Capítulo 37
ALICE
Mis manos tiemblan. Tengo la llave entre los dedos, esa que abre la puerta de la tienda taller. Llevo varias semanas sin respirar su aroma y no sé qué habrá podido hacer el impresentable de Ricardo en ella. Max me dijo que controló la situación; aun así, debo verlo con mis propios ojos.
Cuando traspaso el umbral, siento un dolor punzante en el pecho.
Lo ha cambiado todo de sitio. Los jerséis están amontonados en dos estanterías al fondo, ha retirado las camisas de sus perchas y las ha doblado.
Supongo que para facilitar el acceso, pero se ven menos, pierden presencia y están llenas de arrugas. Nada está en su lugar.
Hago un par de respiraciones profundas para calmar a mi cuerpo y mi mente. Me recojo el pelo en una coleta y me pongo a organizar.
—Alice, este es tu sitio, la tienda que deseabas. Tú puedes —me digo en voz alta.
Mi estilo y mis criterios son mejores, por supuesto, que los de un niño de papá. Uno que, por lo visto, vino a supervisar información que manipularon ellos mismos y, dicho sea de paso, ni siquiera fueron capaces de hacerlo bien.
Apenas llevo diez minutos cuando entra Max. Siento tal alegría al verlo que no puedo expresarla en palabras y las lágrimas empiezan a descender por mis mejillas. Me abraza tan fuerte que su calidez me reconforta.
—¿Por qué no me has avisado de que venías hoy? Además, hace un par de días que el señor Medina no ha pasado por aquí.
—Mejor. Pero esto es un desastre. Le has dejado hacer de todo.
Se encoge de hombros.
—Solo hablaba de «organización», de «más accesos por parte del cliente» y en realidad se dedicaba a gritarme y a hablar mal a cualquiera que entraba. Siempre he pensado que no tenía nada de ejecutivo y sí mucho de rastrero.
Sonrío.
—Me encanta tu percepción de Ricardo. Es tal cual. Un gallito que se esconde bajo el ala de su padre, otro impresentable que se creía con poder para sacarme de mi sitio. Y lo único que ha conseguido es perder su trabajo… o eso espero.
Suena la campanilla de entrada y ambos nos giramos para atender al cliente que entre. Para nuestra sorpresa, nos topamos con la sonrisa de Dolors, que trae un par de cafés con leche.
—¿Qué haces aquí? —le pregunto.
—No has pasado por tu café y Max tampoco me ha llamado para que se lo traiga. Pues si Mahoma no…
—Valeee —la paro—. ¿Y cómo sabías que estaba aquí?
—He visto tu coche cerca de la plaza. No lo has escondido muy bien.
—Me guiña un ojo y deja los cafés en el mostrador.
Max coge el suyo y le da un sorbo—. Y tenía ganas de verte.
A lo mejor me das un consejito para el traje de la boda de mi sobrina nieta.
Es dentro de seis meses, pero ya puedo empezar a mirar, ¿no?
El imb… —Detiene sus palabras y casi sé lo que va a decir—.
El hombre que te estaba sustituyendo no tenía ni idea de moda. No sé cómo lo pusiste al cargo.
—Dolors, no fui yo. —Abro la tapa de mi café, le pongo un sobre de azúcar y le doy un sorbo. Aún está caliente—. Ya lo he solucionado.
—Por aquí te buscaban. ¿Dónde has estado? —pregunta, curiosa.
—En casa de mis padres —contesto sin entrar en detalle—. Nostalgia. —Suspiro y le doy otro trago al café.
De madrugada, me he despertado intranquila y con la firme convicción de que debía volver a Serratona.
Que solo aquí podría resolver los problemas que aún rondaban por mi cabeza.
La reunión con el fondo fue un éxito y en cuestión de horas recuperé cada clave, cada permiso y cada margen de decisión que me habían arrebatado.
La única duda que me quedaba era si debía regresar tan pronto, pero, una vez solucionado ese frente, el asunto que seguía candente estaba a un par de horas en coche y debía afrontarlo.
Ahora, aquí, en este lugar, vuelvo a ser yo. Y lo necesitaba.
Dolors da una vuelta por la tienda con Max, que le está escogiendo algunas prendas, y me dejan a solas. En breve, el pueblo al completo sabrá que estoy de regreso.
No le he dicho nada a Ángela. Tampoco sé qué quiere oír.
Ha vuelto con Ricardo y yo, a ese impresentable, ni agua. Aunque, si soy honesta, la raíz del problema no era él, sino su padre: un hombre dispuesto a forzar cifras y decisiones con tal de ampliar su influencia dentro del fondo.
La auditoría está en marcha. Si se confirma lo que vimos en aquella sala, no será solo una cuestión de orgullo herido. En ese nivel, manipular informes y alterar proyecciones tiene consecuencias serias: internas, legales y profesionales. Y en entornos como ese, la reputación lo es todo.
No sé hasta dónde llegará. Pero esta vez no podrán esconderlo bajo una mesa de juntas.
Cuando se acerca el mediodía, decido ir a casa de tía Angelines para pedirle disculpas por desaparecer sin dar señales y para preguntarle si me acoge de nuevo. Tiene en su casa aún mis pertenencias, por lo que espero diga que sí.
La amplia sonrisa con la que me recibe y el olor a macarrones recién horneados son las mejores pistas para una resolución satisfactoria.
—Biel estará aquí en cinco minutos, que viene con su madre a comer conmigo.
—Pues menuda suerte la mía, mato dos pájaros de un tiro.
—No mates a nadie y cuéntanos qué ha pasado. Desapareciste.
—Si te parece, esperamos a María y os lo cuento a las dos a la vez.
—Perfecto. Ayúdame a poner la mesa.
Ese momento, tan nuestro, me hace feliz. No es mi casa, no es mi familia, pero he creado un vínculo con estas personas.
La puerta se abre y un pequeñajo entra corriendo. Cuando me ve, salta a mis brazos gritando mi nombre. La mirada de María es de cautela.
—He vuelto —contesto a esa pregunta velada.
Nos sentamos alrededor de la mesa y la charla es tan amena que me siento a gusto. He tomado la decisión correcta.
Mi teléfono vibra y es un mensaje de Ángela. Alguien ya le ha chivado que estoy por el pueblo y quiere —más bien, me exige con palabras bonitas— hablar conmigo.
Quedamos en dos horas en su lugar seguro.
No sé cómo he llegado sin un mapa, aunque las indicaciones que me envió Ángela en aquella ocasión han tenido su utilidad.
Y aquí estoy, sentada en una de las rocas que hace las veces de asiento, inspirando el aire puro y observando el horizonte. No sabía si sería capaz de llegar, por lo que comí rápido y salí apenas veinte minutos después de recibir el mensaje.
Estoy nerviosa y tengo una sensación de incertidumbre.
Su mensaje ha sido claro: tiene que hablar conmigo cara a cara.
¿Qué me querrá decir?
¿Qué está con Ricardo y que solo somos amigas? ¿Que lo nuestro no es posible? ¿Que ha sido maravilloso y que ya no puede ser? ¿Que su madre no la apoya y por eso me aparta de su vida?
Cojo aire con calma. Cierro los ojos y me visualizo en mi tienda favorita, esa a la que siempre recurro cuando necesito recordar quien soy.
Elijo varias prendas y me las pruebo. Me quedan bien, incluso mejor de lo que esperaba.
Se ajustan a mi cuerpo con naturalidad. Son de un tono rosado, cercano al cereza.
¿Cereza?
Sin quererlo, Ángela se cuela en mi visión. Está a mi lado, probándose las mismas prendas mientras me sonríe. A ella le quedan mejor que a mí. Se adaptan a sus curvas, el color resalta su piel, ilumina su rostro.
Un ruido que se acerca me saca de mi ensimismamiento. Abro los ojos. Busco entre las ramas hasta verla aparecer. Llega hasta mí y se sienta en la misma roca sin pronunciar palabra. ¿Está enfadada?
Debería estarlo yo. Ella es la que me abandona.
Los minutos pasan y solo nos arropa el vaivén del aire, el canto de los pájaros, la sensación de paz que pronto será rota por una conversación que no deseo iniciar, aunque tal vez ella espere que yo dé el primer paso.
—¿Por qué has vuelto con Ricardo? —pregunto directa, sin pensarlo. Porque, si no lo hago ahora, nos haremos más daño.
—No he vuelto con él. ¿Quién te ha dicho eso?
—Tú misma. Te oí el otro día.
Se gira para mirarme y frunce el ceño. No se da por aludida.
—Hablabas con tu madre. Ella te dijo que hacíais muy buena pareja y tú accediste a intentarlo otra vez con él.
Con esa persona que me has repetido hasta la saciedad que no te merece, que no lo quieres, que ya no sientes nada por él.
No lo entiendo y tampoco por qué no me lo reconoces.
—Bajo la cabeza y la escondo entre mis brazos.
Ángela se acerca un poco más y yo retrocedo. No quiero sentirla. No puedo perderme en su contacto. La conversación de hoy es para continuar siendo amigas, si es que podemos serlo.
—Alice, mírame —me pide.
No tengo valor, no puedo perderme en sus ojos. Hago un esfuerzo titánico para no hacerlo, creía que ya había reparado las heridas, que en casa de mis padres había sanado suficiente, pero ahora, con ella delante, todo se desmorona.
Sus dedos rozan mi barbilla y la giran con cuidado hacia ella. Pese a mi empeño mental, no opongo resistencia.
—Sé a qué conversación te refieres, pero tú no estabas ahí. ¿Te lo ha contado Ricardo? —pregunta con cautela.
Niego.
—Lo escuché yo, de tus labios. Por eso sé que es verdad. Nadie tenía que decírmelo.
—Una verdad errónea.
Sacudo la cabeza con firmeza y me retiro de su contacto. Vuelvo a refugiarme entre mis brazos.
Ella empieza a hablar y escuchar la cadencia de su voz, el ritmo pausado de sus palabras, consigue calmarme.
—No sé cómo estabas ahí, eso me lo cuentas después.
Mi madre es muy clásica. Se pasó la comida diciendo lo buena pareja que formábamos Ricardo y yo.
Él no hacía nada para sacarla de su error.
Mi cara, agria y cansada, debería haberle dicho lo que pasaba, pero ella únicamente veía lo que quería ver.
En un momento nos quedamos a solas y le hablé de ti, algo que tachó de confusión.
Insistió. Yo también. Hasta que me rendí.
Hace una breve pausa.