Besos con sabor a limón (Besos con sabor 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

LÍA

Han reservado en un restaurante de la costa. Nos sentamos los cinco a la espera de que llegue Sam. Ha avisado de que salía tarde por temas laborales y que ha encontrado algo de tráfico.

Hace tan solo dos horas que conozco a Marcos y Alba y ya parecen de la familia. Son superabiertos y muy amigos de Toni y María. La combinación de los cuatro es excelente. A mí no me apetece tanto charlar como a ellos. Estoy a la espera de que llegue Sam, a ver si al verlo me animo un poco más.

Es que estando los cinco parece que sobro, que son dos parejas en armonía y yo la persona que estorba.

—¿A qué te dedicas? —me pregunta Alba.

—En estos momentos, a nada. Estoy en el paro. Me despidieron justo antes de venir a estas vacaciones.

—¿Y qué te puede interesar? A lo mejor en uno de los negocios de Marcos podríamos encontrarte un hueco.

—Estudié Historia. Estuve dando clases particulares y luego en un centro educativo enseñando a jóvenes con capacidades especiales.

Mientras, hice un máster en Business Administration, lo que me llevó a un puesto de gestión en una multinacional, por lo que dejé la enseñanza.

Como ves, me adapto bien a cualquier trabajo.

—¿Historia? Me encanta.

—A mí también me flipó, pero para poco me ha servido —sentencio.

—No te creas. Seguro que nos expones un tema y nosotros nos quedamos en blanco.

—Puede. No he dejado de formarme para mejorar mi currículum. Hablo dos idiomas y me fascina el mundo tecnológico. Con todo ello, espero que obtener un trabajo sea algo más fácil.

Entra Sam y dejamos la conversación a medias.

Menos mal, porque ya no me apetecía hablar más de mi vida.

He estudiado lo que he estudiado y he trabajado en lo que he podido.

Ojalá hubiera logrado uno de mis sueños, plasmar esas historias que fluyen en mi cabeza en papel, pero esos objetivos son difíciles de lograr y no dan de comer.

Y, como los manuscritos los guardo para mí, todavía es más complicado.

Sam se sienta a mi lado.

—¿De dónde es el vestido que llevas? —le pregunta mi hermana a Alba.

Y empiezan una conversación banal sobre ropa, maquillaje y otras particularidades de belleza. A mí apenas me interesa. Asiento y de vez en cuando digo algo sin casi prestarles atención. Los chicos hacen lo propio. Temas futbolísticos y una serie que no conozco es lo que predomina.

Noto un movimiento a mi izquierda y la suave voz de Sam en mi oído.

—¿Cómo ha ido el día?

—Bien. —Se me ha erizado la piel del cuello—. Hemos estado un rato en la piscina, luego hemos comido en el restaurante de la villa y la tarde la hemos pasado leyendo en las tumbonas. Demasiado relax para mí.

—A eso se le llaman vacaciones —comenta despreocupado.

—Sí, lo sé. Pero a mí me gusta ver cosas, visitar lugares. Mañana intentaré convencer a mi hermana para hacer alguna excursión; si no, me voy sola.

—Yo puedo acompañarte —sugiere.

—¿Tú? Si estás en la otra punta de la isla.

—Me puedo organizar si me dices cuando.

Entrecierro los ojos y le sonrío. Me lo pensaré, no estaría mal como acompañante. Aunque no sé si me conviene acercarme otra vez tanto a él.

Mi hermana le lanza una pregunta y la conversación que manteníamos se diluye. La mesa al completo está pendiente de lo que cuenta Sam.

—Los resultados no son definitivos. En el congreso tendré dificultades para afianzar las ideas iniciales que propusimos —expone.

—Aún tienes tiempo —asegura Toni—. Te marchas a finales de agosto, un par de días antes que nosotros, ¿no? Seguro que das con la solución al problema.

—Ya —asiente—, pero es mucho curro y dispongo de la mitad del personal.

—Si ibais a presentar esos resultados en el congreso y era tan importante, ¿por qué les habéis dado fiesta a los trabajadores? —pregunta Marcos.

Muestra una sonrisa de dolor y desesperación.

—Porque se lo merecen y les tocaba. Y la culpa es solo mía. Que yo decida cambiar unos valores y ahora no se ajusten es mi problema. Además, puedo presentar la primera idea, pero sabes que soy un perfeccionista y, si creo detectar un error, he de verificarlo.

—Pues allá tú. Yo me quedaba como estaba y no me liaba con más curro. Además, son datos de la farmacéutica —comenta Toni.

—Son datos míos. Es mi estudio —dice un poco malhumorado.

—No quería decir eso —se disculpa su amigo—. Lo que te daba a entender es que des los iniciales y digas que estás trabajando en unas nuevas opciones o en soluciones alternativas y, a partir de ahí, tienes un año o el plazo que te den para continuar con las investigaciones.

—Casi seguro que esa será la táctica, pero primero quiero intentarlo. Mi jefe está en las Maldivas y prefiero ni molestarlo ni preocuparlo.

—Pues yo me dedicaría a hablar con las chicas —sugiere Marcos, que forma una mueca divertida en los labios— y a disfrutar de un verano con nosotros.

Por lo poco que he visto de la villa, hay espacio de sobra.

Te puedes venir aquí y no tener que hacer tantos kilómetros arriba y abajo.

Estarías más cómodo y disfrutaríamos de tu compañía al completo.

—Estoy bien en mi apartamento en Santa Cruz; no os preocupéis por mí. Sabéis que me gusta conducir y no me importa desplazarme. Vosotros hacéis más a veces para cruzar vuestra ciudad; yo cruzo una isla. —Suelta una carcajada.

—Sí, pero entonces no podrás beber. —dice María—. Quédate esta noche, pruebas el cava y deja esa botella de agua.

—Mañana a primera hora he de estar en el laboratorio. Lo probamos el próximo fin de semana. —Le hace un guiño.

—Vale. —Marcos alza las manos en señal de paz—. Pero el siguiente finde lo pasas con nosotros aquí, en Adeje. Iremos a la playa.

En un momento Toni está discutiendo de algo de trabajo con Marcos y Alba y María tienen una conversación sobre alimentación vegana que no me apetece escuchar. Sam los mira sin prestar atención. Hemos acabado de degustar los platos, por lo que me disculpo por levantarme y salgo.

Cinco minutos más tarde lo tengo a mi lado.

—A mí tampoco me convencían sus divagaciones. Además, no quería inmiscuirme. —Sam se encuentra muy cerca de mí.

—Eran un poco rollo. Y aquí fuera se está mejor.

—La compañía es más agradable —comenta.

Me giro para observarlo y frunzo un poco el ceño, pues no acabo de entender esa frase.

—¿No lo pasas bien cuando estás con ellos? —le consulto.

—No es eso. Es que aquí contigo, hablando y con la luna vigilándonos, me siento muy cómodo.

Observo sus hoyuelos y percibo la fragancia que desprende.

—Podrías quedarte con ellos. Son tus amigos y son los que te han invitado a cenar.

—No creo que me echen de menos. Están enfrascados en sus discusiones.

Los miramos a través de la cristalera y los movimientos de manos y de labios nos demuestran que apenas se han dado cuenta de que faltamos.

—A mí me gusta la paz que transmite este lugar, solo se oye el sonido de las olas. Me siento reconfortada y puedo pasar un rato con mis pensamientos.

—A mí me gustaría compartirlos contigo.

—¿El qué? ¿Los pensamientos? Eso es un poco difícil.

—No, la playa, tu compañía. Este momento.

Ambos sonreímos ante la ocurrencia.

La brisa del mar nos acaricia y la oscuridad de la noche esconde nuestros rostros,

—Siento lo que pasó aquel día —suelta sin venir a cuento.

—¿Qué día? —No sé a qué se refiere. O bueno, a lo mejor…

—El día de la boda de tu hermana. No me podía quedar.

Pues sí. Va a hablar de aquel día. No sé qué quiere aclarar.

—No importa, no hace falta que me des detalles. Te fuiste, no había ningún compromiso. Es verdad, no me gustaron las formas, pero da igual. A veces pasan esas cosas.

—Yo no soy así. Recibí una llamada de mi expareja.

Mi abuelo estaba enfermo. Lidia se expresaba de forma confusa a través del teléfono, por lo que me asusté.

No vi nada más y me fui con prisas. Me arrepiento, pero debía coger un vuelo a Madrid de inmediato y ver cómo se encontraba mi abuelo sin perder ni un instante.

—Podías haber dejado un mensaje, una nota más larga que la que dejaste. Tu número y ya te contaré. Pero, lo dicho, Sam, aquella noche fue y pasó. Ahora estamos de nuevo aquí y quién sabe. —Sonrío pícara a la vez que me encojo de hombros.

Él entrecierra los ojos y me mira. Su mente y la mía han conectado.

—Fue una noche maravillosa, unas horas que aún recuerdo y que me encantaría repetir. Lo digo de corazón.

Una suave sonrisa se forma en mi rostro. Estoy a gusto a su lado.

Me coge del codo y salimos de la terraza por una puerta lateral. Me lleva hasta la playa y allí, en el silencio y en la intimidad de la nada, prosigue con la conversación .

—Aquella noche conocí un poco de Lía y estoy dispuesto a que tú me conozcas mejor mientras dure tu estancia en Canarias.

—Llevamos dos noches hablando. Sé más cosas de Sam que aquella noche.

—Por supuesto, esa es la idea. Pregúntame. ¿Qué quieres saber?

Enredo un rizo entre mis dedos y doy un par de pasos al frente. Me quito los zapatos para sentir el frescor de la arena de la playa.

—¿Qué le pasó a tu abuelo?

—Murió seis meses después de nuestro encuentro. Ahora, año y medio más tarde, lo llevo mejor, pero fueron unos meses muy duros. Para mí era un apoyo incondicional, aunque no hiciera lo que él quería.

—¿Qué es lo que buscaba de ti?

—Quería darme el control total de la empresa. Pero son mi padre y su actual mujer los que llevan el timón en estos momentos. Además, estoy convencido de que la muerte de mi abuelo no fue natural, que alguien hizo lo posible para que desapareciera de nuestras vidas.

Lo miro a los ojos. Me ha pillado fuera de juego y no sé ni qué decir.

—¿Por qué piensas eso? —le pregunto extrañada. No entiendo qué me quiere contar.

—Aún no he descubierto las razones, nadie me cree, pero sé que estaba bien y de repente murió. Es totalmente posible, lo sé, pero… No me lo creo. Además, tengo sospechas de una persona. La investigación está en marcha y necesito averiguar más detalles.

—¿Pruebas?

—Pocas. La persona que se encargó de ejecutarlo ocultó bien su rastro, aunque diría que no era una profesional, bueno, estoy convencido.

Contraté a un investigador privado que aún estoy pagando.

Aquellas primeras semanas en la clínica, antes de su muerte, no pensaba en otra cosa que en lo mal que se encontraba y en que no había motivos para que su enfermedad se agravara tan rápido.

Cuando se estabilizó, llamé a Toni para ponerlo al día y me dijo que estabas con…

—Frena su discurso y busca entre sus pensamientos un posible nombre.

Parece que no se le da bien recordarlos—. ¿Fernando?

Pues no, no ha acertado.

—Félix.

—Eso. Y ya no quise inmiscuirme. —Alza los hombros y se muerde el labio inferior—. Además, no me encontraba muy bien. La muerte de mi abuelo me afectó demasiado. Aún lo echo de menos.

—Normal, te entiendo. Y por lo que veo lo querías mucho.

—No sabes cuánto. Llevo su nombre. Somos los dos Samuel de la familia, aunque ahora solo quede yo.

—Tú eres Sam —menciono con una minúscula sonrisa. Quiero que la conversación se desvíe de algo tan doloroso y que le afecta.

—Él me llamaba Samu; tú, Sam, y Julia me llama Sammy. Si son de personas que quiero, me parece acertado como lo hagáis.

Se pasa las manos por detrás del cuello y se lo frota. Quiere despejar algún mal augurio que le rodea.

—No he dejado de lado las pesquisas para averiguar más datos sobre el posible fallecimiento de mi abuelo. Creo en mi verdad y no en las causas naturales que pone en su certificado de defunción.

—¿Y qué has conseguido ?

—Datos vagos, pero no cesaré. Sé que estoy en lo cierto y algún día errará el tiro y daré con ella.

—¿Una mujer?

—Sí, así lo creo. ¿Sabes? —cambia de tema—, me alegré mucho cuando Toni me dijo que venías con ellos a pasar las vacaciones. Me pareció una forma de reconectar, de volver a sentir aquellas cosquillas.

—¿Cosquillas? —Presiono con las puntas de los pies en la arena y empujo un poco a los lados.

—Yo sentí algo, ¿tú no?

La pregunta de Sam me deja fuera de juego.

Me muerdo el labio inferior. Por supuesto que también las sentí, pero no se lo voy a decir.

—¿Desde cuándo vives en la isla?

—No prestaste mucha atención ayer. Nos trasladamos mi madre y yo cuando cumplí los dieciocho.

Mis padres se acababan de separar y el ambiente estaba enrarecido.

Viví solo unos meses con ella, porque luego me fui a Barcelona a estudiar, pero necesitábamos un cambio y creo que fue la mejor decisión que tomamos.

—¿Y te gusta vivir aquí?

—No está mal. Tengo mi apartamento y un buen trabajo en la farmacéutica que combino con las clases en la universidad. Sí, estoy y se está bien.

—O sea, un canario.

—Tinerfeño, mejor. —Me hace un guiño.

Caminamos un poco más hacia la orilla y Sam también se descalza. Dejamos que el agua cubra nuestros pies. El silencio nos rodea por unos minutos .

Nos sentamos en la arena y miramos al horizonte. Nos separa medio metro y Sam se va acercando poco a poco. Esboza una sonrisa al hacerlo, pues parece que hace una trastada cada vez que se mueve despacito hasta donde estoy.

Al final nuestros brazos se rozan. Nos miramos de reojo. Posa la mano en mi rodilla y la acaricia haciendo pequeños círculos. Me fijo en el mar. Sus dedos producen extrañas sensaciones en mi estómago y sus ojos me embelesan desde que hemos vuelto a coincidir.

—¿Sabes?, me apetece conocer a la Lía con la que me encontré hace dos años, una pelirroja de armas tomar.

—Pues aquí estoy. Puedes preguntar, si lo deseas.

—¿Cuándo rompiste con Fernando?

—Félix, se llamaba Félix. Pues hará un par de meses. Se cansó de mí y yo de él. No éramos compatibles.

—Algo como con Carlos.

—Vaya, ¡qué curioso! De este cretino si recuerdas su nombre.

—Me caló más lo que me contaste de él en la boda.

Me giro para mirarlo. La luna nos ilumina.

—No quiero hablar de estos dos. Mejor, de nosotros.

—Guauuu, ¿nosotros? Me gusta.

—No te hagas ilusiones. Tal vez también te colaste un pelín en mi corazón aquella vez y ahora debo descubrir si te dejo entrar de nuevo.