Besos con sabor a limón (Besos con sabor 1)
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Prólogo
LÍA
Oigo el timbre de la puerta y, cuando abro, me encuentro con Marta, esa persona que no es nada pero que lo es todo para Carlos. Me extraña su presencia, ya que no la esperaba.
—No está —le lanzo.
—Lo sé, acaba de salir —comenta de forma altiva—. Me debe dinero y no cumple con el trato que tenemos. Le dije que, si no lo hacía, vendría a verte a tu casa. Y aquí estoy.
Accede al apartamento sin permiso y revisa las fotografías que hay encima de la cómoda.
Cada vez que coge una y la mira con detenimiento, me sulfuro.
Pasea los dedos por los cantos de los jarrones y las figuras, examinando cada rincón de mi piso.
El temor a que rompa alguna de mis pertenencias me recorre las entrañas .
—¿Puedes explicarme qué es eso de que Carlos tiene una deuda contigo? No sé de qué me hablas —me encaro con ella.
—Me debe alrededor de cinco mil euros. Puede que más. Es mucha pasta. Si él no paga, lo puedes hacer tú.
—¿Cinco mil euros?
—Veo que no eres consciente del problema en el que está metido. Le fiaba porque me caía bien, es majo y al principio eran solo pequeñas cantidades sin importancia, pero ahora se acabó. Parece que tiene dificultades en el curro y yo no me voy a quedar sin mi pasta.
La melodía de su teléfono me saca de mi ensimismamiento. Y las palabras que pronuncia Marta me hunden más:
—Estoy en tu piso, con tu novia. Te doy cinco minutos. Ven a buscarme y trae todos mis billetes.
Marta se sienta en el sofá, como si estuviera en su casa y no hubiera irrumpido en la mía, y empieza a revisar el móvil, sin hablar, sin mirarme, impávida. Estoy confundida y paralizada.
Carlos no tarda en traspasar el umbral y la fulmina con la mirada.
—¿Qué haces aquí?
—Tú no atiendes a razones, yo cumplo mis amenazas —dice con voz fría.
—Iba a verte ahora mismo, estaba de camino, lo prometo —afirma Carlos.
Los miro desconcertada. ¿Qué sucede en mi salón? ¿Por qué esas dos personas mantienen una conversación alterada?
—¡Qué falso eres! Venías a buscar más mercancía, no a pagar tus deudas. Te conozco muy bien.
—Eso no es cierto —grita Carlos.
—No. A ver, enséñame cómo no lo es. —Marta se pone en pie de un salto y se enfrenta con el que todavía es mi pareja.
Carlos la frena e intenta relajarla.
—Por favor, Marta, salgamos y arreglemos nuestras desavenencias fuera de aquí. Será lo mejor.
No quería que yo me enterara, pero cada vez era más evidente. Esas dos personas tienen que salir de mi vida de inmediato.
—¿Por qué? ¿No quieres que tu linda y preciosa mujercita se entere de tus trapicheos?
—Martaaa —suplica Carlos. Sus ojos no me miran, solo están pendientes de esa chica que es mucho más joven que él.
—Átalo en corto, preciosa, o te dejará seca —lanza esas palabras hacia mí—. Las drogas nunca han sido buenas para una persona tan débil como él, y me necesita. Las adora, le proporcionan la paz y la energía necesaria para vivir su día a día.
Carlos me mira como pidiéndome perdón, y siento mucho dolor.
Me rompo en pedazos al comprender lo que allí ocurre.
Se ha desvelado ante mis ojos el secreto que escondía y que ya intuía, pero que no quería ver.
¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Hacía tiempo que la cuerda que nos mantenía unidos pendía de un hilo y esa mirada la ha rasgado de un plumazo.
—Te acabo de hacer una transferencia. Si te hubieras encontrado conmigo en vez de venir aquí, lo habrías visto —comenta Carlos exasperado.
—Te lo pedí en mano. Esta vez quería tocar los billetes. Acatas poco las órdenes que se te dan. —Aunque su voz suena alterada, coge el móvil y trastea en él. Lo que ve parece convencerla—. Perfecto, pues no se hable más. Os dejo a solas, parejita.
Así, sin más, da un portazo que nos sobresalta a ambos y nos quedamos quietos, sin palabras.
Carlos me coge las manos y con los ojos anegados de lágrimas me pide perdón.
Se acerca para abrazarme y yo me alejo de él.
Todavía no me creo lo que acabo de escuchar y lo que ha sucedido en mi propio comedor.
—Lo dejaré, te lo prometo. Sé que podemos arreglarlo, dame tiempo y…
Las palabras de Carlos me golpean y no les doy crédito.
—Nuestra relación está rota, no podemos seguir juntos. Hace meses que no convivimos como pareja.
Retiene mis muñecas y hago fuerza para desprenderme.
—Natalia, yo te quiero. Sé que puedo empezar de nuevo y lo lograré solo si es contigo. Dame otra oportunidad.
Me pide algo que no es posible. ¿Cómo no lo ve?
—¿No te das cuenta de que esto nuestro ya no funciona? —le digo con brusquedad, pero es que no puedo más—. Hace meses que no hacemos el amor, que apenas me tocas. Además, tienes que ir a algún lugar a recibir tratamiento. Lo que acaba de ocurrir es impensable en mi día a día.
—Te amo con locura, con todo mi corazón. —Apenas me escucha y un sollozo se escapa de sus labios—. No me abandones.
Sus palabras me suenan vacías, ya no me transmiten pena ni amargura y por fin voy a dar carpetazo a un sinsentido que aún perdura en mi existencia.
—Carlos, yo ya no te quiero. —Son palabras duras, que le hacen daño—.
Nuestra relación no puede salvarse. Me has mentido tantas veces que no confío en ti, y tampoco en mí al estar a solas contigo.
Necesitas ayuda. Búscala, por favor, y, cuando logres salir de ese foso en el que te has hundido tú mismo, hablamos como amigos.
Hago una pausa. Sus ojos vidriosos y su aire desgarbado me muestran que lo que dice es para que me quede y no lo deje solo, para tener una nueva oportunidad.
—Carlos, lo nuestro no puede ser.
—Pero…
Imposible.
Le ruego que se vaya del piso.
Hemos terminado definitivamente.
En cuanto Carlos sale por la puerta, malhumorado y con cuatro cosas metidas en una bolsa, llamo a Alice para quedar en la cafetería del paseo. Tengo que explicárselo en persona. Quiero desahogarme y destilar mis penas, aunque sea con café.
—No sabías qué era lo que escondía. Algo temías y descubrirlo duele, lo sé, pero eres fuerte —comenta Alice.
—Me ha hecho daño. Es verdad que nuestra relación apenas se sostenía. Convivíamos. Rutina y pagar los gastos a medias… Llevábamos muchos años juntos.
—Dos y poco. No exageres —apostilla Alice.
—Lo único que tengo claro en estos momentos es que es primordial sacarlo de mi cabeza antes de que se enquiste.
—Lo tienes fácil. Eres preciosa y te comes el mundo. No te infravalores.
—Ya, pero tengo que deshacerme de mis problemas y eso no es tan banal como lo pintas.
Tenías que haberlo visto, ojeroso y apático, implorando perdón y a la vez eufórico por tener al lado a Marta, como si la necesitara.
Bueno, en realidad era eso: la necesitaba y le daba lo que le pedía para poder consumir.
La situación me parece un galimatías. No estábamos bien, casi no dormíamos juntos, pero siempre parecía que quería arreglarlo, que se acomodaba a mi lado y me acariciaba y yo …
Alice me abraza.
—Lía, sal adelante y olvídate de ese mamonazo.
—¿Me acompañas a la boda de María? —le lanzo de improviso. La necesito conmigo en ese sarao.
—¿A la boda de tu hermana? ¿Por qué? —me pregunta con interés.
—Me apetece que vengas. Lo pasaremos bien. —Estoy convencida de ello. Alice anima cualquier evento al que asista y en esta ocasión es necesario.
—Puedes ir sola —sugiere ladeando la cabeza y entornando los ojos.
Sé que me va a decir que sí, pero quiere que la persuada.
—¿Sola? —Hago pucheros para que se compadezca de mí—. Nooo, mejor contigo. —Sonrío y la abrazo con fuerza—. Además este viernes noche hay una cena de recepción para los invitados que no nos podemos perder. O sea, que ya puedes saquear tu armario o buscar algo en el mío.
—Mejor nos vamos de compras. —A mi amiga siempre le ha gustado gastar, por lo que una tarde juntas será la leche.
—Mañana por la tarde estoy libre.
Alice asiente y sé que no me he equivocado en la elección de acompañante. Ella es uno de mis puntales, igual que mi hermana, a la que llamaré en cuanto llegue a casa para explicarle lo sucedido. Con mi madre lo haré mañana; no sé si podría soportar sus lamentos en este instante.
Mi relación con Carlos se acaba de romper y necesito salir airosa, dar un paso adelante con fuerza y valentía para demostrar lo que se espera de mí.
Voy a lograrlo.
Voy a por ello .
12 horas antes de la boda
Al cruzar la puerta, encuentro una multitud de personas que ocupan la estancia a la espera de que yo llegue y haga los honores.
Llevé el control de los asistentes a esta cena y creo que no eran tantos los que habían confirmado.
Aunque es verdad que no estoy en mi mejor momento y tal vez vea de más cuando no toca.
Mi hermana quería un sarao previo al gran día. Lo bautizó como una cena de recepción o algo así. Ella y Toni estarán un rato. Aún no han llegado y, mientras, yo me ocupo de que salga a la perfección.
Atiendo a los asistentes: familia cercana y amigos íntimos. Muchos vienen de fuera. Madrid, las islas, Irlanda… Parece que tenemos a medio mapamundi por aquí.
No asigné los sitios en la mesa, solo coloqué a la pareja protagonista en un lugar privilegiado. Pensé en algo menos formal, una cena casual, pero por poco me quedo sin silla.
Los camareros empiezan a sacar los platos y van anotando las bebidas.
En ese momento llegan María y Toni y las felicitaciones no se hacen de rogar. Y eso que aún no son matrimonio.
Mi hermana me saluda y ambos se sientan en las sillas guardadas para ellos. Estamos un poco lejos. Pero a mi lado tengo a Alice, que no me ha dejado sola desde que le di carpetazo a Carlos.
—Estoy bien, no me mires así —le sonrío.
—No he dicho nada. Solo quería mostrarte al morenazo del fondo. ¿Quién es? —me consulta mientras lo observa.
Frunzo el ceño en búsqueda del familiar o amigo a localizar. Busco en el bolso la lista con los nombres y tampoco doy con él.
—Pues no sé. Tal vez se haya colado a la fiesta —sugiero.
—No está mal el mozo. Ve a hablar con él para echarlo de la sala y así aprovechas y le pides su número de teléfono.
Muevo la cabeza a los lados. La locura de mi amiga se contagia.
—Lo veo cómodo hablando con los que tiene cerca. Parece conocerlos. Se me habrá traspapelado algún nombre.
—Puede ser… Pero no tardes en averiguar su procedencia. Puede alegrarte la vista esta noche y las próximas.
—¡Alice!
—Ups, ya me he ido de la lengua, como siempre. Pero es que es verdad. Carlos ya no está. Puedes abrir la puerta a cualquiera.
—Deja la puerta cerrada y hablemos de otro tema.
La noche transcurre como estaba prevista. Alzamos las copas y brindamos por los futuros novios. Conozco a los primos de Toni y también hablo con mi tía del pueblo.
El hombre que ha comentado Alice está sentado al final de la mesa. Toni se acerca a él y mantienen una conversación divertida. Se conocen, de eso estoy segura.
Continúo con la cena y charlo con las personas de las sillas contiguas.
Nuestros ojos se cruzan un par de veces y me gusta lo que me transmite. Su sonrisa, el gesto en su mirada, como se acaricia el codo…
Me acerco a mi hermana y le pregunto por el susodicho. Es que no sé qué me pasa con él. Hay más gente a la que no conozco en la sala, pero este tipo me confunde. Aunque una cómoda sonrisa se posa en mi rostro cada vez que nos miramos.
—Es amigo de Toni. No está en la lista porque confirmó hace poco y olvidamos añadirlo. Tiene líos de familia y ha venido directo desde Madrid.
—¿De Madrid?
—Sí. No sé los pormenores de la situación, pero ayer estaba con sus padres y hoy está aquí con nosotros y, por supuesto, mañana asistirá a la boda. Ha dicho que no pensaba perdérsela.
—No, claro, si ya está aquí…
Vuelvo a girar la cabeza para ver qué hace. Habla de forma alegre con un grupo de primos del novio, aunque sus ojos se han cruzado de nuevo con los míos.
Inspiro hondo y calmo mi excitación. Me quedo más tranquila al comprobar, por las palabras de mi hermana, que no se ha colado a esta fiesta.
Procuro que mi corazón se calme, porque se trastabilla cada vez que nuestros ojos se cruzan.