Capítulo 3
LÍA
Alice hace lo posible para que la velada de esta noche sea memorable. Saluda a los miembros de la mesa dándose a conocer.
La miro de reojo y sonrío. Estoy a gusto a su lado y me ayudará a despejar los problemas que ocupan mi cabeza.
—La comida tiene una pinta deliciosa —susurra Alice mientras bebe de la copa. En la mesa presidencial ya distribuyen los primeros platos.
Las miradas de los novios se encuentran y apenas parecen conscientes de lo que ocurre a su alrededor. Esbozo una amplia sonrisa para que la ruptura con Carlos deje de rondarme y pueda centrarme en la felicidad que me rodea.
Oteo el salón y reviso que cada comensal ocupe su lugar. Fuimos rigurosos con la distribución de las mesas para evitar posibles encontronazos entre familiares que no se hablan o amigos que estén enfadados y hemos colocado las tarjetas con los nombres en los sitios asignados.
Durante el repaso descubro que él se encuentra tres mesas más allá, sentado en la de los amigos del novio.
Espero que en la distancia pueda cenar tranquila; su presencia me despierta una atracción difícil de aplacar.
Aun así, cada vez que uno de los camareros trae un nuevo plato, alzo la vista y me encuentro con su sonrisa y sus hoyuelos.
Alice mantiene una conversación con la prima segunda de mi madre, que está sentada a su izquierda, y parte de la mesa se interesa en sus explicaciones.
Sé que sería conveniente estar pendiente de mi amiga, pero mis pensamientos se vuelven a alejar de la realidad y me olvido de sonreír al recordar lo sucedido hace apenas unos días.
En un momento de la noche le pregunto a Alice por mi atuendo. Tal vez algo de lo que llevo puesto no congenie con mi estilo, no me quede bien y no me haya dado ni cuenta y por eso él no deja de mirarme.
—¿Qué dices? Estás cañón. —Alza la voz, haciéndose notar.
Y, aunque yo quiera acallarla, lo único que ella pretende es que disfrute del momento.
—No grites ni me mires así.
—Te miro de la única manera que me sale. Y porque te conozco y sé que no te va mi rollo, que, si no, hoy te tiraba los tejos.
—Gracias por animarme.
—No son ánimos, es lo que creo. Y lo que tengo ante mí es una belleza que hoy está de toma pan y moja y deslumbra a cualquiera que se le ponga por delante. Ese vestido te queda de miedo.
—Ya será menos.
—¡Que no, de verdad! Estás preciosa. ¿Por qué lo preguntas?
—Nada importante. Olvídalo.
—A sus órdenes. —Y vuelve a coger otro trozo de pan que, según ella, está riquísimo.
Después de una cena nada ligera, el lanzamiento del ramo —que ha cogido Alice y se lo ha dado a la chica que tenía a su lado, pues el compromiso aún no va con ella— y un montón de momentos inolvidables, en la mesa solo quedan platos y copas vacías.
La música suena y las conversaciones irrelevantes inundan el espacio. Las sillas cercanas a mí están desiertas: sus ocupantes se encuentran en la pista. Incluso Alice me ha dejado sola.
Mueve las caderas, se ríe con el resto de invitados que bailan con desenfreno al ritmo de la música rockera que suena en el salón. Ha sido un acierto traerla.
Mi madre me observa con cierta tristeza. Siempre le ha gustado controlarlo todo y cree que, si recrimina mis decisiones y se mete en mi vida, me hará cambiar. Aunque no sabe lo lejos que eso está de la realidad, pues cada intromisión la separa un centímetro más de mí.
Me giro en la silla y desvío la mirada de la mesa central. Es mejor no estropearle a mi madre este día y que, sin quererlo, ella también fastidie el mío.
Alice salta y se desmelena en la pista. Se lo está pasando de vicio. Disfruta con el baile, además de que se le da bastante bien.
La canción que suena por los altavoces finaliza y algunos de los invitados regresan a sus sitios a descansar. Mi mesa, eso sí, continúa vacía. Sus ocupantes prefieren disfrutar de Alice que estar junto a mí.
Transcurren unos minutos y mi amiga, sofocada y con un subidón en el cuerpo, se sienta en la silla que hay a mi lado y deja caer su peso en ella. Estira las piernas y se descalza de forma un poco indecorosa.
—No puedo más. Esta boda es la leche —suelta a bocajarro.
La miro con disimulo, sintiéndome cómoda por su cercanía y ese desparpajo que la caracteriza.
—¿Qué haces aún aquí? —me reprende—. ¿Por qué no has venido? Venga, vamos, sabes que me encanta bailar. Son geniales los amigos de tu hermana.
—Lo sé. —Se hace un breve silencio—. No me apetece, prefiero observaros desde aquí. Tú anima la fiesta.
—¡¡Por favor!! —me grita, y yo le pongo ojitos de osito meloso y se rinde.
No puedo ablandarme.
—Luego, te lo prometo.
—No sé. No me acaban de convencer tus palabra.
Te he llamado en varias ocasiones y ni te has fijado.
¿Es que tenías mejores vistas o pensabas en lo que yo sé?
—pregunta pícara a la vez que recorre la sala para ver si algo ha captado mi atención—.
Vente conmigo a la pista —me insta mientras me coge de la mano y tira—.
O, si no, vamos a la barra a pedir algo fuerte. ¿Qué estás bebiendo?
—Vino blanco.
—Por Dios —se queja—. Un gin-tonic o un Baileys con hielo, como a ti te gusta. Algo un poquito más fuerte.
—De verdad, no me apetece. El vino está bien. —Procuro que mi rostro no muestre ninguna emoción. Es un día importante para la familia.
—¡¡Qué sosa!! Ni en la boda de tu hermana te vas a desmelenar. Yo conozco a otra Natalia que me gusta más y a la que quiero ver.
—Hoy no ha venido conmigo.
—No seas sarcástica, Lía —comenta mi amiga con un poco de malhumor.
—De verdad, no tengo el cuerpo para tonterías.
De repente, me encuentro frente al rostro de Alice, ya que ha girado mi silla. Su expresión de censura me puede. Me coge de las manos y dice:
—¡Basta ya! Deja fluir tu yo interior y no pienses en nada más.
—No me mires así, no me gusta lo que insinúas —espeto.
—Vamos, ven conmigo a bailar, a beber, a lo que sea, pero sal de aquí, de ese lugar donde te has encerrado porque, como bien sabes tú, el imbécil de Carlos ya no está en tu vida y es lo que necesitabas —me dice tratando de convencerme.
Me insta a que me rebele. Alice siempre fue un alma libre y desea que el resto lo seamos también.
—Dame unos minutos.
—¿Más?
—Ve, por favor, ahora voy yo, te lo prometo.
Alice niega con la cabeza mientras se pone en pie y da un paso.
Pero se detiene en seco y se gira. Se ha dado cuenta de que le faltan los zapatos, ya que se sienta de nuevo a calzarse sus tacones de infarto.
Se dirige al centro de la sala con andares cómicos y me hace un gesto con los dedos que parece indicar: «Te espero en la pista».
Bebo y me percato que esos claros ojos vuelven a estar fijos en mí.
Pelo corto rubio oscuro, rostro ovalado y mirada intensa junto a una pose sensual que aturde.
Se encuentra al fondo de la sala, apoyado en uno de los ventanales que dan al exterior.
Cuerpo esbelto, alto, cintura marcada. Se ha desprendido de la chaqueta y con el chaleco ahora está más sexy .
Me confunde y no sé si mi destartalada cabeza será capaz de no pensar en él o en el cúmulo de problemas que acarreo.
¡Es obligatorio que no esté pendiente!
Soy consciente de ello, aunque una pequeña vocecita me insinúa que no lo haga y así tal vez se digne a acercarse a mí, a dirigirme la palabra y no solo esos ojos felinos con los que me está devorando desde la distancia.
Él tampoco ha salido a bailar. Es de los pocos. En las otras mesas la gente charla; nosotros dos estamos solos.
Alice, de forma insolente, se pavonea frente a mí y no me había dado ni cuenta.
—¿De quién estás pendiente? —pregunta de forma inquisitiva.
—De nadie, ¿por qué?
—Te noto ensimismada.
No sé yo si ese es el adjetivo adecuado.
—Será la bebida —digo quitándole hierro al asunto.
Ni me he percatado de que dejaba de bailar y se acercaba otra vez a mí. Mis ojos estaban clavados en otro punto del salón.
—¿Tú crees? Yo te he visto pendiente de un hombre que no pinta mal. Es el mismo de ayer, ¿no? ¿Has hablado con él?
¿Por qué habré caído en las redes de mi amiga? Que pronuncie esas palabras hace que me gire y vuelva a contemplarlo.
—Sí, es el mismo, y no, no he hablado con él. ¿Y tú? Esa rubia con la que bailabas… Muy acarameladas os he visto yo.
—Es hija de unos amigos de tus padres. Pinta bien, ¿no? —Su sonrisa es más que picarona.
—Serás mala. —Se me escapa una carcajada y me tapo los labios con las manos—. Pero tú no estás disponible —le digo sorprendida.
—Uy, no sé yo. Lo mío con Carla no durará. Y a nadie le amarga un dulce, ¿no crees?
—Alice…
—Alice, nada. Carla se está poniendo muy exigente, empieza a querer algo más en serio y yo, por ahora, soy un alma libre —comenta sin dejar de sonreír a la chica que, desde la pista, no le quita ojo.
—Veo que no vas por buen camino. —Niego.
Alice es así: le gusta vivir al límite.
—Por el mejor que conozco o por aquel que quiero descubrir.
Da una vuelta delante de mí y le guiña un ojo a la rubia que la espera. Se agacha y me reprende:
—No tardes. Y cuidado con ese espécimen. —Lanza un beso descarado al final de la sala, que él acepta sonriente, y regresa a su puesto para disfrutar de lo mejor que esta noche le ofrece.
Alice acaricia a la chica, la rodea por la cintura y la acerca a su cuerpo para balancearla.
Hacen una figura muy sensual para acabar pegadas y rozándose los labios.
Cierro los ojos, no puedo verlo. Levanto uno de los párpados para no perderme detalle.
Alice nunca dejará de ser como es, y es lo que más me gusta de mi amiga.
Compruebo el rincón donde se encontraban esos claros ojos que llevan toda la noche martirizándome.
No doy con ellos.
Los busco por el salón. ¿Dónde se habrá metido?
—¿Qué hace la hermana de la novia bebiendo sola cuando los hombres de esta sala están pidiéndole que salga a bailar? —Alguien situado a mi espalda trata de entablar conversación conmigo.
—Nadie me lo pide. —Será algún moscón que tendré que quitarme de encima—. No sé por qué tengo que destrozar mis pies con estos zapatos si estoy tan a gusto aquí. —Mi tono es despreocupado.
—A mí me encantaría bailar contigo. —Esa voz ronca que me susurra al oído tiene carisma, una melodía interesante para averiguar a quién pertenece.
—No lo veo probable. —Me giro en la silla con brusquedad para quitarme al pesado de turno de encima. Encontrarme con esa mirada cautivadora que no esperaba y, que ahora tengo tan cerca, me seca las palabras.
Sus ojos son de un azul y de una luminosidad que me dejan perpleja. Su aroma, una fragancia fresca y cítrica. Estoy paralizada; yo no soy así y tengo que reaccionar.
—¿Y qué me dices?
No soy capaz de argumentar una excusa creíble que me permita salir airosa de la situación.
—Prefiero quedarme aquí. Estoy a gusto viendo a la gente bailar —comento.
—¿Y no te gustaría hacerlo con ellos?
Muevo la cabeza; no lo deseo por ahora.
—Vale. Acepto tu decisión. —Acerca su mano a la mía y la roza un instante.
Trago saliva y me centro en sus ojos.
—Pero no te escaparás de mí. Encontraré la ocasión para que bailemos, hablemos y lo que surja. —Me hace un guiño.
Advierto que él ya no está junto a mí. Vuelvo a buscarlo por el salón, sin localizarlo, y en ese preciso instante tomo conciencia de que estoy en una sala repleta de gente y que yo he venido a pasarlo bien.
En la pista, Alice hace unas piruetas. Ella siempre saca mi lado divertido. Esta noche parece que le ha costado, aunque al final, con esa sonrisa en su rostro, lo ha conseguido y en mi mente se dibujan las dos palabras más adecuadas para el momento: «Se acabó».
Mi vida tal vez sea un desastre, provocado por mí o por un indeseable llamado Carlos, pero me repongo y doy un paso al frente. Bailar seguro que es una buena terapia, y mejor si es junto a mi amiga.