Capítulo 21
LÍA
Seré estúpida. Me he dejado las llaves en la bolsa de playa.
Recuerdo que esta tarde, antes de llegar a la villa, las guardé en el bolsito que tengo para esos menesteres y luego no las he cambiado al bolso de fiesta.
Y ahora estoy aquí, sentada en el suelo de la entrada de la villa, con Sam a mi lado y sin poder entrar.
Nos acercamos a recepción a por una copia, y el camino de vuelta a la villa lo hacemos en silencio. La introduzco en el pequeño agujero y no encaja. La giro y lo intento de nuevo. Sam me la quita y prueba él. O no son las de esta villa o no abren.
—¿Vamos a pedir otra?
No me apetece moverme. Me duelen los pies de tanto caminar, pues el coche se ha quedado fuera del recinto y estoy a gusto a su lado.
Me apoyo en la puerta, alzo el rostro hacia el cielo, cierro los ojos y expulso el aire en señal de derrota.
—Ni hablar. Hay que poner buena cara a la adversidad —me carcajeo—. Aquí se está fresquito, es cómodo y dispongo de una compañía excelente. Además, no creo que tarden.
—Ilusa. No conoces a esos cuatro. Van a destrozar la noche y aparecerán de madrugada. Y más si piensan que estás tranquilamente arropada en tu cama. Te hago compañía hasta que lleguen.
—Pero eso puede ser muy tarde y tienes que levantarte pronto, eso has dicho antes. Déjame aquí, no hay problema. Descanso un rato y, si eso, vuelvo luego a recepción.
Me recoloco en el escalón y apoyo los codos en el superior. No sé si cambiar de postura. Si pongo la espalda en la pared y estiro las piernas tal vez sea mejor.
—Cierto, pero no voy a hacerlo. Soy un caball…
No le dejo acabar la frase. Otra vez, no.
—¡Que sí! ¡Que sí! No repitas esa tontería.
Con los ojos cerrados una idea loca, muy loca, se entremezcla en mis pensamientos. ¿Seré capaz?
—¿Te atreverías a hacer una locura? —Me incorporo para lanzarle la pregunta.
—¿Cómo de loca?
Me gusta que se lo piense y en su rostro observo que a lo que sea que le proponga va a decir que sí.
—La verja no es muy alta y las tumbonas de la piscina son más cómodas que la alfombra de entrada sobre la que se asienta mi culo.
Sonríe y creo que va a hacerlo. Bueno, ambos, que yo también tengo que saltar para estar mejor, no como aquí, en la calle. Aunque no pasen huéspedes, en el interior estaremos más a gusto.
Miramos alrededor. Apenas se oyen ruidos, todos los huéspedes están en sus villas, durmiendo, y al vigilante no lo hemos visto pasar.
Buscamos la parte de la verja con mejor acceso a la piscina.
Lanzo los zapatos y el bolso al interior del recinto y le pido a Sam que coloque las manos para que apoye el pie.
Así podré coger impulso y saltar. Él es más alto y no tendrá problemas.
Lograda nuestra misión, me acerco a las ventanas por si hay suerte y alguna ha quedado abierta.
—Mi gozo en un pozo —suspiro al percatarme de mi error.
—María es meticulosa. Me extrañaría que se hubiera dejado una rendija sin cerrar. Tanta como que no haya pedido una valla más alta por posibles intromisiones como la nuestra.
—Tampoco es tan quisquillosa —comento. Aunque no lo tengo tan claro. María es un pelín estrambótica; en parte, un poco como yo.
Introduzco un pie en la piscina. El agua está fresquita. Llevo un vestido festivo, pero no adecuado para meterme, por lo que me acomodo en una de las tumbonas que hay enfrente. Sam hace lo mismo.
—¿Y ahora qué? —pregunto.
—Me quedo contigo. No vaya a ser que algún animalito indeseado se acerque y te asuste mientras duermes.
—¿Crees que podré dormir? Revisaré el móvil y a lo mejor le envío un mensaje a mi hermana para que no tarden.
—Les vas a fastidiar la fiesta.
—Nooo. —Lo miro con cara de pocos amigos. Tiene razón; me estaré quietecita y en un rato iré a buscar unas nuevas llaves—. Pues ya que parece que no me voy a librar, cuéntame más sobre ti, tu familia y eso que me has explicado de la muerte de tu abuelo.
—No es un tema para hablar a estas horas.
—Tenemos que pasar la noche. Mejor charlando y conociéndonos que evitándonos y odiándonos.
—Un poco exagerada, ¿no crees?
—Yo, sin problema. Soy capaz de odiarte, mejor dicho, creo que ya te odio por traerme aquí en un corcel y no tener las llaves del castillo.
Me río a pleno pulmón. Menuda idiotez acabo de soltar.
Se incorpora para mirar el infinito. Las vistas desde la villa son espectaculares.
Se ve un poco de mar al fondo, varias palmeras y el campo de golf.
La luna llena nos ilumina y nos permite observar mejor el paisaje y a nosotros mismos.
El foco de la piscina también ayuda a que nos sintamos más cómodos y a gusto.
—Mi abuelo se encontraba en perfecto estado y de repente perdió movilidad, empezó a no reconocernos, se debilitó.
No sé. Dicen que tenía una enfermedad degenerativa que lo anuló por completo.
Que puede pasar, lo sé, pero… algo no encajaba en el informe médico y los síntomas.
Era superatlético, hacía mucho ejercicio, se cuidaba, su salud era importante para él y… no me cuadraba.
»Cuando llegó a nuestras vidas la nueva mujer de mi padre, apareció con ganas de comerse el mundo y de hacerse la dueña y señora de nuestro hogar.
Además, llegó pisando a cualquiera, embarazada de mi hermana pequeña y echando a mi madre del camino.
Cuando nació Julia, se calmó. Apenas nos conocía y creo que se estaba haciendo una composición de lugar.
Hizo lo poco que supo de mamá y, en cuanto pudo desentenderse, volvió a la empresa a meter las narices en las finanzas, los informes de marketing , la junta…
Las formas no eran las adecuadas, cómo se comportaba ante mi abuelo y el equipo directivo, las cosas que le decía personalmente.
Era, es, una persona oscura, que no me co nvence y la falsa sonrisa que muestra al exterior a mí no me engaña.
Siempre he pensado que fue ella, que tuvo algo que ver con la muerte de mi abuelo.
No tengo suficientes pruebas aún y ella lo niega.
—Se lo has preguntado, así, directo —le comento extrañada. No sé si yo me hubiera atrevido ante una situación así.
—Sí, a bocajarro. Dice que estoy loco, que no entiende cómo puedo pensar algo tan descabellado.
Y mi padre la cree a ella y opina que no es normal que la acuse de esa manera.
Gabriela tiene un puesto en la junta y ha llegado demasiado rápido, se ha hecho un hueco sin apenas haberlo buscado, con mucho poder.
—¿Por qué descartas que la enfermedad de tu abuelo fuera cierta? ¿Que lo que dijeron los médicos no fuera real?
—Algunos opinan que murió por un daño degenerativo, aunque no todos están de acuerdo.
Como sabes, pedí opiniones en diferentes centros.
No me iba a quedar de brazos cruzados ante lo que veía.
Y esa discrepancia es la que me hace creer que tal vez tenga algo de razón.
He buscado informes, he consultado a diferentes psiquiatras y neurólogos especialistas.
Aún no tengo todas las respuestas, pero sigo buscando.
—¿No crees que es mejor acusar a alguien con las pruebas delante?
—Como he dicho, ha pasado un año y medio. No creo que encuentre nada más que la incrimine, si es que fue ella. Aun así no me rindo. Continúo indagando y espero encontrar algún indicio que me facilite nuevos datos.
—¿Tan importante es descubrirlo?
—Para mí, sí. Necesito esclarecerlo, por mi abuelo. Si ella tiene algo que ver…
—¿Has hablado con tu madre? Tu padre me has dicho que la cree a ella, pero tienes indicios y… —Parezco un interrogador. Debería callarme y mantener la boca cerrada. Me está contestando a todo, pero, tras esta última pregunta, siento que estoy metiéndome donde no me llaman.
—No les quiero dar esa noticia. Si es ella, lo sabrán cuando tenga las pruebas en mi poder. Mientras, prefiero que vivan en la ignorancia. Porque si estoy equivocado les puedo hacer mucho daño.
Asiento. Es difícil estar en su situación.
—Cambiemos de tema. ¿Qué es lo que le pasa a esos resultados que no cuadran en el informe que has de presentar? ¿Peligra tu trabajo?
—Nooo, peligrar no es la palabra. Tengo que dedicarle más tiempo del que pensaba, porque lo que quiero exponer en el congreso ahora no encaja, los valores no son los correctos.
Aunque, si no, como ha dicho Toni, presentaré los iniciales y listo.
Trabajaremos duro y en el próximo congreso presentaré los nuevos resultados.
—Pues presta más atención a lo importante.
—¿Y eso qué es? —Coloca las piernas juntas frente a mi tumbona y me mira con descaro. Esas cuatro palabras pronunciadas con tanta sensualidad buscan otra cosa y no sé si yo estoy dispuesta a ello.
Me hago la estirada y cojo el móvil. Una manera de no prestarle atención y de no darle respuesta a su incómoda frase.
Alice me ha escrito otra vez. Quiere que le cuente cómo ha ido la cena. Y, como es habitual en la amiga alocada que tengo, su último mensaje versa sobre Sam:
Espero que te lo tires de nuevo y que beses el cielo cuando lo hagas.