Besos con sabor a cereza (Besos con sabor 3) Capítulo 35
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Capítulo 35

ALICE

Sigo en Barcelona. Desde aquí, y con la ayuda de mi padre, podré solucionar mis contratiempos. Porque eso es lo que parecen ahora: contratiempos. Que un par de personas con un ego más grande que esta ciudad han intentado estropear un proyecto que es mío. Completamente mío y de mi padre.

Lo único que buscaba Ricardo en Serratona era la posibilidad de acercarse a Ángela.

Pero eso ya lo tenía, o al menos parece que es lo que ella está dispuesta a volver a darle.

No comprendo el empeño de Alfonso Medina en colocar a su hijo dentro de mi proyecto, ese al que le he dedicado tantas horas, tantas noches sin dormir, tanta ilusión, y del que ellos no han sido parte.

Mi padre y yo hemos preparado un informe detallado. Llevamos varios días y sus respectivas noches recopilando datos, revisando números, atando cabos. Incluso hemos encontrado algunos elementos adicionales que hacen mucho más sólida nuestra posición. Algo que ellos no esperan.

Mi padre ha hablado con Carles Antón. Se reunió con él a solas, como amigos, para valorar cómo actuar. Le explico lo sucedido, aunque aún no le ha mostrado la documentación. Por ahora, se la guarda.

Tenemos un informe preliminar minucioso en el que hemos contrastado los datos originales que presenté con los documentos alterados que Alfonso llevó a la reunión del fondo.

Hemos señalado las incongruencias contables imposibles de justificar sin una intervención externa: márgenes modificados, previsiones recortadas sin base real, gastos inflados que nunca existieron.

Solicitamos una reunión para dar el mazazo final.

Lo único malo es que la fijan para la próxima semana.

Espero que, mientras tanto, la supervisión que Ricardo está haciendo no fastidie demasiado lo que he conseguido.

Yo aún no puedo volver y es con Max con quien hablo para saber qué pretende Ricardo.

Ha parado los pedidos y no entra género nuevo.

Y atiende bastante mal a las clientas. Así los números seguro que no dan.

Intento hacer contrallamadas. Max lleva el detalle de sus gestiones y yo lo reviso desde aquí, para minimizar el daño.

Ahora toca esperar.

María me ha enviado un mensaje a través de mi padre. Apagué el móvil a propósito. No quería que nada personal me afectara. Estaba dolida con Ángela y debía centrarme en lo importante.

Vuelvo a encenderlo.

Tengo muchas llamadas perdidas de Ángela. También de Ricardo. Incluso de Alfonso. Vaya. Parece que, de repente, les urge dar conmigo.

Tendrán que esperar.

Todos.

Ángela, porque aún no puedo hablar con ella. Necesito sanar otras heridas antes de poder mirarla y seguir pensando en ella, al menos, como una amiga.

Alfonso y Ricardo se verán conmigo las caras en la reunión. Hemos pedido de forma expresa que ellos estén.

El día señalado, me levanto algo atacada.

Una ducha relajante, mis cremas, el maquillaje y un buen conjunto me ayudan a poner un pie en la calle.

Me he calzado mis salones de punta fina y tacón estilizado y he elegido un traje sastre impecable, de líneas limpias, que me hace sentir segura, elegante y preparada para lo que venga.

La reunión, en esta ocasión, es en la sede de Antón, Medina y Asociados. Un despacho situado en la última planta de un edificio emblemático del centro de Barcelona, muy cerca de las oficinas de la cadena.

Primero paso a buscar a mi padre y, tras ultimar detalles, caminamos hasta allí.

Subimos en el ascensor. Me toma de la mano con fuerza y me calma.

La recepcionista nos hace esperar en el hall. Después, la secretaria de Carles Antón nos acompaña hasta la sala de reuniones. Todos los socios de Antón, Medina y Asociados están sentados en un lado de la mesa. Ricardo se encuentra con ellos. Y Alfonso Medina también.

Mi padre y yo nos sentamos enfrente. Para nada hay igualdad de condiciones, pero tampoco vamos desarmados.

—Señor Casadevall, señorita Casadevall, han solicitado esta reunión urgente y aquí estamos para atenderles —empieza Antón. Su rostro es amable; supongo que las conversaciones con mi padre fuera de los canales oficiales le ayudan a saber el motivo por el que estamos aquí.

Exponemos los hechos, sin dramatismo, solo datos: informes originales, versiones alteradas, decisiones que excedían del marco fiscal y legal del encargo… Ha bastado una revisión preliminar para que salten las alarmas.

—Esto no es posible —comenta uno de los socios.

—Los datos no engañan —respondo con calma—. Tienen el dossier frente a sus ojos, y la comparativa proyectada en pantalla.

Mi padre me ha dejado liderar la exposición y a cada minuto que pasa me siento más fuerte, con la sensación de que este round voy a ganarlo.

Ricardo se mueve incómodo en la silla. Alfonso permanece en silencio, observando los documentos que muestro.

—Esto es una interpretación interesada —dice con contundencia.

—Igual que la que usted hizo frente a sus compañeros sin contar conmigo y que derivó en imponer una supervisión sobre mi negocio a través de su hijo. Tal vez esté capacitado para ello, pero estaba allí de forma interesada.

Los socios se miran entre ellos, incrédulos. Observan a los Medina y repasan de nuevo las cifras.

—Repito —continúa Alfonso Medina, que no quiere que nadie lo doblegue y menos yo, que para él parece que soy un cero a la izquierda—: estos datos están sacados de contexto. Lo que presenté en su día era lo correcto.

—No entiendo por qué existen tantas diferencias —interviene Antón—.

Las cifras son objetivas. Le marcamos tres meses y tú revisaste antes de la fecha mostrándonos un riesgo que, según lo que vemos ahora, no era del todo cierto.

Nuestra participación operativa es mínima.

No acabo de entender por qué impusiste la supervisión de Ricardo.

—Te mostré unos datos. Estuvisteis de acuerdo. —Busca la afirmación de sus compañeros—. Ahora no me dejéis aquí como alguien que no soy. —El tono de Medina es excesivamente alto.

—Solo aclaro lo que veo y lo que la señorita Casadevall muestra. Nada de esto encaja con tus informes iniciales.

—Es que estáis magnificando la situación —interviene Alfonso—. Aquí solo ha habido una revisión de riesgos. Nada más.

Mi padre se inclina hacia delante y toma la palabra.

—Una revisión de riesgos no altera márgenes, ni modifica previsiones sin respaldo documental, ni introduce gastos ficticios —dice con serenidad—. Eso tiene otro nombre e implicaciones bastante más serias.

Ricardo se revuelve en la silla.

—Estáis insinuando algo muy grave.

—No —respondo, y lo digo con la firmeza de la que soy capaz—. No insinuamos. Mostramos. Como ven, en los dossiers entregados tienen el documento original y el que se presentó en la reunión del fondo.

—¿Cómo has conseguido esos datos? —estalla Alfonso.

—Yo se los facilité —dice Antón—. Nunca pensé que lo que sugieren pudiera ser cierto.

—Es una comparativa —continúo. No quiero que quede nada sin decir—. Datos modificados y fechas verificables. Los registros informáticos dejan trazabilidad.

La sala de reuniones se queda en silencio. Uno que pesa, que es difícil de controlar. Carles Antón entrelaza las manos sobre la mesa. Me mira y luego se fija en mi padre.

—¿Por qué no vinisteis antes con esto?

Cojo aire y contesto.

—Porque confiaba en ustedes y creía que era un proyecto común. Y pensé que con total probabilidad se trataba de diferencias de criterio, no de maniobras. Y porque mi tienda no es un experimento para que otros jueguen como si fueran los empresarios de algo que no han concebido.

Ricardo suelta una risa seca.

—¿Jugar? Perdona, pero si alguien aquí está fuera de su liga…

—Ricardo —dice su padre en voz baja y tensa.

Ya es tarde. Lo miro a los ojos.

—Esta tienda la he levantado yo. Yo la proyecté, yo creí en lo que hacía.

Sí, les pedí financiación, pero bajo unas condiciones que no han respetado.

Y, para colmo, se han reescrito números para justificar la decisión de supervisión de la tienda por un riesgo inexistente.

Solo tenían que dejar que hiciera mi trabajo.

Uno de los socios niega con la cabeza, molesto. No le gustan ni las insinuaciones ni que un compañero suyo, socio al igual que él, haya causado este perjuicio. Para mí ha sido un daño que espero pueda rectificar pronto y sin demasiada gravedad.

—Alfonso, esto es serio —dice Antón mientras este aprieta los labios. La rabia parece corroerlo por dentro.

—Mi hijo solo estaba intentando proteger la inversión con los datos que yo le mostré y vuestra aprobación.

—No —interviene Carles, por primera vez con dureza real—.

Tu hijo estaba interviniendo en un proyecto en el que tú alteraste una información para obtener nuestra aprobación.

Ahora, con los datos en la mesa, lo que has hecho es inadmisible.

Sigo sin comprender tus motivos. Con la de años que llevamos juntos.

La temperatura de la sala sube de golpe.

—¿Entonces, soy el villano?

—Eres alguien que ha cruzado límites que aquí nos tomamos muy en serio.

—Antón me mira—. Alice, gracias por hablar conmigo, por contarnos lo que ha descubierto.

Tendrá de nuevo independencia total sobre la gestión del capital aportado.

Le dejaremos un margen más amplio para remontar, si es que las actuaciones realizadas han causado algún daño.

Espero que no. Revisaremos las cláusulas del contrato en unas semanas.

—Se gira y mira a Alfonso—. Esto se va a auditar y, hasta que la investigación termine, ni tú ni Ricardo vais a participar en ninguna decisión relacionada con la tienda.

Ricardo abre la boca, indignado.

—¿En serio vais a fiaros de…?

—De datos —corta otro socio—. Nos vamos a fiar de datos.

El color en la cara de Ricardo ya es evidente. El de su padre, aún más contenido, pero igual de rojo. Carles se gira hacia mí.

—Alice, quiero que siga liderando su negocio, sin supervisión, sin ataduras. Con total autonomía operativa.

Siento cómo algo dentro de mí, que llevaba días apretado, por fin se afloja.

—Gracias —digo—. Les mostraré que en Serratona se vive la moda de otra forma, aunque estos inicios hayan sido costosos. Aún tenía margen de maniobra y tiempo para demostrar la viabilidad real del proyecto.

Mi padre me aprieta la rodilla bajo la mesa.

La reunión se da por cerrada con rapidez. Nadie quiere alargar más aquello. Nos levantamos. Ricardo evita mirarme y Alfonso tampoco dice nada. Mi padre y yo recogemos los documentos con calma. Sin prisa. Sin necesidad de demostrar más.

Al salir de la sala, Carles se acerca un momento.

—Tu padre tenía razón sobre ti.

Lo miro, sorprendida.

—Defiendes lo que es tuyo sin hacer ruido, hasta que hace falta hacerlo.

Asiento. Salimos al pasillo. Cuando las puertas del ascensor se cierran, dejo escapar el aire que llevaba reteniendo toda la mañana. Mi padre me pasa el brazo por los hombros.

—Estoy muy orgulloso de ti.

Sonrío cansada pero ligera, liberada por fin de ese peso que llevaba sobre los hombros y que ya no podía sostener más.

—Ahora puedo regresar a la tienda y luchar por lo que es mío. Nadie va a interponerse de nuevo.

—El fondo no era el problema —dice mi padre—. Solo los Medina.

—Espero que esto tenga consecuencias.

—No lo dudes.

Al salir a la calle respiro y siento que uno de mis problemas ya está solucionado. Deberé regresar a Serratona, a mi tienda, y actuar lo antes posible. Hablar con Max y con los proveedores.

Y sé que, una vez allí, Ángela se paseará otra vez por mis pensamientos. Bueno, ya ha regresado, pues volver significa tenerla cerca y no sé si seré capaz de mirarla como una amiga y nada más.