Besos con sabor a cereza (Besos con sabor 3) Capítulo 33
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Capítulo 33

ALICE

Camino al lado de Ricardo. No sé el motivo por el qué lo hago, pero hay en su mirada un resquicio que me hace sentir expuesta.

Es evidente que es un negociador nato. Percibo que ha leído más de mí de lo que yo misma he dejado ver.

Cada microgesto, cada leve titubeo mío, parece haberle dado pistas sobre mi punto débil.

No necesito decir nada, él ya lo sabe: Ángela.

Por la mañana llegó con el discurso institucional: supervisión, revisión de procesos, análisis de viabilidad. Palabras bonitas para decir «vamos a meternos en tu negocio».

Me pidió documentación, balances actualizados, contratos con proveedores, previsiones de compra… Información que ya disponían y que no sé por qué pedían por triplicado. Aun así, me apretaba. Me dijo que volvería a pasar por la tarde y que quería todo lo solicitado listo.

Ni comí para prepararla. Max estuvo a mi lado y me ayudó.

Cuando entró por la tarde en la tienda con ese porte tan arrogante, sentí vértigo. Un vértigo extraño, mezcla de miedo y ansiedad, de perder no solo el control sobre el negocio, sino también lo que Ángela significa para mí.

Cada vez que mencionaba cifras, presupuestos o estrategia, notaba que mi mente se deslizaba hacia ella.

Compartí los informes, le entregué nuevos balances económicos, presupuestos viables, proyecciones realistas que apenas se dignó a mirar.

No tuvo reparos en rechazarlos, amparándose en la decisión del fondo y en su recién asumido liderazgo.

Aunque solo estaba allí como supervisor, su porte dominante hacía que sintiera que le cedía un poder que no quería entregarle.

—Por ahora, mi recomendación es que no lances nuevos pedidos ni cierres contratos hasta que tengamos el informe completo. Quiero revisar los asientos contables y los compromisos abiertos. Sin excepciones.

—Pero estoy empezando. Está llegando género que tengo que pagar y necesito seguir moviendo operaciones. Si paro ahora, es cuando la tienda se hunde de verdad. —Le sostuve la mirada—. ¿Es eso lo que queréis? Entonces, ¿por qué apostasteis por un negocio en el que no creías desde el principio?

—No te alteres —respondió con un tono condescendiente que me crispaba—. Tenemos que ver el alcance real de la situación y entonces decidiremos. Pero deberías evitar cualquier movimiento que suponga aumentar el gasto.

—Imposible. Tenía libertad para gestionar compras y acceso al capital pactado. Eso estaba firmado.

Puso los ojos en blanco, como si yo no entendiera algo que era evidente.

—Con lo que he visto hasta ahora… No te voy a engañar, tengo serias dudas sobre la viabilidad a corto plazo. No sé cómo te dejaron seguir adelante. Lo hemos visto tarde, pero aún a tiempo.

Cerró la carpeta y me arrebató las llaves. Un gesto déspota, innecesario. Al salir, me instó a seguirlo con una urgencia fingida que solo buscaba marcar territorio.

Me sentí ninguneada, desplazada, como si el trabajo de meses pudiera borrarse con un gesto suyo. Aquel era mi proyecto, mi tienda taller, y no podía permitir que un niñato viniera a arrebatármelo así, sin más. Tenía que luchar con uñas y dientes.

Y entonces comprendí que no solo estaba en juego el proyecto, sino Ángela y el poder que ella tenía sobre esas decisiones sin estar siquiera presente. Ricardo lo había percibido al instante y estaba jugando su baza.

Antes de salir mencionó que había estado comiendo con ella y su familia y que seguro que estarían encantados de vernos juntos, bien avenidos, charlando con tranquilidad en su casa, tomando café. Que, si lo deseaba, podía ir con él hasta allí.

¿Por qué acepté? Pues no lo sé.

Pero aquí estoy, caminando junto a alguien que pretende desmontar un proyecto en el que llevo meses volcando mi ilusión, un esfuerzo enorme y, estoy convencida, una visión muy clara de cómo se hacen las cosas.

Me he cruzado mensajes con mi padre. Los datos parecen reflejar un escenario negativo, pero ambos sabemos que están tergiversados, leídos de la forma conveniente para quien no quiere verle futuro a lo que he creado.

Ricardo y yo apenas hablamos durante el trayecto hasta casa de Ángela. Sé que ese silencio es deliberado. Quiere hacerme sentir pequeña, insegura. Y mientras avanzamos, me pregunto si aceptar ese café en casa de Ángela ha sido una buena idea.

Se detiene en la puerta y yo freno mis pasos.

He venido más de una vez a esta calle, a escondidas y de noche.

Aun así, reconozco la casa. Espero que a Ángela no le importe que me haya acercado con él.

Me apetecía verla y, en algún momento desde que me lo dijo hasta antes de entrar, creí que era una buena ocasión.

Ricardo saca un llavero de su bolsillo trasero y algo se me encoge por dentro. ¿Tiene llaves de la casa de los padres de Ángela?

Me mira con soberbia. Ha visto en qué reparaban mis ojos y ha entendido mi pregunta velada. Una sonrisa satisfecha se dibuja en su rostro.

—Venga, que no nos esperan tan pronto.

Y esa frase me deja aún más descolocada.

Entramos a un pasillo. Ricardo suelta el manojo de llaves en el recipiente de la entrada, cierra la puerta de la calle con sigilo y se dirige hacia una de las interiores, que, por lo que veo, da a la cocina.

Yo lo sigo, fuera de sitio, pero entonces escucho de fondo una conversación que parece venir del comedor, donde la puerta está entreabierta.

Detengo mis pasos. Ricardo se sirve un vaso de agua como si estuviera en su casa, tranquilo, sin reparos, mientras yo me quedo clavada en el suelo, escuchando.

—A lo mejor podrías intentar hablar de nuevo con Ricardo.

No digo volver con él, solo… hablar, ver qué os ha pasado.

Os he visto tan bien mientras comíais. Todo lo que me ha contado de vosotros las veces que se acercaba a verme.

Nos quiere como familia y siento que te vas a perder algo muy bonito si buscas en un sitio que aún desconoces.

No sé quién habla, supongo que debe ser la madre de Ángela. Le está pidiendo que lo vuelva a intentar con Ricardo.

Ángela me ha dicho que no podía estar con esa persona. Que le había hecho daño. Que no lo quería en su vida.

Entonces escucho la voz de Ángela.

—Mamá —responde, despacio—, no voy a prometerte nada. Pero hablaré otra vez con él si eso te deja más tranquila. No sé si «volver» es la palabra correcta, pero lo intentaré. A ver qué sucede y si cambia.

Siento cómo un pedacito de mí se rompe dentro. Es un dolor lento, profundo, que me deja sin aire.

No quiere nada conmigo.

Va a volver a intentarlo con Ricardo. Con él.

Con la misma persona que tiene en sus manos el futuro de mi tienda y ahora también aquello que empezaba a parecerse demasiado al amor.

No puedo escuchar más.

Sin hacer ruido, doy media vuelta. Mi caminar es torpe, precipitado. Cruzo el pasillo casi corriendo, abro la puerta de la calle y salgo sin mirar atrás.

Oigo pasos detrás de mí.

—¿Alice? —dice Ricardo—. ¿Dónde vas?

Me detengo un segundo, lo justo para girarme. Está apoyado en el marco de la puerta, con esa sonrisa ladeada que ahora reconozco. Una sonrisa que no es de sorpresa, sino de confirmación.

Como si hubiera esperado justo esto.

—¿Ha pasado algo? —añade con fingida inocencia.

No respondo. No podría aunque quisiera.

Me doy la vuelta y echo a andar deprisa con el pecho ardiendo y los ojos húmedos.

Estoy en el sofá, acurrucada entre las piernas de mi padre. Me acaricia el pelo y, con ese movimiento pausado y constante, consigue calmarme poco a poco. He tardado nada en venir a resguardarme a casa, con mi familia, buscando un lugar seguro donde fingir que soy fuerte.

No podía soportar el dolor. Un sinfín de conversaciones se atropellaban en mi mente. Las palabras insidiosas de Alfonso, la soberbia de Ricardo y, sobre todo, la certeza de que Ángela no desea intentarlo conmigo.

Duele y es insoportable.

Me siento pequeña, frágil, sin apenas fuerza para probar de nuevo. Como si lo que había construido —el proyecto, la ilusión, incluso ese principio de amor— se hubiera tambaleado al mismo tiempo.

Y he huido. Me he metido en el coche y no he parado hasta llegar a un lugar seguro. No el nuestro, sino un lugar que ya no es Serratona, porque ya no puede ofrecerme lo que necesito.

—Cuando estés más tranquila quiero enseñarte una cosa —murmura mi padre junto a mi oído.

Llevamos un par de horas así. Llegué muy alterada y le ha costado aplacar mis nervios y devolverme la respiración.

—No sé si podré esta tarde —confieso en voz baja—. No puedo ni con mi alma.

—Aurora —dice entonces, dirigiéndose a mi madre—, tráele otra tila a tu hija. Es imprescindible que hablemos hoy y empecemos a actuar. Tienes que reaccionar, mi guerrera.

Al oír ese diminutivo, algo se remueve dentro de mí. Es la forma en la que siempre me ha llamado cuando me he sentido perdida, cuando he estado a punto de rendirme. Hacía tiempo que no me lo decía, pero sabe que hoy lo necesito más que nunca.

Una tila después, me encuentro en su despacho. Ha estado revisando mis informes, los que yo le envíe, y también le ha solicitado a Carles Antón los que Medina mostró en la reunión mensual del fondo. Hay muchas cifras en rojo.

—No son los mismos —dice sin mirarme—. No son lo que tú mandaste.

—¿Por qué presentaría otros datos? Sabe que puedo rebatirlos.

Mi padre suspira y se quita las gafas.

—Porque ahora mismo estás en una posición débil. Si el fondo cree que te dieron capital y lo has gestionado mal, pierdes credibilidad. Y cuando pierdes credibilidad, pierdes capacidad de decisión.

Aprieto los dientes.

—Todo estaba documentado. Correos, copias, aprobaciones…

—Lo sé. Pero Antón me ha dicho algo más. Medina pidió encargarse él solo del seguimiento del proyecto.

—¿Y se lo permitieron?

—Ya ves que sí. Lleva años con ellos y tiene un peso. Y nadie espera que una persona como él mueva datos. Probablemente sea un tema de poder interno. Si el proyecto falla, alguien debe absorberlo o quedarse con él cuando esté saneado.

Eso tiene sentido y me da mucho miedo.