Besos con sabor a limón (Besos con sabor 1) Capítulo 1
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Capítulo 1

LÍA

El día de la boda

Septiembre

—Y yo os declaro marido y mujer. Puedes besar a la novia.

Observo a la pareja, cómo Toni mira con dulzura a la que ya es su esposa. Acoge entre sus manos el rostro de mi hermana y la besa con delicadeza. Tras unos segundos, se giran para sonreír a los invitados.

—Estás preciosa —le susurro a mi hermana.

El día de hoy es mágico. María celebra su boda.

Estoy de pie, en un lateral del jardín y sin dejar de mirarla.

Lleva, como marca la tradición, un vestido blanco.

Es una obra de arte. Lo compramos juntas en una boutique de alta costura.

La seda cae en suaves pliegues y realza su figura y su belleza.

El escote con sutiles destellos de pedrería refleja un cuidadoso trabajo artesanal de la modista, marca su elegancia y delimita sus curvas.

Mi hermana lleva el cabello suelto, con un simple toque floral en un lado.

Es como ver a la protagonista de un cuento de hadas moderno.

—Tú tampoco estás mal. —María me hace un guiño.

Llevo un vestido negro con un escote delantero en uve y la espalda al aire. María y Alice me acompañaron a comprarlo y, aunque al principio no quería ir tan oscura, creo que ha sido la decisión perfecta.

La tarde es espléndida y luce el sol en un cielo despejado. Corre también una brisa que se agradece, aunque he olvidado el chal y no sé si será necesario.

La ceremonia y el convite se celebran en una finca con unas vistas espectaculares.

En el centro se erige la masía, donde está dispuesto el ágape y también donde nos alojaremos algunos de los invitados.

Al fondo se observa una explanada de viñas y se alzan unos majestuosos olivos, que hacen del paisaje un lugar inolvidable.

En uno de los jardines han colocado un altar, en el que se ha oficiado la ceremonia. Las sillas no tienen adornados; solo hay pequeños detalles de color justo al acceder al pasillo y unas tinajas al lado de lo que se ha previsto como altar.

Para mí, y creo que para mi hermana también, este momento es un sueño convertido en realidad. Un día que no pensaba perderme por nada del mundo.

Los novios inician su lento caminar sobre el césped a través del amplio pasillo. En los laterales, los invitados aplauden y dejan volar pétalos blancos y rojos que dan pinceladas de color y luminosidad.

Pero hay alguien que no los mira, porque está pendiente de mí y me sonríe.

Lo recuerdo. Es el hombre que conocí ayer. Si se puede decir la palabra conocer, pues apenas compartimos algunas miradas, un par de sonrisas y un choque de copas.

Atuso mis rizos, una mala costumbre cuando estoy nerviosa, camino detrás de los novios y me abstraigo en las flores del tocado de mi hermana.

Desvío la mirada para concentrarme en el cúmulo de pétalos que forman un camino bajo mis pies.

Estoy cada vez más cerca de él y un cosquilleo me trastoca. Saludo a los familiares que me felicitan mientras, continúo atenta a él.

Unas mariposas revolotean por mi estómago. Paso junto al banco donde él se encuentra y la atracción que me provoca es inusual. Cuando él se mueve, su mano roza la mía y un vínculo me eriza la piel. Eso no es posible.

¡Madre mía!

Con cuidado evito no tropezar con los tacones. Va detrás de nosotros, al igual que el resto de invitados.

Aligero y me pierdo entre la multitud.

Un hombre guapo no entra en mis planes, no tan pronto. Lo he visto solo dos veces, pero menudas dos veces.

Busco a Alice entre los invitados. No doy con ella, aunque tampoco me extraña. Es una mujer algo alocada y dispersa, a la que le gusta dar la nota.

—Llevo rato buscándote, ¿dónde estabas? —me pregunta Alice a mi espalda y sus palabras me descolocan. Era yo la que la buscaba a ella, no al revés.

—Pues detrás de los novios, ¿dónde estabas tú?

—He dado una vuelta por la finca y luego he ido al baño. Hablaba con un grupo de cotorras y ahora ya estoy aquí, contigo.

—Gracias.

La abrazo, pues necesito la fuerza que ella me da. Nos acercamos a la zona del catering y allí nos mezclamos con los familiares y amigos.

Revisamos las bandejas de delicatessen y cogemos algún canapé.

—Esto está de muerte —comenta Alice con la boca llena y se introduce otro brioche de foie .

Unas amigas de mi hermana se nos acercan y me acaparan para charlar sobre la preparación de la boda. Están ilusionadas con los detalles. María les desveló que yo había sido una de las artífices de muchos de los encantos del evento, por lo que las tengo comiendo de mi mano.

Alice prefiere alejarse y dejarme a solas con esas cacatúas que no paran de hablar. ¡¿Cómo puede soportar mi hermana semejante concierto cada vez que se juntan?!

Cuento diversas anécdotas mientras observo como mi amiga se acerca a las mesas del aperitivo.

Prueba las tartaletas y alza un dedo en señal de aprobación, aunque en algunos casos la cara de asco de Alice es divertidísima.

En esos momentos guardo la compostura ante las estiradas que no dejan de hablar, a pesar de que apenas las hago caso.

—Los detalles de las mesas son inigualables —ensalza una.

—La elección de los camareros tampoco la descartéis. —Otra sonríe a la vez que se sonroja. Es verdad, el servicio no está mal, aunque en eso no he tenido nada que ver.

—Todo el tema floral es una exquisitez —apunta una más, y ya no puedo soportarlo.

—Ya será menos, que solo es una boda. —Exhalo de forma abrupta y alguna da un paso hacia atrás.

Me maravillan los gestos de Alice, que, detrás de una de las mesas, me enseña unas tostadas con algún ingrediente que no deduzco qué es.

Entre las personas que están detrás de ella, me encuentro con la mirada de ese hombre tan carismático con el que hacía rato que no me tropezaba. Volvemos a conectar y por un momento desaparece lo que me rodea. Es una sensación alucinante. Solos él y yo.

—¿De dónde habéis sacado el catering ? —Una nueva pregunta de otra de las amigas de mi hermana me saca de mi ensimismamiento.

—Revisando diferentes sitios, como haría cualquiera —respondo.

—Ya, pero es que este es el mejor de la zona y es una delicia. Además, le pega a María a la perfección. Creo que…

Ya he tenido más que suficiente. ¡Que se busquen su propia wedding planner y aturullen a otra!

Me despido de buenas maneras y me alejo.

Necesito aire. Cojo un par de brioches con queso brie y mermelada de arándanos y me detengo tras una de las columnas de atrezzo .

Dejo que Alice pulule por las mesas, probando y toqueteando los diferentes entremeses que han servido.

En algunos casos acaba lo que hay en las bandejas, en otros muerde y deja el canapé que no le ha gustado en el mismo sitio, como si no fueran a darse cuenta.

Compruebo que desde el lugar escogido puedo ver al hombre que no dejaba de mirarme sin que él se percate de mi presencia.

El grupo de amigos del novio se encuentra junto a uno de los rincones más deseados por el resto de los comensales: la mesa donde un camarero corta finas lonchas de jamón serrano mientras los invitados lo degustan.

A este no le da tiempo ni a ponerlo en las tablas vacías que tiene a su lado, pues se las quitan de las manos antes de completarlas.

Los chicos no dejan de reírse, de disfrutar del placer de estar junto al compañero que hoy pierde su soltería.

El hombre que me ha descolocado lleva un traje de chaqueta que le queda de miedo, se le adapta de forma perfecta y ofrece un digno espectáculo.

Yo permanezco oculta en mi privilegiado escondite hasta que sus ojos se posan de repente en mí y me descubre. Un leve rubor brota en mis mejillas, me atuso el cabello y dirijo mis pasos hacia mis padres para alejarme de él y frenar la taquicardia que acaba de provocarme.

—¿Qué tal, mamá? ¿Estás disfrutando de la boda de tu hija? —Ha sonado con retintín y no sé el motivo. Supongo que son los nervios al comprobar que a él se le ha formado una fabulosa sonrisa y unos perfectos hoyuelos.

—Sí, Natalia. ¿Y tú? ¿Lo pasas bien? Arréglate un poco el vestido —comenta mi madre mientras me recoloca los tirantes y me expulsa una imaginaria pelusa del hombro.

Mi padre me mira con delicadeza; no comprende la actitud de mi madre. Él siempre está atento a sus hijas.

—Claro, mamá —contesto y me aparto para que deje de tocarme el vestido.

—Y tú, ¿cómo estás? —Su tono es preocupado. Sabe lo ocurrido con Carlos y quiere lo mejor para mí. Pero no necesito que se inmiscuya; suficiente tengo con que aún me ronde por la mente lo ocurrido.

—Que sí, mamá. Gracias. Me voy con mi amiga, a ver si doy con ella.

Mientras busco a Alice, me siento vigilada. Cuando me giro, él está cerca. Sus ojos me sonríen y no soy capaz de descubrir la sensación que desprende cada vez que coincidimos.

Entramos en el salón en el que se celebra el banquete y me siento a la mesa que me he asignado. Está cerca de la presidencial, aunque lo suficientemente alejada para que mis progenitores no me toquen las narices ni puedan decirme nada.

De repente, la sala queda en penumbra. Los primeros acordes de una melodía se oyen a través de los altavoces. Un foco ilumina la puerta y los novios hacen su entrada. La fiesta empieza y la vamos a disfrutar.