Capítulo 32 #2
—Ha estado por aquí en varias ocasiones cuando tú no estabas y yo lo he tratado como lo que creía que era: mi yerno. Eso es lo que él me ha dicho. Y lo he creído… porque como siempre volvíais…
La noto indefensa y me duele.
—No quiero estar con él. No es lo que busco, aunque haya tropezado demasiadas veces.
—Solo tienes que darle otra oportunidad y volveréis a ser esa pareja tan maravillosa que yo siempre he visto.
—¿No crees que ya le he dado demasiadas?
—Pues a lo mejor no —insiste—. Quizá te falta la última, la que haga que por fin veas su belleza y el amor que siente por ti. Yo se lo noto en los ojos cada vez que habla de ti.
Niego con la cabeza, cansada.
Mi madre siempre nos ha imaginado juntos y eso es lo que desea ver, por eso se inventa señales donde no las hay.
Porque no creo que las pocas palabras que hemos cruzado durante la comida indiquen una relación bien avenida.
Ni mucho menos las miradas tensas que le he lanzado, tratando de contenerme para no estallar por tenerlo en mi casa, ocupando un lugar que no le corresponde y enturbiando una relación familiar en la que él no tiene cabida.
—Me gusta otra persona —digo. Es el momento.
Se encoge de hombros a la vez que frunce el ceño, extrañada por la confesión.
—¿Quién? ¿Lo conozco?
—Tal vez.
—¿Es del pueblo? ¿Alguno del grupo de teatro? Son muy majos. Aunque Ricardo es mucho más…
—No son ellos —respondo con calma—, y tal vez te sorprenda lo que voy a decirte ahora.
—¿Por qué? Si es alguien que no te mereces, ni lo intentes. No queremos a personas no deseadas.
—No seas tan clasista, mamá. A ver, por donde empiezo…
—Dímelo y punto —insiste—. Luego ya veremos, pero dime quién es.
—Me gusta Alice.
El rostro de mi madre cambia completamente.
—¡¿Quien?!
—Sí, mamá. Alice Casadevall, la de la tienda de moda.
—¿Esa a la que ha venido a sustituir Ricardo porque no sabe trabajar?
—Veo que has escuchado con detalle el discurso de tu exyerno.
No ha venido a sustituirla, solo a supervisar.
Y sabe hacer su trabajo, de eso estoy convencida.
Además, mamá, y tenlo muy claro —puntualizo mis palabras—, no voy a volver con él.
Llevo ya un tiempo con ella y sentimos una conexión brutal. Es la persona. En cuanto la conozcas…
No me deja continuar.
—¿¡Alice!? —exclama llevándose las manos a la boca.
Saca aire intentando procesarlo.
Sabía que algo así iba a suceder. Hubiera sido mejor que mi padre estuviera.
Parpadea varias veces, como si necesitara comprobar que no está soñando o que no he dicho otro nombre. El silencio se alarga unos segundos que pesan demasiado.
Me mantengo firme y le acaricio la mano, intentando transmitirle calma.
—Pero Ricardo… —murmura, aún sin terminar de entender las piezas.
—Mamá, me gustan ambos sexos. Siempre ha sido así, aunque nunca me haya atrevido a decirlo en voz alta. Y, ahora mismo, la persona que me importa y que quiero en mi vida es Alice.
Retira la mano despacio, se levanta y camina por el salón.
—No sabía nada de esto… —dice al fin—. Nunca me lo habías dicho.
—Porque no sabía cómo reaccionarias. Tenía miedo de decepcionarte.
Se gira hacia mí, bastante afectada.
—No lo entiendo… —Su voz tiembla.
—Tranquila, mamá —respondo con suavidad—. Solo quiero que no decidas por mí. Que no me empujes hacia alguien porque va con tu idea de lo correcto.
Se queda en silencio, pensativa. Aprieta los labios, como si buscara las palabras adecuadas.
—Sé lo que me quieres decir —admite al fin—, pero no conozco a esa chica, nunca la has traído a casa. Ricardo, en cambio, siempre ha estado aquí. Es buena persona, se preocupa por ti, forma parte de la familia. Entiende que me cueste aceptar algo que no veo, que no conozco.
—Lo entiendo, de verdad. Pero eso no cambia lo que siento.
Niega con la cabeza, frustrada.
—No comprendo por qué lo has dejado con Ricardo —repite—. No veo qué te faltaba con él ni qué puede darte mejor otra persona. Además… —hace un gesto con la mano—, no sé si eso que dices de esa chica es real o solo una confusión.
Sus palabras me duelen, pero no me sorprenden.
—No es una confusión—digo con calma—. Puede que no sea lo que tú esperabas para mí, pero siento que estar con ella me hace feliz. Me gusta, mucho, y quiero ver hacia dónde va esta relación. Ricardo ya no forma parte de mi futuro.
Suspira, cansada. La conversación la supera.
—A lo mejor podrías intentar hablar de nuevo con Ricardo —propone, bajando el tono—.
No digo volver con él, solo… hablar, ver qué os ha pasado.
Os he visto tan bien mientras comíais. Todo lo que me ha contado de vosotros las veces que se acercaba a verme.
Nos quiere como familia y siento que te vas a perder algo muy bonito si buscas en un sitio que aún desconoces.
La miro unos segundos. Hoy no voy a conseguir que lo entienda. Forzarla solo empeoraría las cosas.
—Mamá —respondo despacio—, no voy a prometerte nada. Pero hablaré otra vez con él si eso te deja más tranquila. No sé si «volver» es la palabra correcta, pero lo intentaré. A ver qué sucede y si cambia.
Mi madre sonríe. Sé que la he engañado un poco, que le he dicho unas palabras para calmarla, porque verla feliz me conmueve. Más adelante le diré que no funcionó, porque tengo claro que no voy a volver a tener nada con Ricardo. Siempre ha sido de la vieja escuela y esto se le escapa de las manos.
Se hace un breve silencio entre nosotras. He aceptado algo en lo que no confío, algo que no creo posible, pero quiero que ella esté bien.
—No sé si podremos arreglarlo —aclaro—, pero no quiero discutir contigo. Démonos tiempo las dos para ver qué nos depara esta historia.
—Vale, cariño. Si lo intentas de nuevo con Ricardo me harás feliz. Y, si al final no puede ser, aceptaré tu decisión, aunque siga sin comprenderla —murmura.
Me acerco y la abrazo. Me devuelve el gesto con torpeza, como si no supiera si abraza a su hija o a una versión de mí que ya no reconoce.
Cuando me separo, siento un sabor amargo. He cedido a algo que no quería entregar y, aunque no he prometido nada, sé que mis palabras pueden sonar como un regreso que nunca he deseado. Pero, por hoy, la calma de mi madre vale más que la claridad absoluta.