Besos con sabor a limón (Besos con sabor 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

LÍA

Me despierto en una cama que no es la mía. He dormido plácidamente, un sueño reparador que me ha sentado superbién. Abro los ojos y la luz ocupa la estancia. No cerré anoche las ventanas de mi habitación y el amanecer me ha despertado.

Saco de la maleta un vestido de tirantes y voy a la cocina, donde me encuentro a Toni enfrascado en su ordenador.

—Buenos días. ¿Mi hermana se ha levantado ya?

—¿La remolona? No creo, y menos de vacaciones. A ver si puedo avanzar este informe y, cuando estéis listas, me voy con vosotras.

—¿A dónde?

—Pues donde decidáis. María quiere unas vacaciones idílicas y se las voy a dar. Podemos ir a la piscina del complejo, a la playa…

—El lugar está de vicio y no has reparado en gastos.

Toni sonríe y se abstrae de nuevo en sus tareas.

Nos alojamos en el hotel Suite Villa María, en Adeje. Una maravilla. Una casita de dos plantas íntegra para nosotros tres. Menos mal que lo pagan ellos que, si no, yo, con mi precaria economía, no me lo podría ni permitir ni por un asomo ni por dos.

Me preparo un café y salgo a la terraza.

El agua de la piscina privada que tiene la villa me está llamando a gritos, por lo que no tardaré en subir, ponerme el bañador y darme un par de chapuzones.

A mi hermana siempre le ha gustado dormir, por lo que, si no aparece en breve, voy a buscarme un plan y ya se adaptará más tarde ella.

—Hola, preciosa.

Pues mira por donde no he de esperar lo que creía y ya tengo con quien ocupar mi mañana.

Mi hermana acaba de hacer su aparición estelar, con un pantalón corto blanco y un top de tirantes.

—Te has levantado pronto.

—Hay que aprovechar esta maravilla. ¿Llevas el bañador?

Niego y con la mirada le pregunto si ella si se lo ha puesto ya. La curvatura de sus labios me hace ver que sí y subo de inmediato a mi habitación para vestirme.

Cuando bajo, está preparando otro café para ambas. Nos sentamos en las tumbonas mientras Toni apenas nos hace caso.

—¿Va a trabajar en sus vacaciones? —le pregunto.

—Un poquito, las primeras horas del día.

Tiene un lío de mil demonios y debe dejar listo no sé qué papeles antes del quince para que no se le tuerza nada.

Por eso se lo permito —me guiña un ojo— y, si podemos mantener este lujo y a él no le importa trabajar un ratito por las mañanas antes de que nos pongamos al lío, pues ni tan mal.

Venga, vamos a charlar. A ver, cuéntame, ¿qué te ocurre?

—¿A mí? Nada.

—A ti nada…, ya quisiera mi hermana pequeña que fuera eso. ¿Te enfadaste po rque no fui a recogerte al aeropuerto?

Esa pregunta me desconcierta, aunque me conoce bastante bien.

—Me dijiste que me esperarías, pero, bueno, ya se me ha pasado y no fue lo que se dice un enfado. —Le pongo unos morritos lastimeros, que son más broma que otra cosa, me acerco y la abrazo.

—Que fuera Samuel estuvo bien, ¿no crees? —Me mira con un brillo en los ojos.

Me encojo de hombros.

—Normal.

—A ver, yo sé que en mi boda os conocisteis. A mí me pareció que hicisteis buenas migas, vi alguna que otra mirada, un bailecito muy pegados y luego… —Se hace un silencio y mi hermana agacha la mirada por un instante—. Alice me dijo que os fuisteis juntos a la suite .

—¿Alice?

Se pone la mano en la boca al darse cuenta de su metedura de pata.

—No le dig…

—¿Qué te contó Alice? Menos mal que le dije que lo mantuviera en secreto.

¡Vaya dos!

—A mí me hubiera gustado que fueras tú quien me lo contara, que confiaras en mí. Después de lo de Carlos apareció Félix en el radar y volví a verte contenta. Y eso es lo más importante para mí.

—Lo que ocurrió con Sam en tu boda está olvidado. Bueno, aclaremos, y que no sé qué sabes, pero tuvimos una noche fabulosa y luego se largó. Y ahora está aquí con nosotros. Veamos cómo se colocan las piezas del puzle.

María extrañada acepta mi comentario.

—No le digas a Alice que se me ha escapado.

—¿El qué? —le quito hierro al asunto.

—A mí me gusta Samuel, se le ve un buen chico. No sé por qué se fue aquella noche. Para nosotros estaba con Lidia, aunque parece que lo habían dejado antes de que os acostarais. Le puedes preguntar. Cógelo por banda y que te explique. Es un buen amigo, de verdad, de los que hay que cuidar.

—Ya veremos, María. Aunque… a lo mejor no lo veo más.

—¿Por qué dices eso?

—Trabaja en Santa Cruz y nosotros estamos en Adeje. Hay un trecho y no estará aquí todos los días, ¿no?

Se encoge de hombros. ¿Qué habrá querido decir con ese gesto?

Se me acerca y me da un abrazo. Aparece Toni con un suculento desayuno en una bandeja.

—Servicio de habitaciones.

—¡Madre mía! —suelta María—. ¡Cómo nos vamos a poner!

Por mi cabeza se pasean las últimas palabras de mi hermana. ¿Vendrá a menudo? ¿Lo conoceré mejor?

Aquella noche apenas conversamos y tal vez, si aclaro por qué se fue de esa manera, tendré otra percepción de él.