Capítulo 20
SAM
Volvemos al restaurante. Lía se ha dejado el móvil en el bolso y los chicos han contactado conmigo, interrumpiendo el mejor momento de la noche. Han decidido ir a tomar algo y a bailar en una discoteca cercana. Parece que María y Alba están que se salen, o eso ha dicho Toni cuando me ha llamado.
Ella está a mi lado. Disimulamos un gesto por una tontería que acaba de decir Lía, porque no queremos que se den cuenta. Además, cuando nuestros ojos se han unido otra vez en la playa, he sentido el vínculo en lo más profundo de mi ser. La conexión ha sido increíble.
—¿Dónde andabais? —pregunta Marcos con una ligera sonrisa, en busca de algún cotilleo.
—Ya estamos aquí. —Acallo la pregunta, no quiero dar pie a que hablen de nosotros—. ¿A qué local vamos?
—Vosotros seguidme. Seguro que os sorprenderá el lugar escogido. —Nos hace un guiño y se dirige hacia la derecha por el paseo.
—No me extrañaría —le susurro a Lía. De este me espero cualquier cosa.
María se acerca y nos abraza de forma exagerada, abarcándonos a los dos con sus brazos. Va un pelín achispada; espero que no se le vaya de madre. Alba salta encima de ella y nos hacen trastabillar. Se ríen de la situación. El alcohol en la cena les ha sentado de maravilla.
—Pues la verdad es que yo estoy cansada —comenta Lía de repente.
Qué raro. ¿En qué momento ha sucedido esto? ¿Cuándo se encontraba mal?
—Si no os importa, me voy al hotel.
Me he perdido alguna cosa. Estábamos bien, reíamos, charlábamos y ahora prefiere irse. No la entiendo.
—Pero… —dice su hermana.
Lía me mira otra vez como pidiéndome ayuda. Necesita salir de aquí por un motivo que desconozco, pero me voy a convertir en su salvador. Espero no equivocarme.
—Lía, te acerco al hotel —suelto sin darle tiempo a María a que la convenza a quedarse.
Aunque sea un triste viaje en coche, me apetece pasarlo con ella— y después regreso a mi apartamento en Santa Cruz.
Mañana a primera hora tengo trabajo, por lo que para mí también es conveniente abandonar este grupo con ganas de fiesta.
María me da un codazo a la vez que le da dos besos a su hermana despidiéndose.
—Pues no se hable más.
Caminamos hasta el jeep , que está a tan solo una calle del restaurante.
Mientras, Lía se recoge el pelo entre los dedos, de esa forma tan sugerente que me encanta. Estoy seguro de que no es consciente de lo que ese gesto provoca en mí.
Cuando nos sentamos en el vehículo, su olor me cautiva.
—Me apetecía charlar un rato más, reanudar lo que hablábamos en la playa. No estoy cansada, tenía ganas de estar contigo. —Agacha un poco la mirada, aunque son tan solo segundos. Luego dirige sus ojos hacia mí—. Espero que no te importe.
Ahora sí que he quedado noqueado.
—Nos han interrumpido, es verdad, y a mí también me apetecía conocerte. Pero…
—En la discoteca hubiéramos bailado, gritado y bebido mucho. —Sonríe y me maravilla ver su rostro feliz—. Nos hubiera faltado tiempo para saber más el uno del otro. Allí no habría pasado nada.
—¿Y qué ha de pasar? —Me encanta como se presenta esta escena y las palabras de Lía me tienen confundido—. Mañana tengo trabajo y debería llegar pronto a mi piso, pero me apetece este giro de guion. ¿A dónde vamos?
—Si no te importa, prefiero ir al hotel. Allí estaremos mejor.
—Perfecto. Yo soy un caballero que acerca a la doncella a su humilde morada.
—No seas payaso. —Una leve carcajada brota de sus labios.
—Es como soy. Una manera de que conozcas mi parte divertida.
—No estoy yo muy convencida de que eso que acabas de decir sea divertido. Más bien he sentido vergüenza ajena.
Me pongo las manos en el pecho en señal de derrota.
—No te gustan los cuentos de princesas —declamo poniendo una voz grave.
—Adoro los finales felices, pero esa frase no llevaba a ello. Venga, conduce y ponte al lío, que, si no, no llegamos al sofá y no me puedes contar más cosas.
—Podemos aprovechar en el coche. Tú ve hablando mientras yo mantengo la vista en la carretera.
Baja la ventanilla, apoya el brazo y la noche nos atrapa.
Arranco el vehículo para iniciar la marcha, aunque antes cojo un caramelo de los que siempre llevo encima. Le ofrezco uno a ella. Se lo mete en la boca y lo saborea, al igual que hago yo.
El trayecto hasta el hotel es corto, apenas diez minutos, aunque se me han hecho largos. Ella ha cerrado los ojos cuando el coche se ha puesto en marcha y la conversación que íbamos a mantener ha quedado relegada para más tarde.
Escuchaba la música de fondo, en un volumen bajo para no despertarla.
—Hemos llegado —pronuncio esas dos palabras despacio.
Tiene los ojos cerrados, el cuerpo relajado, la cabeza apoyada en el asiento. Incluso diría que dormita.
Se despereza y se recoloca en su sitio.
—Me ha sentado bien la música bajita, la calma. Creo que mi hermana y sus amigos van un poco pasados de vuelta.
—Me lo paso genial con ellos, pero a veces la locura se les sube a la cabeza y hoy tenían ganas de romper la noche.
—A mí no me apetecía pasarla de fiesta, ya llevamos unas cuantas. Que las adoro, de verdad, se está a gusto con ellos, pero en la playa, hablando contigo, yo…
No podemos dejar de mirarnos. Apago la música y el silencio crea una atmósfera idónea para nosotros.
Acerco las manos a su muslo y ella no me lo impide. Mi corazón empieza a ir más rápido .
—¿Entramos? —le pregunto.
Abre la puerta y desciende del vehículo. Camina ligera hasta la villa y su silueta se aleja. Su figura se contonea de una forma que me enloquece. Cierro los ojos e inspiro hondo.
Conocerla está siendo un regalo. Rebusca en el bolso, se acuclilla en las escaleras y saca todo lo que lleva dentro. Cuando llego a su lado, se sienta de forma brusca en el descansillo de la puerta y se rinde.
—No tengo las llaves.