Besos con sabor a limón (Besos con sabor 1) Capítulo 18
54%

Capítulo 18

SAM

Entrelazo las manos detrás del cuello. ¿Por qué no saldrán los valores necesarios?

El resultado debe cuadrar con los datos propuestos en el informe.

Saco un caramelo de limón del bolsillo, me lo meto en la boca y lo saboreo.

Reviso los pesos y la textura, mezclo una nueva solución y lo coloco en la centrifugadora.

Anoto el valor y la hora en el cuaderno y espero el tiempo estimado.

En el laboratorio queda poco personal, la mayoría está de vacaciones y eso afecta al rendimiento de la maquinaria. Sé que no tengo que preocuparme, ya saldrá, al final siempre lo logramos. Lo malo es que hoy no estoy centrado.

Esta mañana he salido de la cama con un dolor punzante que reverberaba en mi cabeza. Anoche apenas bebí, pero no me ha dejado conciliar el sueño el recuerdo de una mezcla de ingredientes: un aroma, un cosquilleo en mi cuerpo y una dulce música en mis oídos.

La cafetera ha decidido estropearse y he olvidado las llaves del despacho, por lo que he dado la vuelta a medio camino.

Por supuesto, he llegado tarde. El gerente está en las Maldivas y su segundo en Borgoña.

Solo ha verificado mi retraso la máquina de fichaje de la entrada.

Esa parte ha sido buena, lo único decente de esta mañana.

Los resultados erróneos no dejan que me concentre. «¿Estás seguro de que son los datos?».

—Será la puñetera máquina o mi pésimo día —expreso en voz alta, aunque no hay nadie a mi alrededor.

No tengo claro de qué lado está la balanza.

Decido dejar por un rato esa tarea tan meticulosa. Voy a mi despacho y enciendo el portátil para teclear palabras inconexas de un discurso que he de pronunciar en el siguiente congreso al que asistiré.

Reviso las notas y los pósits, esos que escribo para que no se evaporen de mi cerebro las locuras que se le ocurren. Pero son demasiadas. Tengo que centrar las ideas y no anotar cada vez más problemas y líneas de investigación.

Unas páginas después reviso el móvil y tengo un mensaje de Toni. Lo miro extrañado.

Me invita de nuevo a cenar. Esta tarde llegan Marcos y Alba. Quiere que los seis salgamos a un restaurante y bailemos por la noche.

Un «ok» como mi confirmación es suficiente.

No sé si Lía estará de acuerdo; es probable que ni sepa que voy a asistir. Me gustaría saber si conoce qué dos nuevos amigos se incorporan al grupo. Dos parejas y nosotros dos.

Interesante mezcla.

Tampoco tengo mensajes de mi familia. Es algo que no soporto.

Mi abuelo falleció hace un año y algunos meses, y en su última voluntad me legó parte de la empresa que actualmente dirige mi padre. En el testamento me cedía sus acciones. Mi padre ya poseía el otro tanto que hace que entre los dos tengamos la mayoría de la empresa.

Parece que en estos momentos han cambiado un poco las tornas y es mi padre el que desea que regrese a Madrid y ocupe un cargo.

Sé que lo he repetido hasta la saciedad, lo dije cuando mi abuelo estaba vivo y lo he reiterado después, pero por alguna extraña razón quieren que esté en la empresa.

Mi padre me ha dicho que está cansado, que le apetece viajar con Gabriela, que Julia vea sitios que él aún no ha visitado.

Lo que pasa es que esa que ocupa el lado derecho de su cama es una arpía de mucho cuidado y, aunque mi progenitor no lo ve, el resto sí.

Y quiere hacerse con la empresa, con el poder para ella sola, haciendo desaparecer a todos aquellos que le hacemos sombra.

Y yo soy uno de ellos. Soy la persona que posee la otra parte de las acciones que ella desea y de la que no tendría que preocuparse si me deshiciera de ellas.

No se las cederé ni a Gabriela ni a mi padre. Pero tampoco me apetece ir. Mi trabajo aquí, en la farmacéutica, en la universidad, me compensa y sé que allí, en la capital, solo tendría problemas, reuniones en las que no me gustaría participar, discursos que no querría pronunciar.

Soy investigador, esa es mi pasión y lo que me gusta hacer.

Mi padre persigue otras líneas de financiación en la empresa para que yo pueda participar y lo vea más factible, más real.

Pero no damos con el tema adecuado. En realidad, no pongo demasiado empeño.

Además, no me apetece meterme en un despacho ni dirigir una empresa que hace aguas, sobre todo si los que la dirigen no me quieren en ella.

Mentira. Mi padre sí lo desea; es Gabriela la que pone trabas.

Trabas que yo acepto, pues no deseo trasladarme a la capital.

Mi mente es un atolladero de problemas a descartar bien rápido.

Estudié Bioingeniería. No me gustaría pasarme la vida sentado ante una mesa de ordenador, con traje y corbata, y poniendo esa cara de malhumorado que siempre tiene mi padre. No me atrae.

Decido llamarlo; hablar con él me hace bien. O, mejor dicho, yo se lo hago a él. Me atiende su secretaria. Una reunión de accionistas en la que se esperaba mi presencia —no lo recordaba— me impide consultar algunas dudas que ocupan mi mente.

Contacto con Carmen, la asistenta en casa de mi padre y que cuida a mi hermana. Espero que Gabriela no esté cerca y tenga la oportunidad de charlar con Julia.

—Te la paso de inmediato.

Eso quiere decir que la señora está por la casa, pero seguro que ellas la despistan.

—Hola, Sammy. ¿Cuándo vienes a verme?

Escuchar su voz y ese apodo con el que le gusta llamarme apaciguan mi corazón.

—Pronto, cariño, a ver si me escapo en septiembre.

—¿Cuando empiece el cole? Entonces no podremos vernos y tomar un helado. Ven ahora. Estoy de vacaciones.

Su tono lastimero me conmueve. Si continúa hablando así soy capaz de buscar un vuelo que me lleve a Madrid esta misma noche. Mis amigos lo entenderían.

—Tengo trabajo.

Esa es la pura realidad y por lo que no puedo ir a verla.

—¿En verano?

—Sí, como los buenos. Papá y mamá también están trabajando, ¿no?

—Papá, sí. Y mucho. Necesita descansar. Mamá no sé qué hace. Está dando vueltas por casa. Hoy le pasa algo. Parece enfadada.

—¿Enfadada?

—Ha dado un par de portazos. Carmen ha dicho que ha sido el viento, que se habrá cerrado la puerta sin querer, pero…, no sé, yo creo que las ha cerrado ella después de hablar por teléfono.

—¿Con quién hablaba?

—No lo sé, gritaba bastante. Carmen me ha llevado a la piscina, no quiere que me entere, pero tú sabes que yo no soy tonta.

—Eres muy lista, cariño. Venga, ¿qué quieres que te lleve cuando vaya a verte? —Intento desviar la conversación. A ver si hablo con mi padre y averiguo qué sucede en mi otra casa.

—Un libro. Busca uno de magia y dragones, adecuado a mi edad, que luego me traes algunos que no puedo leer.

—¿Quién dice eso?

—Mamá, pero yo he mirado en Internet y no son para mí, y además algunas palabras no las entiendo, o sea, que lo tendré que dejar para cuando crezca. Se me están acumulando muchos de tus regalos sin leer.

—¿Por qué no me lo has dicho antes?

—Porque no me traerías regalos. —Niega con la cabeza—. Ni hablar. Busca otros, seguro que al final me traes el que toca. Pero que no sean infantiles, ¿eeeh? Esos tampoco me gustan.

Adoro a mi hermana pequeña y, aunque Gabriela no me deje verla en exceso, cuando hablo un rato con ella me alegra el corazón y es lo que necesito.

—Eso haré. Te quiero. Ve con Carmen y pórtate bien. Y cuidado con el agua.

—¡Que sé nadar!

—Lo sé. Te quiero.

Es duro colgar. Me pasaría las horas hablando con ella. Aunque es preferible que no nos pillen. Es difícil verla y, si encima nos encuentra hablando por teléfono, mi querida madrastra dirá que con eso ya tengo suficiente, que me conforme con oír su voz.

Hago malabares para que eso no ocurra y busquemos nuestros momentos para encontrarnos a solas.

Intento de nuevo contactar con mi padre. Lo llamo al móvil. El contestador automático me saluda. Le dejo un breve mensaje para que me devuelva la llamada.

Reanudo mis tareas y unas horas después decido que la jornada se ha acabado.

Los resultados dan valores excesivamente bajos y, por muchas soluciones diferentes que he probado, la reacción no mejora.

Apago los equipos. El personal ya ha abandonado sus puestos.

Guardo las notas en mi cuaderno, cierro el despacho y me despido del conserje.

Llego a casa, me doy una ducha rápida y pillo el jeep para hacer de nuevo un trayecto bastante largo para estar con mis amigos.

Y mi corazón da un saltito al poner la llave en el contacto. Creo que ha decidido que verla será un motivo de alegría.