Capítulo 14
LÍA
El tiempo ha mejorado mientras nos acercábamos a nuestro destino. La calzada seca indica que en esta zona no ha caído ni una gota.
Ya veo que Canarias quería darme un buen recibimiento, a pesar de que se iniciaran de una forma rara mis primeras vacaciones en la isla.
Al llegar al hotel, Sam contacta con Toni y este nos proporciona las indicaciones para acceder a la villa. Recorrer esas calles hasta llegar a la puerta ha mejorado bastante mi ánimo. El recinto es precioso, repleto de casitas de diferentes estilos; da la sensación de ser un pequeño pueblo.
Toni nos abre. El comedor es amplio y en la mesa central ha colocado el portátil. En la barra de la cocina veo varias bolsas de comida. Les ha dado tiempo hasta de pasar por el súper. ¡Qué apañados!
—¿Todo bien? ¿El trayecto tranquilo? —pregunta mi cuñado.
—A la perfección. Hemos hablado un poco. ¿Dónde está mi hermana?
Toni señala al exterior y la veo tumbada en una hamaca, al lado de la piscina. Dejo a los chicos hablando en la entrada, abro la cristalera y salgo.
Empieza a oscurecer, pero María intenta pillar los últimos rayos de sol. Al oírme, se incorpora y se lanza a mis brazos.
—¡Por fin! Habéis tardado muchísimo. Hace rato que os esperábamos. Quería enseñarte esto y no me va a dar tiempo y…
—Shhh. —La hago callar poniendo un dedo en su boca—. ¿Te ha faltado tiempo para venir al hotel con tu maridito? ¿Habéis estrenado ya las habitaciones?
Me mira sonrojada mientras yo me desplomo en una de las hamacas. Estoy tan cansada del viaje…
—Nooo, qué va. Hemos ido a hacer la compra para que estuviera todo listo para tu llegada. Te ha ido a buscar Samuel, ¿no? —Mira hacia el interior del comedor para comprobar que este se encuentra dentro, charlando con Toni.
—Sí, claro. Me han venido a buscar. Aunque prometiste esperarme tú. Vale, mi vuelo se ha retrasado bastante, aun así, era tu obligación. No tenías que encasquetarme al amigo de tu marido para que me trajera.
—A ver, a ver. Primero, ¿yo te prometí esperarte?
—Se señala con el dedo y me mira incrédula—.
Te dije que nos veríamos en la isla. Cuando nos hemos dado cuenta de que debíamos esperar un buen rato y encima venías con tanto retraso, no se nos ha ocurrido mejor opción que Samuel.
Por lo que de obligación, nada; te han ido a buscar y aquí estás.
Y ¿Encasquetarte? Que ya lo conocías y, además, en mi boda os hicisteis ojitos.
—Qué sabrás tú de lo que ocurrió en tu boda y lo que sucedió con Sam.
—¿Sam? ¡Curioso! —Me guiña un ojo y sonrío ante sus palabras—.
Ya encontraremos el momento para que me cuentes lo que sucedió en mi boda y por qué lo llamas con ese diminutivo tan cariñoso.
Pero ¡mira qué lugar más maravilloso! La idea de este mes es descansar, tumbarnos en la playa o en la piscina y poco más.
La piscina frente a mí y las tumbonas en las que podré tomar el sol siempre que lo desee me llaman.
—Me parece una pasada. Aunque, si nos podemos escapar de vez en cuando, sabes que a mí me gusta visitar pueblecitos o lo que sea.
Mi hermana me sonríe. Sé que entre las dos haremos que sean las vacaciones más maravillosas.
—Lo intentamos.
Sam y Toni aparecen y traen unas cervezas en la mano. Me ofrecen una y le doy un sorbo. Está fresquita.
El paisaje frente a la villa es espectacular. Se observa el campo de golf que rodea el hotel, cuyo verde es impresionante, y el mar de fondo. Todo es paz a nuestro alrededor.
—Samuel, ¿te quedas a cenar? —le consulta mi hermana.
—Estaba invitado, ¿no? —Mira a su amigo y este asiente.
—Por supuesto. La pregunta era por cortesía. ¿Un baño antes? ¿O preparamos ya el aperitivo? —sugiere Toni.
Entre los cuatro sacamos la mesa fuera, unas bolsas de patatas, un cubilete con más cervezas y ganas de charlar.
—¿Te gusta lo que has visto por ahora? —me pregunta Sam.
—Aún no le ha dado tiempo, pero sabrá sacar lo mejor de la isla, de eso estoy segura. —Esa es mi hermana, que me quiere con locura y hará lo que sea para que lo pase genial.
—Pinta bien. No me ha recibido como me gustaría —me giro para mirarlo a los ojos—, aunque espero que todo se arregle.
—¿Qué ha pasado? —pregunta María contrariada.
—Llovía al llegar su vuelo —contesta Sam sin dejarme hablar—. No le ha gustado el saludo de la isla. Ella esperaba sol y buen tiempo, y Santa Cruz le ha querido dejar claro que aquí a veces también llueve, más de las que Lía espera.
—Y si quieres acabar de rizar el rizo —me giro hacia mi hermana y la miro con intensidad—, me hubiera encantado que estuvieras tú a la salida del vuelo desastroso que he sufrido. Tus mimitos al llegar habrían suavizado el recibimiento.
—¡Qué exagerada, por Dios! Ni que fueras una cría de diez años.
—Tal vez. Pero me habría hecho ilusión. —Y doy un pequeño saltito para reforzar la broma—. Con Sam he hablado en el trayecto. Me ha explicado algunas cosas de la isla y poco más.
—Pues un paseo tranquilo —comenta Toni—. ¿Cómo está Cristina?
—Mi madre, bien. Con ganas de verte y conocer a tu mujer. No sé si te he hablado de Jaime, su nuevo novio.
Toni niega con la cabeza.
—Está ilusionada y los veo felices. Les va bien y yo me alegro un montón por ellos.
—Me apetece un montón uno de los guisos de tu madre. —Toni entrecierra los ojos—. A María se lo he mencionado alguna que otra vez y sé que cuando pruebe cualquiera de sus platos quedará alucinada.
—¡Qué bruto! Cocinaba bien, y los macarrones que preparaba aquellos días que os quedabais con… —Se hace un silencio mientras busca el nombre de alguien. O eso parece—. Ostras, he olvidado su nombre.
—Fran, se llamaba Fran —dice mi cuñado—. Y venía a menudo a comer a tu casa. Hace tiempo que no lo veo y no sé de él. Se trasladó a China por trabajo y desapareció del radar.
—Pues eso, que mi madre hacía unos macarrones de vicio para los tres y poco más. ¡Que eran macarrones! Aquí prefiere dedicarse a sus otros hobbies y que para nada es la cocina.
—La pintura, ¿no?
—Sí. Tiene una tienda donde vende algunas de sus obras de arte, además de material de pintura, y hace talleres para niños y adultos. Disfruta de lo lindo.
—¿Y tu padre? ¿Tu otra familia?
—Los de Madrid, pues como siempre.
—De ellos hablas poco.
Una mueca forzada cruza el rostro de Sam.
—Más de lo mismo. Problemas editoriales, ganas de que yo ocupe un puesto directivo y riñas por quien adquiere el lugar preferente. Aunque no esté mi abuelo, sus directrices han marcado un antes y un después en la relación que manteníamos. Mi padre, Gabriela…
—¿Cómo llevas lo de tu abuelo? —consulta Toni.
—Bien, haciéndome a la idea. Además, no se podía hacer nada. O eso dijeron los médicos. Mis pesquisas continúan y me dejo el dinero en ese investigador privado, pues hay alguna cuestión que no me cuadra.
—¿Aún crees que…?
Las palabras quedan sin pronunciar. Sam asiente y en sus ojos veo complicidad. Ninguno de los dos quiere explicar lo que sea que esconden.
—¿Editorial? —pregunto curiosa.
—Mi abuelo Samuel era el propietario de un grupo editorial de renombre que ahora dirige mi padre con la inestimable ayuda de su segunda mujer — aclara con ironía—, que ocupa un cargo en la junta.
La manera en que lo ha dicho no ha sido agradable. Por lo que leo entre líneas, no se llevan bien.
—Mi hermana tiene algunos manuscritos en el cajón. Puedes enseñárselos a Sam —comenta María sin que nadie se lo haya pedido.
—Yo no trabajo en la editorial. Como sabes, procuro estar lo más alejado de ellos. Pero si necesitas ayuda o consejo puedo hacer algún movimiento. No dudes en pedírmelo.
—No hace falta —niego con rotundidad y un poco seca.
No voy a enseñarle mis escritos a nadie. Si ni mi hermana los ha visto, así que no sé por qué ha dicho eso. Es escritura para mí, beneficiosa para dejarme ir y que solo yo pueda leerla. Al menos, por ahora.
—Y ¿cómo está Julia? —pregunta Toni, desviando de nuevo la conversación a aquello que a él le interesa.
—Mi hermana pequeña está preciosa y mayor.
La veo poco, como sabes. Su madre, Gabriela, la tiene atrapada en una torre y apenas deja que me acerque.
—Habla más bien para María y para mí; supongo que busca una manera de que entendamos lo que explica—.
Odio la sensación que me provoca eso, pero poco puedo hacer.
Mi padre apenas se entromete y ella lleva la voz cantante.
El rostro de Sam se ensombrece y siento pesar al verlo.
—Dejemos de hablar de cosas tristes —comenta María mientras se pone en pie y entra de nuevo en la villa. Saca el móvil, teclea un mensaje y sonríe.
—Cena de camino.
—¿Y lo que hay en la cocina? —pregunto extrañada, pues las bolsas no se han movido de su sitio—. Además, tendríamos que recogerlo, ¿no crees?
Asiente y ni se inmuta. Veo que lo haremos más tarde o al día siguiente. Espero que no haya nada de nevera y se estropee por no guardarlo en su sitio.
Y así acaba el primer día. Cuatro amigos, sentados a una mesa junto a una piscina, tomando unas ensaladas y riendo de las tonterías que Toni dice.
Una noche amena y con Sam a mi lado, sonriéndome y más cerca de lo que es normal. ¿Le dejo que se asome a mi interior de nuevo?