Capítulo 38
ÁNGELA
Rememoro la tarde de ayer y aún me cuesta creerlo. No era la primera vez que la veía expuesta ante mí, pero supe que no solo era pasión ni impulso. Éramos nosotras.
Después de aquel momento intenso en el mirador, todavía con el latido desbocado, le pedí que me acompañara a mi piso.
Justo al llegar, como parte del destino, mi madre salió por la puerta y nos vio.
Nos observó. No dijo nada —tampoco se lo iba a permitir— y le sostuve la mirada el tiempo suficiente para que entendiera que aquello era lo que yo quería.
Mi madre aún desconocía el papel de Ricardo en aquella historia y se lo explicaré con todo lujo de detalle. Tiene que saber que no me conviene y debe quedarle cristalino. También es necesario que compruebe la maldad que hay en algunas personas.
Una vez claras las posiciones, con Alice a mi lado, algo nerviosa por la tensión de su cuerpo, la dejé pasar. Comprendí que cruzaba el umbral con la persona que había convertido mi presente en lo que iba a ser mi futuro.
Despertarme a su lado esta mañana ha sido una delicia.
Me giro despacio para mirarla y ella hace lo mismo, aún con sueño en los ojos.
—Me encanta ver tu sonrisa al amanecer —comenta Alice.
—No es la primera vez.
Ella acerca la mano y roza mi mejilla con los dedos.
—Y no será la última, tenlo por seguro.
Desayunamos sin prisas y después salimos a pasear por el pueblo. Me gusta caminar a su lado, notar cómo su mano busca la mía de forma natural y no quiero esconderlo más. Que todos se enteren de que estamos juntas. Y si mi madre tiene problemas, tendrá que resolverlo.
De pronto, Alice frunce el ceño y mueve su cuerpo, como si intentara localizar algo a su espalda. Se queda quieta unos segundos, fija la vista en un punto concreto y vuelve a mirar, desconcertada.
—¿Quién era? —le pregunto.
—Imaginaciones mías, supongo. No es posible.
—¿El qué? ¿Quién?
—Nada, nada. Ni caso.
Da un par de zancadas largas, como si quisiera dejar atrás algo que solo ella percibe. Y si Alice no le da importancia, yo tampoco.
Llegamos a la tienda. Max está dentro, atendiendo a un par de clientes. Cada vez el boca a boca va funcionando mejor.
—Me gusta como ha quedado —digo mirando el interior desde la puerta.
—Ha costado volver a estar aquí y he tenido que superar algún que otro bache. Espero que el esfuerzo invertido merezca la pena.
—Estoy más que convencida.
Entrelazamos nuestras manos y entramos. Max nos dedica una sonrisa antes de seguir con las dos chicas a las que les muestra las novedades que, por lo visto, han llegado a la tienda y que Ricardo no ha podido detener.
Alice se dirige al despacho y yo me quedo curioseando el género nuevo hasta que una prenda llama mi atención. La descuelgo, me la coloco por encima y me observo en el espejo. Me queda bien. Muy bien.
—Puedes probártela, lo sabes —murmura Alice a mi espalda.
Su cercanía me acelera el pulso. No la he oído acercarse.
—No sé, ya me regalaste un vestido el otro día. Así no te vas a hacer rica.
Niega con la cabeza.
—Si esa camisa te gusta, es tuya.
—Quiero pagarla, ser una de tus clientas habituales.
—Eso lo daba por hecho. —Su sonrisa me enternece.
Me meto en el probador y compruebo, al salir, que me queda de escándalo, y así se lo digo.
—¡Qué presumida eres!
—¿Lo dudabas?
El brillo en sus ojos me confirma que la decisión ya está tomada. Espero aportar algo a la tienda, pero, si insiste en que sea un regalo, tampoco voy a discutirlo.
Nuestras miradas se encuentran y siento un estremecimiento.
Somos la una parte de la otra. Lo veo claro y creo que ella también.
Su aroma, tan distinto al mío, me envuelve y me deja sin sentido.
Cierro los ojos un segundo y, cuando vuelvo a abrirlos, su expresión ha cambiado.
Tiene la vista fija en la puerta de entrada.
—¿Qué sucede? —pregunto.
Han deslizado un sobre blanco por debajo de la puerta. Me tenso y me estremezco. ¿Otro más?
Alice lo recoge y se gira hacía mí.
—Este no lo vamos a abrir. Y déjame a mí que voy a averiguar quién ha sido. De repente, tengo una ligera idea.
No me da tiempo a reaccionar. Sale decidida, sin explicarme nada. Me quedo quieta, con la camisa nueva entre las manos y una sensación extraña recorriéndome el cuerpo.