ante su contacto. Estiro el cuello hacia atrás y cojo aire con fuerza. Las sensaciones son colosales; el recuerdo de un momento parecido se repite en mis pensamientos.
Estar agazapados entre las luces y las sombras de las columnas de este pequeño espacio abierto, en el que nos sentimos más cómodos.
Ahogo un grito de placer, pues el roce de su lengua en mi clítoris hace que apenas tenga tiempo de valorar qué ocurre.
Saborea mi sexo. Miro cómo sus ojos buscan los míos mientras juguetea con su lengua, haciendo circulitos y mordiendo de vez en cuando.
Aprieto los labios para evitar llegar tan pronto a ese lugar deseado.
Sam no se detiene.
Y apaga mi desesperación en apenas unos minutos más.
Caigo rendida en el sofá.
¿Por qué he durado tan poco?
¿Qué teclas habrá tocado para hacerme llegar al paraíso en un tiempo récord?
Ahora es mi turno, voy a tomar las riendas. Quiero que sienta lo mismo que yo.
Me muevo con suavidad para incorporarme, pero Sam no deja que mis intenciones se hagan realidad.
Se acomoda en el sofá, se baja un poco los pantalones así como los boxers y me coge de la cintura para que me ponga encima de él.
Me besa con vehemencia. Muevo las manos por su espalda, acaricio cada rincón de su cuerpo.
Quiero que mi tacto no olvide la suavidad de su piel.
Coloca los labios en mi cuello y me lame el hombro.
Baja el tirante con suavidad hasta llegar a mi pecho, que hoy está libre de cualquier presión, y accede rápido a él.
Succiona cada uno de mis pezones, con lentitud, con pasión, y yo sofoco los gritos que me produce su contacto para no despertar a los vecinos.
Busca con la mano su cartera, que ha dejado encima del sofá, y extrae un condón. Mientras se lo pone, lo miro igual que lo hizo aquella noche y ardo en deseos de tenerlo dentro de mí.
Se mueve a un ritmo acompasado, acaricia mi piel, saborea con sus labios cada recoveco que encuentra. Enredo los dedos en su cabello y aspiro hondo una bocanada de aire. Cierro los ojos para no acabar otra vez tan rápido. Quiero, no, deseo que esto no finalice nunca.
Pero no me lo permite. Sus movimientos tienen cada vez un compás más rápido y mis jadeos entrecortados aumentan con cada acometida. Su boca busca la mía, muerde mis labios y embiste con fuerza hasta llegar a un punto de no retorno.
Su mirada me confunde y sus labios me enloquecen.
Quiero más de esto, mucho más.
Estoy tumbada en el sofá, la cabeza de Sam en mi abdomen y acaricio sus mejillas con suavidad.
Son las cinco de la mañana. No ha aparecido nadie por la villa.
Tendrá razón Sam y hasta bien entrada la madrugada no podremos acceder a la casa, pero si las horas que nos quedan de espera son así de alucinantes, benditas sean.
Abre los ojos y me observa. Me levanto y me coloco un poco mejor el vestido, que estaba arrugado en mi cintura, pues no me lo ha quitado antes.
—Buenos días .
Una amplia sonrisa cubre mi rostro.
—Buenos días. ¿Aún no han llegado? —consulta.
—Aquí solo estamos tú y yo.
—¿Y qué tal estás?
—De maravilla. Supongo que tú también. Te has dado un buen festín.
—Y tú, similar; no me hagas quedar como el malo.
—Eso nunca. Eres una golosina —esbozo una sonrisa y entrecierro los ojos— con un sabor a limón que deseo volver a tener en la boca.
Rebusca en el bolsillo y saca el último caramelo que le queda. Me mira y alza las cejas.
—¿Para mí? —pregunto.
—Prefiero compartirlo —sugiere. Sus ojos refulgen como el océano y un destello los ilumina.
Asiento. Lo parte por la mitad y me da un trozo. Cuando se lo mete en la boca y lo saborea, esa lengua que veo juguetear con el caramelo me hace volverme loca y me lanzo a por él.
La diversión está servida.
Un nuevo choque entre titanes, una partida en esta jugada que ambos queremos repetir.
Sam se quita el pantalón y los boxers y me desprende del vestido, que me había colocado apenas un instante antes. Observo su cuerpo desnudo y él da un repaso al mío.
—Veo que vamos a reincidir —afirma.
—No lo pongas en duda y, sin prendas de por medio, será mejor que el anterior.
—¿Estás convencida?
—El puto paraíso.
Y no lo dejo hablar más. A ver si me va a fastidiar lo que se viene. Alice dijo que volviera a catar, no dijo cuántas. Porque yo este dulce lo voy a probar las veces que deseemos.
Esta ocasión volverá a ser como aquella de hace un par de años: fuegos artificiales en estado puro. Solo espero que el final sea muy diferente.
Abro los ojos y estoy encima del cuerpo de un adonis que duerme entre un par de cojines mal puestos en el suelo del porche. Son las siete y media de la mañana y seguimos solos. El cielo se tiñe a lo lejos de tonos rosados y naranjas mientras el sol comienza a elevarse sobre el horizonte.
Observo a Sam y rememoro lo ocurrido. No ha estado mal, nada mal. No me cansaré de repetir. Mi corazón se ablanda un poquito al sentir que lo estoy conociendo y me gusta.
Le doy un breve toque a Sam para que abra los ojos. Este amanecer es espectacular.
Una brisa cálida acaricia mi piel. Me desperezo y me acomodo en su pecho desnudo. Las olas rompen de fondo y el sonido se mezcla con el canto de las aves. El sol empieza a reflejarse en el agua de la piscina creando unos destellos dorados que adornan la vista.
—Tendremos que vestirnos. María y Toni no tardarán.
—Podemos quedarnos cinco minutos más. —Me refugio en sus brazos, que me rodean, y me siento cómoda y feliz. Permanece a mi lado en este despertar y esto es una novedad para nosotros.
Coloca la barbilla en mi cabeza y me aprieta. Siento su fortaleza y su aroma, y el latido de su corazón apacigua mis pulsaciones. Un verano que no esperaba.
Cuando diez minutos más tarde oímos voces a lo lejos, nos vestimos rápido para que no nos encuentren desnudos.
Mientras me estoy colocando uno de los tirantes, Sam lanza una pregunta:
—¿Te apetece pasar el día de hoy conmigo en Tenerife? Te enseño mi apartamento, visitas la ciudad a mi lado y te muestro dónde trabajo.
Menuda propuesta. Esto es poner la directa.
—¿No tenías que estar a primera hora? —le pregunto sorprendida.
—He avisado a mis compañeros. No te preocupes, ya lo he arreglado. ¿Aceptas?
No sé qué hacer, aunque es verdad que me apetece pasar más tiempo con él. Estos días hemos hablado, pero necesito más de este Sam al que empiezo a engancharme.
Mi hermana, su marido y sus amigos van a dormir todo el día, estoy convencida de ello. Yo también necesitaría descansar, solo que su compañía es más apetecible que tumbarme en un colchón y no dejar de pensar en él. Mejor le cojo de la mano y camino a su lado.
Lo miro de reojo. Observo su camisa e intento eliminar alguna de las arrugas. Sonreímos viendo lo imposible de esa acción. En cuanto nos vean, detectarán nuestro delito.
—¿Ese rostro dice que sí?
Rizo uno de mis mechones de pelo y vuelvo a sonreír. Un anhelo que desconozco cómo ha llegado. Ayer no tenía claro qué iba a suceder y hoy solo deseo pasarlo con Sam.