Besos con sabor a limón (Besos con sabor 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

SAM

Estoy tumbado en la cama, en mi solitario apartamento. Miro el blanco techo y cierro los párpados recordándola.

Lía está igual de guapa.

Su sonrisa, sus ojos, su cabello cobrizo rizado.

Me ha encandilado por segunda vez nada más verla de nuevo en el aeropuerto.

Cuando se ha percatado de que era yo quien la esperaba, una sonrisa ha cubierto su rostro y mi corazón se ha ensanchado un poquito.

Tenía miedo de que no me reconociera o que recordara aquel día y no me dirigiera la palabra.

El trayecto en coche ha sido tranquilo, sin hablar de nada en particular, explicándole cosas de la isla.

Toni y María han reservado una villa en la costa de Adeje y los algo más de sesenta minutos que separan ambos puntos han sido muy agradables.

De vez en cuando cerraba los ojos y apoyaba la cabeza en el cristal para relajarse.

Hemos disfrutado de una cena tranquila y hablado de un montón de cosas. La he conocido un poco más. Mi amigo Toni ha amenizado la velada, su esposa le ha seguido el rollo y Lía nos ha dejado un rato para darse una ducha y ponerse cómoda.

Al regresar, se ha incorporado a la conversación, pero estaba ausente. Creo que si no hubiera estado yo allí, se habría dormido horas antes.

Cada vez que nuestras manos se han rozado, he rememorado aquella noche. Me gustaría explicarle qué ocurrió, por qué me fui de esa manera. No soy así y sé que le debo una disculpa. Aunque no me la pida.

Mi manera de proceder aquella noche no fue la acertada y creo que, si le explico lo sucedido, obtendría nuevos puntos en esta partida.

En mi cama, con la ventana un poco abierta y escuchando el ruido de las olas al romper, me tranquilizo y visualizo en mi mente lo que ocurrió durante el enlace de María y Toni.

Antes de asistir a la boda de mi amigo, pasé unos días en casa de mi padre. Necesitaba estar con Julia, verla unas horas, saber que se encontraba bien. Se estaba convirtiendo en una maravillosa persona, a punto de cumplir los diez años.

Gabriela, por supuesto, se encontraba allí, y llevaba la voz cantante.

No dejaba que nada se escapara a su control, y menos que yo pudiera acceder al corazón de mi hermana.

Lo único que ella ignoraba era que ya lo había conseguido, que Julia y yo habíamos hecho un pacto y nos escribíamos a través de Carmen, la asistenta.

Cada vez que recibía una nota de ella, crecía mi orgullo de hermano mayor.

Aquella llamada de madrugada, en la suite del hotel, me sorprendió tanto y me causó tal desazón que hizo que saliera corriendo.

Mi abuelo estaba mal, muy mal, y yo quería saber qué le sucedía.

Las palabras de Lidia me desconcertaron. La llamada de mi expareja, con la que había roto antes de asistir a la boda de mi amigo, me dejó confuso y por eso no fui capaz de escoger bien los pasos a realizar.

Necesitaba saber cuál era la situación de mi abuelo y no di explicaciones a nadie. Cerré una puerta tras de mí.

Lo malo es que algo se coló en mi corazón, un resquicio de luz que aclaró mis ideas.

Cuando atendí aquella llamada intempestiva, pensé que yo no era bueno para Lía, que habían sido unas horas magníficas que nunca olvidaría y que lo único posible era hacerla salir de mi cabeza.

Huir de allí, llegar a Madrid y poner los puntos sobre las íes.

Toni no sabía de mi ruptura con Lidia; tampoco lo creí necesario.

Era su día, su boda, y ya tendríamos tiempo para una charla entre colegas.

Había dejado la boda sin apenas palabras, me despedí de mi amigo con un simple mensaje de texto.

Me sentí mal por salir a escondidas, por lo que después no creí conveniente preguntar por ella.

Probablemente a Lía le pasó algo similar y también desechó un futuro encuentro.

Cuando meses después, en una conversación trivial con Toni, me dijo que salía con uno del trabajo, di por concluida aquella noche.

Necesitaba organizar mi vida, mi cabeza, y dejar de meter más inputs que la atosigaran.

Cuando llegué a la clínica privada donde estaba mi abuelo ingresado, mi madrastra y mi padre ya se encontraban allí.

—¿Qué haces? —me preguntó mi padre.

—He venido a ver qué sucede.

—¿Tú no estabas en una boda en Barcelona? —consultó Gabriela.

Solo con verla sentí una rabia que se me colaba en las entrañas cada vez que estaba cerca.

—He preferido regresar y ver qué ocurre.

—Ya te dijimos el otro día que no hacía falta, que todo está bajo control.

—Esas no han sido las palabras de Lidia —continué con cierto resentimiento en la voz.

—Es que sois unos entrometidos —dijo Gabriela con un tono más alto de lo normal.

Que mi abuelo Samuel hubiera perdido la cabeza, con lo lúcido que siempre había sido, era algo que yo no llevaba bien. Una persona tan vital, tan inteligente, no podía estar tan desquiciada como nos decían los médicos. De la noche a la mañana. Sin ningún aviso, sin apenas darnos tiempo a asumirlo.

—Es lo que es. Cuando uno se hace mayor, pasan estas cosas. —Gabriela repetía esas palabras hasta la saciedad, algo que no soportaba.

Según los médicos, era la evolución de su enfermedad, una que aún no tenían catalogada. ¿Era eso posible?

—Llamaron a Lidia de la clínica. Tienen nuestros teléfonos. Y por eso contactó conmigo de inmediato y abandoné a unas personas con las que lo estaba pasando bien.

—Dijiste que ya no estabas con Lidia, qué rápido cambias de parecer —A Gabriela siempre le ha gustado meter el dedo en la llaga.

—No te confundas, Gabriela, no estoy con ella. Lidia quiere lo mejor para mí y, si me llaman de la clínica por algo importante, ella contacta conmigo. No como vosotros, que también habéis recibido esa llamada y no me habéis dicho nada .

—Serás exagerado. —dijo Gabriela con ese tono condescendiente que nunca he soportado—. Estamos aquí, ¿no?

—¿Qué tienes que decir? —le pregunté a mi padre

Él estaba al cargo de la situación, no esa arpía que ya se había colado en su vida de forma apabullante y se convertiría, como la dejáramos, en una de las grandes reinas del imperio.

—Que está controlado, que no hacía falta que abandonaras una boda para venir aquí y no hacer nada.

Escuchar esas palabras no me ayudaron a entenderlo. Mi padre tampoco comprendía lo que le sucedía a su progenitor, que su mundo se desmoronaba despacio. Él solo confiaba en Gabriela y aceptaba sus palabras.

Y aquel día en la clínica acabó así. Yo, triste y apesadumbrado a los pies de la cama de mi abuelo, que confiaba en mí y me había pedido en más de una ocasión que ocupara el cargo de mi padre, porque, si los dejaba, hundirían su empresa.

El abuelo se agravaba por momentos, cada vez más ido, cada vez peor, y seis meses después de ese encuentro sucedió lo que no deseábamos y veíamos llegar a pasos agigantados: lo perdimos.

Lía no conoce nada de mi pasado y en parte es necesario para entenderme, para saber lo que ocurrió aquella noche, el porqué de mi huida a la desesperada.

Tiene que entender que no fue por ella, aunque no se lo pregunte.

Sé que lo hice mal, no di ni un paso en la dirección correcta. Fui tan idiota al dejarla escapar… No la conocía, aún no la conozco, pero todo lo que me han contado de ella es bueno y la electricidad que sentí y siento cuando la tengo cerca es algo por lo que luchar .

No sé cómo lo voy a hacer, qué línea dibujar para que vea la figura completa, qué detalles proporcionarle para que sepa que estoy ahí y que no soy la persona que ella cree.