Besos con sabor a cereza (Besos con sabor 3) Capítulo 37 #2
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Capítulo 37 #2

—Lo más fácil era darle la razón, decirle que sí, que hablaría con él y que ya veríamos.

Esas son las palabras que escuchaste. Pero no son ciertas.

No lo quiero, como te he dicho un millón de veces, no siento nada cuando estoy a su lado.

Contigo… es diferente. El mundo se desordena cuando no estás cerca.

Y estas semanas sin ti, sin saber dónde estabas ni qué había pasado, me han vuelto loca. Casi lo consigues.

Esbozo una leve sonrisa. Me gusta escuchar su voz.

—Cuando he ido al bar de Dolors y me ha dicho que estabas en el pueblo, no he tardado ni un segundo en escribirte y quedar aquí. En este lugar. Nuestro lugar. Sin interrupciones, sin nadie alrededor. Solo para nosotras.

Me toca a mí, debo contarle cómo descubrí ese error que me ha llevado a casi perderla.

—Ricardo llegó a la tienda de muy malas maneras.

Por la mañana reclamó papeleo que exigió tener listo para después de la hora de comer.

Imposible. Max y yo recabamos la información que necesitaba y, aun así, dijo que lo que le mostramos no era preciso.

Y en esas, con un aire de suficiencia, me comentó que iba a tu casa a tomar café e insistió en que lo acompañara.

—A mí me dijo lo contrario. Que te lo había pedido y que te habías negado —interrumpe Ángela.

Un breve silencio nos rodea. Ángela coloca su mano encima de mi muslo.

—Aún no sé cómo accedí. Llevaba esa pose de superioridad que debería haberme hecho dar media vuelta, pero tenía la oportunidad de verte y no quise desaprovecharla.

Ricardo tenía llaves de tu casa, accedió como si viviera allí, algo que me sorprendió mucho.

—Y, por su cara, veo que a ella también—.

Fue directo a la cocina y yo lo seguí, pero una conversación me detuvo en medio del pasillo.

Detengo un segundo mi monólogo y la miro. Sus ojos me vuelven loca y tengo que serenarme para explicárselo.

—Oírlo de tus labios me destrozó. No podía creérmelo.

—Hago un gesto vago con la mano—. Salí huyendo.

Tal vez debería haber esperado que tú me lo contaras, pero en ese momento no veía viable escucharte.

No tenía fuerzas. Además, Ricardo nos había dejado claro que la intervención en la tienda duraría meses, que los números mostraban un riesgo evidente sobre la cantidad financiada y que no sabía si lo podrían revertir.

—Trago saliva antes de continuar—. Llegué a Barcelona rota por dentro y me desmoroné en casa.

Fue mi padre quien me hizo ver que los números estaban falseados, no coincidían con mis informes, aun así, quise desaparecer.

Pero, de algún modo, también fue eso lo que me hizo levantarme.

Me mira curiosa, impaciente. Se ha girado en la piedra y cruza sus piernas para verme mejor. Atrapa una de mis manos y la acaricia.

—Alfonso Medina manipuló los datos para justificar que su hijo asumiera la supervisión de la tienda y obligarme a apartarme.

El motivo exacto, supongo que orgullo. Mi padre cree que fue una especie de pulso entre ellos, algo relacionado con que mi padre contaba más con Antón que con él dentro del fondo y Medina quería recuperarlo a toda costa.

Estuvieron en la reunión. Los dos. Y no fue agradable.

Cuando destapé la farsa, Antón, con el beneplácito de los socios, ordenó una auditoría inmediata.

De momento, los han apartado de cualquier decisión relacionada con la tienda.

No pueden intervenir ni acercarse hasta que termine la investigación.

La observo con calma mientras procesa lo que le he explicado con detalle.

—Si la auditoría confirma lo que mostré, no solo será una cuestión interna. En ese nivel, manipular informes tiene consecuencias serias. Profesionales… y puede que algo más.

Su cara de sorpresa me demuestra que no sabía nada.

—Supongo que Ricardo lo ha mantenido a buen recaudo. Este tema seguro que no le interesa sacarlo mientras desayuna con tus padres y contigo.

—No hemos vuelto a coincidir desde aquel día. Mi madre es la única que insiste y yo le he dicho que ya hablaré con él si es que llego a hacerlo. Antes de ayer recogió sus cosas y comentó que volvía a Barcelona. Que su padre lo necesitaba allí. No añadió nada más. Ahora entiendo el verdadero motivo.

—Se han cubierto de gloria —murmuro—. Solo espero que reciban su merecido.

Ángela me coge la otra mano y continúa haciendo círculos en la palma. Me mira con determinación, dándome su apoyo.

—Yo también tengo que contarte algo. He recibido otro sobre. —Sus ojos se entristecen y yo siento rabia—. No sé cómo decírtelo… En la nota se te menciona.

—¿A mí? ¿Qué tengo que ver yo con el teatro?

—Eso nos gustaría saber. También te buscaba por eso. —Hago una mueca con los labios sin comprender—. A ver, que deseaba verte, que me explicaras por qué habías desaparecido y, cuando recibí la nota, necesitaba hablar contigo para que nos dieras más pistas.

—No sé quién puede ser. ¿Qué dice? —pregunto.

Seguimos acariciándonos las manos. Ninguna de las dos desea que se acabe esta cercanía que nos envuelve.

—¿Sabes qué? Luego te la enseño y averiguamos más. —Arquea una ceja—. Ahora mismo estoy pensando en otra cosa.

—Aaah, ¿sí? —digo con una voz melosa.

Sé lo que quiere y que esté frente a mí lo convierte en una posibilidad real. Una que anhelo que sea mía.

Se pone de rodillas y se aproxima a mí. Yo hago lo mismo para poder estar lo más cerca de ella.

Busco sus labios y los beso con tiento, despacio.

Ángela suspira contra mi boca. Su sabor, afrutado, me desmonta y me apodero de ellos con más firmeza.

Mis manos se deslizan desde sus muñecas hasta sus brazos para llegar a la curvatura de sus hombros.

Las bajo despacio por encima de su pecho y noto la dureza del pezón.

Está igual de excitada que yo. Sigo el camino de mis manos hasta detenerme en su cintura, para calmar mi desbocado corazón.

Ella responde de inmediato. Su lengua roza la mía, sus dedos se cierran alrededor de mi cintura y me atraen hacia ella con decisión. Nuestros cuerpos ensamblan a la perfección.

El viento mueve su cabello y yo lo aparto con los dedos para besar la línea de su mandíbula, su cuello. Mi respiración se acelera al sentir cómo su piel se eriza bajo mis labios.

—Alice… —susurra mi nombre.

Ese sonido me enciende. Mis manos recorren su espalda memorizando cada curva y necesitándola más cerca, aunque eso sea imposible. La temperatura de nuestros cuerpos empieza a subir.

Mis dedos se cuelan en su cintura para retirarle con destreza la camiseta de tirantes que lleva puesta.

Sus pechos se muestran frente a mí y no puedo detener a mi boca, que los succiona con avidez.

Primero uno y luego el otro. Escucho sus gemidos, como arquea su espalda y eso me enciende más si puede.

Ángela se pone en pie, me obliga a sentarme y se coloca encima de mí a horcajadas. Que nuestros sexos estén tan juntos eleva un grado más la temperatura ambiente. Menos mal que estamos al aire libre, si no, explotaríamos por combustión espontánea.

Sus dedos se enredan en mi cabello e introduce su lengua en mi boca. Yo solo siento un apetito insaciable. Sus pezones se clavan en mi pecho y la excitación aumenta por momentos.

Me aparto un segundo para coger aire y Ángela no me permite ni respirar.

Desabrocha los botones de mi camisa con rapidez, alguno incluso se le encalla.

Quiere verme al completo. Introduce uno de sus dedos en el sujetador para tocar mis pechos y masajearlos.

Un calor apremiante nos atrae sin poder detenerlo.

Estamos desnudas de cintura para arriba y yo miro alrededor por si alguien pudiera vernos.

—No te preocupes. Solo los pájaros van a disfrutar de nuestra pasión.

Y accede de nuevo a mi boca, con ímpetu, con urgencia. El roce de nuestros cuerpos, piel contra piel, no es suficiente. Necesitamos más.

Mis manos bajan hasta su cintura con la idea clara de despojarla del short que lleva. Ángela comprende mis intenciones al instante y se incorpora para tumbarse sobre la piedra, ofreciéndose sin reservas. Una visión que no sé si seré capaz de olvidar algún día.

No es la primera vez que contemplamos nuestros cuerpos, pero aquí, en nuestro lugar, rodeadas de naturaleza, todo se siente distinto.

Las miradas siguen conectadas y mi mente solo imagina escenas en las que ella y yo estamos juntas. Como ahora.

Desciendo despacio por su cuerpo, besando cada centímetro de piel que encuentro.

Su vientre se tensa bajo mis labios. Cuando llego a su sexo inspiro su olor y siento que voy a desfallecer.

Es adictivo. Empiezo a lamerlo hasta que el bosque se llena de sus gemidos contenidos.

No puedo parar. Sentir que es mía es un puro goce.

Mi boca sigue succionando, lamiendo, besando sin detenerme. Necesito que llegue al clímax y sentir su humedad en mis labios. Cuando se abandona a ese instante, me coloco encima de ella para abrazarla. Siento su respiración agitada, al igual que la mía.

Nos miramos y su sonrisa, ese brillo en sus ojos, hace que mi corazón se desborde en mi pecho.

Estamos en nuestro lugar, de nuevo juntas, y nadie va a separarnos.

Esta vez no pienso soltarla.