Capítulo 40
ÁNGELA
Alice y yo estamos juntas. Por fin puedo decirlo y todos los vecinos de Serratona, sin excepción, lo saben.
Aquel día, cuando vi a Alice discutir con aquella persona que reconocí de inmediato, me puse en alerta.
Tres veces no era casualidad. Era la turista que me paró un día en la plaza, antes de entrar en el bar, preguntando por unas indicaciones.
La misma que vino a pintar en el taller infantil y la que apareció en la función de Romeo y Julieta . El color de su pelo era inconfundible.
Cuando Alice me contó quién era y descubrí que las notas venían de su parte, un sentimiento difícil de describir apareció en mí. No fue solo rabia, fue como si durante días hubiera caminado por algo frágil y que se podía romper.
Me prometió que no volverían a aparecer los sobres con las notas anónimas. Y la creo. Pero retazos de aquellas palabras aún reverberan en mi mente, a veces por la noche regresan sin avisar. No es desconfianza, es que el dolor no desaparece de golpe y necesita su tiempo.
Voy a buscarla a la tienda. Cada vez hay más clientes y eso es bueno. Para ella y para el pueblo. Me gusta verla moverse entre estanterías, explicar el producto que tiene, sonreír sin esfuerzo.
Al salir, le cojo la mano con suavidad y entrelazo mis dedos entre los suyos. Vamos a ir a comer al bar de Dolors. Nos ha prometido cargols a la llauna y solo de pensarlo se me hace la boca agua.
Mientras paseamos, y antes de llegar, veo a mi madre a lo lejos. Se ha detenido al reconocernos. Aprieto un poco más la mano de Alice. Ella lo nota enseguida. Gira el rostro hacia mí para mirarme con esa dulzura que gasta a raudales. También se ha dado cuenta de quién es y me da su apoyo.
Hace unos días le conté lo ocurrido a mi madre. Le expliqué con detalle lo que Ricardo junto a su padre hicieron con la tienda y en especial a Alice. Lo mala persona que es y lo ruin y rastrero que me pareció todo.
No fue fácil. Me escuchó con atención y en silencio y, al terminar, me pidió disculpas. No esperaba eso.
Ahora se acerca. La noto rígida. Se arregla el bolso antes de hablar.
—Hola, cariño. ¿Hoy no comías en casa?
—No, mamá. Te dije que iba al bar de Dolors con Alice. Ha hecho cargols para nosotras. Bueno, es un decir. Lo ha hecho para quien quiera ir a comer, pero nos guarda un plato. Y nos apetece mucho.
—Te los podría haber hecho yo.
—Lo sé.
Solo me ha mirado a mí y eso me incomoda.
Inspira despacio, se aclara la garganta y, por fin, se gira hacia Alice.
—Hola. Soy la madre de Ángela, aunque supongo que ya lo sabes.
Alice asiente con educación, un poco más seria de lo habitual.
—Me contó mi hija lo que pasó con la tienda. Lo siento mucho. Veo que Ricardo no era quien yo creía. No me ha vuelto a llamar y eso dice bastante.
Alice tarda un segundo en responder.
—A veces las cosas se ven mejor cuando ya han pasado.
Mi madre dice algo que no esperaba.
—Cuídamela.
La palabra se queda suspendida entre las tres.
—Lo que me ha contado de ti es bueno —continúa—. Sé que la quieres y ella también a ti. No acabo de entenderlo, supongo que necesito tiempo. Pero si es lo que mi hija desea, no seré yo quien se interponga. Si un día quieres venir a comer o a cenar a casa, estás invitada.
Alice me mira de reojo, sorprendida.
—Gracias. Me gustaría mucho —responde sincera.
—Adiós, Alice, nos vemos pronto. Adiós, hija.
Se aleja despacio sin girarse.
Nos quedamos unos segundos en silencio. Yo sigo intentando asimilar lo que acaba de pasar.
—Creo que mi madre te ha aceptado de forma oficial —murmuro.
—He sobrevivido a la prueba de la mirada —dice, intentando bromear.
Las cosas cambian a veces más deprisa de lo que imaginamos. En ocasiones porque no queda otra y otras porque el amor, cuando es de verdad, empuja más fuerte que el miedo.
—Venga —Alice tira suavemente de mi mano—, vamos a por esos cargols que nos esperan.
—Si lo llego a saber, le digo a mi madre que me los hubiera preparado. Los de Dolors están ricos, pero cuando pruebes los de casa, solo querrás esos.
—¿Estás segura? Los de Dolors tienen muy buena fama.
—Mi madre te los hará si piensa que te vas a quedar.
Alice se detiene y me mira con un brillo en sus ojos que me desarma.
—Entonces tendré que quedarme.
La observo y pienso en lo que ha pasado. En las notas. En su tienda. En lo frágil que parecía todo y que hemos recompuesto. Aún queda camino, pero si estamos juntas, sabremos recorrerlo.
Aprieto su mano y le devuelvo la sonrisa. El pueblo sigue su ritmo. Las puertas del bar abiertas, las voces conocidas mezclándose con el aroma de los cargols recién hechos.
Entramos.
Y mientras el murmullo nos envuelve, entiendo que no necesito nada más.
Estoy donde quiero estar.