Besos con sabor a cereza (Besos con sabor 3) Capítulo 36
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Capítulo 36

ÁNGELA

No saber nada de Alice me mantiene en vilo. María dijo que logró contactar con ella y que su respuesta fue que necesitaba un poco de tiempo para resolver ciertos problemas relacionados con la tienda.

Tiempo: una palabra que lo aplaza todo y suena a distancia.

Siento que la pierdo y no entiendo el porqué. No me ha explicado nada, no ha vuelto a contactar conmigo y ha desaparecido de nuestro entorno. No está en el pueblo ni en la tienda. Angelines tampoco sabe de ella.

Ricardo sí habló con Alice aquel día, o al menos eso me dijo. Temas laborales, según él. Añadió que le propuso que lo acompañara a tomar café en casa de mis padres, algo que no sé muy bien por qué hizo, pero que, en cualquier caso, Alice lo rechazó.

—Me pareció de lo más infantil —comentó con ese tono que ya empiezo a odiar por completo—. Dijo algo así como que «no me apetece estar con vosotros». Como si nosotros fuéramos algo que detestara. No la entendí y, si tú tampoco la comprendes, será por algún motivo que desconocemos, ¿no crees?

Sus palabras me dejaron un nudo en el estómago.

Que Ricardo se incluyera en ese nosotros era confuso y que Alice dijera que no le apetecía estar a mi lado, que es lo que yo entendí de esas palabras, me resultó aún más doloroso.

Aquella noche Ricardo insistió en cenar conmigo.

Me negué. No quería que estuviera en Serratona más de lo necesario, ni mucho menos instalado en la casa de enfrente, asomándose a la ventana con una sonrisa de suficiencia para saludarme como un crío cada vez que yo aparecía por la de mi cocina.

¿Por qué mis padres lo habían permitido?

Supongo que la conversación con mi madre, esa en la que insinué que tal vez le iba a dar otra oportunidad, lo ponía de nuevo en escena.

Aquella noche apenas dormí. Le di vueltas a la cama, más de las que eran necesarias, preguntándome a cada segundo cuándo se torció la relación con Alice, qué es lo que dije o hice para que saliera de mi alrededor.

Un par de semanas después, ella sigue sin estar por aquí.

No lo entiendo.

Sandra ha venido a verme. Sabe que estoy alicaída y pretende ayudarme.

—¿Has recibido alguna otra nota sin decírmelo y por eso estás así?

—No.

Imposible ocultar nada en estos momentos ni en esta situación.

Lo importante es darle más detalles a Sandra del motivo real por el que me siento como estoy.

—¿Te apetece pasear? —le propongo.

—Si eso te hace bien, por mí vale.

Vamos al parque. Es por la tarde, el sol empieza a desaparecer por el horizonte y ya no queda nadie jugando en los columpios. Nos sentamos en uno de los bancos.

Sandra me observa con preocupación. Durante el trayecto me ha estado contando lo bien que está con Gerard y del viaje de estas vacaciones, porque al final se va sin mí. Me ha vuelto a pedir disculpas y, ahora, frente a frente, hace lo mismo.

—De verdad, sabes que deseaba ir contigo. Teníamos algunos problemas económicos, pero lo estábamos intentando, y tú lo sabes.

Asiento. Sé que tiene razón; aun así, me duele.

—Claro, cuando apareció Gerard en mis planes y tú empezaste a distanciarte de Ricardo, pensé que ya no lo haríamos. Creo que saqué mis propias conclusiones y no eran correctas.

—Supongo. —Me encojo de hombros.

La escucho, aunque mi mente no está en el parque.

Ella piensa que estoy así porque se va con su novio de vacaciones y, quizás, por las notas que he ido recibiendo a lo largo de estos meses.

De esto último puede estar segura, porque me han afectado y lo siguen haciendo.

Pero no es lo que ahora me rompe por dentro.

Estoy así por Alice y Sandra no lo sabe.

Necesito abrirme a mi amiga, llorar en su hombro, vaciar esta angustia que llevo dentro. Las lágrimas empiezan a deslizarse por mi rostro y Sandra se acerca para abrazarme.

—Si quieres, le digo a Gerard que busque otro vuelo para ti y te vienes con nosotros. Sí, eso le diré, que lo estábamos preparando juntas y que no está bien que te deje sola…

—Sandra —me separo un poco de ella, la sujeto por los hombros y freno su discurso—, no tiene nada que ver con el viaje, de verdad.

—¿Entonces es por las notas? Vamos a los mossos antes de que me vaya y lo arreglamos. Seguro que pueden hacer algo…

—Por Dios —la corto de nuevo—, es por Alice que estoy así.

—¡¿Alice?! —Frunce el ceño, descolocada.

Agacho la cabeza y me muerdo el labio inferior. Cojo una bocanada de aire y la mantengo en mi interior antes de expulsarla con lentitud. Sin mirarla, empiezo a hablar. Espero que, si lo saco de dentro, me encuentre mejor, porque necesito un apoyo, alguien que me sostenga.

—Estoy enamorada de Alice —confieso al fin.

Sandra abre la boca, pero reacciono rápido. Le pongo la mano sobre los labios.

—No digas nada, no hables —le pido casi en un susurro—. Déjame terminar.

Asiente despacio, aún aturdida.

—Desde la primera vez que la vi, cuando vino con la familia de María, sentí algo.

No sé explicarlo bien, pero mi corazón se alteró solo con su presencia.

Unas semanas después volvió al pueblo, a reconectar con la naturaleza, según sus palabras, pero yo sé que vino a verme.

Lo notaba en sus miradas, en cómo se acercaba, en la forma en que me observaba cuando creía que yo no la veía.

Trago saliva antes de continuar.

—Y yo… Yo estaba con Ricardo, sí, pero, aun así, con Alice sentía algo distinto.

Algo especial. Algo que no podía ignorar.

Cuando estuve en Barcelona, el por aquel entonces mi novio me llevó a aquella cena laboral con su padre en vez de a una escapada romántica.

Fue la gota que colmó el vaso y por lo que lo dejé con él.

—Eso me dijiste —interviene Sandra, incapaz de contenerse.

La miro con severidad.

—Sí —continúo—, pero aquella noche Alice vino a mi hotel.

Y fue… —cierro los ojos por un instante para rememorar el momento y unas imágenes sensuales, que me estremecen la piel, se cuelen en mis pensamientos— una de las mejores veladas que recuerdo.

Intensa, erótica…, diría sobre todo que muy sexual.

Sandra sonríe y me aprieta las manos, nerviosa por lo que le estoy explicando.

—Y a la mañana siguiente, en la ducha, una auténtica maravilla.

Sandra intenta hablar otra vez. Vuelvo a taparle la boca, casi sonriendo, pese al nudo que tengo en la garganta.

—Déjame acabar —insisto.

Cojo aire de nuevo.

—He vuelto a estar con ella después, varias veces, muchas diría yo.

Estamos a gusto, aunque lo he mantenido oculto.

Cada vez que paso tiempo a su lado sé que me desea, que me ve de verdad.

Me siento cómoda, segura, viva. Quiero intentar una relación con ella, probar, arriesgarme.

El otro día se lo conté a mi madre. Ya sabes cómo es.

—Resoplo al recordar la escena con mi progenitora—.

Lo único que se me ocurrió, tras desvelarle algo que creo que no acabó de entender, fue decirle que hablaría con Ricardo para intentarlo de nuevo.

Fue una mentira, lo sé, pero una piadosa para no preocuparla.

No quiero nada con él. Cuando está cerca, no me emociona, no me hace vibrar y una incipiente rabia se apodera de mí.

Levanto la vista y clavo los ojos en Sandra.

—Con Alice es distinto. Es pura energía y todo tiene sentido.

—¡Pues lánzate! Ve a por ella —dice Sandra quitándose mi mano de la boca—. No entiendo qué te frena. Yo no, por supuesto.

—Pero…

—No hay peros que valgan. Con Ricardo no eres feliz, eso lo sabemos desde hace mucho tiempo, aunque lo has intentado demasiadas veces.

Si es Alice la persona, no sé por qué dudas.

Te molan las tías, lo sé, y Alice está de muy buen ver.

No le des más vueltas. Además, si la has catado y es lo que me cuentas, no desperdicies la oportunidad.

—Pues ahora falta encontrarla. Dar con ella y averiguar por qué ha desaparecido de esa manera.