Besos con sabor a limón (Besos con sabor 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

LÍA

Las suaves manos de Alice me hacen voltear en medio del círculo que se ha creado en la pista de baile y mis bucles rojizos ondean en el aire. Nos mecemos al compás de la música.

Me balanceo con las melodías, saco mi lado más sexy y sensual.

Levanto los brazos, acaricio el torso y las caderas de mi amiga y ella hace lo propio conmigo y con la chica rubia que baila a su lado.

Las canciones que suenan por los altavoces son cañeras, sonidos envolventes para darlo todo, y siento el tremendo impulso de reír y disfrutar.

Olvido de un plumazo lo que me descolocaba y deprimía.

¿Por qué no lo he hecho antes? ¿Por qué pienso siempre tarde?

Un par de canciones después, unas manos me acarician el hombro.

Me giro y un océano de fiereza me atrapa.

Al observar esa mirada pierdo el equilibrio y tropiezo conmigo misma.

Sus fuertes manos me retienen en el aire, evitando así mi caída.

Aunque eso me turba más, pues el abrazo contra su torso y el olor de su fragancia me confunden.

—Parece que mi oportunidad se acaba de presentar. Por lo menos podré bailar contigo, aunque sea a tu lado, ya que estás en medio de la pista.

Mi piel se eriza y mis mejillas adquieren un color que, estoy segura, no permiten distinguirlo del de mi cabello.

—Si quieres, quédate con nosotras. No hay problema. —Es lo único que se me ocurre decir.

—Eso será un placer.

Mientras, me deslizo por la pista e intento apartarme, misión que no cumplo.

La música nos envuelve, los invitados bailan alrededor y nuestro círculo ríe y ejecuta unas piruetas dignas de los mejores bailarines. La diversión está garantizada.

Cada vez que me topo con él, lo miro a los ojos y ambos sonreímos. En el último encuentro mi voz sale entrecortada y le dice algo que no estoy segura de que haya sido yo quien lo ha pronunciado:

—Si lo deseas, la próxima lenta es tuya —digo cerca de su hombro.

Alice me mira orgullosa. Seguro que no se le ha escapado nada de lo que he murmurado.

—Perfecto. —Los labios de Sam se acercan a mi oreja.

Mis pies se mueven con un ritmo intenso; no puedo estarme quieta. Los sentimientos que me provoca tenerlo cerca son extraños y, de repente, no me siento segura. Prefiero moverme a lo loco que intentar fingir una confianza que no sé si tengo.

Un breve silencio se hace en el salón.

La canción ha finalizado y unos suaves y lentos acordes melódicos suenan a través de los altavoces. Me tenso al darme cuenta de la mirada que él me dirige. Esa balada se la he prometido .

Con una amplia sonrisa da dos pasos hasta mí, pone su mano en mi cadera, me aproxima a su cuerpo y me susurra al oído:

—Esto no me lo esperaba tan pronto. Será un placer bailar contigo.

No comprendo qué me sucede, tenerlo tan cerca y el roce de su cuerpo apenas me dejan respirar.

Trato de tranquilizarme. Pongo las manos en su cuello y él amolda las suyas a mi cintura. Cierro los ojos e intento disfrutar de la música, de su cercanía y de esos músculos que me rodean.

Por un instante, la gente desaparece de nuestra zona de visión, como por arte de magia, como si quisieran ofrecernos un espacio para bailar solos. Su cercanía es puro placer. Abro los ojos y los invitados se mueven a nuestro alrededor. Ha sido un sueño, un momento perfecto.

La canción finaliza y, sin articular palabra, nos separamos unos centímetros para acabar con ese martirio electrizante que ambos sufrimos. A lo lejos observo a los novios, en la mesa de mezclas, hablando con el disc-jockey .

Los ojos de él están fijos en mi rostro y con esa mirada me está pidiendo un nuevo baile. Se anuncian los primeros acordes. Alice asiente y atrapa a su rubia para bailar bien cerquita.

Él se mueve conmigo al son de la música y floto en sus brazos. Es un buen bailarín y nuestros corazones palpitan a un ritmo más lento de lo normal.

Tengo mi mano en su hombro y él, en mi espalda. Mantenemos una tensión que nos atrapa y nos lleva a lugares que aún tenemos que conocer.

—¿Qué perfume utilizas?

—¿Perdón?

Él vuelve a oler mi fragancia y entrelaza mis dedos entre su cabello .

—Me encanta tu aroma.

—No tengo uno en especial. Cojo el primero que pillo del tocador. Hoy creo que llevo Narciso Rodríguez —comento sin interés.

—¿Quién?

—Quién no, cuál. Es el nombre del perfume. —Una sonrisa aparece en mi rostro.

—Aaah…

—Tu fragancia también es fascinante. —¿Por qué saldrán semejantes palabros de mis labios?

—¡Fascinante! Me gusta ese calificativo. —Me mira de forma penetrante.

¡¡¡Glupsss!!! Casi me he insinuado sin quererlo. Y por ahora no pretendo nada, aunque en mi mente se están esbozando algunas escenas que tendré que ver si son factibles.

El roce de su incipiente barba al susurrarme esas palabras ha sido arrebatador. Su contacto es sublime y desconozco qué me está llevando ahí, a un lugar que deseo y creo que necesito.

La música finaliza y Toni se acerca a nosotros. Mi hermana va detrás.

—Lía, veo que ya te has topado con Samuel —comenta mi cuñado.

¡Vaya, acabo de descubrir su nombre!

—Nos conocimos en Madrid de niños —continúa Toni— y luego estudiamos en la misma universidad. Le mandé la invitación para que viniera a mi boda y, aunque tarde, al final confirmó. Es un placer tenerlo aquí con nosotros. Los colegas lo adoran. —Hace frente a él una reverencia cómica.

—No me seas tan bobalicón, que no te va —le dice dándole un toque en el hombro y se aparta un poco de mí.

¡Lo necesitaba! Mi corazón iba demasiado rápido.

—Vamos a la zona de bebidas. —Y mi cuñado me coge la mano y tira de ella.

Samuel viene detrás de mí.

—Lía, ¿qué pides? Y no te lo pienses mucho —me pregunta Toni.

—Un gin-tonic . Martin Millers. Con…

—Ay, los detalles. Lía, eso no es lo importante. Tienes que dejar pasar las pequeñas cosas y vivir el momento —me comenta mientras se dirige al camarero y hace también su pedido—. A mí me pones un ron con cola. Samuel, ¿otro?

—No. Tomaré un gin-tonic . Hendricks, si tienen. Con pepino.

—Eso me suena a… —digo de repente y con los ojos bien abiertos. Es como acostumbro a tomarlo.

—Me gusta compartir lo mismo que las personas que me acompañan.

—O sea, que te hago sombra —indica Toni en un tono decaído y una mueca sonriente en los labios.

—No es eso, pero si desapareces no me importará. —Samuel intenta sacarse de encima a su amigo.

—Vaya… Oye, tú siempre has sido de ron, ¿no? —Una sonrisa ladeada aparece en el rostro de Toni mientras le da una palmada en la espalda.

—Tal vez…

—No se hable más. Os dejamos a solas. Veo que no quieres ni que os presentemos un poco más.

—No hace falta. Se llama Lía y yo solito la puedo conocer. Toni, puedes irte.

—María, continuemos con nuestra fiesta en otro lugar, que en este trocito tan pequeño sobramos. —La coge de la mano y salen danzando al medio de la pista.

—¿Y mi bebida? —pregunta mi hermana.

—La pedimos en la otra barra.

Nos dejan a solas.

El camarero sirve las tres copas delante de nosotros y ambos nos miramos sin saber qué hacer o decir. Samuel es el primero que habla.

—El ron se lo puede tomar usted a la salud de los novios —le dice al camarero.

—No puedo, señor —comenta.

—Pues ha sido el novio quien la ha pedido. Si la quiere, que venga él a buscarla y, si no…, usted mismo. Nos vamos.

Coge su copa y yo la mía. Me toma de la mano y nos alejamos del gentío que se está acumulando en la barra.

Se acerca a uno de los ventanales donde se ve el exterior. La boda está tomando el color deseado y el ambiente sube por momentos.

—Lía, ¿te apetece pasear? Hace una noche preciosa.

Y me lo pienso tan solo un segundo.

Porque me apetece, la verdad.

La atmósfera está cargada, la música alta y mi madre me mira desde la distancia. No sé si estará conforme con que esté al lado de un hombre que, por su rostro, no sé si le gusta.

Aunque antes necesito resolver un galimatías.

—Me llamo Natalia, no Lía.

—Pero Toni ha dicho…

—Sí. Mi cuñado me bautizó como Lía la primera vez que me vio.

Fue una confusión y una anécdota divertida.

Estaba tan pendiente de mi hermana que suponemos que no escuchó bien mi nombre y unas semanas después, en una comida familiar gritó «Lía» para que le acercara la ensalada.

Nos quedamos sorprendidos e intentamos sacarlo del error.

Pero dijo que a él le gustaba más como me quedaba ese nombre, que le gustaba poner apodos y motes, y que Lía sería como él me llamaría.

Y así se quedó. Pero lo utilizan solo determinadas personas, y aún no me convence que tú seas una de ellas.

La gente baila y lo pasa bien en la fiesta. Yo también con su compañía.

—Pues yo lo encuentro precioso y con una musicalidad que te encaja a la perfección. —Muestra una amplia sonrisa mientras se acerca un poco más.

Mis pulsaciones se aceleran. Me sonrojo aún más de lo que creo que ya estoy.

—A mí con Toni me pasa lo contrario que a ti. Prefiero que me llamen Sam, aunque él siempre utiliza mi nombre completo. Dice que me da un toque distinguido.

—Sam…

El cuerpo de él se tensa por un segundo, se separa unos centímetros; en realidad, creo que han sido apenas milímetros y una expresión serena regresa a iluminar su rostro.

—Me gusta. ¿Vuelves a pronunciarlo?

No esperaba esa pregunta después del instante de sorpresa que ha sucedido entre ambos tras esa acción. ¿Decir otra vez su nombre?

—Sam. —Me atrevo y lo susurro. Sé que ha sido hasta provocativo, pero es lo que ha salido de mis labios. Su presencia me provoca reacciones que desconocía, reacciones que me apetece cumplir, pues él es pura magia.

Pasear a su lado no sé si será lo que necesito.