Capítulo 33 #2
—¿Crees que podemos recurrir?, ¿que tenemos alguna posibilidad? —digo—. Demostrar que esos no eran los informes finales, sin culpar a nadie.
Mi padre me mira muy serio. Recoge los papeles y los mete en una carpeta.
—No. Esto hay que hacerlo bien. Con pruebas y con aliados dentro. —Se produce una pausa—. No voy a ir contra el fondo. Voy a demostrar que Medina no es fiable para ellos.
—Papá…
—El negocio es tuyo —me interrumpe—. O nuestro, si quieres verlo así, y va a seguir siéndolo. Pero hay que jugar esto como se juega en ese mundo. Con cabeza, no con rabia.
Se levanta y apoya las manos en la mesa.
—Antón me ha contado que Medina quería posicionar a una persona de su círculo para proyectos de este tipo.
Ricardo tiene el perfil y una novia, o algo así, en Serratona.
Además, por lo visto, Medina padre y Antón tuvieron sus roces en el pasado y eso ha acabado salpicando a más gente, entre ellos a mí.
Ahora te están tocando a ti y eso no lo voy a permitir.
—Ya sé a quién tiene en Serratona—murmuro—. Alguien que también yo quiero.
—¿Qué quieres decir?
—No solo he venido por el desplante de Ricardo. He escuchado parte de una conversación de Ángela. Decía que lo iba a volver intentar con él cuando yo creía que ella quería estar conmigo. Y me he roto.
—Ya me olía que había algo más, además de la tienda —murmura—. ¿A ella también le gustan los chicos?
—Sí, eso parece. Y, por lo que me ha dicho, es un imbécil con el que ha vuelto tres o cuatro veces. No le conviene y, aun así, lo intentará. Su madre es un poco antigua y lo de que le gusten las chicas no es lo más adecuado para su familia.
—Eso solo lo puede decidir Ángela, ¿no? —pregunta mi padre.
—Sí, pero escuché que quería volver con él y me rompí. No sé si le ha explicado algo de mí a sus padres, pero no tiene sentido luchar por alguien que no quiere luchar por ti.
—No tienes razón —replica—. Sí que hay que luchar por lo que uno quiere, intentarlo las veces que haga falta hasta que comprendas que no hay futuro. Ve a por ella. Lucha, al igual que vamos a luchar por la tienda.
Qué buena decisión haber venido a casa. Con mi padre me siento a salvo, él si me comprende. Con su ayuda podré ordenar lo que tengo por delante y decidir qué pasos dar, sin miedo.
—Alice, tienes una visita —anuncia mi madre, asomándose al despacho.
—¿Quién es? Nadie sabe que estoy aquí.
—Carla. Dice que te ha visto entrar.
—¿Qué hora es?
—Las ocho y media. Hora de cenar.
—No la invites, mamá —le recuerdo—. Ahora bajo a hablar con ella.
Expulso aire de mis pulmones y dejo a mi padre revisando los papeles. Luego seguiremos analizando cómo resolver el problema de la tienda. Ahora mismo no tengo cabeza para más.
Bajo despacio, sin prisas. Apenas tengo ganas de hablar con ella. Es mi amiga, sí, pero de un tempo a esta parte se ha vuelto demasiado insistente, con unas ganas desmedidas de estar conmigo, de saber de mí o de charlar a cualquier hora.
La saludo con dos besos, pero antes de que pueda apartarme, atrapa mi rostro entre sus manos y besa mis labios, sin darme tiempo a reaccionar. No lo deseo y, aun así, tardo un segundo en apartarla. No por ella sino por cansancio y porque no tengo fuerzas para gestionar otra emoción más esta noche.
Cuando me separo, apenas un instante, sé que no ha significado nada, aunque tampoco ha sido del todo inocente.
—¿A qué has venido? —pregunto, intentando recuperar cierta distancia.
—Pasaba por la zona y te vi entrar. Pensé que me llamarías —dice—. Te he enviado un mensaje.
—No he mirado el móvil.
—Pues por eso. Como no contestabas, he decidido llamar. Así por lo menos podía hablar contigo un rato.
—¿Y qué quieres, Carla?
—Hablar, ya te lo he dicho. ¿No puedes ahora?
—Es tarde. Vamos a cenar en breve.
—Lo supongo —sonríe—. ¿Me invitas?
—Venga, Carla —suspiro—. He venido a estar con mis padres. Me gustaría pasar este rato con ellos, a solas. Tengo unos asuntos que solucionar de la tienda.
—Pues cuéntamelo.
—¿El qué? —Niego con la cabeza—. Es que no sé de qué quieres hablar. Me escribes diciendo que tienes algo importante que contarme y luego nunca hay nada concreto.
—Solo quiero que me hagas caso. —Baja la voz—. Y ese beso…
—No ha significado nada —la corto—. Me has pillado en un momento de bajón.
—Ya…, pero me lo has devuelto.
—Si —admito—. Por lo que fuimos, por cómo me siento hoy, por mil cosas que no vienen al caso. Te he besado, soy consciente de ello, pero no vamos a volver juntas. Tenlo claro.
Frunce el ceño, molesta.
—Sigues con la niña esa.
—Con Ángela ya no hay nada —respondo, firme—. Es una amiga.
—Claro, amiga —ironiza—. Con derecho a roce, supongo.
La miro, dolida por tener que defender algo que ni siquiera existe como ella lo imagina, que se ha roto antes de empezar.
—No tienes derecho a hablar así —digo al fin—. Ni de ella ni de mí. Y ahora, por favor, vete. No es un buen momento. Hablamos otro día.
—Siempre dices lo mismo y nunca sucede —replica—. Tranquila, ya sé en quien confiar y veo que no es en ti.
—No digas eso. Pero, por favor, vete a casa y quedemos la semana que viene o cuando regrese. Te escribo.
Doy un paso atrás dándole el espacio suficiente. Abre la puerta y me deja a solas.
Era el peor día para que se cruzara en mi camino. La mañana había empezado con un impresentable, continuado con una conversación que nunca debí escuchar y rematada por unos datos económicos que no eran claros. Solo faltaba que Carla entrara en la ecuación.