Capítulo 39
ALICE
Esa cabellera pelirroja que acaba de cruzar frente a mi tienda es una que creo conocer bastante bien. Y si es quien pienso… Mi mente empieza a cortocircuitar. Si es ella, ¿qué hace aquí?
La he visto incorporarse junto a la puerta, demasiado cerca. Estoy casi segura de que es ella, ¿o no?
Dejo a Ángela confundida en la tienda, pero se queda a resguardo. No quiero que me siga, espero que no lo haga.
Giro hacia la calle principal, la que imagino que ha tomado, y la localizo unos metros más adelante. Camina deprisa, como si supiera que la han descubierto. El pulso me retumba en los oídos.
Lanzo un grito.
—¡¿Berta?!
Se detiene en seco. No se gira. Supongo que no esperaba que la pillara y, por su reacción, me doy cuenta de que no es una casualidad que esté ahí. Y sí, es ella.
Estaba segura.
Doy dos pasos más hasta ella y, cuando percibe que me encuentro cerca, se gira despacio. Me mira con una sonrisa ladeada que no me gusta. ¡Pero qué se habrá creído! Esconde algo, lo veo en su rostro.
—¿Como tú en Serratona? ¿Y qué hacías delante de mi tienda?
Se muerde el labio inferior para contener una falsa carcajada que me hace odiarla aún más.
—Un pueblo singular. He oído hablar a alguien mucho de él y tenía bastante curiosidad por conocerlo. Tu tienda, muy bonita.
—¿De quién hablas?
—¿No lo adivinas? —Niega con la cabeza y arquea sus cejas—. Qué poco conoces a tus amigas. Veo que es verdad que apenas hablas con ellas. Si les dedicaras algo más de tiempo, una cena, una conversación… —No me gusta el tono que está usando.
Y sí, acabo de averiguar quién es la persona de la que habla.
—Carla, supongo.
—Vaya, eres rápida. Has dado en el clavo a la primera.
—¿Y de qué conoces tú a Carla? No os llegué a presentar.
Estamos en medio de la calle, usando un tono tal vez demasiado alto y debería llevarla a algún sitio donde no me comprometiera. No puedo ni pensar, no en estos momentos al tenerla frente a mí.
—Nos movemos por los mismos círculos. Era fácil coincidir —responde con ligereza—. Además, como supongo sabrás, le gusta mucho hablar: de su pasado, de sus relaciones, de las personas sin las que cree que no puede vivir…
La miro a los ojos. No sé qué sugiere y está siendo bastante desconsiderada.
—Me crucé con Carla varias veces —continúa—, y conectamos. Un par de encuentros casuales que nos llevaron a algo más. A principios de año, coincidimos otra vez en una discoteca y aquella noche hubo mucha química. Estaba segura de que acabaría disfrutando de su pasión desmedida.
Hace una pausa y me observa con frialdad.
—Y entonces, vas y apareces.
—¿Yo?
Mi mente intenta procesar sus palabras, saber a qué se refiere.
—Sí. No te quitaba los ojos de encima —prosigue—. Solo hablaba de ti. De lo feliz que la habías hecho. De Alice, Alice, Aliiice… —Alarga la vocal con sarcasmo—. Casi seguro que aquella noche ni me viste. Estabas demasiado ocupada con tus dos amiguitas.
—¿Quiénes? —pregunto, aunque creo saber a qué día se refiere.
—María y Natalia, ¿no? Las hermanas. Una vive en Tenerife y, según tú, te dejó sola para irse con su chico.
—Sigue riéndose de mí. No estoy entendiendo nada—.
Siempre has tenido predilección por ella.
He llegado a pensar que estabas perdidamente enamorada de ella y que por eso tus ligues no acababan de cuajar.
—Qué sabrás tú lo que es el amor.
—Tal vez, pero lo cierto es que, a partir de ese día, lo que hubiera podido salir entre Carla y yo se desvaneció.
Cuando se acercaba a mí, solo hablaba de ti, del bien que le hacías y que quería recuperarte, aunque hubiera pasado bastante tiempo desde la última vez que estuvisteis juntas.
Y lo que no entendía, y sigo sin saber, era por qué insistía tanto si fuiste tú la que la abandonó. Por Nerea, ¿no?
Odio que me conozca tan bien, que me tire en cara cosas que no sabe de primera mano y que me hacen daño.
—Carla sí que estaba coladita por ti, creo que aún lo está y por eso no quiere nada conmigo.
Su discurso es amargo y apenas intervengo porque no entiendo la situación surrealista que estoy viviendo.
—Cada vez que coincidimos solo habla de ti y de esa niña que te acompaña.
Se detiene y mira a su alrededor.
—¿Has venido con ella? —pregunto, buscándola.
—En alguna ocasión sí, pero hoy estoy sola. —Asiente con lentitud. Usa una voz melosa, deteniéndose en cada palabra, dándole un tono con el que creo pretende hacerme daño—. No es la primera vez que piso Serratona, un pueblo encantador y la gente… muy predispuesta a ayudar.
Sigo sin comprender qué está sucediendo. ¿Una cámara oculta?
—Un día le dije a Carla que te conocía y volvió a surgir una chispa, algo entre nosotras. Como si compartir lo que cada una habíamos vivido contigo pudiera unirnos. Ella insiste en que tarde o temprano volverá a tu lado, y en esas está. Estoy dolida con ella, aunque bastante más contigo.
—¿Conmigo?
—No te agobies, no es lo que piensas. —Pone morritos—. ¿O tal vez sí?
La miro confundida y tengo que preguntárselo.
No puedo esperar más.
—¿Qué hacías en la tienda? ¿Has sido tú quien ha pasado un sobre por debajo de la puerta?
—¿Yooo? —Alarga la vocal con fingida inocencia.
Pero sus manos se mueven hacia la espalda. Demasiado tarde. Distingo el blanco asomando entre sus dedos.
Sin pensarlo, estiro el brazo y le arranco lo que intenta ocultar. Otro sobre. En el anverso, escrito en mayúsculas, el nombre de Ángela Miró.
Mis ojos se abren por completo. ¿Por qué lleva otro si acaba de colar uno por debajo de la puerta? Compruebo que está vacío, el que ha dejado en la tienda seguro que sí que contiene palabras insidiosas.
Lo aprieto entre los dedos y alzo la vista.
—Explícame esto, Berta.
—Es un sobre. Te creía más lista.
—No me seas…
No me deja terminar. Me lo arranca de nuevo de las manos y lo rasga por la mitad.
—Esto es mío —dice, con una voz tensa que me pone la piel de gallina—. Aunque tal vez haya llegado el momento de contarte algo que no sabes.
Se aparta unos pasos y se sienta en el respaldo de un banco, apoyando las botas en el asiento, en una pose despreocupada que me resulta insoportable. Con un leve gesto de barbilla me invita a imitarla.
Me quedo de pie frente a ella.
—Carla te quiere con locura, eso ya lo sabes, aunque tú no la correspondas. Y me ha dicho que no quiere nada conmigo, y eso que yo le ofrezco más que tú. Y también lo sabe.
Agacha la cabeza doblando el sobre en trocitos pequeños, haciendo que su discurso me mantenga en vilo, pues no me desvela lo que sea que tenga que decirme.
Un escalofrío me recorre la espalda.
—Yo la quiero —continúa, levantando la cabeza y mirándome a los ojos—.
La quiero conmigo y no poder tenerla me está matando.
Hace unos meses me dijo que quería volver a intentarlo contigo.
Contigo Alice, que no le haces caso ni como amiga.
Pensé que si me acercaba lo suficiente a ti…
quién sabe… tal vez surgiera algo. Era una posibilidad. Donde hubo roce, hubo pasión.
Su media sonrisa me revuelve el estómago.
—Pero tus ojos solo miraban a esa chica bastante más joven que tú —añade con desprecio—, la que se peina con dos moños a los lados, muy hortera, por cierto. Aunque reconozco que es atractiva.
Siento como la sangre me sube a la cabeza.
—Si yo no podía teneros a Carla ni a ti, ¿por qué ibas a ser feliz tú con otra? —Su voz baja un tono, casi confidencial—. La opción más viable, era quitarte de en medio. Unas notas aquí, un poco de duda allá…
No la dejo terminar. Me lanzo hacia ella, fuera de mí. La rabia me nubla la vista. Estoy descubriendo quién es y qué hace aquí.
Pero Berta reacciona rápido se levanta y me sujeta con fuerza por los brazos, inmovilizándome. Su agarre es firme.
—Para. Tranquila —susurra cerca de mi cara—. No te conviene montar un numerito. Y piensa que solo han sido unas simples notas que se ha tomado más mal que bien. Nada grave. Un poquito floja, creo, no veo que te vaya a durar.
—Qué sabrás tú —escupo—. Esto lo paras aquí o habrá consecuencias.
—¿Consecuencias? —Ríe moviendo los hombros—.
No te entiendo, Alice. El día que me descubriste con aquella chica morena, ¿cómo se llamaba?
—Finge pensar—. No lo recuerdo. Bueno, da igual, no te esperaba.
Habías hecho el camino bastante relajada, con otros peregrinos y qué bien, ¿eeeh?
, que ya quedamos así cuando vi que no estabas preparada, que me habías engañado con tu forma física.
Eso sí, en la cama dabas el pego, no voy a negarlo.
Me estoy sulfurando. No la mato porque me agarra para que no me mueva. Tiene más fuerza que yo, es más atlética.
—Nunca pensé que llegarías tan pronto y menos que me buscaras.
Y cuando lo descubriste, decidí que me iba con ella.
¿Que hice mal? A lo mejor. Pero teníamos una relación abierta, así habíamos quedado, y aunque debería habértelo contado, pues pasó y listo.
Luego fui a buscarte para arreglarlo y ya no quisiste verme. Parece que perdí mi oportunidad.
—¿Oportunidad dice? Se hablan las cosas. Te quería, creía que teníamos algo real. Acepté ese tipo de relación por ti, quería estar contigo, igual que quise ir al Camino a tu lado sin saber donde me metía.
—Es lo que hay. Eso es la historia —zanja.
—¿Y has tenido que enviar unas notas para separarme de una persona que ni conoces?
—No te equivoques. A Ángela la conozco bastante bien.
—Deja de hacerle daño. Estamos juntas y, si sigues con tus notas, iremos a los mossos . Tenemos con qué incriminarte.
Berta suelta una carcajada breve.
—No tenéis nada y, tranquila, esto se acaba aquí.
Da un paso hacia atrás, pero no se va. Me mira como si aún le quedara algo por decir.
—Aunque reconozco que el jueguecito me estaba gustando.
Siento cómo se me hiela la sangre.
—¿Qué?
—Las notas. La duda. La inseguridad de Ángela cada vez que abría uno de los sobres. Ver cómo algo tan pequeño podía remover tanto. Esta vez me he arriesgado un poco. —Sigue con una sonrisa malévola—. Ha sido impulsivo al veros entrar. Quería ver tu cara y la suya.
Aprieto los puños.
—Estás enferma —digo casi gritando.
—No. Estoy dolida que no es lo mismo. ¿Sabes qué es lo más divertido? Que en la distancia le he cogido cariño.
—¿A quién? —pregunto, aunque sé la respuesta y no me va a gustar.
—A Ángela. Es mona e inocente. Tan confiada. A lo mejor me da por intentar acercarme solo por ver qué pasa, una posibilidad, y así Carla podría volver contigo y yo quitarte eso que ahora más quieres.
La agarro por la chaqueta y la empujo contra el banco. He sacado una fuerza que ni yo conocía.
—Ni se te ocurra acercarte a ella. —Mi voz sale firme—. No vuelvas a mirarla ni a pronunciar su nombre.
Berta parpadea, sorprendida por primera vez.
—Vaya, qué protectora.
—Escúchame bien —continuó, sin soltarla—. Se acabó. Las notas, ese jueguecito que os lleváis Carla y tú, porque entiendo que está enterada.
—No sé si ella sabe alguna cosa, tal vez lo ha intuido.
Me dijo que quería contarte algo y que no la escuchabas.
A lo mejor era que me había pillado. Hay sobres a nombre de Ángela en mi despacho, como los que he traído hoy.
No los escondo, no tengo por qué. Hago borradores de qué palabras podrán dolerle más…
Estoy muy enfadada, enojada diría yo. Lo que me quería decir Carla era que creía que Berta era quien le estaba enviando notas anónimas a Ángela. Todo cobra sentido en mi cabeza.
—Si vuelve a recibir una nota o te acercas a ella o te veo por Serratona, no te lo volveré a advertir. Iré a por ti. Iros ambas al infierno y no volváis a molestarnos. Nos dejáis en paz aquí y ahora.
—Tranquila. Ya me he divertido bastante y, como te he dicho, esto se acaba ahora. —Se sacude la chaqueta y se aparta de mí—. Además, si Carla descubre que ya tienes pareja, tal vez se conforme conmigo, aunque sea de postre. Me viene bien. Me gusta Carla.
Se gira y empieza a alejarse. La veo girar la calle y por fin desaparece de mi vista. Tengo el pulso desbocado. ¿Qué acaba de suceder?
Sin pensarlo, yo he sido la persona que ha provocado el daño a Ángela. Alguien de mi pasado, alguien de mi entorno. La idea me golpea con fuerza y me cuesta asumirla. No puedo creérmelo.
Al girarme para volver a la tienda, la veo en la esquina, mirándome. El corazón se me detiene un segundo.
¿Habrá escuchado algo?
Me acerco muy despacio hasta ella, intentando dibujar una sonrisa en mi rostro. Tengo que contarle quién es y lo que ha hecho. Es ella la que debe decidir si quiere denunciarla ahora que sabemos los motivos.
—Esa mujer, ¿quién es?
—Largo de contar.
—Te escucho.
Asiento y resoplo. Cierro los ojos un instante y busco la mejor manera de explicarle quién es.
—Es una chica con la que salí hace tiempo.
No estuvimos más de tres meses juntas, algo intenso que no salió bien.
Ella quiso recuperarme, pero su daño era irreparable.
La quise demasiado para lo poco que duró y ella no supo aceptar la ruptura, algo que no entendí ni entiendo, pues fue ella la que causó la separación.
Las notas eran su manera de hacerme daño. A mí a través de ti.
Ángela me sostiene la mirada.
—¿Se ha acabado?
—Espero que sí. Bueno, lo aseguro. No volverás a recibir ningún otro sobre de parte de ella —respondo con una certeza que nace desde dentro—. Finiquitado.
Ángela da un paso y entrelaza su mano con la mía.
—Entonces, que se vaya al infierno.
Sonrío. Me quiere y yo quiero disfrutar mi vida a su lado.