Capítulo 34
ÁNGELA
Llevo una semana sin saber nada de Alice.
Cada día me inquieta más no tener noticias suyas.
Ricardo se ha instalado en casa de mis padres y me parece de lo más molesto que podía hacer.
Odio que mi madre, aunque sabe que no estamos juntos y que me gusta otra persona, haya cumplido su promesa de ofrecerle una cama.
Yo sigo en mi casa, triste y ojerosa, apenas he descansado.
No comprendo lo que sucede. He ido a la tienda varias veces, con la esperanza de encontrármela para hablar, pero lleva días sin pasar por ahí.
Con la única presencia que me topo es la sonrisa superficial de mi exnovio, cargada de ironía y suficiencia.
Veo a Max a través de los cristales y me hace señas para que entre. Debe estar harto de que el otro se haga cargo del lugar de Alice, pero es que ella no está.
Al cruzar la puerta, Ricardo está sentado en la silla que solía ocupar ella, revolviendo papeles y alzando la voz al teléfono. Así seguro que no arregla ni supervisa nada de lo que venía a hacer. Se va a cargar todo lo que Alice había llevado bien hasta ahora.
Ricardo se acerca.
—Se fue, no sé dónde está —dice encogiéndose de hombros.
Esto ya me lo ha dicho un par de veces, pero le encanta repetirse —.
Supongo que, después de hablar con mi padre y conmigo, tiene claro que en la tienda hay muchos cambios que hacer para que sea viable, decisiones que tomar, y ella parece que no está dispuesta, que no se ve capaz. Si no, estaría aquí, ¿no crees?
—Ha luchado mucho por este proyecto. No abandonaría así como así.
—¿Por qué no? —insiste Ricardo—. Le mostramos sus errores en los cálculos, la cantidad de pérdidas que tendría si seguía con las ideas que tenía. Blanco y en botella.
Marco frente a él el número de Alice y no da señal. Está apagado o fuera de cobertura desde hace días. Parece que sus palabras tienen una parte de verdad.
No entiendo nada.
Si no quiere hablar conmigo, si no quiere contarme qué le pasa, entonces quizá no es quien yo pensaba. Tal vez un nosotras no era factible.
Algo que sigo sin creer.
Congeniábamos.
Conectábamos.
Éramos posible.
¿Por qué no me llama?
Paso por el bar de Dolors y espero a Sandra. Cuando llega, pedimos unos cafés para llevar —el mío ya es el segundo— y nos dirigimos al teatro. Esta tarde toca ensayo para la obra de diciembre. Ya hemos empezado y eso ocupa mi mente.
También vendrá Angelines, que es una de las encargadas del vestuario. Quiere tomar notas. Le gusta observar cómo se mueven los actores para adaptar la ropa a sus gestos y desplazamientos.
Cuando entramos, el ambiente está cargado. Ya hay bastante gente. Algunos hacen gárgaras, otros afinan la voz, muchos leen con atención su texto para asegurarse de no olvidarlo.
Nos sentamos en las butacas y esperamos al director de escena. Los grupos van pasando y vamos haciendo nuestras aportaciones. Una hora más tarde, pedimos un descanso.
Bajo un momento a la sala que usamos como archivo, donde están los papeles. Encuentro la puerta abierta y me extraño. Busco en el cajón lo que necesito y, de repente, me topo con algo indeseado.
Otro maldito sobre con mi nombre.
Lo cojo con los dedos temblorosos.
—Otra vez no… —susurro para mí.
—¿Ángela? —escucho la voz de Sandra a mi espalda—. ¿Todo bien?
Aprieto el sobre entre las manos antes de girarme.
—No —respondo—. Nada bien.
Y me dejo caer en el suelo, derrotada. No creía que llegaran más, y esta ya es la gota que colma el vaso. Aún no sé qué dice, qué palabras esconde, pero no sé si soportaré leerla.
Sandra se acerca y me abraza. Sabe lo que tengo y siente el mismo pánico que yo ante la idea de abrirla.
—¿Dónde estáis? —pregunta Arianne desde la puerta. Hoy ha venido a echar una mano—. ¿Qué hacéis en el suelo?
Se acerca sigilosa y su rostro cambia de color al ver el sobre entre mis dedos. Se agacha a nuestro lado y se suma al abrazo.
Soy yo quien toma el control. Inspiro, me incorporo y empiezo a hablar.
—Venga, continuemos y después leemos la nota. No quiero que interrumpa el ensayo de hoy. ¿Quedamos como la otra vez, en mi casa?
Ambas asienten y me siento un poco mejor gracias a su comprensión y apoyo. Doblo el sobre y guardo la nota en el bolsillo trasero de mi tejano antes de subir a la platea.
Un par de horas después hemos acabado con lo que teníamos previsto. Esta parte de mi vida funciona a la perfección.
Eso sí, tengo un par de frentes abiertos que no van por donde me gustaría.
Uno de ellos, las puñeteras notas.
Arianne ha tenido una pequeña discusión con sus padres por quedarse de nuevo en Serratona sin avisar con más antelación que unas pocas horas. Aun así, ella y Sandra están sentadas frente a mí en la mesa de la cocina.
Abro la nota y la leo:
Te lo he advertido.
No te acerques más a Alice.
Hay límites que no deberías cruzar.
Si lo haces, alguien saldrá perdiendo.
—¿¡Alice!? —exclama Sandra —. ¿Qué tiene que ver ella con estas notas?
—Eso me gustaría saber a mí —respondo—. La última nota que recibí mencionaba un ella, nunca pensé que fuera Alice. Por lo que en estos momentos tengo menos pistas de quién puede ser, quién no quiere que me acerque a ella. Además, ahora lo tiene fácil. No sé dónde está y no habla conmigo.
—A lo mejor sabía algo y por eso se ha apartado —sugiere Arianne.
—No —niega Sandra con firmeza—. Desconocemos por qué Alice no está en Serratona, pero seguro que no es por estas dichosas notas.
Le doy vueltas a la información de que dispongo: las amenazas veladas para que dejara el teatro, para que abandonara la dirección de la obra, y ahora la mención explícita de Alice y la advertencia de que no me acerque a ella.
Las tres revisamos las distintas notas, intentando encajar las piezas de este embrollo que, por más vueltas que le damos, no termina de aclararse.
—Necesitamos a Alice —sentencia Sandra.
—Pues a ver cómo nos lo hacemos. A mí no me coge el teléfono.
—Puedo probar yo —interviene Arianne—. Seguro que no tiene mi número y no sabe quién soy.
Le hago un gesto con la cabeza para que empiece a marcar, pero la maldita señal de apagado inunda la habitación. Resoplo, frustrada. No sé cómo dar con ella.
—María —sugiere Sandra.
—No. No quiero meterla en esto.
—¿Por qué? Ella es tan valida como cualquiera de nosotras, y una manera de ganar unas horas —prosigue mi amiga—. Si Alice no sabe quién es, debemos contactar con los mossos . Aquí ya hay nombres y esto empieza a ponerse serio.
Tras un par de intentos conseguimos dar con María. Se muestra preocupada; ella tampoco localiza a Alice, pero tiene algunos contactos y se compromete a moverlos de inmediato.
—No os preocupéis —nos dice—. En cuanto sepa algo, os aviso.
No hay mucho más que podamos hacer hoy.
Nos despedimos en silencio y cada una se va a su habitación. Me meto en la cama con una mala sensación. Y el sueño, esquivo, tarda en llegar.